viernes, 17 de febrero de 2017

Juan 4.3-18

Juan 4.3-18

Como vimos ayer, muchísimas personas tienen una vida vacía, que es contraria al plan de Dios. El relato sobre la mujer samaritana en Juan 4 enseña cosas importantes en cuanto a una vida plena.

Para el Señor es importante que llenemos nuestro vacío. Los judíos no pasaban por Samaria por el gran odio que tenían a sus habitantes. Pero Jesús, siendo judío, decidió pasar por allí porque sabía que una mujer samaritana que sufría estaba lista para escuchar acerca del amor de Dios.

Los intentos que hacemos para lograr la felicidad muchas veces nos dejan sin esperanza. La mujer del pozo había estado casada cinco veces, pero todos sus matrimonios habían fracasado. Sea que sus problemas fueran o no por su culpa, no tenía el amor que había buscado.

El Señor conoce nuestro dolor. Cuando la mujer reconoció que en esos momentos no tenía un esposo, Jesús le reveló que Él ya sabía que no estaba casada con el hombre con el que vivía. Al demostrarle que conocía su infelicidad y su anhelo de llenura, el Señor la ayudó a reconocer su necesidad de un Salvador.

Jesús puede satisfacer nuestros anhelos. Después que la samaritana entendió qué le estaba faltando, Jesús le dijo cómo tener una vida de plenitud: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4.13, 14).


¿Se ha sentido usted alguna vez como la mujer samaritana, disconforme con la vida, y con sed de amor y de gozo? Entregue su vida a Dios y permita que su amor fluya a través de usted. Solo así tendrá vida abundante.

jueves, 16 de febrero de 2017

Salmo 16.11

Salmo 16.11

En público, la mayoría de las personas parecen felices y confiadas. Pero, en el fondo, muchas se sienten vacías. En realidad, se puede estar en medio de una gran multitud y sentirse solo.

Muchos no le ven ningún significado o propósito a la vida. Y tratando de vencer el vacío, algunas personas trabajan y trabajan, otras se vuelven a las drogas o el alcohol, y otras se empeñan en tener más dinero, poder o sexo.

Hay una razón que explica la sensación de vacío en la vida: Dios creó al hombre con un anhelo que solo Él puede satisfacer. La persona no puede sentirse satisfecha hasta experimentar el amor transformador e incondicional del Señor. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10.10). Es decir, Dios desea que nos sintamos completos; lo cual solo se logra por medio de una relación con Él.

No obstante, una persona salva puede sentirse vacía. A veces es el resultado de la desobediencia; un ligero desvío en nuestro caminar con el Señor puede convertirse después en un estilo de vida. También es posible que un cristiano viva conforme a la Palabra de Dios, pero no haya rendido totalmente sus deseos a Dios. Por ejemplo, muchos cristianos tratan de llenar su vacío con riquezas, éxitos o relaciones. Pero cuando a esos deseos se les da mayor prioridad que al Señor, se convierten en una forma de idolatría.


Solamente cuando buscamos a Dios por encima de todo lo demás, podemos vivir en plenitud. Ore pidiendo que Él le dé su dirección para escudriñar su corazón. Confiésele cualquier pecado o idolatría, y pídale que llene su vida como solo Él puede hacerlo.

miércoles, 15 de febrero de 2017

2 Crónicas 20.12

2 Crónicas 20.12

Si usted ha experimentado una tormenta con otras personas, sabe que no todo el mundo reacciona de la misma manera.

Imagínese una fiesta en el patio de una casa donde todos los invitados se están divirtiendo, pero después el viento comienza a soplar con fuerza. La temperatura baja, el cielo se oscurece y el olor a lluvia se siente en el aire. Todo el mundo corre para meterse a la casa. Y justo cuando la última persona entra, los cielos se desatan. En el interior de la casa, la gente se apiña formando grupos. Un grupo está junto a la ventana, dando gritos de asombro y admiración por los truenos y los relámpagos. En un sofá, otros se abrazan o se cubren los oídos; en otro grupo, algunos saltan y se estremecen con cada trueno. Pero en otro grupo están conversando y parecen completamente ajenos al clima. ¿No es esta una imagen de las diferentes maneras de reaccionar ante las tormentas de la vida?

