jueves, 25 de enero de 2018
miércoles, 24 de enero de 2018
FUISTE CREADO PARA SER COMO CRISTO
PROPÓSITO Nº 3
FUISTE CREADO PARA SER COMO CRISTO
“Vivan en unión vital con Él, enraizados en Él,
y nútranse de Él. Mantengan un ritmo de
Crecimiento en el Señor, y fortalézcanse
y vigorícense en la verdad”.
Colosenses 2:6,7 (BAD)
Creado para ser como Cristo
Desde el mismo principio Dios decidió que los que se
Acercaran a Él (y Él sabía quiénes se habrían de
Acercar) fueran como su Hijo, para que él fuera el
Mayor entre muchos hermanos.
Romanos 8:29 (BAD)
Vemos a este hijo y vemos el propósito original de Dios
En todo lo creado.
Colosenses 1:15 (PAR)
Fuiste creado para ser como Cristo.
Desde el comienzo mismo, el plan de Dios fue crearnos a
semejanza de su Hijo Jesús. Este es nuestro destino y el tercer propósito de
nuestra vida. Dios anunció su intención en la creación: entonces Dios dijo:
“Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y semejanza”.
En toda la creación, sólo los seres humanos fuimos hechos “a
la imagen de Dios”. Este es un gran privilegio y nos dignifica. No sabemos todo
lo que abarca esta frase, pero sabemos que incluye aspecto: como Dios, somos
seres espirituales ¾nuestros espíritus son inmortales y perdurarán más que
nuestros cuerpos terrenales¾; somos intelectuales ¾podemos pensar, razonar, y
resolver problemas¾; a semejanza de Dios, nosotros nos relacionamos ¾podemos
dar y recibir amor verdadero¾; y tenemos una conciencia moral: podemos
discernir el bien del mal, lo cual nos hace responsables ante Dios.
La Biblia dice que todas las personas, no sólo los creyentes,
poseen una parte de la imagen de Dios; por eso el asesinato y el aborto son
malos. Pero esta imagen está incompleta, el pecado la dañó y distorsionó. Por
lo tanto, Dios envió a Jesús.
¿A qué se parece la “imagen y semejanza” completa de Dios?
¡Se parece a Jesucristo! La Biblia dice que Jesús es “la visible”, y es “la
fiel imagen de lo que Él es”.
A menudo la gente cita la frase “De tal palo, tal astilla”
para referirse al parecido familiar. Cuando las personas ven mi semejanza en
mis hijos, eso me agrada. Dios quiere que también sus hijos lleven su imagen y
semejanza. Su Palabra dice que fuimos “Creados para ser como Dios,
verdaderamente justos y santos”.
Permíteme expresa esto con toda claridad: Nunca llegarás a
ser Dios, ni siquiera un dios. Esa mentira orgullosa es la tentación más
antigua de Satanás. Satanás les prometió a Adán y a Eva que si seguían su
consejo, serían “como dioses”. Muchas religiones y la filosofía de la Nueva Era
aún difunden esta mentira antigua de que somos divinos o que podemos llegar a
ser dioses.
Manifestamos este deseo cada vez que intentamos controlar
nuestras circunstancias, nuestro futuro y a las personas que nos rodean. Pero
como criaturas, nunca seremos el Creador. Dios no quiere que llegues a ser un
dios; Él quiere que seas piadoso: que tomes los valores, las actitudes y el
carácter propio de Él. La Biblia dice que “adoptemos una manera enteramente
nueva de vivir; una vida moldeada por Dios, una vida que, renovada desde
dentro, forme parte de su conducta mientras Dios reproduce con toda precisión
su carácter en ustedes”.
La meta final de Dios para tu vida sobre la tierra no es la
comodidad, sino el desarrollo de tu carácter. Él quiere que crezcas
espiritualmente y llegues a ser como Cristo. Esto no significa que pierdas tu personalidad
o que llegues a ser un clon sin inteligencia. Dios creó tu singularidad, por lo
cual ciertamente no quiere destruirla. Ser semejante a Cristo significa la
transformación de tu carácter, no de tu personalidad. Dios quiere que
desarrolles la clase de carácter que Jesús describe en las bienaventuranzas,
cuando se refiere al fruto del Espíritu, en el gran capítulo de Pablo sobre el
amor, y la lista de Pedro de las características de una vida provechosa y
productiva. Cada vez que olvidamos que ese carácter es uno de los propósitos de
Dios para nuestra vida, nuestras circunstancias nos hacen sentir frustrados.
Nos preguntamos: “¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Por qué estoy pasando por
tantas dificultades?” ¡Una respuesta es que la vida está hecha para ser
difícil! Es lo que nos permite crecer. Recuerda que ¡la tierra no es el cielo!.
Muchos cristianos interpretan mal la promesa de Jesús acerca
de la ”vida abundante”, como si eso quisiera decir una salud perfecta, un
estilo de vida rodeado de comodidades, felicidad permanente, la plena
realización de los sueños, y el alivio instantáneo de los problemas mediante la
fe y la oración. En pocas palabras, esperan que la vida cristiana sea fácil.
Esperan el cielo aquí en la tierra.
Esta perspectiva egocéntrica trata a Dios como un “genio de
una lámpara” que simplemente existe para servirlos en su búsqueda egoísta de la
realización personal. Pero Dios no es tu sirviente, y si pretendes que la vida
debe ser fácil, pronto te desilusionarás muchísimo o vivirás negando la
realidad.
¡No olvides nunca que la vida no gira en torno a ti! Existes
para los propósitos de Dios, no a la inversa. ¿Por qué habría de proporcionarte
Dios el cielo en la tierra cuando Él ha hecho planes para darte algo mayor en
la eternidad? Dios nos da nuestro tiempo sobre la tierra para edificar y
fortalecer nuestro carácter para el cielo.
