¿Cómo se edifica la iglesia?
martes, 4 de agosto de 2026
¿Cómo se edifica la iglesia?
lunes, 3 de agosto de 2026
El amor, la Gloria de la Comunión
El amor, la Gloria de la Comunión
“Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”. Colosenses 3:14
La comunión que por gracia recibimos al creer en Jesucristo (2 Corintios 13:14), nos une a Él, nos vuelve uno con Él y con el Padre, pues al recibir a Jesús como Señor y Salvador, se nos da su Santo Espíritu, quien viene a morar en nosotros, quitando la soledad y llenándonos de su amor como declara Romanos 5:5b “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.
El amor de Dios, que es el vínculo perfecto, el ligamento, el principio unificador que nos entrelaza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, nos permite experimentar la unidad con Dios y con los demás creyentes, convirtiéndonos en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, a través del cual podemos manifestar la Gloria de Dios.
Manifestar la Gloria de Dios es dejar ver en nosotros lo maravilloso de Dios: su amor, sus cualidades, sus atributos, lo que trae honra y honor a Él, lo cual, realmente es dejar vivir a Cristo y morir nosotros, morir a nuestros propios pensamientos egoístas, a nuestro sentir pecaminoso y a nuestro orgulloso actuar.
Para expresar esta Gloria extraordinaria de Dios es necesario vestirnos de amor, el amor de Dios, como dice Colosenses 13:14, es decir, dejar que la vida de Cristo se manifieste a través nuestro, pues sus Palabras y sus Actos revelan esa gloria de Dios que desborda de amor.
El apóstol Pablo nos enseña en Colosenses 3:16 que la palabra de Cristo debe morar o estar presente en abundancia en nuestra vida, por eso de manera práctica nos insta a enseñarnos y exhortarnos unos a otros en toda sabiduría, expresando con salmos e himnos y cánticos espirituales la gratitud interna de nuestro corazón.
Finalmente en Colosenses 3:17 se nos exhorta a que todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, lo hagamos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Por lo tanto hermanos pidamos a Dios, que sea su amor manifestándose poderosamente en nuestras vidas, tanto en lo que decimos como en lo que hacemos, gracias a la comunión del Espíritu Santo, para reflejar al igual que Cristo, la Gloria de Dios. Oración.
Espíritu Santo, te pido que me lleves a experimentar la verdadera comunión, pues mi anhelo es manifestar ese gran amor que has derramado en mi corazón, para así reflejar mejor tu Gloria. Amén.
domingo, 2 de agosto de 2026
Cristo ejemplo de comunión
Cristo ejemplo de comunión
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” Juan 17:22-23
El mejor ejemplo de cómo vivir una vida en plena comunión con Dios nos lo muestra nuestro Señor Jesucristo. En Juan 10:30, Él afirma: “Yo y el Padre uno somos”. Esta declaración nos revela una verdad fundamental: la verdadera comunión va mucho más allá de una relación entre dos personas; se trata de una unidad profunda donde el pensar, el sentir y el actuar llegan a ser los mismos.
En nuestras relaciones humanas, a menudo toleramos las diferencias o buscamos el respeto mutuo a pesar de ellas. Sin embargo, en la unidad divina, existe un vínculo transformador que nos alinea totalmente con el corazón de Dios. Jesús vivía esta unidad de forma absoluta, pues su pensamiento, sus emociones y su actuar reflejaban perfectamente al Padre, lo cual se comprueba en lo que el Señor decía (pues de la abundancia del corazón habla la boca), pero también en lo que hacía, en su extrema coherencia entre su creencia y su vivencia.
Jesús siempre hablaba lo que el Padre le decía que hablase y hacia lo que el Padre le mandaba, como se evidencia en Juan 8:28-29 “Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”
Lo más extraordinario es saber que esta comunión que Jesús disfrutaba con el Padre es el mismo anhelo que Él tiene para nosotros. Jesús nos ha otorgado la gloria que recibió del Padre, no para que estemos solos, sino para que permanezcamos unidos a Él en perfecta armonía. Juan 17:22-23 nos lo recuerda “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”. Hermanos, pidamos a Dios que al igual que en Jesús, su gloria se manifieste hoy en nuestras vidas, gracias a la comunión del Espíritu Santo, que nos mantiene unidos a Él mediante el vínculo indestructible de su amor. Oración.