Cuando se trata de las perturbaciones que enfrentamos, nuestras reacciones pueden tener un impacto significativo más adelante. Algunas personas lo hacen de buena manera y salen fortalecidas, mientras que otras quedan destrozadas por el problema.

Lo que explica la diferencia en cuanto a nuestra reacción es la visión que tenemos de Dios. Si lo vemos como nuestro amoroso Padre celestial, entenderemos que Él tiene el mejor plan para nuestra vida, aunque el camino sea a través de aguas turbulentas. Pero si consideramos a Dios un obstáculo para los objetivos que nos hemos fijado, perderemos sus bendiciones. 


Las tormentas son inevitables en la vida. Cuando nos llegue una, lo más sabio que podemos hacer es clamar al Señor.

martes, 14 de febrero de 2017

1 Corintios 13

1 Corintios 13

El amor divino nos capacita para reaccionar con calma ante las dificultades, demostrar paciencia y sacrificarnos sin quejarnos. Demostramos el amor de Dios cuando podemos:

Perdonar a los demás. En Lucas 15.13, 14, el hijo pródigo desperdició su dinero viviendo de manera desenfrenada, lo que hizo que descubriera la naturaleza destructiva del pecado. Cuando regresó, su padre lo perdonó por completo. El amor hizo posible borrar el pasado (Sal 103.12).

Actuar con generosidad. El hijo, que había estado alimentando cerdos, llegó a la casa del padre con pocas esperanzas. El padre lo recibió con calidez y lo vistió con las mejores ropas. El amor divino, que no guarda registro de errores, le permitió al padre demostrar gracia al hijo.

Servir con alegría. ¡Qué celebración hizo el padre por el regreso del hijo pródigo! Su alegría por el regreso a casa de su hijo perdido se desbordó a otros. El amor se expresa con el servicio jubiloso a los demás.

Restaurar a quienes caen. El que había abandonado a su padre y despilfarrado su herencia, recibió de nuevo todos sus derechos como hijo.

Cuando nos complicamos la vida, nuestro Padre celestial espera con paciencia que volvamos a Él. Dios acepta nuestro arrepentimiento, se regocija por nuestro regreso y restablece nuestra relación con Él. El hermano mayor de esta parábola no entendió la situación por su actitud legalista (1 Jn 1.8). No reconoció sus errores, ni las muchas veces que su padre le había mostrado amor y perdón.


Dios nos llama a tener un estilo de vida de amor ágape. ¿A quién pudiera ofrecer el amor que perdona, restaura y sirve con generosidad y alegría?  

lunes, 13 de febrero de 2017

Lucas 15.11-32

Lucas 15.11-32

En el tiempo de Jesús, se utilizaban tres palabras griegas para expresar “amor”: eros (intimidad física), filia (amistad) y ágape (el fruto producido por el Espíritu Santo, como aparece en Gálatas 5.22, 23). Nuestro Padre celestial cuida de nosotros con amor ágape, y para llevarnos a una relación correcta con Él, sacrificó a su Hijo (1 Jn 4.10).

La parábola del hijo pródigo nos da un buen ejemplo de este tipo de amor. El ágape es evidente en nuestra vida cuando:

Reaccionamos serenamente ante las dificultades. Frente a la prematura exigencia del hijo de su parte de la herencia, el padre no respondió con palabras de enojo. Aunque debió haber sufrido, calló y no tomó represalias. Con serenidad podía pensar más claramente y optó por amar a su hijo (1 Co 13.4, 5).

Renunciamos sin quejarnos. Aunque sabía que su hijo estaba tomando un rumbo desastroso, el padre satisfizo la petición. Al hacerlo, optó por el camino del amor, dirigiendo sus esfuerzos a la preservación de su relación.

