jueves, 25 de diciembre de 2025

El Reino entre nosotros

 

El Reino entre nosotros

“Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió Y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. Y dijo a sus discípulos: Tiempo vendrá cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del Hombre, y no lo veréis. Y os dirán: Helo aquí, o helo allí. No vayáis, ni los sigáis. Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día”. Lucas 17:20-24

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria”. Colosenses 3:1-4

El Reino de Dios se hizo presente entre nosotros cuando Jesús vino por primera vez a la tierra y es una realidad espiritual interna, porque Él vino a morar en nosotros por medio del Espíritu Santo. Podemos decir sin vacilar que el reino de Dios está en nosotros. Este Reino es asequible a cada persona que recibe a Jesús como su Señor y Salvador, pero también como Rey, porque nos sometemos a su soberanía, a su gobierno sobre nuestra vida.

Esto es fundamental en nuestro caminar cristiano, ya que no podemos actuar independientemente de Dios, sino bajo su gracia y su poder. Recordemos que la gracia nos llegó únicamente a través de la redención plena de Cristo en la cruz, por medio de su sangre, por la cual fuimos perdonados de todos nuestros pecados, siendo también reconciliados con nuestro Padre celestial. Efesios 2:12-13 ratifica: “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”.

Esta salvación que hemos recibido por medio de Cristo restaura nuestra relación con Dios y nos abre las puertas al imperio de su Reino que “está entre nosotros” y no solo eso, Jesús ha enviado al Espíritu Santo para que su unción también esté en nosotros como dice 1 Juan 2: 20 “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” y anhela que disfrutemos de su plenitud que es para todos, dice Juan 1:16 “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”.

Los ungidos por el Señor Jesús permanecen con Él. La nueva naturaleza espiritual es la de Cristo. Esta unción hace que seamos enseñados por Él, 1 Juan 2:27 dice: “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él”. Podemos llegar entonces a decir con toda confianza: “El Reino de Dios está en mí y entre nosotros”, porque Él habita en medio de su iglesia”, Mateo 18:20.

En contraste con los reinos de este mundo que son externos, materiales y de dominio político, el Reino de Dios es interno y espiritual. La consumación del Reino aguarda el regreso del Señor. Los creyentes estamos ansiando la llegada del día de la victoria. Como nos dice Lucas 17:24 “Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día”.

El Señor nos hace entonces un llamado a vivir por fe, porque su venida será tan sorpresiva como visible, como ese relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo a otro. Vivir por fe, es vivir en constante expectación, preparándonos cada día para su regreso, contrario a todos aquellos que están absortos en los asuntos de este mundo, confiando solo en lo terrenal y material como si esto fuera a ser permanente.    Oración.

«Señor Jesús, quiero estar enfocado solo en las cosas de arriba, en la eternidad. Tu Palabra dice: “porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria”. Gracias porque mientras vivo en esta tierra, soy un habitante del cielo, me sacaste de las tinieblas a tu Reino Admirable, me has dado tu plenitud, tu unción y puedo decir con certeza que tu Reino está en mí, por medio de tu Presencia en mi vida, amén.


miércoles, 24 de diciembre de 2025

El amor y la preocupación de Dios por los pecadores

 

El amor y la preocupación de Dios por los pecadores

“Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come. Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. Lucas 15:1-7

Dios se preocupa por los perdidos y se goza cuando un pecador se arrepiente y vuelven al redil. Pero a veces la oveja perdida se queda inerme y rehúsa moverse, por eso el pastor deja las otras para ir a buscarla.

A este capítulo se le llama “el evangelio dentro del evangelio”, porque los fariseos se escandalizaron de que Jesús se asociara con hombres y mujeres que los judíos practicantes consideraban pecadores, los llamaban “la gente de la tierra” y había una barrera infranqueable entre estas dos clases de personas. Criticaban a Jesús por tener contacto con ellos, porque para los fariseos cualquier trato con esta gente los contaminaba. Y se atrevían a decir: “Hay alegría en el Cielo cuando se pierde un pecador”, deseando su destrucción y no su salvación. Contrario a lo que Jesús declaraba: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”.