EL TRABAJO DEL ESPÍRITU DE DIOS EN TU VIDA
La función del Espíritu Santo es producir el carácter de
Cristo en ti. La Biblia afirma: “Mientras el Espíritu del Señor obra dentro de
nosotros, llegamos a ser cada vez más como Él y reflejamos su gloria más aún”.
Este proceso de transformarnos para ser más como Jesús se llama santificación,
y es el tercer propósito de tu vida sobre la tierra.
No puedes reproducir el carácter de Jesús si dependes de tu
propia fuerza. Las resoluciones de Año Nuevo, la fuerza de voluntad y las
mejores intenciones no son suficientes. Sólo el Espíritu Santo tiene poder para
hacer los cambios que Dios quiere efectuar en nuestras vidas. La Escritura dice
que “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer; para que
se cumpla su buena voluntad”. La sola mención de “el poder del Espíritu Santo”
basta para que muchas personas piensen en demostraciones milagrosas y emociones
intensas. Pero la mayor parte del tiempo ese poder es liberado en tu vida de
una manera tranquila y discreta, de modo que ni siquiera eres consciente de él
ni lo percibes. A menudo Dios nos llama la atención con “un suave murmullo”.
La semejanza con Cristo no se produce por imitación, sino
porque Cristo mora en nosotros. Permitimos que Cristo viva a través de
nosotros. “Porque este es el secreto: Cristo vive en ustedes”. ¿Cómo sucede
esto en la vida real? Por medio de las opciones que escogemos. Dadas las
situaciones, escogemos hacer lo correcto y luego confiamos en que el Espíritu
de Dios nos dará su poder, amor, fe y sabiduría para lograrlo. Dado que el
Espíritu de Dios vive dentro de nosotros, estas cosas siempre están disponibles
si se lo pedimos.
Debemos cooperar con el trabajo del Espíritu Santo. A lo
largo de la Biblia vemos expresada una verdad importante: El Espíritu Santo
libera su poder en el momento en que das un paso de fe. Cuando Josué se
enfrentó con una barrera infranqueable, las aguas desbordadas del río Jordán
sólo retrocedieron después de que, en obediencia y fe, los líderes entraran en
la impetuosa corriente.
La obediencia libera el poder de Dios.
Dios espera que actúes primero. No esperes hasta que te
sientas poderoso o seguro. Sigue adelante pese a tu debilidad, haciendo lo
correcto a pesar de tus temores y sentimientos. Así es como cooperas con el
Espíritu Santo, y es como se desarrolla tu carácter.
La Biblia compara el crecimiento espiritual con una semilla,
un edificio o un niño en crecimiento. Cada metáfora requiere una participación
activa: las semillas deben ser plantadas y cultivadas, los edificios deben ser
construidos ¾no surgen de la nada¾ y los niños deben comer y hacer ejercicio
para crecer.
Aunque el esfuerzo no tiene nada que ver con nuestra
salvación, tiene mucho que ver con nuestro crecimiento espiritual. Por lo menos
ocho veces en el Nuevo Testamento se nos dice que “hagamos todo esfuerzo” en
nuestro crecimiento para llegar a ser como Jesús. Uno no se sienta simplemente
a esperar que suceda.
En Efesios 4:22-24 Pablo explica nuestras tres
responsabilidades para llegar a ser como Cristo. Primero, debemos escoger
abandonar nuestras maneras antiguas de actuar: “Desháganse de todo lo que tenga
que ver con su viejo estilo de vida. Está totalmente podrido. ¡Líbrense de
él!”.
Segundo, debemos cambiar nuestra manera de pensar: “Permitan
que el Espíritu cambie su manera de pensar”. La Biblia dice que somos
“transformados” mediante la renovación de nuestra mente. La palabra griega para
transformados, metamorphosis (usada en
Romanos 12:2 y 2º Corintios 3:18), es la que se emplea para describir el cambio
asombroso que permite que una oruga se transforme en una mariposa. Es un
hermoso cuadro de lo que nos pasa espiritualmente cuando permitimos que Dios
dirija nuestros pensamientos: Él nos transforma de adentro hacia fuera, nos
hace más hermosos y nos libera para alcanzar nuevas alturas.
Tercero, debemos “vestirnos” con el carácter de Cristo,
desarrollando nuevos y consagrados hábitos. Tu carácter es esencialmente la
suma de tus hábitos; es la manera en que te conduces habitualmente. La Biblia
nos manda ponernos el nuevo yo “la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios,
en verdadera justicia y santidad”.
Dios usa su Palabra, las personas y las circunstancias para
moldearnos.
Estas tres condiciones son indispensables para el desarrollo
del carácter. La Palabra de Dios proporciona la verdad que necesitamos para
crecer, el pueblo de dios proporciona el apoyo que necesitamos para crecer; y
las circunstancias proporcionan el ambiente para practicar la semejanza de
Cristo. Si estudias y aplicas la Palabra de Dios, si te vinculas regularmente
con otros creyentes y aprendes a confiar en Dios en las circunstancias
difíciles, te garantizo que llegarás a ser más como Jesús. Analizaremos cada
uno de estos ingredientes de crecimiento en los capítulos siguientes.
Muchas personas dan por sentado que todo lo que se necesita
para el crecimiento espiritual es estudio bíblico y oración. Pero ambas cosas
por sí solas nunca cambiarán algunas cuestiones de la vida. Dios usa a las
personas. Él casi siempre prefiere trabajar por medio de las personas en vez de
realizar milagros, para que dependamos unos de otros para la comunión. Él
quiere que crezcamos juntos.
