sábado, 20 de enero de 2018

Viviendo la vida juntos

Viviendo la vida juntos

Ustedes fueron llamados a formar un solo cuerpo,
El cuerpo de Cristo.
Colosenses 3:15 (BLS)

¡Cuán bueno y cuán agradable es que
Los hermanos convivan en armonía!
Salmos 133:1 (NVI)

El significado de la vida es compartir.

La intención de Dios es que experimentemos la vida junta. En la Biblia esta experiencia comunitaria se conoce como vivir en comunión. En la actualidad, sin embargo, la palabra ha perdido mucho de su significado bíblico. “Tener comunión” se usa para referirse a la conversación espontánea, la socialización, las comidas y la diversión. La pregunta “¿Dónde tienes comunión?” significa: “¿A qué iglesia asistes?”. Afirmar: “Quédate después del servicio APRA un momento de comunión” quiere decir “Tendremos un refrigerio”.
La verdadera comunión es mucho más que asistir a los servicios dominicales. Es experimentar la vida junta. Consiste en amar desinteresadamente, compartir con corazón sincero, servir en la práctica, hacer sacrificios, consolar y solidarizarse con los que sufren, y todos los demás mandamientos que el Nuevo Testamento nos manda hacer “unos a otros”.
Con todo aquello relacionado con la comunión, el tamaño importa: cuanto más pequeño, mejor. Con una multitud se puede adorar, pero no se puede tener comunión. Cuando los grupos son superiores a diez personas,. Algunas dejarán de participar ¾por lo general, las más calladas¾ y otras ejercerán dominio.
Jesús ministró en el contexto de pequeños grupos de discípulos. Pudo haber elegido a más, pero sabía que doce es prácticamente el tamaño máximo posible para permitir la participación de todos.
El cuerpo de Cristo, como el tuyo, es en realidad una colección de varias células pequeñas. La vida del cuerpo de Cristo, como el tuyo, está en las células. Debido a esto, todos los cristianos necesitan estar comprometidos con un pequeño grupo dentro de cada iglesia, ya sea uno de reflexión en los hogares, una clase de escuela Dominical o un grupo de estudio bíblico. La verdadera comunidad se gesta en esos lugares, no en las reuniones masivas. Piensa en la iglesia como en un barco, los pequeños grupos son los botes salvavidas.
Dios ha hecho una promesa increíble con respecto a los pequeños grupos de creyentes: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Por desgracia, pertenecer a un pequeño grupo tampoco es ninguna garantía de que se experimentará una verdadera comunión. Muchas clases de Escuela Dominical y grupos pequeños son superficiales, no tienen idea de lo que es experimentar la comunión genuina. ¿Cuál es la diferencia entre la comunión verdadera y la falsa?
En la comunión verdadera experimentamos autenticidad. La comunión auténtica no es superficial. Consiste en la expresión genuina, de corazón a corazón, desde lo más íntimo de nuestro ser. El verdadero compañerismo ocurre cuando la gente es honesta con lo que es y con lo que sucede en su vida: comparte sus penas, revela sus sentimientos, confiesa sus fracasos, manifiesta sus dudas, reconoce sus temores, admite sus debilidades, y pide la ayuda y oración de los demás.
La autenticidad es exactamente lo contrario de lo que encuentras en algunas iglesias. En éstas, en vez de una atmósfera de sinceridad y humildad, hay fingimiento, roles, politiquería, cordialidad superficial y conversación trivial. La gente se pone máscaras, está a la defensiva y se conduce como si su vida fuera un lecho de rosas. Estas actitudes matan la verdadera comunión.
Podremos experimentar la verdadera comunión sólo si somos transparentes en nuestra vida. La Biblia dice: “Si vivimos en la luz, así como Él está en la luz, tenemos comunión unos con otros... Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. El mundo cree que la intimidad necesita oscuridad, pero Dios dice que ésta ocurre en la luz. La oscuridad sirve para esconder nuestros dolores, culpas, temores, fracasos y fallas. Pero al sacarlas a la luz, las ponemos a la vista y admitimos quiénes somos en realidad.
Por supuesto, la autenticidad exige valor y humildad. Implica enfrentar nuestro temor a la exposición, al rechazo y a ser heridos nuevamente. ¿Por qué habríamos de correr ese riesgo? Porque es la única manera de crecer espiritualmente y conservar nuestra salud emocional. La Escritura indica que “nuestra práctica debería ser: confesarnos unos a otros nuestros pecados y orar unos por otros para poder vivir todos juntos y ser sanados”. Sólo podemos crecer si nos arriesgamos, y no hay riesgo mayor que ser sinceros con nosotros mismos y con otros.
En la comunión verdadera experimentamos reciprocidad. La reciprocidad es el arte de dar y recibir. Depende de cada uno de nosotros. La Biblia dice que “Dios diseñó nuestros cuerpos como un modelo para que pudiéramos entender nuestras vidas reunidas como iglesia: cada parte dependiente de todas las demás partes”. La reciprocidad es el corazón de la comunión: la construcción de relaciones recíprocas, de compartir responsabilidades y de ayudarse unos a otros. Pablo dice que desea que nos ayudemos “entre nosotros con la fe que compartimos. Tu fe me ayudará y mi fe te ayudará”.
Somos más sólidos en nuestra fe cuando caminamos junto a otros que nos animan. La Biblia nos ordena rendir cuentas unos a otros, animarnos, servirnos y honrarnos mutuamente. Más de cincuenta veces el Nuevo Testamento nos manda hacer distintas tareas “unos a otros” y “unos con otros”. La Palabra de Dios señala: “Esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación”.