Esperamos con paciencia. Por el profundo amor que sentía por su hijo, permitió que éste se marchara y se mantuviera alejado. ¡Qué dolor debió haber sentido el padre! Sin embargo, se mantuvo esperanzado, y esperó que el joven reconociera que el pecado no da buenos resultados. Esta paciente respuesta es posible solo por medio del amor ágape (1 Co 13.4).

La obra del Espíritu Santo en nuestra vida nos capacita para demostrar entrega abnegada en favor del bien de otra persona. De esa manera, nos convertimos en personas que reaccionan con calma, paciencia y sin quejarse. ¿Qué clase de impresión da usted a los demás? ¿Humana o divina? 

domingo, 12 de febrero de 2017

Zacarías 4.5, 6

Zacarías 4.5, 6

Satanás trata de engañarnos haciéndonos creer que la vida se divide en dos partes: la secular, que está separada del Señor, y la espiritual. Como hijos de Dios, somos seres espirituales, y cada esfera de nuestra vida debe ser una expresión de esa relación divina. Ya se trate de trabajo, familia, ministerio o actividades recreativas, todo lo que hacemos se conecta con el propósito de Dios para nuestra vida, y debe ser agradable a Él.

El mundo quiere que creamos que podemos lograr mucho sin Dios. La gente señalará los esfuerzos humanos, como nuestra educación, destrezas y talentos, y nos asegurará que tenemos todo lo necesario para triunfar sin Dios. Satanás quiere alejarnos de la confianza en el Señor; nuestro enemigo quiere que pensemos que los éxitos anteriores significan que podemos manejar las tareas futuras por nuestra cuenta. Pero la Biblia nos dice lo contrario. Para hacer el trabajo de Dios a la manera de Él es necesario que dependamos de su Espíritu, no de nosotros mismos o de los demás.

Si nos apoyamos en el poder y la sabiduría del Espíritu:

Estaremos plenamente convencidos de que sin la presencia activa de Dios fracasaremos.
Buscaremos agradar a Dios solamente y no haremos concesiones.
Estaremos atentos a la actividad del Espíritu Santo.
Pasaremos más tiempo dando gracias y alabando a Dios.
Demostraremos gozo en vez de inquietud.

La vida de los hijos de Dios debe caracterizarse por la confianza permanente en el Espíritu Santo. ¿Es esto una realidad en su vida? 

sábado, 11 de febrero de 2017

Mateo 6.19-21

Mateo 6.19-21

Nuestra manera de ver el tesoro que tenemos es una revelación personal de quiénes somos. La pregunta es: ¿Dónde está nuestro corazón?

No importa cómo hayamos adquirido las cosas que tenemos, ya sea trabajando, invirtiendo o ahorrando, la realidad es que el Señor es el dueño de todo, y nosotros somos simplemente administradores. Si tenemos una actitud de “mi tesoro es mío”, podemos descubrir, en realidad, que lo que tenemos es mucho menos satisfactorio de lo que esperábamos.

He aquí una mejor perspectiva en cuanto a las posesiones y la abundancia económica: veamos estas cosas como un medio para responder ante las necesidades de otros, y una manera de servir a Dios e impulsar su reino (Ef 4.28; Mal 3.10). Cuando damos a los necesitados o para el trabajo del reino, estamos transfiriendo de inmediato nuestro tesoro de la Tierra al cielo.

Las bendiciones tangibles del Señor también pueden usarse apropiadamente para ayudarnos a alcanzar los objetivos dados por Dios, que han sido establecidos por medio de la oración. Por ejemplo, si el Señor le ha bendecido económicamente, y le ha mostrado que Él desea que usted use su talento musical para servirle, entonces puede ser conveniente que compre un instrumento musical. Cuando andamos en la voluntad de Dios y llevamos nuestras peticiones a Él, aun los anhelos de nuestro corazón se convierten en buenas maneras de usar nuestro tesoro, porque nuestras preferencias estarán alineadas con los deseos de Dios para nosotros.