domingo, 14 de junio de 2026

Humildad

 Humildad

“revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes”. 1 Pedro 5:5b

Cuando meditaba en el pasaje bíblico principal, llamó mi atención la expresión que utiliza el apóstol Pedro: “Revestíos de humildad”. Cuando vamos al idioma original, encontramos que “revestíos” se traduce como “ceñirse”; de hecho, esta expresión hace alusión al siervo que debía ceñirse o ajustarse el delantal para poder realizar la labor que le correspondía dentro del servicio que prestaba.

Cuando leí este pasaje, inmediatamente el Espíritu Santo me remitió a Juan 13:4-5, donde podemos ver a Jesús, en medio de la última cena, levantándose de la mesa, quitándose su manto, tomando una toalla y ciñéndose para posteriormente, lavar los pies de sus doce discípulos. Aunque la palabra “ceñir” en este último pasaje no proviene de la misma raíz que en el versículo principal, si nos ayuda a comprender una verdad profunda: como siervos del Señor, debemos aprender a humillarnos delante de Dios, así como aquel siervo se humillaba delante de su amo para cumplir con la tarea que le había sido encomendada.

Lamentablemente, hoy en día, el mundo nos enseña todo lo contrario, pues se aplaude el orgullo y la altivez, mientras que la humildad es juzgada, menospreciada e incluso rechazada. Sin embargo, el Señor Jesús, en el evangelio de Juan, hace exactamente lo opuesto: exalta la humildad y la presenta como un acto de valentía, pues ésta implica que cada persona decida, voluntariamente, humillarse y ponerse al servicio de un amo o señor. Ante esto, surge una pregunta importante: ¿al servicio de quién estamos, del orgullo o de la humildad?

Jesús, por Su propia voluntad, decidió humillarse delante de su Padre para darnos ejemplo de que el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que aquel que lo envió. Y si Cristo, siendo el Dueño y Señor de todo, estaba dando ejemplo de humildad, nosotros, como siervos y enviados de Dios, no podemos actuar de manera diferente (Juan 13:15).

Hermanos, lo que tú y yo debemos hacer es morir a nosotros mismos y permitir que Cristo viva en nosotros, para que entonces se manifieste su carácter humilde; un carácter que nos conduce a experimentar la verdadera sabiduría (Proverbios 11:2b).   Oración.

Padre, ¡cuán necesario es que tu Hijo Jesús viva a través de mí!, pues entiendo que, en mis propias fuerzas, sólo puedo conducir mi vida por el camino del orgullo, un camino que te desagrada y que se levanta contra ti. Ayúdame, Espíritu Santo de Dios, a morir cada día para que sea Cristo Jesús quien guíe mis pasos y me lleve por el camino de la humildad, el camino que agrada al Padre. Amén.