No eres responsable de cada persona del cuerpo de Cristo, pero tienes una responsabilidad con ellos. Dios espera que hagas lo que esté a tu alcance para ayudarlos.
En la comunión verdadera experimentamos compasión. La compasión no se limita a dar consejos o una ayuda rápida y cosmética; la compasión es comprender y compartir el dolor de los demás. La compasión dice: “Entiendo lo que te está pasando, y lo que sientes no es raro ni es una locura”. Hoy también se la conoce como “empatía”, pero la palabra bíblica es “compasión”. La Escritura afirma que, como escogidos de Dios, santos y amados, debemos vivir con “verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”.
La compasión satisface dos necesidades humanas esenciales: ser entendidos y apreciados con nuestros sentimientos. Cada vez que entiendes y aprecias los sentimientos de alguien, estableces comunión. El problema es que muchas veces tenemos tanta prisa para arreglar las cosas, que no tenemos tiempo para expresar nuestra compasión; o estamos preocupados con nuestros propios dolores. La autocompasión agota la compasión por los demás.
La comunión tiene diferentes niveles, cada uno apropiado para diferentes momentos. Los grados más simples de comunión son al compartir y al estudiar la Palabra de Dios en comunidad. Un nivel más profundo es la comunión al servir: cuando ministramos entre varios en viajes misioneros o en proyectos de caridad. El nivel más profundo e intenso es la comunión en sufrimiento, cuando nos solidarizamos con la pena y el dolor de los demás y nos ayudamos unos a otros a sobrellevar las cargas. Los cristianos que mejor entienden este nivel son quienes, en este mundo, sufren persecución, desprecio y hasta muerte como mártires por su fe.
La Palabra de Dios nos manda: “Cuando tengan dificultades, ayúdense unos a otros. Esa es la manera de obedecer la ley de Cristo”. Es en los momentos más intensos de crisis, dolor y duda cuando más nos necesitamos unos a otros. Cuando las circunstancias nos aplastan y nuestra fe se derrumba, es cuando más necesitamos a nuestros amigos creyentes. Necesitamos contar con un pequeño grupo de amigos que tengan fe en Dios por nosotros para permitirnos salir adelante. En un pequeño grupo, el cuerpo de Cristo es real y tangible, aunque Dios parezca distante. Durante su sufrimiento, Job necesitó con desesperación contar con ese grupo. Clamó: “aunque uno se aparte del temor al Todopoderoso, el amigo no le niega su lealtad”.
En la comunión verdadera experimentamos misericordia. La comunión es un lugar de gracia, donde en vez de enfatizar los errores, éstos se resuelven. La comunión se genera cuando la misericordia triunfa sobre la justicia.
Todos necesitamos misericordia porque todos tropezamos y caemos y necesitamos que alguien nos ayude a ponernos en pie y en camino. Necesitamos brindarnos misericordia unos a otros y estar dispuestos a recibirla. Dios declara que cuando alguien peca, debemos “perdonarlo y consolarlo para que no sea consumido por la excesiva tristeza”.
No es posible tener comunión sin perdón. Dios nos dice: “No guarden rencor”, porque la amargura y el resentimiento destruyen la comunión. Como somos pecadores e imperfectos, inevitablemente nos lastimamos. En ocasiones, intencionalmente y otras veces sin mala intención, pero de una u otra manera, requiere cantidades enormes de misericordia y gracia crear y sostener la comunión. La Escritura dice que “tengan paciencia unos con otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”.
La misericordia de Dios es el motor que nos motiva a mostrar compasión a los demás. Recordemos que nunca se nos pedirá perdonar más que lo que Dios nos perdonó a nosotros. Cuando alguien te lastime, tienes que decidir. ¿Usaré mi energía y mis emociones para vengarme o para buscar una solución? No es posible hacer ambas cosas.
Muchas personas son renuentes a mostrar misericordia porque no entienden la diferencia entre confianza y perdón. Perdonar es soltar las riendas del pasado. La confianza tiene que ver con el comportamiento en el futuro.
El perdón debe ser inmediato, lo pida o no quien ofendió. La confianza se reconstruye con el tiempo. Esta requiere llevar un registro. Si una persona nos lastima repetidas veces, Dios nos manda perdonarla al instante, pero no espera que confiemos en ella de inmediato, y tampoco supone que debemos permitir que siga lastimándonos. Deberá demostrar que el tiempo la ha transformado. El mejor lugar para restaurar la confianza es dentro del ámbito de apoyo provisto por un pequeño grupo que ofrezca la posibilidad de animarnos mutuamente y ser responsables unos de otros.
Experimentarás muchos otros beneficios si formas parte de un pequeño grupo comprometido con tener comunión verdadera. Es una parte esencial de tu vida cristiana que no puedes desatender. Por más de dos mil años los cristianos se han reunido regularmente en pequeños grupos para vivir en comunión. Si nunca has formado parte de uno, no tienes idea de lo que te estás perdiendo. En el capítulo siguiente analizaremos lo que se requiere para crear este tipo de comunidad con otros creyentes, pero espero que este capítulo haya despertado el hambre de una experiencia de autenticidad, reciprocidad, compasión y misericordia que experimentarás con la comunión verdadera. Fuiste creado para esa comunión.

