domingo, 10 de noviembre de 2013

La vida en el poder del Espíritu

La vida en el poder del Espíritu

Hechos 1.1-8

El Señor Jesús aseguró a sus discípulos que recibirían el Espíritu Santo (Lc 24.49), y en el día de Pentecostés se cumplió esa promesa (Hch 2.1-4). Dios siempre cumple a cabalidad, y enviar a su Espíritu no fue la excepción. De hecho, esta maravillosa bendición sigue estando presente hoy.

En el momento que una persona pone su fe en el Salvador, el Espíritu Santo viene a morar en ella. Él sella a todos los cristianos por la eternidad, de modo que nada los puede robar jamás de Él. Pero, lamentablemente, algunos creyentes pueden ser salvos y aún así seguir viviendo confiando en sus propias fuerzas.

Ser “llenos del Espíritu Santo” no es una experiencia emocional. Se trata de permitirle a Dios vivir a través de nuestras acciones, pensamientos y palabras, lo que significa renunciar a nuestros deseos.

Andar en el Espíritu no tiene nada que ver con nuestras habilidades, sino depender únicamente de Dios. Nos fiamos de Él, le pedimos que tome el mando, y le seguimos con obediencia. El Señor nos guiará cuando oramos a Él. Y mediante la meditación silenciosa y atenta en su Palabra, como también por medio del consejo de otros creyentes, podremos experimentar la guía, el poder, la protección y la ayuda del Padre celestial. Su voz suave y apacible se nos hará más evidente a medida que maduremos en Cristo.

Si usted es salvo, el Espíritu de Dios vive en usted. Pero Él anhela hacer mucho más que simplemente residir allí. Desea estar en comunión con usted, para que así experimente bendiciones abundantes. Vivir confiando en sus propias fuerzas solo le llevará al fracaso. Andar en el Espíritu da vida.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Una vida de obediencia

Una vida de obediencia

Juan 8.28, 29

Dios sabe lo que somos realmente: pecadores por naturaleza y por costumbre. Antes de ser salvos, vivíamos en rebeldía contra su autoridad, siguiendo nuestro propio camino. Pero Él nos amó tanto, que envió a su Hijo a sacrificar su vida en pago de la deuda de pecado que teníamos (Jn 3.16). El amor de Dios por nosotros es lo que nos motiva a obedecerlo en todo.

Cristo es nuestro ejemplo de obediencia. Él se retiraba habitualmente de las multitudes para pasar tiempo en oración y descubrir la voluntad de Dios. Buscaba complacer al Padre en todo lo que hacía, y quería que el mundo reconociera que mediante la obediencia se demuestra el amor (Jn 14.31).

La Biblia ofrece ejemplos de este principio. David no tuvo una vida perfecta, pero Dios sabía que el rey estaba consagrado de todo corazón a Él (1 R 15.5). David declaró: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal 40.8). Y el apóstol Pablo tenía a Cristo como su solo objetivo (Fil 3.13, 14). Aunque, antes de su conversión, había perseguido a los judíos cristianos (1 Co 15.9).

Estos dos hombres experimentaron el amor perdonador de Dios, que los motivó a buscar activamente su voluntad. Nuestro Padre celestial sabe que ninguno de nosotros puede tener una vida perfecta, y por eso quiere que sus hijos dejen que el Espíritu Santo les ayude a obedecer.

Una vida de obediencia requiere una mente centrada en el Señor y su plan, un corazón comprometido a obedecerle, y una voluntad rendida a su autoridad. Consiste en negarse a sí mismo, resistir la tentación, y preferir su camino diariamente. ¿Qué tan fuerte es el deseo suyo de hacer la voluntad de Dios?

viernes, 8 de noviembre de 2013

Cómo aferrarse a las promesas de Dios

Cómo aferrarse a las promesas de Dios

Lucas 24.13-49

La Biblia está repleta de la generosa intención de Dios de darnos un regalo. En cualquier circunstancia, pero especialmente en los tiempos difíciles, sus promesas son un ancla para nuestras almas. Ellas nos dan la esperanza que nos permite ser valientes y audaces cuando enfrentamos las tormentas de la vida.

Pero muchas personas no confían en las promesas de Dios, por dos razones. Primero, porque no tienen conocimiento de ellas. Segundo, porque algunos no creen que son verdad. Muchos creyentes pueden citar las Sagradas Escrituras, pero cuando enfrentan una prueba intimidante —como una salud debilitada o la pérdida de un empleo— su confianza vacila y la duda los vence.