Jesús cuenta entonces esta parábola de la oveja perdida y de la alegría del pastor cuando la encuentra. Mostrando con esto el gran amor por la humanidad pues Él no hace acepción de personas, la salvación es para todos y se interesa por el más indefenso y débil. Y ese es el amor que demostró por cada uno de nosotros en la cruz y dio su vida por nuestro rescate. Aun antes de haberlo conocido nos buscó en este mundo perdido hasta que nos halló, ese es nuestro Buen Pastor.

Es la escena del cielo que Jesús nos pinta: Dios se alegra cuando encuentra a un pecador que estaba perdido y regresa a casa. El hecho es que Dios es más amable que los hombres, los seres humanos podemos perder la esperanza por aquel que está extraviado y sin rumbo, pero Dios no. Deja las noventa y nueve y presta toda su atención y todo su cuidado por el que necesita ser rescatado, perdonado y restaurado. Este pasaje también señala todo lo que el Señor pone en movimiento en el mundo espiritual cuando oramos por los perdidos, para recuperarlos para sí, cumpliéndose el mayor deseo de su corazón según Lucas 19:10: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

Que este tiempo de navidad sea un motivo para hablarles del Salvador del mundo a todos aquellos que nos rodean y aun no lo conocen.    Oración.

«Gracias mi Jesús, mi buen Pastor, por buscarme y encontrarme en este mundo perdido y dar tu vida por mi rescate en una cruz. El precio que pagaste fue tu sangre preciosa, que me libró, me perdonó y me salvó. Me sacaste del lodo cenagoso y pusiste mis pies sobre la Roca firme que eres tú, para que no resbale. Te pido por todos aquellos que aún andan errantes como ovejas perdidas y úsame como instrumento, como tus pies y tus manos para rescatarlos con tu mensaje de salvación, amén.


martes, 23 de diciembre de 2025

 

El precio del discipulado

“Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. Buena es la sal; más si la sal se hiciere insípida, ¿con qué se sazonará? Ni para la tierra ni para el muladar es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga”. Lucas 14:25-35

Sabemos que la visión del corazón del Padre es la Gran Comisión: ganar, edificar y enviar, esto es hacer discípulos en todas las naciones. Es el mayor reto que se nos ha hecho como seres humanos, de la persona más extraordinaria que haya vivido, Jesucristo. Ninguna causa a la que nos entreguemos se puede comparar con este llamado de Dios que cambia vidas, inclusive cambia al mundo.

Hoy vivimos en un mundo de cambios rápidos y radicales; los corazones de los hombres están llenos de frustración y angustia, pero también deseosos de ser amados, por eso el discipulado es una tarea ardua, que implica un cuidado pastoral como el de Jesús, amando, cuidando y compartiendo, para enseñar un estilo de vida que solo Él vivió.

Como vemos en este pasaje las multitudes eran atraídas por los milagros de Jesús y esperaban el establecimiento de un reino terrenal, que les resolviera todas sus necesidades. Hoy el mundo es igual, el pecado, la violencia, la corrupción moral y religiosa, está llevando al caos todo el sistema global, y se busca por todos los medios humanos la paz, la reconciliación y el progreso social y económico. Pero jamás el ser humano podrá resolverlo porque el problema es espiritual, la ausencia de Dios en la vida de las personas ha generado todo lo que vivimos. Por eso, el llamado como cristianos es urgente, hay que ir a hacer discípulos a todas las naciones llevando el evangelio de Jesús que es lo único que puede dar esperanza.

Ser discípulos del Señor requiere un costo que no todos los creyentes están dispuestos a pagar, porque el verdadero discipulado implica: entrega, renuncia y sacrificio. Se trata de subordinar todos nuestros deseos a la lealtad a Cristo. Lo que debe llevarnos a morir al egocentrismo y estar preparados para resistir el sufrimiento y el martirio si es necesario.