DÍA DIECIOCHO
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Necesito otras personas en mi vida.

Versículo para recordar: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”. Gálatas 6:2 (NVI)


Pregunta para considerar: ¿Qué primer paso puedo dar hoy para relacionarme con otro creyente en un mayor grado de intimidad y autenticidad?

Por siempre (Forever en español) - En Espíritu y En Verdad - Kari Jobe

viernes, 19 de enero de 2018

Un lugar a pertenecer

Un lugar a pertenecer

Ya son ustedes... miembros de la familia de Dios,
Ciudadanos del país de Dios y conciudadanos
De los cristianos de todas partes.
Efesios 2:19 (BAD)

...la familia de Dios, que es la iglesia del Dios
Viviente, la cual sostiene y defiende la verdad.
1º Timoteo 3:15b (DHH)

Eres llamado a pertenecer, no sólo a creer.

Incluso en el entorno perfecto y sin pecado, en el jardín del Edén, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Nos creó para vivir en comunidad, para la comunidad, para la comunión y para tener una familia, y no podemos cumplir los propósitos de Dios por sí solos.
En la Biblia no hay ningún ejemplo de santos solitarios o ermitaños espirituales aislados de otros creyentes y privados de la comunión. La Biblia dice que formamos un cuerpo, somos sus miembros, hemos sido edificados juntamente, formados articulaciones, somos herederos conjuntos, estamos sostenidos y ajustados en conjunto, y seremos arrebatados juntos. Ya no podemos valernos por nosotros mismos.
Aunque nuestra relación con Cristo es personal, la intención de Dios no es que sea privada. En la familia de Dios estamos conectados con todos los demás creyentes, y nos pertenecemos mutuamente por la eternidad. La Biblia dice: “También nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás”.
Seguir a Cristo implica participación, no solamente creer. Somos miembros de su cuerpo: la iglesia C.S.Lewis señaló que la palabra miembro tiene origen cristiano, pero que el mundo la ha vaciado de su significado original. Las casas comerciales ofrecen descuentos a sus “miembros” y los publicistas usan los nombres de sus miembros para crear listas de correspondencia. En muchas iglesias, la membresía suele reducirse a agregar su nombre a un registro, sin más requisito ni obligaciones.
Para Pablo, ser “miembro” de la iglesia significaba ser un órgano vital de un cuerpo con vida, una parte indispensable y ligada al cuerpo de Cristo. Necesitamos recuperar y poner en práctica el significado bíblico de ser miembro. La iglesia es un cuerpo, no un edificio; es un organismo, no una organización.
Para que los órganos de tu cuerpo cumplan su propósito, deben estar conectados al cuerpo. Lo mismo es cierto en tu caso, como parte del cuerpo de Cristo. Dios te creó para desempeñar un papel específico, pero si no te vinculas a una iglesia viva y local, te perderás el segundo propósito de tu vida. Descubrirás tu papel en la vida mediante tu relación con los demás.
La Biblia dice en romanos 12:4-5: “El sentido de cada una de las partes lo da cuerpo en su totalidad y no al contrario. Estamos hablando del cuerpo de Cristo formado por su pueblo elegido. Cada uno de nosotros encontramos nuestro sentido y función como parte de su cuerpo. Si somos un dedo de la mano o del pie cortados y sueltos, no servimos de mucho, ¿no?”.
Fuera del cuerpo, los órganos se secan y mueren. No pueden sobrevivir solos; nosotros tampoco. Desvinculado y sin la fuente de vida que brinda el cuerpo local, tu vida espiritual se marchitará y dejará de existir. Por ese motivo, el primer síntoma del enfriamiento espiritual suele ser la asistencia irregular a los cultos de adoración y otros encuentros de creyentes. Cuando descuidamos la comunión, todo lo demás también se va a pique.
Ser miembro de la familia de Dios tiene repercusiones y no es algo para ser ignorado casualmente. La iglesia es parte del plan de Dios para el mundo. Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella”. La iglesia es indestructible y existirá por la eternidad. Sobrevivirá al universo, y tu papel en ella también. La persona que dice: “No necesito a la iglesia”, es arrogante o ignorante. La iglesia es tan importante que Jesús murió en la cruz por ella. “Cristo amó a la iglesia entregó su vida por ella”.
La Biblia llama a la iglesia “la esposa de Cristo” y “el cuerpo de Cristo”. No me puedo imaginar diciéndole a Jesús: “Te amo, pero no me gusta tu esposa”, o “Te acepto, pero rechazo tu cuerpo”. Sin embargo, eso es lo que hacemos cuando le restamos importancia, menospreciamos o nos quejamos de la iglesia. Por el contrario, Dios nos manda a amarla tanto como la ama Jesús. La Biblia nos ordena “amar a nuestra familia espiritual”. Es triste ver que muchos cristianos usan la iglesia, pero no la aman.

LA CONGREGACIÓN LOCAL
Con pocas excepciones importantes que tiene que ver con todos los creyentes en la historia, casi todas las veces que se usa la palabra iglesia en la Biblia se refiere a la congregación local y visible. El Nuevo Testamento da por sentado que los creyentes eran miembros de una congregación local. Los únicos cristianos que no lo eran, eran los que estaban sujetos a la disciplina de la congregación o que habían dejado de tener comunión por casos de inmoralidad.
La Biblia dice que un cristiano sin iglesia materna es como un órgano sin un cuerpo, una oveja sin rebaño o un niño sin familia. No es su estado natural. La Biblia dice que somos “miembros de la familia de Dios... conciudadanos de los cristianos de todas partes”.
En la actualidad, el individualismo independiente de nuestra cultura ha creado muchos huérfanos espirituales: “creyentes conejos” que saltan de una iglesia a otra sin identificarse, sin rendir cuentas ni comprometerse con ninguna. Muchos creen que es posible ser un “buen cristiano” si unirse (a veces sin siquiera asistir) a una iglesia local, pero Dios no está de acuerdo con eso. Su Palabra ofrece muchas razones de peso para justificar la necesidad de estar comprometidos y ser activos en la comunión.