Señor Jesús, hoy me postro delante de Ti, y te pido que por tu Santo Espíritu me lleves a la verdadera comunión, para así reflejar también la gloria de Dios. Amén.
sábado, 1 de agosto de 2026
Comunión
Comunión
“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” 1 Corintios 1:9
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.” 2 Corintios 13:14
Como creyentes, debemos sentir una profunda gratitud por la fidelidad de nuestro Dios, quien nos llama a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor (1 Corintios 1:9). Él nos atrae constantemente con cuerdas de amor, tal como lo expresa Oseas 11:4: “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida”.
Este amor y fidelidad de Dios se ha manifestado hacia la humanidad desde el principio de los tiempos. Como Padre amoroso, preparó todo para que viviéramos en perfecta comunión con Él, en un lugar especial: el huerto del Edén, descrito en Génesis 2:8: “Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado”.
Es fascinante notar que, en el hebreo original, “jardín del Edén” se escribe “Gan Eden” (גַּן־עֵדֶן), y al analizar sus raíces, descubrimos el profundo propósito divino: Gan (גַּן) significa huerto o lugar protegido, mientras que Éden (עֵדֶן) evoca delicia, bienestar y una frescura que sacia el espíritu. No se trataba de un simple jardín geográfico, sino del “Jardín de la delicia”, un entorno donde el ser humano podía disfrutar de la satisfacción plena y el gozo inefable de la presencia de Dios, un placer que trasciende todo lo que el mundo pueda ofrecer.
Lamentablemente, la desobediencia humana, nacida de la rebeldía y el orgullo, rompió esta comunión, como consecuencia de la muerte espiritual. Sin embargo, Dios, grande en misericordia y digno de suprema alabanza, tenía establecido un plan glorioso para restaurarnos, así gracias a la obra de su Hijo Jesucristo en la cruz, y por medio de la fe en Él, tenemos nuevamente acceso al Padre.
Por eso, hermanos, la invitación es a recibir la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a disfrutar del amor de Dios; y a permitir que el Espíritu Santo nos guíe, para que volvamos a vivir, desde hoy, en la plenitud de esa comunión con nuestro Padre Celestial. (2 Corintios 13:14). Oración.
Padre Dios, gracias por tu gran amor, gracias por atraerme hacia ti por medio de tu Santo Espíritu, ayúdame a disfrutar de la comunión que tu Hijo Jesús restauró. Amén.
viernes, 31 de julio de 2026
Señor, llévame a tu encuentro
Señor, llévame a tu encuentro
“Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” Jeremías 15:19
Para nadie es un secreto que como cristianos cada día somos ampliamente tentados, tentados a salir, desenfocarnos o distraernos de nuestra identidad y realidad espiritual; el mundo, nuestro cuerpo pecaminoso y por supuesto Satanás, están siempre queriéndonos llevar en contra del conocimiento y de la voluntad de nuestro Dios; es una guerra que, por supuesto, en nuestras fuerzas no podemos ganar. Sin embargo, queridos hermanos, es una victoria que ya Jesús en la cruz ganó por nosotros.
1 Juan 2:15-17, nos deja ver que cuando nosotros amamos o preferimos al mundo, así como los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida, que es a su vez los medios que usa nuestro enemigo para tentarnos, es porque el amor del Padre no está en nosotros, pero si no está en nosotros, no es precisamente porque Él no nos lo haya concedido, sino más bien porque nosotros no hemos a él accedido.
¡Ir a la cruz, ir a su encuentro y tomar de su amor!