Aquí el Señor hace un paralelo con la edificación de un edificio que es muy costoso o librar una guerra que es peligrosa, lo que ilustra el costo y el peligro que los discípulos de Cristo debemos enfrentar, porque el discipulado significa total renunciación a nuestros intereses por amor de Jesús. Se refiere a una cuestión de total consagración y máxima realización del propósito de Cristo para nosotros en este tiempo, que no es nada fácil.

Aunque la contienda por la salvación de nuestra parte sea terriblemente desigual, nuestra voluntad personal debe estar sometida a la voluntad de Dios, ejerciendo esa fe que “vence al mundo”, como dice 1 Juan 5:4 “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”. Recordemos que estamos vigorizados por el poder del Espíritu Santo como lo expresa Hebreos 11:34 “apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros”.

El discipulado entonces significa la disposición de una persona para colocar las demandas de Jesús por encima de las de ella o de su familia. Los discípulos deben estar dispuestos a negarse a sí mismos por completo, tomando su propia cruz lo que significa estar listo para lo que se venga. Es necesario calcular el costo de decir “no al yo” antes de comenzar un camino que no se pueda seguir hasta el final. Debemos considerar el costo de ser un discípulo de Cristo, al grado de saber a qué nos comprometemos y que más tarde no sintamos la tentación de volvernos atrás. Que podamos ser la buena sal de la tierra, para sazonar a quienes nos rodean con el sabor de Cristo.  Oración.

«Jesús, ayúdame por favor a cumplir con tu llamado, a llevar tu mensaje de amor y perdón y hacer discípulos en todas las naciones. Señor quiero ser luz y sal para este mundo que está en tinieblas, cegado por el pecado y el engaño de este siglo. Lléname con tu poder para compartir el evangelio de amor y de esperanza a todo el que se cruce en mi camino, dispón los corazones de las personas y llena ese vacío espiritual, en el Nombre de Jesús, amén.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Confesemos a Cristo sin temor

 

Confesemos a Cristo sin temor

“Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; más el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado. Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir”. Lucas 12:8-12

Esta enseñanza de Jesús nos habla de las consecuencias que vendrían sobre la gente que lo rechaza a Él y al evangelio; y de llegar a negarlo cuando lo hemos conocido. El Señor nos hace un llamado a permanecer firmes, porque vienen tiempos donde nuestra fe será probada antes de su Segunda Venida. Hay muchas maneras de negar a Cristo: cuando siendo cristianos nos comportamos como la gente del mundo y callamos en cuanto a nuestra relación con Dios, cuando no defendemos lo bueno y nos acomodamos a las ideologías de este mundo y nos diluimos en la sociedad, cuando aceptamos los valores no cristianos en nuestra sociedad y terminamos haciendo lo que todos hacen. No podemos esconder nuestra fe por causa del temor.

Pero Jesús nos alienta diciendo: “Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios”. Confesamos a Cristo cuando llevamos vidas morales que honran su nombre, cuando buscamos oportunidades para testificar de su amor, cuando ayudamos a otros, cuando salimos en defensa de la justicia, cuando amamos a otros y les servimos sin condiciones, cuando somos leales a Él en todo momento y ocasión, cuando le permitimos a Él vivir su vida a través de nosotros siendo portadores de su gracia y verdad.

Jesús nos dice que negarlo a Él puede ser excusable y perdonable, pero negar la obra del Espíritu Santo es imperdonable, se le considera una blasfemia. Esta blasfemia es un rechazo persistente, continuo y deliberado a su obra y a la gracia de Dios, que endurece el corazón y no lleva al arrepentimiento; es no querer recibir perdón y salvación y se demuestra con una oposición consciente y endurecida hacia la verdad revelada por Dios por medio de su Espíritu.

Amados hermanos, así como en el principio que la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, el Espíritu Santo se movía sobre la faz de las aguas, pidámosle en esta navidad al Espíritu Santo que se mueva sobre las tinieblas de este mundo trayendo revelación al corazón de los hombres para que les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo y puedan ser salvos, 2 Corintios 4:4.     Oración.