En muchas religiones, las personas consideradas
espiritualmente más maduras y santas son las que se aíslan de otros en
monasterios situados en lo alto de una montaña, sin peligro de contagio por el
contacto con otros. Pero esta es una grave equivocación. ¡La búsqueda de la
madurez espiritual no es una ocupación solitaria e individual! No puedes llegar
a ser como Cristo en el aislamiento. Debes estar cerca de otras personas e
interactuar con ellas. Necesitas ser miembro de una iglesia y de una comunidad.
¿Por qué? Porque la verdadera madurez espiritual consiste en aprender a amar
como Jesús amó, y no puedes practicar esa disciplina si no estás en relación y
contacto con otras personas. Recuerda, todo es cuestión de amor: amar a Dios y
a los demás.
Llegar a ser como Cristo es un proceso largo y de lento
crecimiento. La madurez espiritual no es instantánea ni automática; es un
desarrollo gradual y progresivo que llevará el resto de tu vida. Refiriéndose a
este proceso, Pablo dijo: “Esto continuará hasta que seamos... maduros, así
como Cristo es, y seamos completamente como Él”.
Eres una obra en progreso. Tu transformación espiritual en
cuanto al desarrollo del carácter de Jesús seguirá por el resto de tu vida, y
aun así, no se completará aquí en la tierra. La obra se terminará cuando
llegues al cielo o cuando Jesús vuelva. En ese momento, cualquier trabajo en tu
carácter que todavía quede por terminar se dará por finalizado. La Biblia dice
que cuando al fin podamos ver a Jesús perfectamente, llegaremos a ser
exactamente como Él: “Ni siquiera nos podemos imaginar cómo seremos cuando
Cristo vuelva. Pero sabemos que cuando Él venga, seremos como Él, porque lo
veremos como Él realmente es”.
Hay mucha confusión en la vida cristiana por ignorar la
simple verdad de que Dios está más interesado en construir tu carácter que en
cualquier otra cosa. Nos preocupamos cuando dios parece estar en silencio con
respecto a determinados temas como por ejemplo: “¿Qué carrera profesional debo
elegir?” La verdad es que hay muchas en las que podrías cumplir la voluntad de
Dios para tu vida. Elijas lo que elijas, a Dios lo que le importa es que lo
hagas como si lo hicieras para Cristo.
Dios está mucho más interesado en lo que eres que en lo que
haces. Somos “seres humanos”, no “quehaceres humanos”. Dios está mucho más
preocupado por tu carácter que en tu carrera profesional, porque tu carácter te
acompañará toda la eternidad, no así tu carrera profesional.
La Biblia advierte: “No se acomoden tan bien a su cultura que
se conformen a ella sin siquiera notarlo. En cambio, pongan su atención en
Dios. Serán cambiados de adentro hacia fuera... A diferencia de la cultura que
los rodea, que siempre los arrastra hacia un nivel inferior de inmadurez. Dios
hace que surja lo mejor de ustedes, y desarrolla una madurez bien compuesta en
ustedes”. Para concentrarnos en llegar a ser más como Jesús, deberemos tomar
decisiones opuestas a la cultura imperante. De lo contrario, influencias como
la de nuestros compañeros, padres, colaboradores, y la cultura misma,
intentarán amoldarnos a su imagen.
DÍA VEINTIDOS
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Fui hecho para llegar a ser como Cristo.
Versículo para recordar: “En la medida en que el Espíritu del
Señor opera en nosotros, nos parecemos más a Él y reflejamos más su gloria”. 2º
Corintios 3:18 (BAD)
Pregunta para considerar: ¿En qué área de mi vida necesito
pedir el poder del Espíritu para ser como Cristo hoy? Lamentablemente, una
ojeada rápida a varios libros cristianos populares revela que muchos creyentes
han dejado de vivir para los grandes propósitos de Dios y se han amoldado para
vivir su realización personal y su estabilidad emocional. Eso es egocentrismo,
no discipulado. Jesús no murió en la cruz únicamente para que pudiéramos vivir
cómodos y bien adaptados. Su propósito va mucho más a fondo: Él quiere hacernos
como Él mismo antes de llevarnos al cielo. Este es nuestro privilegio
principal, nuestra responsabilidad inmediata y nuestro destino final.
martes, 23 de enero de 2018
Cuida tu iglesia
Cuida tu iglesia
Esfuércense por mantener la unidad del
Espíritu mediante el vínculo de la paz.
Efesios 4:3 (NVI)
Que el amor sea el árbitro de sus vidas,
porque entonces la iglesia permanecerá
unida en perfecta armonía.
Colosenses 3:14 (BAD)
Te toca a ti proteger la unidad de tu iglesia.
La unidad en la iglesia es tan importante que el Nuevo
Testamento presta más atención a ella que al cielo o al infierno. Dios desea
intensamente que experimentemos la unidad y armonía unos con otros.
La unidad es el alma de la comunión. Destrúyela, y arrancarás
el corazón del cuerpo de Cristo. Es la esencia, el núcleo de cómo Dios quiere
que experimentemos juntos la vida en su iglesia. Nuestro modelo supremo para la
unidad es la Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo están completamente
unificados como uno. Dios mismo es el ejemplo supremo del amor sacrificado, de
la humilde consideración hacia los demás y de la armonía perfecta.
Al igual que todo padre, nuestro Padre celestial se regocija
viendo cómo sus hijos se llevan bien entre sí. En los momentos finales antes de
su arresto, Jesús oró apasionadamente por nuestra unidad. Esto era lo que
predominaba en su mente durante esas horas de agonía, lo cual demuestra cuán
importante es este asunto.
