No yo, sino Cristo
“Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él.” Marcos 5:1-6
Hay una canción que cuando la escucho quebranta mi corazón, pues ella me recuerda la obra majestuosa que hizo el Señor en mi vida. Esto mismo me sucede con este pasaje principal pues de alguna manera aquellos que antes vivíamos sin Dios en el mundo, nos sentiremos identificados con el endemoniado Gadareno, no por la posesión en la que él vivía, sino por la falta de cordura en la que se encontraba, pues debemos reconocer que antes de conocer y recibir a Cristo en nuestros corazones, nos hacía falta cordura, claridad en nuestros pensamientos, en nuestro sentir, en nuestro actuar.
Qué maravilloso es ver a nuestro Señor Jesús en este pasaje, no sólo porque podemos percibir la misericordia que surge de Su corazón al ver la condición tan deplorable en la que se encontraba el hombre Gadareno, sino también porque podemos ver la gran necesidad que surge en Jesús de que aquel Gadareno conociera la Verdad, a Cristo, para que la Verdad, quien estaba en ese lugar, fuera quien lo hiciera libre (Juan 8:32).
Qué hermoso ver cómo es Jesús quien ha ido al encuentro del Gadareno, y qué bello es saber que de la misma manera ha venido a nuestro encuentro, pues como dice el Salmista: si nosotros conocemos a Cristo, no es porque le hayamos buscado pues no hay quien busque a Dios, sino que le hemos conocido porque Él ha venido a nuestro encuentro (Salmos 53:1-3, Romanos 3:10-11).
Hermanos, la Palabra de Dios nos recuerda que hemos sido rescatados de una vida antigua, no para quedarnos estancados en el: “yo fui esto o aquello”, sino para identificarnos con una nueva vida en la que el centro de ella es Cristo, por ello podemos ver al Señor Jesús diciéndole a aquel hombre Gadareno, que el centro de su testimonio no será su vida antigua, sino que el centro del testimonio será la misericordia de Cristo, la obra de Cristo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”. (Marcos 5:19b), que ésto mismo recordemos tú y yo cuando contemos nuestro testimonio, pues el centro de él no somos nosotros, sino Cristo. Oración.
«Señor Jesús, gracias por ir a mi encuentro, si Tú no hubieses tomado la iniciativa de tocar a la puerta de mi corazón una y otra vez yo no habría podido tener el privilegio de haberte conocido. Gracias por revelarme y permitirme conocer, por medio de tu Espíritu Santo, la Verdad, a ti Cristo Jesús quién eres la Verdad que me ha hecho libre y me ha permitido también conocer y acercarme al Padre. Amén.