«Señor Jesús, quiero confesar tu Nombre siempre delante de los hombres, manifestando, que en ningún otro hay salvación; porque no hay otro Nombre bajo el cielo, Dado a los hombres, en que podamos ser salvos, Hechos 4:12. Que mis acciones, pensamientos y palabras manifiesten mi fe y mi confianza en ti, porque eres mi Señor y mi Salvador, gracias por tu Santo Espíritu quién pondrá palabras en mi boca para confesarte siempre, amén.


domingo, 21 de diciembre de 2025

Autoridad para el ministerio del reino

 

Autoridad para el ministerio del reino

Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos. Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid. Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes”. Lucas 9:1-6

En este pasaje vemos cómo Jesús da autoridad a sus discípulos para utilizar el poder que les ha transferido. Es el poder de Jesús el Rey, quien extiende la bondad del reino de Dios sobre las obras de las tinieblas y las dolencias humanas. Él empezó demostrándoles cómo hacerlo, para que después cada uno de sus discípulos siguieran ejerciéndolo como Él lo dispuso. Pero el Señor ordenaría el mismo tipo de ministerio a la iglesia, al propagar el mensaje del evangelio como nos dice Hechos 8:4-8 “Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad”.

También ahora, podemos esperar victoria sobre los poderes de las tinieblas y sus operaciones, porque hemos sido investidos de poder por medio del Espíritu Santo, como dice Lucas 10:19 “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará”.

Nosotros somos los representantes del reino de los cielos hasta que Jesús regrese. Se nos ha prometido la complacencia del Padre de darnos el reino, esto es, de suministrarnos su paz y su poder como dice Lucas 12:32: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”.

Debemos aplicar esa autoridad con la oración, la predicación y la enseñanza, haciendo discípulos como el Señor nos enseñó. Él nos ha dado la autoridad para sanar y liberar, en la medida en que estemos dispuestos a ejercer el privilegio de ser los mensajeros y los participantes del reino de Dios en esta tierra. El Espíritu Santo se deleita al confirmar la presencia del reino glorificando el poder del Rey, realizando la obra de Cristo a través de su iglesia.   Oración.

«Padre que tu reino venga aquí y ahora, que la oración y la predicación del evangelio me ayude a desempeñar mi función como representante del reino de los cielos en esta tierra. Que traigas sanidad y libertad de las tinieblas a aquellas personas que lo necesitan por la autoridad que has delegado sobre mi vida. Sé que solo tu poder por medio de tu Santo Espíritu puede cambiar las cosas y traer el gobierno del cielo a esta tierra, en el Nombre de Jesús, amén.


sábado, 20 de diciembre de 2025

El servicio como respuesta al amor

 

El servicio como respuesta al amor

“Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes”. Lucas 8:1-3

María Magdalena, Juana, Susana y otras mujeres que no se nombran aquí, formaban parte del equipo humano que servía y ayudaba a Jesús durante su ministerio. Eran mujeres agradecidas por lo que el Señor había hecho en sus vidas. La mayor motivación para servir a Cristo debe ser el amor y la gratitud hacia Él.

Estas mujeres habían sido testigos de la crucifixión del Señor, lo acompañaron hasta el final como dice Mateo 27:55-56 “Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo”; estuvieron presentes en la sepultura de Jesús, vieron donde lo pusieron y compraron especias aromáticas para ungirle, Marcos 16:1.

Fueron también las primeras en escuchar el anuncio angelical sobre la resurrección de Jesús, Marcos 16:6-8 nos relata: “Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo”.

Estas mujeres fueron fieles discípulas de Jesús, y se les puede considerar un ejemplo para nosotros, de que nada puede impedir que rindamos un servicio fructífero a Jesús con todo nuestro amor, si hemos sido salvados, sanados y liberados.

Estas mujeres le acompañaban en sus giras, como sus sostenedoras, sirviéndole con sus bienes, Cristo vivía del amor de su pueblo rescatado. Él había sembrado lo más importante, lo espiritual y cosechaba lo material como dice 1 Corintios 9:11 “Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?, además el apóstol Pablo agrega en 1 Corintios 9:14 “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.

