martes, 23 de enero de 2018
lunes, 22 de enero de 2018
Restaura el compañerismo
Restaura el compañerismo
Dios... por medio de Cristo nos reconcilió
Consigo mismo y nos dio
El ministerio de la reconciliación.
2º Corintios 5:18 (NVI)
Siempre es valioso restaurar relaciones.
Como la vida se resume en aprender a amar, Dios quiere que
valoremos las relaciones y nos esforcemos por mantenerlas, en lugar de
descartarlas siempre que se produzca una división, un disgusto o conflictos. De
hecho, su Palabra nos dice que Dios nos ha dado el ministerio de restaurar
relaciones. Por lo tanto, gran parte del Nuevo Testamento se ocupa de la
enseñanza de cómo tratarnos mutuamente. Pablo escribió: “Por tanto, si sienten
algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor; algún compañerismo
en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo
parecer; un mismo amor; unidos en alma y pensamiento”. El apóstol nos enseñó
que la capacidad de llevarnos bien entre nosotros es señal de madurez
espiritual.
Como Cristo quiere que su familia sea conocida por el amor
que sienten unos por otros, el compañerismo roto es un mal testimonio para los
incrédulos. Por eso Pablo sentía tanta vergüenza de los miembros de la iglesia
de Corinto, que se dividían en facciones de distinta tendencia y hasta se
demandaban a juicio. Por eso escribió: “Digo esto para que les dé vergüenza. ¿Acaso
no hay entre ustedes nadie lo bastante sabio como para juzgar un pleito entre
creyentes?” No podía creer que no hubiera nadie en la iglesia lo suficientemente
maduro para resolver el conflicto en paz. En la misma carta, dijo: “Les
suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en
armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en
un mismo pensar y en un mismo propósito”.
Si quieres la bendición de Dios en tu vida y que te conozcan
como su hijo, debes aprender a ser pacificador. Jesús dijo: “Dichosos los que
trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Fíjate que Jesús no
dijo: “Dichosos los que aman la paz”, porque todos la amamos. Tampoco dijo:
“Dichosos los pacíficos”, que nada los perturba. Al contrario, afirmó:
“Dichosos los que trabajan por la paz”: los que activamente procuran resolver
los conflictos. Los pacificadores son difíciles de encontrar porque la
pacificación es una tarea difícil.
Como fuimos creados para formar parte de la familia de Dios y
el segundo propósito de nuestra vida en la tierra es aprender a amar y
relacionarnos con otros, trabajar por la paz es una de las habilidades más
importantes que podemos desarrollar. Por desgracia, a la mayoría de nosotros
nunca se nos enseñó cómo resolver conflictos.
Trabajar por la paz no es evitar los conflictos. Huir de los
problemas, aparentar que no existen o tener miedo de hablar de ellos es
cobardía. Jesús, el Príncipe de Paz, nunca tuvo miedo al conflicto. En cierta
ocasión hasta lo provocó para bien de todos. A veces necesitamos evitar los
conflictos; otras, necesitamos crearlos; y, aun otras, resolverlos. Por eso
debemos orar pidiendo la guía continua del Espíritu Santo.
Trabajar por la paz no es apaciguar; siempre cediendo,
dejándonos pisar y permitiendo que los demás nos pasen por encima; no es lo que
Jesús tenía en mente. Él se negó a ceder en muchos asuntos, se mantuvo firme en
su posición frente a la oposición del mal.
CÓMO RESTAURAR UNA RELACIÓN
Como creyentes, Dios nos ha llamado a restablecer nuestras
relaciones unos con otros. Hay siete pasos bíblicos para restaurar el
compañerismo:
Habla con Dios antes que con la persona. Conversa con Dios acerca
del problema. Si oras acerca del conflicto antes de ir con el chisme a un
amigo, descubrirás que tú o la otra persona cambian de parecer sin ayuda de
nadie. Nuestras relaciones serían mejores si sólo oráramos más por ellas.
Como lo hizo David con sus salmos, usa la oración para
ventilar hacia arriba. Cuéntale a Dios tus frustraciones. Clama a Dios. Él
nunca se sorprende ni se disgusta por nuestro enojo, dolor, inseguridad o
cualquier otra emoción. Cuéntale exactamente cómo te sientes.