Jesús, cuando de esta manera fue tentado, estaba preparado, su corazón del amor del Padre había llenado; hoy el Espíritu de Cristo habita nuestro corazón y con el mismo anhelo y fervor que Jesús en aquel tiempo, quiere llevarnos al encuentro de nuestro Papá Dios; si nos arrepentimos, es decir, cambiamos de dirección, y en lugar de ir tras el pecado, vamos hacia donde el Espíritu nos encamina, entonces, dice el Señor: “yo te restauraré, y delante de mí estarás;” El Señor hará que podamos negarnos a nosotros mismos, y del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual nos llenará; su propósito es que donde quiera que estemos y con quien sea que nos estrechemos, a Él siempre reflejemos; ser como su boca transmitiendo su palabra para dar gracia y edificación, convirtiéndose ellos a nosotros y no nosotros a ellos. Oración.
Papá Dios, sé que por tu fidelidad y el poder de tu Santo Espíritu que habita mi corazón, cada nuevo amanecer me llevarás a tu encuentro, abrirás mis ojos y me concederás la gracia de verte; gracias Cristo Jesús porque conmigo estas y tu victoria sobre el mundo, el pecado y Satanás a cada momento puedo tomar para vivir en la ley del amor y de la libertad, aleluya, amén.
jueves, 30 de julio de 2026
Recibir a Jesús
miércoles, 29 de julio de 2026
La fuerza de su Espíritu
La fuerza de su Espíritu
“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”, Efesios 4:22-24
“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.”, Romanos 15:13
Muchas veces decimos ‘no es en nuestra fuerza’, pero lastimosamente, luchar en nuestra fuerza es lo que por defecto buscamos para hacer todo.
Oramos al Señor entregando alguna situación que nos desborda, pero salimos de la oración y resolvemos en nuestras propias capacidades, entendimiento o independencia.
Los creyentes debemos reflexionar profundamente en qué mente operamos, pues esto define el fruto y el resultado, pues todo creyente ha recibido la mente de Cristo, para ser guiado a cambiar su manera de pensar y como consecuencia, actuar de manera diferente. (Romanos 12:2, 1 Corintios 2:16)
Entonces, actuar no en nuestras fuerzas, sino en el poder de su Espíritu, depende de la naturaleza en que obramos, o en qué ámbito nos movemos, si en la vieja naturaleza heredada de Adán, o en la nueva naturaleza en Cristo, (Efesios 2:3, Efesios 4:22-24).
Observemos que el pasaje de Efesios 4:22-24, nos dice que nos despojemos de esa vieja naturaleza o viejo hombre y tomemos el nuevo, con una clave en el versículo 23: “renovaos en el espíritu de vuestra mente”. No confiar en nuestros propios pensamientos no significa renunciar a la razón, sino que sabiendo que nuestro corazón (que incluye nuestros pensamientos) es por naturaleza engañoso y perverso, no confiamos en él (Jeremías 17:9), sino que nuestra confianza es en Cristo mismo, haciendo de manera práctica lo siguiente: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,” (2 Corintios 10:5).
Pueden llegar pensamientos de desesperanza, que provocan ansiedad, o pensamientos de temor, incertidumbre, incluso de nuestros propios deseos malos, o malos pensamientos, pero no nos dejamos arrastrar por ellos, sino que en el poder de su Espíritu, por medio de la fe en lo que Dios dice, llevamos todo pensamiento a que se someta a la verdad que nos habita, a Cristo, derribando así toda mentira que nos esclaviza y permitiendo que el gozo y la paz abunden en nosotros. (Romanos 15:13)
En conclusión, es una batalla que si bien es espiritual y se enfrenta con armas espirituales, en el poder de su Espíritu, nuestra mente juega un papel determinante; como una puerta de entrada, pues los pensamientos moldean ideas y estructuran la creencia; la creencia es determinante en lo que finalmente hacemos. (Proverbios 23:7a, 2 Corintios 4:13). Oración.
Padre, la confianza que me has provisto en Jesús, en su obra maravillosa de salvación, me da la certeza que no me dejas ni me abandonas, porque él sufrió el abandono en la cruz para pagar por mis pecados, para que nosotros los creyentes experimentemos su amparo, protección por la fuerza de su Espíritu.