LA NECESIDAD DE LA FAMILIA ECLESIÁSTICA
Ser una familia eclesiástica te permite identificar como creyente genuino. No puedo decir que sigo a Cristo si no tengo ningún compromiso con otro grupo específico de discípulos. Jesús dijo: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
Somos testimonio al mundo cuando, viniendo de distintas culturas, razas y clases sociales, nos reunimos en amor como una familia en la iglesia. No somos parte del cuerpo de Cristo en soledad. Necesitamos a los demás para expresar que somos miembros del cuerpo. Juntos, no por separado, somos miembros de su cuerpo.
Ser una familia eclesiástica te aparta del aislamiento egocéntrico. La iglesia local es el salón de clases donde aprendes a vivir en la familia de Dios. Es el laboratorio donde se practica el amor comprensivo y sin egoísmo. Como miembro participante podrás aprender a interesarte en los demás y a -conocer la experiencia de otros: “Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él”. Únicamente por medio del contacto regular con creyentes comunes e imperfectos podremos aprender a tener comunión verdadera y experimentar la verdad del Nuevo Testamento que afirma que estamos ligados y dependemos unos de otros.
La comunión bíblica consiste en estar tan comprometidos con los demás como lo estamos con Jesucristo. Dios espera que entreguemos nuestra vida unos por otros. Muchos cristianos conocen el versículo de Juan 3:16 pero se olvidan de 1º Juan 3:16: “En esto conocemos lo que es el amor; en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos”. Este es el tipo de sacrificio de amor que Dios espera que demostremos a los demás creyentes: una disposición a amarlos del mismo modo que Dios nos amó.
Ser una familia eclesiástica te ayuda a mantenerte en forma espiritualmente. No podrás madurar si sólo asistes a los cultos de adoración y eres un espectador pasivo. Sólo podemos mantenernos espiritualmente en forma si participamos en toda la vida de una congregación local. La Biblia declara: “Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro”.
El Nuevo Testamento emplea más de cincuenta veces la frase “unos a otros” o “unos con otros”. Se nos manda amar; orar; alentar; amonestar; saludar; servir; enseñar; aceptar; honrar; llevar las cargas; perdonar; someternos; comprometernos y muchas otras tareas mutuas y recíprocas. ¡Esto es membresía bíblica! Estas son tus “responsabilidades familiares” que Dios espera que cumplamos por intermedio de una congregación local. ¿Con quién estás cumpliendo estas obligaciones?
Puede parecer más fácil ser santo cuando no hay nadie a nuestro alrededor que pueda frustrar nuestras preferencias, pero esta santidad es falsa y no verificable. El aislamiento genera engaño: es fácil engañarse creyendo que somos maduros si no nos comparamos con otros. La verdadera madurez se demuestra en las relaciones.
Para crecer necesitamos algo más que la Biblia, necesitamos a otros creyentes. Creceremos más rápido y seremos más fuertes si aprendemos de los demás y asumimos nuestra responsabilidad. Cuando otros comparten lo que Dios les está enseñando, aprendo y crezco.
El Cuerpo de Cristo te necesita. Dios tiene un papel exclusivo para que lo desempeñes en su familia. Es tu “ministerio”, y para desempeñarlo Dios te ha dado dones: “para ayudar a toda la iglesia Dios ha provisto a cada uno con dones espirituales”.
La congregación local es el lugar que Dios ha provisto para descubrir, desarrollar y usar tus dones. Es posible que además tengas un ministerio más amplio, pero eso es un agregado al servicio del cuerpo local. Jesús no prometió edificar tu ministerio; sino edificar su iglesia.
Compartirás la misión de Cristo en el mundo. Cuando Jesús caminó sobre esta tierra, Dios obró mediante el cuerpo físico de Cristo; hoy usa su cuerpo espiritual. La iglesia es el instrumento de Dios sobre la tierra. No solamente debemos ser ejemplo del amor de Dios amándonos unos a otros; también debemos llevar juntos ese amor al resto del mundo. Es un privilegio increíble que compartimos. Como miembros del cuerpo de Cristo, somos sus manos, sus pies, sus ojos y su corazón, Él obra en el mundo por nuestro intermedio. Pablo nos dice que “Dios nos ha creado en Cristo Jesús para trabajar juntos en su obra, en las buenas obras que Dios ha dispuesto para que hagamos, en la obra que más vale que pongamos en práctica”.
La familia eclesiástica evitará que te apartes. Nadie es inmune a la tentación. Dadas las circunstancias apropiadas, tú como yo podríamos ser capaces de cometer cualquier pecado. Como Dios sabe eso, nos ha asignado como individuos la responsabilidad de cuidarnos mutuamente. La Biblia dice: “Anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado”. “No te metas en mi vida” no es una frase que un cristiano debiera decir. Dios nos llama y nos manda a asumir un compromiso con los demás. Si sabes de alguien que en este mismo momento está flaqueando espiritualmente, es tu responsabilidad buscar a esa persona y devolverla a la comunión. Santiago dice que “si sabemos de alguno que se extravía de la verdad de Dios, no lo descartemos, busquémoslo y hagámoslo volver”.
Otro beneficio relacionado con la iglesia local es que brinda la protección espiritual de líderes consagrados. Dios ha dado a los líderes pastorales la responsabilidad de guardar, proteger, defender y velar por el bienestar espiritual de su rebaño “porque ellos cuidan de ustedes sin descanso, y saben que son responsables ante Dios de lo que a ustedes les pase”.
A Satanás le gustan los creyentes desarraigados, desconectados de la energía del cuerpo, aislados de la familia de Dios, sin responsabilidades frente a sus líderes espirituales: sabe que están indefensos y sin fuerza para enfrentarse a sus tácticas.