Nada en la tierra es más valioso para Dios que su iglesia. Él
pagó el precio más alto por ella, y quiere que la protejamos, sobre todo del
daño devastador que causan la división, el conflicto y la falta de armonía. Si
formas parte de la familia de Dios, es tu responsabilidad proteger la unidad
donde te congregas en comunión. Jesucristo te encomendó hacer todo lo que esté
a tu alcance para conservar la unidad, proteger la comunión, y promover la
armonía en la familia de su iglesia y entre todos los creyentes. La Biblia indica:
“Esfuércense por mantener la unidad del espíritu en el vínculo de la paz”.
¿Cómo podemos hacerlo? La Palabra de Dios nos da consejos prácticos:
Enfoquémonos en lo que tenemos en común, no en las
diferencias. Pablo nos dice: “Esforcémonos en promover todo lo que conduzca a
la paz y a la mutua edificación”. Como creyentes compartimos un Señor, un
cuerpo, un propósito, un Padre, un Espíritu, una esperanza, una fe, un bautismo
y un amor. Compartimos la misma salvación, la misma vida y el mismo futuro:
factores mucho más relevantes que cualquier diferencia que podríamos enumerar.
Estos son los asuntos en los que debemos enfocarnos, no en nuestras diferencias
personales.
Debemos recordar que fue Dios quien nos escogió para darnos
personalidades, trasfondos, razas y preferencias diferentes, de modo que
podamos valorar y disfrutar esas diferencias, no meramente tolerarlas. Dios
quiere unidad, no uniformidad. Y por causa de la unidad nunca debemos permitir
que las diferencias nos dividan. Debemos permanecer concentrados en lo que más
importa: aprender a amarnos como Cristo nos amó, y cumplir los cinco propósitos
de Dios para cada uno de nosotros y para su iglesia.
Por lo general el conflicto es una señal de que estamos
concentrándonos en otros asuntos menos importantes, lo que la Biblia llama
“discusiones necias”. La división siempre surge cuando dirigimos la mirada
hacia las personalidades, las preferencias, las interpretaciones, los estilos o
los métodos. Pero si nos concentramos en amarnos y en cumplir los propósitos de
Dios, el resultado es la armonía. Pablo rogaba por esto: “Que haya verdadera
armonía para que no surjan divisiones en la iglesia. Les suplico que tengan la
misma mente, que estén unidos en un mismo pensamiento y propósito”.
Sé realista con respecto a tus expectativas. En cuanto
descubrimos cómo quiere Dios que sea la verdadera comunión, es fácil
desanimarnos por la diferencia entre lo ideal y la realidad en nuestra iglesia.
Sin embargo, debemos amar a la iglesia con pasión pese a sus imperfecciones. Anhelar
lo ideal mientras criticamos lo real es señal de inmadurez. Por otro lado, si
uno se conforma con la realidad sin esforzarse por alcanzar lo ideal es señal
de complacencia. La madurez consiste en vivir con esta tensión.
Habrá creyentes que sí te defraudarán y te decepcionarán,
pero eso no es ninguna excusa para no tener comunión con ellos. Ellos son tu
familia, aun cuando no actúen como tal; simplemente no puedes abandonarlos. En
cambio Dios nos dice: “Tengan paciencia unos con otros, siendo indulgentes con
las fallas de los demás por su amor”.
Las personas se desilusionan con la iglesia por muchas
razones entendibles. La lista podría ser bastante larga: conflictos, heridas,
hipocresía, negligencia, mezquindad, legalismo y otros pecados. En lugar de asustarnos
y sorprendernos, debemos recordar que la iglesia está formada por pecadores de
carne y hueso, incluyéndonos a nosotros mismos. Nos lastimamos unos a otros, a
veces en forma intencional y otras veces sin mala intención, porque somos
pecadores. Pero en vez de abandonar la iglesia, necesitamos quedarnos para
resolver el asunto si esto es de alguna manera posible. La reconciliación, no
la evasión, es el camino a un carácter más fuerte y a una comunión más
profunda.
Si te divorcias de tu iglesia a la primera señal de
decepción, eso es señal de inmadurez. Dios tiene cosas que quiere enseñarte, y
a los demás también. Además, es imposible huir hasta encontrar la iglesia
perfecta, porque no existe. Todas las iglesias tienen sus propias debilidades y
problemas. Pronto volverás a sentirte decepcionado.
Groucho Marx tenía un dicho famoso que decía que no querría
pertenecer a ningún club que lo aceptara como socio. Si una iglesia debe ser
perfecta para satisfacerte, ¡esa misma perfección te excluirá de su membresía,
porque tú no eres perfecto!.
Dietrich Bonhoffer, el pastor alemán que fue martirizado por
resistirse a los nazis, escribió Vida en comunidad un libro clásico sobre la
comunión. En su obra sugiere que la desilusión con nuestra iglesia local es
algo bueno porque destruye nuestras falsas expectativas de la perfección.
Cuando más pronto dejamos la ilusión de que una iglesia debe ser perfecta para
amarla, más pronto dejaremos de fingir y empezaremos a admitir que todos somos
imperfectos y necesitamos de la gracia de Dios. Este es el comienzo de la
verdadera comunidad.
Todas las iglesias podrían poner un letrero que diga: “No es
necesario que se presente ninguna persona perfecta. Este lugar es solamente
para los que admiten que son pecadores, que necesitan de la gracia divina y que
quieren crecer”.
Bonhoffer señaló: “Aquel que ama más su sueño de una
comunidad cristiana que a la comunidad en sí misma, se convierte en destructor
de toda ella... Si no damos gracias diariamente por la fraternidad cristiana en
la que nos desenvolvemos, aun allí donde no hay grandes experiencias ni riqueza
evidente hay mucha debilidad, fe vacilante y dificultades; si en lugar de ello
nunca hacemos otra cosa que quejarnos ante Dios por ser todo tan miserable, tan
mezquino, tan poco de acuerdo con lo que hemos esperado... entonces le
impedimos a Dios hacer crecer nuestra comunidad de acuerdo con la medida y
riqueza que nos espera a todos en Jesucristo”.
