Todos morimos en el cordero.
“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.”, 2 Corintios 5:14-15
Siempre escuchamos que Cristo murió por nosotros, por nuestros pecados; esta es una verdad esencial del evangelio. Pero también es igualmente cierto y determinante saber que morimos juntamente con Él.
Esta es la explicación de por qué tenemos una nueva vida, pues cuando creímos en Cristo, participamos de la muerte del Cordero, es decir, fuimos colocados por el Padre en la muerte de su Hijo y juntamente con él fuimos resucitados para vida nueva (Romanos 6:6, Efesios 2:5-6)
Y el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu, nos impulsa como un poder que actúa en nosotros, para experimentar la realidad de su muerte, y dejar que la expresión del Hijo resucitado se manifieste en nosotros. (2 Corintios 5:14)
Este amor, nos impulsa también a vivir no para nuestros fines, sino para Él; no vivimos por una causa loable, sino por y para una persona perfecta que nos habita. No vivimos por algo, sino por Alguien. (2 Corintios 5:15)
Entonces, Él debe ser la causa que nos anime a levantarnos cada mañana, pero no nos despertamos con la actitud de decir, ‘ahora si Señor te voy a cumplir en todo’, pues la vieja naturaleza no puede ser mejorada, sino que debemos llevar su muerte, en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos, para que se active Su vida: “llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Corintios 4:10) Oración.
Padre, hoy se que cuando Cristo murió, yo morí, pero que ahora resucité en Él para vida nueva, no solo murió por mis pecados sino que participé de su muerte, para gozar de la vida eterna en su resurrección, amén.