TODO ESTÁ EN LA IGLESIA
En mi libro Una iglesia con propósito expliqué cómo el formar parte de una iglesia espiritualmente saludable es esencial para tener una vida sana. Espero que también leas ese libro porque te ayudará a entender cómo Dios diseñó su iglesia específicamente para ayudarte a cumplir los cinco propósitos que Él tiene para tu vida. Él creó la iglesia para satisfacer las cinco necesidades más básicas de tu vida: un propósito para vivir, personas con quienes vivir, principios para vivir, una profesión para desarrollar y el poder para vivir. Sólo hay un lugar en la tierra donde es posible encontrar estos cinco beneficios reunidos en el mismo lugar.
Los propósitos de Dios para su iglesia son los mismos que tiene para tu vida. La adoración te ayudará a concentrarte en Dios; la comunión te ayudará enfrentar los problemas de la vida; el discipulado te ayudará a fortalecer tu fe; el ministerio te ayudará a descubrir tus talentos; el evangelismo te ayudará a cumplir tu misión. ¡No hay nada como la iglesia en la tierra!

TU ELECCIÓN
Cuando nace un bebé, él o ella se convierte automáticamente en parte de la familia universal de los seres humanos. Pero ese bebé también necesita ser miembro de una familia en particular para recibir el cuidado y el cariño que requiere para crecer, tener salud y ser fuerte. Lo mismo es cierto en el aspecto espiritual. Cuando nacemos de nuevo, automáticamente pasamos a formar parte de la familia universal de Dios, pero también necesitamos ser miembros de una expresión local de ese núcleo.
La diferencia entre ser un mero asistente al templo y un miembro de la iglesia es el compromiso. Los asistentes son espectadores frente al escenario; los miembros están comprometidos con el ministerio. Los asistentes son consumidores; los miembros, contribuyentes. Los asistentes desean tener los beneficios de la iglesia sin compartir las obligaciones. Son como parejas que quieren vivir juntas sin comprometerse y formar un matrimonio.
¿Por qué es importante unirse a la familia de una iglesia local? Porque es en la práctica, no en la teoría, como demuestras tu compromiso con tus hermanos y hermanas. Dios quiere que ames a personas reales, no ideales. Puedes pasarte toda tu vida buscando la iglesia perfecta, pero nunca la encontrarás. Dios nos llama a amar a los pecadores como Él nos amó.
En los Hechos, los cristianos de Jerusalén tenían compromisos muy específicos entre sí. Se dedicaban a la comunión. La Biblia nos dice “que se comprometían con la enseñanza de los apóstoles, la vida en comunidad, las comidas comunitarias y las oraciones”. Dios hoy espera el mismo compromiso de tu parte.La vida cristiana es más que el simple compromiso con Cristo: también implica el compromiso con otros cristianos. Los creyentes de Macedonia entendieron esto. Pablo dijo de ellos: “Se entregaron a sí mismos, primeramente al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios”. Después de convertirte en hijo de Dios, el siguiente paso natural que debes dar es convertirte en miembro de una congregación local. Cuando te comprometes con Cristo, te conviertes en cristiano; pero te conviertes en miembro de una iglesia cuando te comprometes con un grupo específico de creyentes. La primera decisión trae la salvación; la segunda, la comunión.

DÍA DIECISIETE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Soy llamado a pertenecer, no sólo a creer.

Versículo para recordar: “También nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás”. Romanos 12:5 (NVI)


Pregunta para considerar: El grado de compromiso que tengo con mi iglesia local, ¿refleja mi amor y compromiso con la familia de Dios?

Somos el pueblo de Dios-Marcos Witt con letra

jueves, 18 de enero de 2018

Lo que más importa

Lo que más importa
No importa lo que diga, lo que crea o lo que haga,
sin amor estoy en quiebra.
1º Corintios 13:3 (PAR)