Decídete a animar más que a criticar. Siempre es más fácil
eludir el compromiso y hacerse a un lado para disparar dardos contra los que
trabajan, que participar y hacer una contribución. Dios nos advierte una y otra
vez que no debemos criticarnos, compararnos ni juzgarnos unos a otros.
Cuando criticas lo que otro creyente está haciendo con fe y
convicción sincera, interfieres en los asuntos de Dios: “¿Qué derecho tienes a
criticar a los siervos de otro? Sólo su Señor puede decidir si están haciendo
lo correcto”.
Pablo agrega que no debemos juzgar o despreciar a otros
creyentes cuyas convicciones son diferentes a las nuestras: “¿Por qué criticas
las acciones de tu hermano, por qué intentas empequeñecerlo? Todos seremos
juzgados un día, no por las normas de otros, ni siquiera por las nuestras, sino
por el juicio de Dios”.
Cuando juzgo a otro creyente, pasan cuatro cosas al instante:
pierdo mi comunión con Dios, saco a relucir mi propio orgullo e inseguridad, me
coloco bajo el juicio de dios y daño la comunión de la iglesia. Un espíritu de
censura es un vicio costoso.
La Biblia llama a Satanás “el acusador de nuestros hermanos”.
El trabajo del diablo consiste en culpar, quejarse y criticar a los miembros de
la familia de Dios. Todo el tiempo que pasamos haciendo lo mismo, es porque
hemos sido embaucados y estamos haciendo el trabajo por Satanás. Recuerda que
los otros cristianos, no importa cuánto discrepes de ellos, no son el verdadero
enemigo. Todo el tiempo que pasamos comparando o criticando a los otros
hermanos debería ser utilizado para construir la unidad de nuestra comunidad.
La Escritura dice: “Pongámonos de acuerdo en usar toda nuestra energía para
llevarnos bien entre nosotros. Ayuden a los demás con palabras alentadoras; no
los derrumben con la crítica”.
Niégate a escuchar chismes. Chismear es divulgar una
información cuando uno no es parte del problema ni de la solución. Tú sabes que
chismear está mal, pero tampoco debes escucharlos, si es que quieres proteger
tu iglesia. Escuchar los chismes es como aceptar algo robado, y te convierte
también en culpable del delito.
Cuando alguien empiece a contarte un chisme, ten el valor de
decirle: “Hágame el favor de parar. No necesito saber eso. ¿Ha hablado usted
directamente con esa persona?” Las personas que te cuentan chismes también
rumorean acerca de ti. No se puede confiar en ellas. Si prestas atención a los
chismes, Dios te llama alborotador. “Los alborotadores escuchan a los
alborotadores”. “Éstos son los que dividen las iglesias, pensando sólo en ellos
mismos”.
Es triste que en el rebaño de Dios, las heridas más grandes
generalmente vienen de las otras ovejas y no de los lobos. Pablo advirtió
acerca de los “cristianos caníbales” que se “devoran unos a otros” y destruyen
la comunión. La Biblia dice que esta clase de alborotadores debe ser evitada
porque “el chismoso revela los secretos; por lo tanto, no te asocies con el
charlatán”. La manera más rápida de terminar con un conflicto en una iglesia o
en un grupo pequeño es enfrentar a los que están difundiendo rumores, e
insistir en que no lo hagan más. Salomón señaló: “Sin combustible se apaga el
fuego, y las tensiones desaparecen cuando se acaban los chismes”.Practica el
método de Dios para solucionar conflictos. Además de los principios mencionados
en el último capítulo, Jesús le dio a la iglesia un proceso de tres pasos
sencillos: “Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su
falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero si no, lleva contigo a
uno o dos más, para que “todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos
o tres testigos”. Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la
iglesia”.Durante los conflictos, serás tentado a quejarte con un tercero en
lugar de hablar con valentía la verdad y amor con la persona con quien te disgustaste.
Esto hace que el asunto se torne peor. En vez de eso, deberías ir directamente
con la persona involucrada.
El enfrentamiento en privado siempre es el primer paso, y
debes darlo tan pronto como te sea posible. Si entre los dos no son capaces de
resolver las cosas, el paso siguiente es pedir la ayuda de uno o dos testigos
para confirmar el problema e intentar restablecer la relación. ¿Qué deberíamos
hacer si la persona persiste en su obstinación? Jesús dice que debemos plantear
el problema ante la iglesia. Si la persona todavía se niega a escuchar después
de eso, deberemos tratarla como a una incrédula.
Apoya a tu pastor y a los líderes. No hay líderes perfectos,
pero Dios les da la responsabilidad y la autoridad para mantener la unidad de
la iglesia. Pero cuando hay conflictos interpersonales que resolver, eso es un
trabajo ingrato. A menudo los pastores tienen la desagradable tarea de actuar
como mediadores entre miembros heridos, que tienen conflictos o que son
inmaduros. También tienen la tarea imposible de intentar que todos estén
contentos, ¡algo que ni siquiera Jesús pudo lograr”.
La Biblia es clara con respecto a la manera en que hemos de
relacionarnos con los que nos sirven: “Respondan a sus líderes pastorales.
Escuchen su consejo. Ellos están alertas a la condición de sus vidas, y obra
bajo la supervisión estricta de Dios. Contribuyan al gozo de su liderazgo”.
Un día los pastores estarán delante de Dios y rendirán cuenta
de cuán bien velaron por ti. “Ellos cuidan de ustedes como quienes tienen que
rendir cuentas”. Pero tú también eres responsable. Tú también tendrás que
rendir cuentas a Dios de cuán bien los seguiste a ellos.