Muchos conflictos se originan en necesidades insatisfechas.
Algunas de ellas sólo pueden ser satisfechas por Dios. Cuando esperamos que una
persona, ya sea un amigo, un cónyuge, un jefe o un pariente, satisfaga una
necesidad que sólo Dios puede suplir, nos exponemos a la decepción y la
amargura. Nadie puede satisfacer todas nuestras necesidades, sólo Dios puede
hacerlo.
Como bien señaló el apóstol Santiago, muchos de nuestros
conflictos obedecen a la falta de oración: “¿De dónde surgen las guerras y los
conflictos entre ustedes?... Desean algo y no lo consiguen... No tiene porque
no piden”. En vez de depender de Dios, dependemos de los demás para ser felices
y luego nos enojamos cuando nos fallan. Dios nos invita a acudir a Él primero.
Toma la iniciativa siempre. No importa quién haya sido el
ofendido o quién ofendió a quién: Dios espera que des el primer paso. No
esperes por la otra persona. Preséntate ante ella. Restaurar el compañerismo
cuando se rompe es tan importante que Jesús le asignó prioridad por encima de
la adoración colectiva. Dijo: “Si entras en tu lugar de adoración y, al
presentar tu ofrenda, recuerdas de pronto que tu hermano tiene algo contra ti,
deja tu ofrenda, ve directamente a donde se encuentra tu amigo y hagan las
paces. Entonces, y sólo entonces, vuelve y relaciónate con Dios.
Cuando el compañerismo sea tirante o se rompa, planifica
inmediatamente una conferencia de paz. No la postergues, no pongas excusas o
prometas “Ya me encargaré de este asunto algún día”. Fija una fecha para tener
una reunión personal tan pronto como sea posible. La demora sólo sirve para
aumentar el resentimiento y complicar las cosas. En casos de conflicto, el
tiempo no cura las heridas; las inflama.
Actuar prontamente, además, reduce el daño espiritual que
puedes sufrir. La Biblia dice que nuestros pecados, incluyendo los conflictos
no resueltos, impiden nuestra comunión con Dios y que nuestras oraciones sean
contestadas, además de hacernos sentir desgraciados. Los amigos de Job le
recordaron que “preocuparse hasta la muerte con el resentimiento sería una
necedad, una insensatez! Y que “sólo consigues lastimarte con tu enojo”.
El éxito de una conferencia de paz muchas veces depende de
escoger el momento y el lugar correcto para reunirse. No se reúnan cuando dos
estén cansados ni cuando puedan ser interrumpidos. El mejor momento es cuando
los dos se encuentren en un buen estado de ánimo.
Sé comprensivo. Usa tus oídos más que tu boca. Antes de
intentar resolver un desacuerdo, escucha atentamente los sentimientos de la
otra persona. Pablo aconsejó: “Cada uno debe velar no sólo por sus propios
intereses sino también por los intereses de los demás”. El término “velar” es
el vocablo griego skopos, de donde provienen nuestras palabras telescopio y
microscopio. Significa ver de cerca. Enfócate en los sentimientos, no en los
hechos. Comienza con la compasión, no con las soluciones.
Al principio, no discutas con las personas acerca de sus
sentimientos. Sólo escucha y permite que se desahoguen emocionalmente sin
ponerte a la defensiva. Asienta con tu cabeza para demostrarle que la
entiendes, aunque no estés de acuerdo. Los sentimientos no siempre son
infalibles o lógicos. Por el contrario, el resentimiento hace que pensemos o
que hagamos tonterías. David admitió su equivocación: “Cuando mis pensamientos
estaban llenos de amargura y mis sentimientos estaban heridos, ¡fui tan
estúpido como un animal!”. Todos podemos actuar bestialmente cuando nos
sentimos lastimados.
Por el contrario, la Biblia dice: “El buen juicio hace al
hombre paciente: su gloria es pasar por alto la ofensa”. La sabiduría produce
paciencia y se adquiere escuchando otras perspectivas. Cuando escuchamos le
decimos a la persona: “Valoro tu opinión, me interesa nuestra relación y me
importas tú”. Es cierto: me importa saber lo que sabe un amigo porque me
importa mi amigo.