En esto consiste el amor: en que pongamos en
práctica sus mandamientos. Y éste es el
mandamiento: que vivan en este amor, tal como
ustedes lo han escuchado desde el principio.
2º Juan 1:6 (NVI)
La vida consiste en amar.
Como Dios es amor, la lección más importante que quiere que aprendamos en esta tierra es cómo amar. El amor es el fundamento de todos los mandamientos que nos ha dado, porque cuando amamos, más semejantes somos a Él: “Porque la ley se resume en este mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo””.
Aprender a amar desinteresadamente no es una tarea sencilla. Es contraria a nuestra naturaleza egocéntrica. Por eso contamos con toda una vida para aprender a amar. Por supuesto, Dios quiere que amemos a todos, pero está particularmente interesado en que aprendamos a amar a los miembros de su familia. Como ya hemos visto, este es el segundo propósito para tu vida. Pedro nos dice que “debemos mostrar un amor especial por el pueblo de Dios”. Pablo hace eco de este sentimiento: “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”.
¿Por qué insiste Dios en que demos un amor especial y prestemos atención a otros creyentes? ¿Por qué ellos tienen prioridad en el amor? Porque Dios quiere que su familia sea fundamentalmente conocida por el amor que manifiesten entre sí. Jesús dijo que el amor de los unos a los otros, y no nuestras creencias doctrinales, sería nuestro mayor testimonio al mundo. Dijo: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
En el cielo disfrutaremos de la familia de Dios para siempre, pero primero tenemos que realizar un trabajo difícil en la tierra, como preparación para una eternidad de amor. Dios nos entrena dándonos “responsabilidades familiares” y la principal es que practiquemos amarnos unos a otros.
Él quiere que tengas una comunión estrecha y regular con otros creyentes para desarrollar la práctica del amor. El amor no puede aprenderse en aislamiento. Necesitas estar rodeado de personas: insoportables, imperfectas y molestas. Gracias a la comunión podemos aprender tres verdades importantes.
el mejor uso de la vida es amar
El amor debe ser tu prioridad, tu objetivo y tu mayor ambición. El amor no es una buena parte de la vida; es la parte más importante. La Palabra de Dios declara: “¡Que el amor sea para ustedes la más alta meta!”.
No basta con decir: “Una de las cosas que quiero en esta vida es amar”, como si el amor fuera uno de los diez objetivos principales que tenemos. Las relaciones tienen prioridad sobre todo lo demás. ¿Por qué?
La vida sin amor no tiene sentido. Pablo dice: “No importa lo que diga, lo que crea o lo que haga, sin amor estoy en quiebra”.
En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con tantas otras ocupaciones. Pero Dios dice que lo esencial de la vida consiste en nuestras relaciones con los demás.
Cuatro de los Diez Mandamientos se refieren a nuestra relación con Dios, mientras que los seis restantes tratan de nuestra relación con las personas. Pero ¡los diez tienen que ver con relaciones! Posteriormente, Jesús resumió lo que más le importa a Dios en dos afirmaciones: amar a Dios y amar a los demás. Dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo su corazón...” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. Después de aprender a amar a Dios, que es la adoración, aprender a amar a los demás debería ser el segundo propósito de la vida.
Lo que más importa en mi existencia son las relaciones y no los logros o la adquisición de bienes. Entonces, ¿por qué le prestamos tan poca atención a las relaciones? Cuando estamos muy ocupados, afectamos el tiempo que dedicamos a las relaciones, quitándoles la energía y atención necesarias. Lo urgente desplaza lo más importante para Dios.
La ocupación en múltiples actividades compite con las relaciones. Nos preocupamos en ganarnos la vida, en realizar nuestro trabajo, en pagar las cuentas y en lograr metas, como si vivir consistiera en cumplir esas tareas. No es así. El sentido de la vida es aprender a amar: a dios y a las personas. El resultado de la resta “vida menos amor” es cero.
El amor durará por siempre. Otra razón por la que Dios nos manda hacer del amor una prioridad es que es eterno: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor: Pero la más excelente de ellas es el amor”.
El amor deja un legado. El impacto más perdurable que puedes dejar en la tierra es el trato que tuviste con las personas, no tu riqueza o tus logros. Como lo expresó la Madre Teresa: “Lo que importa no es tanto lo que uno hace sino cuánto amor pone en hacerlo”. El amor es el secreto de un legado duradero.
He tenido que acompañar a muchas personas en sus últimos momentos, cuando están al borde de la eternidad, y nunca las he escuchado decir: “¡Traigan mis diplomas! Me gustaría mirarlos una vez más. Muéstreme mis premios, mi medalla, el reloj de oro que me regalaron”. Cuando nuestra vida sobre esta tierra llega a su fin, no nos rodeamos de objetos. Queremos estar rodeados de personas: de seres queridos y con quienes nos relacionamos.
Llegados los últimos momentos, todos nos damos cuenta de que la vida consiste de relaciones. La sabiduría consiste en aprender esta verdad lo antes posible. No esperes a estar en tu lecho de muerte para reconocer que esto era lo más importante.
El amor será la norma para evaluarnos. Aprender a amar debe ser el objetivo de la vida ya que será la norma que dios usará para evaluarnos en la eternidad. Una de las maneras que Dios utiliza para medir la madurez espiritual es la calidad de nuestras relaciones. En el cielo él no nos pedirá que le contemos sobre nuestra carrera profesional, nuestra cuenta bancaria y nuestros pasatiempos, sino que revisará cómo tratamos a otras personas, en especial a los necesitamos. Jesús dijo que la manera de amarlo es amar a su familia y atender sus necesidades prácticas: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
Cuando nos transfieran a la eternidad, dejaremos todo detrás. Lo único que llevaremos encima será nuestro carácter. Por eso la Biblia dice: “En Cristo Jesús... lo que vale es la fe que actúa mediante el amor”.
Con esto en mente, te sugiero que cuando te despiertes todas las mañanas, te arrodilles junto a tu cama o te sientes en el borde de la cama, y ores: “Dios, haga lo que haga hoy, quiero asegurarme de dedicar tiempo a amarte y amar a los demás: mi vida consiste en eso. No quiero desperdiciar este día”. ¿Por qué habría Dios de darte otro día si no lo vas a aprovechar?

EL TIEMPO ES LA MEJOR EXPRESIÓN DE AMOR
Es posible evaluar la importancia que le asignamos a algo considerando el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle. Cuanto más tiempo le dedicamos a algo, más evidente resulta la relevancia y el valor que tiene para nosotros. Si quieres conocer las prioridades de una persona, fíjate en cómo usa el tiempo.
El tiempo es el regalo más preciado que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar. Nuestro tiempo es nuestra vida. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo.
No es suficiente decir que las relaciones son importantes; debemos demostrarlo en acciones, invirtiendo tiempo en ellas. Las palabras por sí solas nada valen: “Hijos míos, no solamente debemos decir que amamos, sino que debemos demostrarlo por medio de lo que hacemos”. Las relaciones exigen tiempo y esfuerzo. Amor se deletrea así: “T-I-E-M-P-O”.
La esencia del amor no es lo que pensamos o hacemos o aportamos a los demás; antes bien, es cuánto entregamos de nosotros mismos. A los hombres, en particular, les cuesta entender esto. Muchos me han dicho: “No puedo entender a mi esposa ni a mis hijos. Les proveo todo lo que necesitan. ¿Qué más quieren?” ¡Te quieren a ti! Quieren tus ojos, tus oídos, tu tiempo, tu atención, tu presencia, tu interés: tu tiempo. No hay nada que pueda suplir eso.
El mejor regalo de amor no son los diamantes ni las rosas ni los dulces. Es brindar tu concentración. El amor se concentra tanto en otra persona que por un instante uno se olvida quién es. La atención dice: “Te valoro tanto que te entrego mi bien más valioso: mi tiempo”. Siempre que dediques de tu tiempo, estarás haciendo un sacrificio, y el sacrificio es la esencia del amor. Jesús nos dejó el ejemplo: “Estén llenos de amor hacia los demás; sigan en esto el ejemplo de Cristo, quien nos amó y se entregó en sacrificio a Dios por nuestros pecados”.
Es posible dar sin amar, pero no se puede amar sin dar. “Tanto amó Dios al mundo, que dio...” Amar es entregarse: dejar de lado mis preferencias, comodidad, objetivos personales, seguridad, dinero, energía y tiempo para el beneficio de otra persona.