La Biblia da a los pastores instrucciones muy específicas
respecto a la manera en que deben tratar a las personas que causan divisiones
en la comunidad. Ellos deben evitar las discusiones, enseñar con delicadez a
los que se oponen mientras oran para que cambien, advertir a los contenciosos,
rogar porque haya armonía y unidad, reprender a los que son irrespetuosos con
los líderes, y destituir a los que causan divisiones en la iglesia si hacen
caso omiso de dos amonestaciones.
Protegemos la comunión cuando honramos a los que nos sirven
por medio del liderazgo. Los pastores y los ancianos necesitan nuestras
oraciones, estímulo, aprecio y amor. Se nos ordena: “Honren a los líderes que
trabajan tanto por ustedes, que han recibido la responsabilidad de exhortarlos
y guiarlos en la obediencia. ¡Cólmenlos de aprecio y amor!”.
Te desafío a aceptar tu responsabilidad de proteger y
promover la unidad de tu iglesia. Pon todo tu esfuerzo para lograrlo, y así
agradarás a Dios. No siempre será fácil. A veces tendrás que hacer lo que es
mejor para el cuerpo, no para ti mismo, dando muestras de tu preferencia por
otros. Por eso Dios nos ha puesto en la familia de una iglesia: para aprender a
no ser egoístas. En la comunidad aprendemos a decir “nosotros” en lugar de
“yo”, y “nuestro” en vez de “mío”. Dios dice: ”No piensen sólo en su propio
bien. Piensen en los otros cristianos y en lo que es mejor para ellos”.
Dios bendice a las congregaciones que están unidas. En la
Iglesia de Saddleback, todos los miembros firman un pacto que incluye la
promesa de proteger la unidad de nuestra congregación. Como resultado, nunca ha
tenido un conflicto que divida la comunión. Tan importante como lo anterior,
dado que es una comunidad fraternal y unida, ¡muchas personas quieren ser parte
de ella! En los últimos siete años, la iglesia ha bautizado a más de 9.100
creyentes nuevos. Cuando Dios tiene un puñado de creyentes bebés que quiere
“dar a luz”, busca la iglesia incubadora más cálida que pueda encontrar.
¿Qué estás haciendo particularmente para hacer que la familia
de tu iglesia sea más cálida y fraternal? Hay muchas personas en tu comunidad
en busca de amor y un hogar donde sean aceptadas. La verdad es que todos
necesitamos y queremos que nos amen, y cuando las personas hallan una
congregación donde los miembros se aman y se preocupan auténticamente los unos
por los otros, habría que cerrar las puertas con llave para que no entren más.
DÍA VEINTIUNO
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Es mi responsabilidad proteger la unidad
de mi iglesia.
Versículo para recordar: “Esforcémonos por promover todo lo
que conduzca a la paz y a la mutua edificación”. Romanos 14:19 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué estoy haciendo particularmente
para proteger la unidad de la familia de mi iglesia?
lunes, 22 de enero de 2018
Restaura el compañerismo
Restaura el compañerismo
Dios... por medio de Cristo nos reconcilió
Consigo mismo y nos dio
El ministerio de la reconciliación.
2º Corintios 5:18 (NVI)
Siempre es valioso restaurar relaciones.
Como la vida se resume en aprender a amar, Dios quiere que
valoremos las relaciones y nos esforcemos por mantenerlas, en lugar de
descartarlas siempre que se produzca una división, un disgusto o conflictos. De
hecho, su Palabra nos dice que Dios nos ha dado el ministerio de restaurar
relaciones. Por lo tanto, gran parte del Nuevo Testamento se ocupa de la
enseñanza de cómo tratarnos mutuamente. Pablo escribió: “Por tanto, si sienten
algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor; algún compañerismo
en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo
parecer; un mismo amor; unidos en alma y pensamiento”. El apóstol nos enseñó
que la capacidad de llevarnos bien entre nosotros es señal de madurez
espiritual.
Como Cristo quiere que su familia sea conocida por el amor
que sienten unos por otros, el compañerismo roto es un mal testimonio para los
incrédulos. Por eso Pablo sentía tanta vergüenza de los miembros de la iglesia
de Corinto, que se dividían en facciones de distinta tendencia y hasta se
demandaban a juicio. Por eso escribió: “Digo esto para que les dé vergüenza. ¿Acaso
no hay entre ustedes nadie lo bastante sabio como para juzgar un pleito entre
creyentes?” No podía creer que no hubiera nadie en la iglesia lo suficientemente
maduro para resolver el conflicto en paz. En la misma carta, dijo: “Les
suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en
armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en
un mismo pensar y en un mismo propósito”.
Si quieres la bendición de Dios en tu vida y que te conozcan
como su hijo, debes aprender a ser pacificador. Jesús dijo: “Dichosos los que
trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Fíjate que Jesús no
dijo: “Dichosos los que aman la paz”, porque todos la amamos. Tampoco dijo:
“Dichosos los pacíficos”, que nada los perturba. Al contrario, afirmó:
“Dichosos los que trabajan por la paz”: los que activamente procuran resolver
los conflictos. Los pacificadores son difíciles de encontrar porque la
pacificación es una tarea difícil.
Como fuimos creados para formar parte de la familia de Dios y
el segundo propósito de nuestra vida en la tierra es aprender a amar y
relacionarnos con otros, trabajar por la paz es una de las habilidades más
importantes que podemos desarrollar. Por desgracia, a la mayoría de nosotros
nunca se nos enseñó cómo resolver conflictos.