Si no sabemos todo lo que la Biblia nos garantiza, podemos leer y estudiar, pero no podemos forzarnos a creer. La fe es un don de Dios. Lucas 24 registra dos veces que personas se enfrentaron cara a cara con el Señor Jesús, pero no lo reconocieron. Él tuvo que abrirles sus ojos espirituales antes de que pudieran verlo realmente. Lo mismo puede decirse de nuestra fe: ella no es posible sin el Espíritu Santo.

El Señor Jesús da a los creyentes innumerables promesas en la Biblia: de protección, esperanza, seguridad eterna, consejo y dirección, para nombrar solo unas pocas. ¿Confía usted en Él?

    Cuando lea la Biblia, pídale al Espíritu Santo que le lleve a ver las promesas que se aplican a su vida. Considérelas, memorícelas y medite en ellas. El Padre celestial quiere que usted se apropie de estas verdades. Entonces, cuando vengan las pruebas, usted tendrá un fundamentos seguro en el cual apoyarse.

jueves, 7 de noviembre de 2013

El amor de Pablo a la iglesia

El amor de Pablo a la iglesia

Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo.

Filipenses 1:8

El apóstol Pablo trataba a los creyentes con un espíritu amable y afectuoso. A menudo daba órdenes con genuinas expresiones de amor a las personas. Tenía un lugar especial en su corazón para la iglesia de Filipos. Se dirigía a esos creyentes como "hermanos míos amados y deseados" (Fil. 4:1).

Manifestaba su amor en su deseo de permanecer con ellos para su "provecho y gozo de la fe" (1:25). Pablo estaba dispuesto a ser ofrecido "sobre el sacrificio y servicio de [su] fe" (2:17). Y solamente los creyentes de Filipos habían "[participado con él] en razón de dar y recibir" (4:15), que también revela su vínculo especial con ellos.

Pablo era un dialéctico y un teólogo sin igual, su capacidad intelectual era asombrosa, pero también estaba dotado de una gran capacidad para amar a las personas. Su ministerio puede ser eficaz solo cuando ame a las personas.                El gozo de Pablo

Hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía.

Filipenses 4:1

El gozo del apóstol Pablo venía de los demás creyentes. El versículo de hoy dice que los creyentes de Filipos eran su "gozo y corona". A los creyentes tesalónicos igualmente les dij "¿Cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo" (1 Ts. 2:19-20).

Pablo se regocijaba en la salvación y en el crecimiento espiritual de la iglesia, que está representada por la palabra corona. El término se refiere a una corona de laurel, algo que un deportista recibía en los tiempos bíblicos por ganar un torneo (1 Co. 9:25). Pero un deportista no era el único que recibía tal corona de laurel. Si alguien era agasajado por sus compañeros, también recibiría una como invitado de honor al gran banquete. De modo que la corona simbolizaba el éxito o una vida provechosa. Los creyentes de Filipos eran el galardón de Pablo; prueba del éxito de sus esfuerzos. Cuando usted sirva con sus dones, Dios quiera que sienta el gozo que sentía Pablo.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Un buen soldado

Un buen soldado

Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo.

2 Timoteo 2:3

Valor, convicción e integridad son virtudes respetables desde un punto de vista secular, pero es necesario que se manifiesten en la vida de todos los cristianos. Es que el nombre "cristiano" nos identifica con Cristo, que nunca transigió ni se apartó de la verdad. Él es el ejemplo perfecto de integridad valerosa.

Es lógico entonces que se nos llame a ser estables y a estar firmes como Cristo y a no dudar (Stg. 1:6). Exhortaciones a estar firmes (Ef. 6:11, 13-14) y ser fuertes (1 Co. 16:13; 2 Ti. 2:1) confirman que hemos de ser valerosos y intransigentes al vivir para Jesucristo.

Casi todos deseamos verdaderamente estar firmes y no tropezar en nuestro andar con Cristo. Ninguno de nosotros quiere ser aplastado bajo el peso de las pruebas de la vida ni ser derrotado por el ataque furioso del mundo, de la carne y de Satanás. Pero debemos comprender que permanecer firmes y ser fuertes no es fácil porque libramos una lucha espiritual (2 Ti. 2:3-4). Tenemos que estar preparados para sufrir "penalidades" a lo largo del camino como buenos soldados de la fe.                 Resolver la discordia

Estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio.

Filipenses 1:27

La estabilidad espiritual depende del amor mutuo, la armonía y la paz entre los creyentes. Nuestra vida debe estar entretejida para que podamos soportarnos y sustentarnos los unos a los otros.