EL MEJOR MOMENTO PARA AMAR ES AHORA
La postergación de algunos asuntos es una respuesta legítima cuando se trata de una tarea trivial. Sin embargo, como el amor es lo más importante, debe tener prioridad. La Biblia repetidas veces destaca este punto: “Siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos”; hagamos el bien “aprovechando al máximo cada momento oportuno”. “No niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo. Nunca digas a tu prójimo: “Vuelve más tarde; te ayudaré mañana”, si hoy tienes con qué ayudarlos”.
¿Por qué este es el mejor momento para expresar nuestro amor? Porque no sabemos por cuánto tiempo tendremos esta oportunidad. Las circunstancias cambian; las personas se mueren; los hijos crecen; no hay garantías para el mañana. Si quieres expresar tu amor, más vale que lo hagas ahora mismo.
Sabemos que un día deberemos presentarnos ante Dios; por lo tanto, deberíamos considerar las siguientes preguntas: ¿Qué justificación tendré para explicar que le di más importancia a los proyectos y a las cosas que a las personas’ ¿Con quién debería comenzar a pasar más tiempo? ¿Qué cosas necesito limitar de mi agenda para conseguir ese tiempo? ¿Qué sacrificios debo hacer?
El mejor uso que le puedes dar a la vida es amar. La mejor expresión de amor es el tiempo. El mejor momento para amar es ahora.
DÍA DIECISÉIS
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: La vida consiste amar.
Versículo para recordar: “Toda la ley se resume en un solo mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo””. Gálatas 5:14 (NVI)
Pregunta para considerar: Con toda franqueza, ¿son las relaciones mi prioridad? ¿Qué medidas puedo tomar para asegurarme de que lo sean?

El Amor (Oscar Medina)

lunes, 15 de enero de 2018

FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS

PROPÓSITO Nº 2
FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS
“Yo soy la vid y ustedes son las ramas”.
Juan 15:5 (NVI)

Formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada
Miembro está unido a todos los demás.
Romanos 12:5 (NVI)


Hecho para la familia de Dios
Dios es quien hizo todas las cosas, y todas las cosas son
Para su gloria. Quería tener muchos hijos para
Compartir su gloria.
Hebreos 2:10 (PAR)

Miren cuánto nos ama el Padre celestial que
Permite que seamos llamados hijos de Dios.
¡Y... lo somos!
1º Juan 3:1 (BAD)

Fuiste hecho para pertenecer a la familia de Dios.

Dios quiere tener una familia y nos creó para formar parte de ella. Este es el segundo propósito de Dios para tu vida; Él lo planificó así antes de que nacieras. Toda la Biblia es la historia de Dios formado una familia para amarlo, honrarlo y reinar con Él para siempre. Su Palabra lo expresa así: “Su plan inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a Él mediante Cristo Jesús. Esto ha sido muy de su agrado”.
Dios valora las relaciones porque Él es amor. Es relacional por naturaleza propia y se identifica con imágenes fraternales: Padre, Hijo y Espíritu. La Trinidad es la relación de Dios consigo mismo. Es el patrón perfecto para una relación armónica, y deberíamos estudiar lo que implica.
Como Dios siempre ha existido en una relación plural consigo, nunca ha estado solo. Él no necesitaba tener una familia, quería tenerla. Por lo tanto, diseñó un plan para crearnos y adoptarnos y compartir con nosotros todo lo que él tenía, porque eso le agradaba mucho. La Biblia afirma: “Él, porque así lo quiso, nos dio vidas nuevas a través de las verdades de su santa Palabra y nos convirtió, por así decirlo, en los primeros hijos de su nueva familia”.
Cuando depositamos nuestra fe en Cristo, Dios se convierte en nuestro Padre y nosotros en sus hijos, los demás creyentes se convierten en nuestros hermanos y hermanas, y la iglesia en nuestra familia espiritual. La familia de Dios está compuesta de todos los creyentes del pasado, el presente y el futuro.
Dios creó a todos los seres humanos, pero no todos son sus hijos. Para llegar a formar parte de la familia de Dios hay una única manera: nacer de nuevo. Con el primer nacimiento formamos parte de una familia humana, pero nos convertimos en miembros de la familia de Dios con el segundo. Dios nos ha dado “el privilegio de nacer de nuevo, para poder pertenecer a la propia familia de Dios”.
La invitación a formar parte de la familia de Dios es universal, pero hay una condición: tener fe en Jesús. La Escritura dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús”.
Tu familia espiritual es aun más importante que tu familia física porque durará para siempre. Nuestras familias en esta tierra son dones maravillosos de Dios, pero son pasajeras y frágiles, en ocasiones divididas por el divorcio, la distancia, la vejez e, inevitablemente, la muerte. En cambio, nuestra familia espiritual ¾nuestras relaciones con los demás creyentes ¾ continuarán por la eternidad. Es una unión más fuerte, un vínculo más permanente que la consanguinidad. Cuando Pablo se detenía a considerar el propósito eterno de Dios para nosotros, dejaba escapar la alabanza: “Cuando pienso en lo sabio y amplio de su plan, me arrodillo y oro al Padre de la gran familia, algunos miembros de esta gran familia ya están en el cielo y otros están todavía aquí en la tierra...”