Trabajar por la paz no es evitar los conflictos. Huir de los
problemas, aparentar que no existen o tener miedo de hablar de ellos es
cobardía. Jesús, el Príncipe de Paz, nunca tuvo miedo al conflicto. En cierta
ocasión hasta lo provocó para bien de todos. A veces necesitamos evitar los
conflictos; otras, necesitamos crearlos; y, aun otras, resolverlos. Por eso
debemos orar pidiendo la guía continua del Espíritu Santo.
Trabajar por la paz no es apaciguar; siempre cediendo,
dejándonos pisar y permitiendo que los demás nos pasen por encima; no es lo que
Jesús tenía en mente. Él se negó a ceder en muchos asuntos, se mantuvo firme en
su posición frente a la oposición del mal.
CÓMO RESTAURAR UNA RELACIÓN
Como creyentes, Dios nos ha llamado a restablecer nuestras
relaciones unos con otros. Hay siete pasos bíblicos para restaurar el
compañerismo:
Habla con Dios antes que con la persona. Conversa con Dios acerca
del problema. Si oras acerca del conflicto antes de ir con el chisme a un
amigo, descubrirás que tú o la otra persona cambian de parecer sin ayuda de
nadie. Nuestras relaciones serían mejores si sólo oráramos más por ellas.
Como lo hizo David con sus salmos, usa la oración para
ventilar hacia arriba. Cuéntale a Dios tus frustraciones. Clama a Dios. Él
nunca se sorprende ni se disgusta por nuestro enojo, dolor, inseguridad o
cualquier otra emoción. Cuéntale exactamente cómo te sientes.
Muchos conflictos se originan en necesidades insatisfechas.
Algunas de ellas sólo pueden ser satisfechas por Dios. Cuando esperamos que una
persona, ya sea un amigo, un cónyuge, un jefe o un pariente, satisfaga una
necesidad que sólo Dios puede suplir, nos exponemos a la decepción y la
amargura. Nadie puede satisfacer todas nuestras necesidades, sólo Dios puede
hacerlo.
Como bien señaló el apóstol Santiago, muchos de nuestros
conflictos obedecen a la falta de oración: “¿De dónde surgen las guerras y los
conflictos entre ustedes?... Desean algo y no lo consiguen... No tiene porque
no piden”. En vez de depender de Dios, dependemos de los demás para ser felices
y luego nos enojamos cuando nos fallan. Dios nos invita a acudir a Él primero.
Toma la iniciativa siempre. No importa quién haya sido el
ofendido o quién ofendió a quién: Dios espera que des el primer paso. No
esperes por la otra persona. Preséntate ante ella. Restaurar el compañerismo
cuando se rompe es tan importante que Jesús le asignó prioridad por encima de
la adoración colectiva. Dijo: “Si entras en tu lugar de adoración y, al
presentar tu ofrenda, recuerdas de pronto que tu hermano tiene algo contra ti,
deja tu ofrenda, ve directamente a donde se encuentra tu amigo y hagan las
paces. Entonces, y sólo entonces, vuelve y relaciónate con Dios.
Cuando el compañerismo sea tirante o se rompa, planifica
inmediatamente una conferencia de paz. No la postergues, no pongas excusas o
prometas “Ya me encargaré de este asunto algún día”. Fija una fecha para tener
una reunión personal tan pronto como sea posible. La demora sólo sirve para
aumentar el resentimiento y complicar las cosas. En casos de conflicto, el
tiempo no cura las heridas; las inflama.
Actuar prontamente, además, reduce el daño espiritual que
puedes sufrir. La Biblia dice que nuestros pecados, incluyendo los conflictos
no resueltos, impiden nuestra comunión con Dios y que nuestras oraciones sean
contestadas, además de hacernos sentir desgraciados. Los amigos de Job le
recordaron que “preocuparse hasta la muerte con el resentimiento sería una
necedad, una insensatez! Y que “sólo consigues lastimarte con tu enojo”.
El éxito de una conferencia de paz muchas veces depende de
escoger el momento y el lugar correcto para reunirse. No se reúnan cuando dos
estén cansados ni cuando puedan ser interrumpidos. El mejor momento es cuando
los dos se encuentren en un buen estado de ánimo.
Sé comprensivo. Usa tus oídos más que tu boca. Antes de
intentar resolver un desacuerdo, escucha atentamente los sentimientos de la
otra persona. Pablo aconsejó: “Cada uno debe velar no sólo por sus propios
intereses sino también por los intereses de los demás”. El término “velar” es
el vocablo griego skopos, de donde provienen nuestras palabras telescopio y
microscopio. Significa ver de cerca. Enfócate en los sentimientos, no en los
hechos. Comienza con la compasión, no con las soluciones.
Al principio, no discutas con las personas acerca de sus
sentimientos. Sólo escucha y permite que se desahoguen emocionalmente sin
ponerte a la defensiva. Asienta con tu cabeza para demostrarle que la
entiendes, aunque no estés de acuerdo. Los sentimientos no siempre son
infalibles o lógicos. Por el contrario, el resentimiento hace que pensemos o
que hagamos tonterías. David admitió su equivocación: “Cuando mis pensamientos
estaban llenos de amargura y mis sentimientos estaban heridos, ¡fui tan
estúpido como un animal!”. Todos podemos actuar bestialmente cuando nos
sentimos lastimados.
Por el contrario, la Biblia dice: “El buen juicio hace al
hombre paciente: su gloria es pasar por alto la ofensa”. La sabiduría produce
paciencia y se adquiere escuchando otras perspectivas. Cuando escuchamos le
decimos a la persona: “Valoro tu opinión, me interesa nuestra relación y me
importas tú”. Es cierto: me importa saber lo que sabe un amigo porque me
importa mi amigo.
