sábado, 15 de agosto de 2026

En comunión Dios trae consolación

 En comunión Dios trae consolación

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.” 2 Corintios 1:3-4

En momentos tan desafiantes como los que atraviesan muchas familias en Colombia tras el terremoto del pasado 10 de agosto, es imperativo recordar que nuestro Padre Celestial es el “Dios de toda consolación”. Él no nos observa desde la distancia; Él es quien desciende para consolarnos en cualquier tribulación.

Su amado Hijo, Jesucristo, experimentó en carne propia el dolor, la angustia, la traición y, finalmente, la muerte. Jesús, como Hijo, padeció el quebranto; Dios, como Padre, sostuvo el peso del sacrificio. Por eso nuestro Señor, aquel “varón de dolores, experimentado en quebrantos” (Isaías 53:3), es quien mejor nos puede consolar, porque Él ya estuvo allí. El Señor conoce el sufrimiento humano, lo vivió, y es en Él donde encontramos la paz verdadera que sobrepasa todo entendimiento en medio de la angustia.

Jesús prometió a sus discípulos: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18). Y cumplió su promesa regresando victorioso de la tumba, resucitando al tercer día de entre los muertos, para luego enviarnos su Santo Espíritu. Él dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:26-27)

Hoy, todos los creyentes, quienes hemos recibido a Cristo como Señor y Salvador, tenemos con nosotros al Consolador. Vengamos en comunión a pedir su paz. Él nos recordará las promesas de Dios, trayendo quietud a nuestro espíritu, tranquilizando nuestra alma y fortaleciendo nuestro cuerpo. No permitamos que nuestro corazón se turbe; acerquémonos al Espíritu Santo, quien desea recordarnos que, en medio de cualquier sacudida de la tierra, el abrazo del Padre sigue siendo el lugar más seguro. Y al ser consolados, consolemos a otros compartiendo las buenas nuevas del evangelio, para que la paz de Dios los alcance también a ellos.   Oración.

Señor Jesús, gracias porque sé que comprendes profundamente el sufrimiento humano. Gracias por dejarnos a tu Santo Espíritu como nuestro guía y protector en todo momento, para que, incluso en los días más difíciles, podamos acudir a Él para recibir tu consuelo y así poder ser canales de bendición al llevar el mismo consuelo a los demás. Amén.  



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