BENEFICIOS DE PERTENECER A LA FAMILIA DE DIOS
Cuando nacimos espiritualmente en la familia de Dios, recibimos algunos regalos asombrosos: ¡el nombre de la familia, la semejanza a la familia, los privilegios familiares, el acceso a la intimidad de la familia y la herencia familiar! La Biblia dice que “como somos hijos de Dios, todo lo que Él tiene nos pertenece”.
El Nuevo Testamento pone de relieve nuestra rica “herencia”. Nos dice que “mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús”. Como hijos de Dios tenemos parte en la fortuna familiar. Aquí en la tierra Dios nos da “las riquezas... de su gracia... bondad... paciencia... gloria... sabiduría... poder... y misericordia”. Pero en la eternidad recibiremos aún más.
Pablo quiere que sepamos “cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos”. ¿Qué incluye exactamente esa herencia? Primero, estaremos con Dios para siempre. Segundo, seremos completamente transformados para ser como Cristo. Tercero, estaremos libres de pena, muerte y sufrimiento. Cuarto, recibiremos una recompensa y nos asignará puesto de servicio. Quinto, podremos compartir la gloria de Cristo. ¡Qué herencia! Eres mucho más rico de lo que crees.
La Biblia afirma que Dios “tiene reservada una herencia incalculable para sus hijos. Está conservada para ti, pura e indestructible, incontaminada e inmarchitable”. Eso significa que nuestra herencia eterna es invalorable, pura, permanente y está protegida. Nadie nos da puede quitar; tampoco hay guerras, economías recesivas o desastres naturales que la puedan destruir. Nuestro objetivo y empeño debería ser esta herencia eterna, no la jubilación. Pablo dice: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con su herencia”. La jubilación es una meta a corto plazo. Deberíamos vivir a la luz de la eternidad.

EL BAUTISMO NOS IDENTIFICA CON LA FAMILIA DE DIOS
Las familias saludables tienen orgullo familiar: sus miembros no se avergüenzan de ser reconocidos como parte de ella. Por desgracia, he conocido a muchos creyentes que nunca se han identificado públicamente con su familia espiritual como Jesús lo ordenó: por medio del bautismo.
Este no es un ritual opcional, que pueda retrasarse o postergarse. Representa nuestra pertenencia a la familia de Dios. Es el anuncio público al mundo de que “no me avergüenzo de ser parte de la familia de Dios”. ¿Te bautizaste? Jesús ordenó este acto hermoso para todos los miembros de su familia. Su mandamiento fue: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Durante años me pregunté por qué la Gran Comisión de Jesús le asignaba tanta relevancia al bautismo, tanta importancia como a las grandes tareas de evangelización y edificación. ¿Por qué es tan importante el bautismo? Pero entonces me di cuenta que el bautismo simboliza el segundo propósito de Dios para nuestra vida: la participación en la comunión de la familia eterna de Dios.
El bautismo está lleno de significado. Con él declaramos nuestra fe y compartimos la sepultura y resurrección de Cristo, representa nuestra muerte a la vieja vida y anuncia nuestra nueva existencia en Cristo. También es una celebración de nuestra incorporación a la familia de Dios.
El bautismo es la representación física de una verdad espiritual. Representa lo que sucedió en el momento cuando Dios nos adoptó en su familia: “Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo ¾ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres”. Todos recibimos el mismo Espíritu.
El bautismo no nos convierte en miembros de la familia de Dios; eso es posible sólo mediante la fe en Cristo. El bautismo es una muestra de que somos parte de esa familia. Es como el anillo de bodas: una señal visible de un compromiso interno hecho en el corazón. Es un acto de iniciación, no algo que podamos postergar hasta que nos consideremos espiritualmente maduros. La única condición bíblica es que hay que creer.
En el Nuevo Testamento, la gente se bautizaba enseguida, después de haber creído. En Pentecostés, el mismo día que aceptaron a Cristo se bautizaron tres mil personas. En otra ocasión, un líder etíope se bautizó en el mismo lugar donde se convirtió, y Pablo y Silas bautizaron al carcelero de Filipos y a su familia a medianoche. Los bautismos no se dejaban para otro momento en el Nuevo Testamento. Si todavía no te has bautizado como expresión de tu fe en Cristo, hazlo tan pronto como sea posible: como Jesús lo mandó.

EL PRIVILEGIO MÁS GRANDE DE LA VIDA
La Palabra de Dios declara: “Jesús y el pueblo que santificó pertenecemos a la misma familia; por lo tanto, Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas. Permite que esta espléndida verdad se te grabe a fondo. Eres parte de la familia de Dios y, como Jesús te santificó, ¡Dios está orgulloso de ti! Las palabras de Jesús son indiscutibles: “Señalando a sus discípulos (Jesús) añadió: “Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo””. Ser incluido en la familia de Dios es el más alto honor y privilegio que jamás recibirás. No hay nada que se le parezca. Cuando te sientas inseguro, o que no eres importante, o que nadie te quiere, recuerda a quién perteneces.

DÍA QUINCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Dios me hizo para pertenecer a su familia.

Versículo para recordar: “Su plan inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a él mediante Cristo Jesús”. Efesios 1:5 (BAD)


Pregunta para considerar: ¿De qué manera puedo comenzar a tratar a los demás creyentes como miembros de mi propia familia?