Para restaurar el compañerismo debemos “agradar al prójimo
para su bien, con el fin de edificarlo”. Aguantar con paciencia el enojo de los
demás es un sacrificio, sobre todo si no tiene fundamento. Pero recuerda, eso
fue lo que Jesús hizo por ti. Soportó el enojo malicioso e infundado para
salvarte: “Porque ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo sino que, como está
escrito: “Sobre mí han recaído los insultos de tus detractores”.
Confiesa tu parte en el conflicto. Si realmente te interesa
restaurar una relación, debes comenzar admitiendo tus propios errores o
pecados. Jesús dijo que debes sacar primero “la viga de tu propio ojo, y
entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano”.
Como todos tenemos un punto ciego, puede ser necesario
pedirle ayuda a un tercero para que te ayude a evaluar tus propias acciones
antes de reunirte con la persona con quien tienes un conflicto. Pídele a dios
que te muestre tu parte de culpa en el problema. Pregúntale: “¿Soy yo el
problema? ¿Soy poco realista, insensible o demasiado sensible?”. La Biblia dice
que “si decimos que estamos libres de pecado, lo único que conseguimos es
engañarnos”.
La confesión es una herramienta muy poderosa para la
reconciliación. A veces la manera en que tratamos un conflicto produce un daño
mayor que el problema original. Cuando comenzamos por reconocer con humildad
nuestras equivocaciones, el enojo de la otra persona se apaga y la desarmas
porque posiblemente esperaba que estuvieras a la defensiva. No te excuses ni
culpes al otro; reconoce con sinceridad la parte que te corresponde en el
conflicto. Asume la responsabilidad que te corresponde por tus errores y pide
perdón.
Ataca al problema, no a la persona. No es posible arreglar el
problema si lo que te interesa es encontrar quién tuvo la culpa. Debes optar
por una u otra. La Biblia dice: “La respuesta amable calma el enojo, pero la
agresiva echa leña al fuego”. Si estás enojado nunca lograrás persuadir a la
otra persona; elige tus palabras con mucho cuidado. Una respuesta amable es
siempre mejor que el sarcasmo.
Al resolver conflictos, la manera en que se dicen las cosas
es tan importante como lo que se dice. Si eres agresivo, tus palabras se
recibirán a la defensiva. Dios nos dice: “A la persona sabia y madura se le
conoce por su inteligencia. Cuanto más agradables sus palabras, más convincente
es la persona”. Ser fastidioso nunca sirve. No podemos ser convincentes cuando
somos ásperos.
Durante la Guerra Fría, ambas partes acordaron que algunas
armas de guerra eran tan destructivas que nunca deberían usarse. En la
actualidad, las armas químicas y biológicas están prohibidas y los arsenales de
armas nucleares se reducen y se destruyen. Para salvar el compañerismo, es
necesario destruir nuestro arsenal de armas nucleares relacionales: la
desaprobación, el menosprecio, las comparaciones, las etiquetas, los insultos,
la condescendencia y el sarcasmo. Pablo lo resume de la siguiente manera:
“Eviten las palabras dañinas, usen sólo palabras constructivas, que sirvan para
edificación y sostén, para que lo que digan haga bien a quienes escuchan”.
Coopera tanto como puedas. Pablo dijo: “En cuanto dependa de
ustedes, vivan en paz con todos”. La paz siempre tiene un precio. Puede
costarnos nuestro orgullo; a menudo nos cuesta nuestro egoísmo. Por amor al
compañerismo, haz lo mejor que puedas para llegar a un compromiso, para
adaptarte, para optar por lo que la otra parte prefiere. Una paráfrasis de la
séptima bienaventuranza de Jesús lo expresa así: “Ustedes son benditos cuando
son capaces de mostrar a la gente cómo cooperar en lugar de competir o luchar.
Entonces pueden descubrir quiénes son realmente y cuál es su lugar en la
familia de Dios”.
Haz hincapié en la reconciliación, no en la solución. No es realista
esperar que todos nos pongamos de acuerdo en todo. La reconciliación se enfoca
en la relación, mientras que la resolución se concentra en el problema. Cuando
nos concentramos en la reconciliación, el problema pasa a un segundo plano de
importancia y hasta puede tornarse irrelevante.
Podemos restablecer una relación incluso sin haber podido
resolver nuestras diferencias. Los cristianos solemos tener, con toda
legitimidad, desacuerdos francos y opiniones distintas, pero podemos discutir
sin ser desagradables. El mismo diamante, visto de diferentes ángulos, parece
distinto. Dios quiere la unidad, no la uniformidad, y podemos caminar juntos
del brazo sin ver todas las cosas de la misma forma.
Eso no quiere decir que debamos desistir de encontrar una
solución. Puede ser necesario que continuemos discutiendo y hasta debatiendo,
pero siempre en un espíritu de armonía. La reconciliación consiste en enterrar
el arma, no el asunto. A quién debes contactar como resultado de haber leído
este capítulo? ¿Con quién necesitas restaurar el compañerismo? No lo postergues
ni un segundo. Haz una pausa ahora mismo y conversa con Dios por esa persona.
Luego toma el teléfono y comienza el proceso. Estos siete pasos son sencillos,
pero no fáciles. Restaurar una relación exige mucho esfuerzo. Por eso Pedro nos
exhorta a “esforzarnos por vivir en paz unos con otros”. Pero cuanto trabajas
por la paz, haces lo que dios haría. Por eso Dios llama pacificadores a sus
hijos.
DÍA VEINTE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Siempre vale la pena restaurar las
relaciones.
Versículo para recordar: “Si es posible, y en cuanto dependa
de ustedes, vivan en paz con todos”. Romanos 12:18 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué debo hoy hacer para restaurar
una relación rota?
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