El Señor Jesús dignificó la vida de esas mujeres, les dio el valor que merecían, pues en esa época la mujer no se consideraba importante. Recordemos que no es siempre el que más se ve, el que hace lo más importante. No hay don que no se pueda usar en el servicio de Cristo. Muchos de sus servidores más valiosos están en el trasfondo, invisibles pero esenciales a la causa.

Amados, Jesús lo dio todo por nosotros, su propia vida para darnos perdón, salvación y vida eterna, la manera más grande de servirle es en respuesta a ese amor incondicional, por eso debe recibir todo de nosotros, nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros talentos y también nuestros recursos. Gocémonos por todas sus bendiciones y correspondamos en amor; el cual es perfecto sólo cuando está dando para el bien de otros.    Oración.

«Amado Jesús, gracias por dar tu vida por mí, por haberme sacado de la servidumbre del pecado a la luz maravillosa de tu reino. Ahora quiero corresponder a ese amor con compañerismo y servicio y recuérdame a todas aquellas personas que están detrás del escenario en el ministerio de la iglesia, porque a menudo son los que sustentan el trabajo de los que presiden, con un trabajo menos visible pero igualmente importante. Enséñame a dar sin esperar recibir, simplemente por amor por todo lo que me has dado, amén. 


viernes, 19 de diciembre de 2025

La fe que maravilla a Jesús

 

La fe que maravilla a Jesús

“Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga. Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe”. Lucas 7:2-9

En este pasaje se cuenta la milagrosa curación a distancia del siervo de un centurión, en la ciudad de Capernaúm. Se resalta especialmente la gran fe de este gentil y la autoridad de Jesús sobre la enfermedad, aunque no estaba presente, mostrando su Omnipresencia.

Para tener una fe que maraville a Jesús, debemos acercarnos a Él con humildad, con respeto, reconociendo su autoridad y su poder. La fe del centurión fue tan profunda que solo bastaba que Jesús dijera la Palabra para que su siervo recibiera sanidad. Cuan poderoso es confesar la Palabra de Dios, creyéndola para ver el obrar sobrenatural de Dios.

Su fe se destacó porque siendo un gentil demostró una fe más grande que la de muchos judíos que conocían a Jesús. La fe es la confianza en la Palabra de Dios, no importa quienes seamos. Este centurión se consideró indigno de que el Señor entrara a su casa, mostró un profundo respeto por la ley y la cultura judía. Fue una fe que actúa, no era una fe pasiva, puesto que envió a unos ancianos judíos a buscar a Jesús y hacerle la petición de sanidad. Entendió que el poder y la autoridad de Jesús, del cual había oído, eran tan grandes que no necesitaba que Él estuviera físicamente para sanar. Precisamente su fe se basó en la autoridad que Jesús tenía sobre todas las cosas, por eso al dar una orden, se cumpliría lo que dijera; comparándose con él, cuando daba órdenes a sus soldados bajo su autoridad para que obedecieran.

Jesús se maravilló de su fe y destacó que no había visto una fe así en Israel. Por eso ante una fe de esa magnitud, Jesús la proclamó públicamente. Y su siervo fue sanado instantáneamente.

¿Qué podemos aprender de esto? el Señor anhela que tengamos una fe genuina, sin importar quienes somos y de dónde venimos, una fe humilde que se traduzca en acción y una fe que confíe en la autoridad del Nombre de Jesús, sobre todas las circunstancias, que obra sanidad, milagros y prodigios. Una fe así influye en la vida de las personas que nos rodean llevando a otros a creer en Jesús.   Oración.

«Señor Jesús, quiero acercarme a ti, con una fe verdadera, reconociendo tu soberanía y tu poder sobre todas las cosas, que pueda decir como el centurión: “no es necesario que entres en mi casa porque una sola Palabra tuya bastará para que obres en mi vida y en la vida de los que me rodean”. Señor enséñame a reconocer la autoridad de tu Nombre que es sobre todo nombre y ver obrar milagros señales y prodigios cada vez que lo confieso, amén.