En el versículo de hoy, leemos que Pablo quería que hubiera esa clase de armonía en la iglesia de Filipos, pero en su lugar había una gran desavenencia entre dos mujeres que amenazaban la vida de la iglesia. Pablo procuraba que no se extendieran por toda la iglesia pecados como la parcialidad, la crítica, la amargura, la falta de perdón y el orgullo.

A fin de evitar tales problemas, es necesario que los creyentes velen y oren los unos por los otros. El amor mutuo produce la armonía que lleva a la estabilidad espiritual y que muestra lo que ha de hacer la iglesia: ayudar a los débiles, levantar a los caídos y restaurar a los quebrantados.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Hay que reconocer la trampa

Hay que reconocer la trampa

Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

Santiago 1:14

La tentación no viene de Dios, sino de adentro. El vocablo tentado se empleaba en contextos de cacería para describir animales que se atraen a las trampas, y se emplea seducido para describir pescar con una carnada. Toda persona es tentada cuando la trampa del pecado tiene una carnada que apela a su lujuria. La lujuria de una persona que responde a la seducción de la trampa la atrae engañosamente hasta el punto que es atrapada.

¿Qué nos impulsa tanto hacia la carnada? No es Dios. Y tampoco lo son Satanás, ni sus demonios, ni el sistema malvado del mundo el que nos seduce para que mordamos el anzuelo. Es nuestra naturaleza lujuriosa la que nos impulsa a morderlo. Nuestra carne, nuestra naturaleza caída, tiene un deseo de lo malo.

Desde una perspectiva espiritual, el problema es que, aunque hemos sido redimidos y hemos recibido una nueva naturaleza, tenemos todavía un enemigo dentro. La pasión interior de la carne, no Dios, es la culpable de que seamos tentados a pecar.                         El nacimiento del pecado

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

Santiago 1:15

La mayoría de las personas piensan que el pecado es un acto o comportamiento individual. Pero el versículo de hoy dice que el pecado no es un acto; es el resultado de un proceso.

El pecado comienza con deseo, que está relacionado con la emoción. Comienza cuando usted desea sentirse satisfecho al adquirir algo, cuando tiene un anhelo emotivo de poseer algo que ve. Entonces la tentación afecta su mente mediante el engaño. Usted comienza a justificar su derecho a tener lo que desea. Su mente es engañada al creer que la satisfacción de sus deseos satisfará sus necesidades.

Acto seguido, su voluntad comienza a planificar cómo va a obtener lo que quiere, y cuando la lujuria es seducida (como quien dice) por la carnada, queda preñada en el vientre de la voluntad de una persona. Por último, ocurre el acto del pecado.

El saber cómo nace el pecado debiera ayudarlo a huir de la tentación.

jueves, 31 de octubre de 2013

La miopía espiritual

La miopía espiritual

LUCAS 16.19-31

En Lucas 16, Jesús cuenta la historia de un hombre rico que vivió para sí mismo sin tomar en cuenta a Dios. Después de morir, experimentó la consecuencia de su decisión —su separación eterna del Señor.

Jesús lo describe como alguien que vivía rodeado de lujos (v. 19), proveyendo para sí lo mejor que el dinero podía comprar, pero dando poco al pobre que estaba a su puerta. Es importante entender que este hombre no fue juzgado severamente por Dios por su riqueza. Él no se opone a nuestro éxito. Ni tampoco quedó separado del Señor por su falta de caridad hacia los demás. No hacía daño deliberadamente a otros, sino que no notaba a quienes padecían necesidades por estar concentrado solamente en sí mismo.

El error del hombre rico fue que hacía toda clase de provisión para su cuerpo, pero ninguna para su alma. Nuestra cultura practica un estilo de vida parecido. Adquirir riquezas materiales y la satisfacción propia, son la búsqueda principal de muchos en nuestro mundo. Lograr lo que uno quiere parece ser el objetivo, ya sea luchando para llegar a fin de mes, o teniendo la cuenta bancaria rebosante.

La Biblia dice que fuimos creados para relacionarnos con el Padre mediante la fe en su Hijo. El hombre rico ignoró a Dios y pagó el precio final. Nuestro destino eterno depende de la decisión que tomemos en cuanto a Cristo.

Quien acepta el regalo de la salvación de Cristo, vivirá eternamente con Él en el cielo. Quienes rechacen a Dios sufrirán la eternidad separados de Dios. Si usted conoce a personas que son miopes espirituales, ore por ellas para que pongan su fe en Cristo.