Para restaurar el compañerismo debemos “agradar al prójimo
para su bien, con el fin de edificarlo”. Aguantar con paciencia el enojo de los
demás es un sacrificio, sobre todo si no tiene fundamento. Pero recuerda, eso
fue lo que Jesús hizo por ti. Soportó el enojo malicioso e infundado para
salvarte: “Porque ni siquiera Cristo se agradó a sí mismo sino que, como está
escrito: “Sobre mí han recaído los insultos de tus detractores”.
Confiesa tu parte en el conflicto. Si realmente te interesa
restaurar una relación, debes comenzar admitiendo tus propios errores o
pecados. Jesús dijo que debes sacar primero “la viga de tu propio ojo, y
entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano”.
Como todos tenemos un punto ciego, puede ser necesario
pedirle ayuda a un tercero para que te ayude a evaluar tus propias acciones
antes de reunirte con la persona con quien tienes un conflicto. Pídele a dios
que te muestre tu parte de culpa en el problema. Pregúntale: “¿Soy yo el
problema? ¿Soy poco realista, insensible o demasiado sensible?”. La Biblia dice
que “si decimos que estamos libres de pecado, lo único que conseguimos es
engañarnos”.
La confesión es una herramienta muy poderosa para la
reconciliación. A veces la manera en que tratamos un conflicto produce un daño
mayor que el problema original. Cuando comenzamos por reconocer con humildad
nuestras equivocaciones, el enojo de la otra persona se apaga y la desarmas
porque posiblemente esperaba que estuvieras a la defensiva. No te excuses ni
culpes al otro; reconoce con sinceridad la parte que te corresponde en el
conflicto. Asume la responsabilidad que te corresponde por tus errores y pide
perdón.
Ataca al problema, no a la persona. No es posible arreglar el
problema si lo que te interesa es encontrar quién tuvo la culpa. Debes optar
por una u otra. La Biblia dice: “La respuesta amable calma el enojo, pero la
agresiva echa leña al fuego”. Si estás enojado nunca lograrás persuadir a la
otra persona; elige tus palabras con mucho cuidado. Una respuesta amable es
siempre mejor que el sarcasmo.
Al resolver conflictos, la manera en que se dicen las cosas
es tan importante como lo que se dice. Si eres agresivo, tus palabras se
recibirán a la defensiva. Dios nos dice: “A la persona sabia y madura se le
conoce por su inteligencia. Cuanto más agradables sus palabras, más convincente
es la persona”. Ser fastidioso nunca sirve. No podemos ser convincentes cuando
somos ásperos.
Durante la Guerra Fría, ambas partes acordaron que algunas
armas de guerra eran tan destructivas que nunca deberían usarse. En la
actualidad, las armas químicas y biológicas están prohibidas y los arsenales de
armas nucleares se reducen y se destruyen. Para salvar el compañerismo, es
necesario destruir nuestro arsenal de armas nucleares relacionales: la
desaprobación, el menosprecio, las comparaciones, las etiquetas, los insultos,
la condescendencia y el sarcasmo. Pablo lo resume de la siguiente manera:
“Eviten las palabras dañinas, usen sólo palabras constructivas, que sirvan para
edificación y sostén, para que lo que digan haga bien a quienes escuchan”.
Coopera tanto como puedas. Pablo dijo: “En cuanto dependa de
ustedes, vivan en paz con todos”. La paz siempre tiene un precio. Puede
costarnos nuestro orgullo; a menudo nos cuesta nuestro egoísmo. Por amor al
compañerismo, haz lo mejor que puedas para llegar a un compromiso, para
adaptarte, para optar por lo que la otra parte prefiere. Una paráfrasis de la
séptima bienaventuranza de Jesús lo expresa así: “Ustedes son benditos cuando
son capaces de mostrar a la gente cómo cooperar en lugar de competir o luchar.
Entonces pueden descubrir quiénes son realmente y cuál es su lugar en la
familia de Dios”.
Haz hincapié en la reconciliación, no en la solución. No es realista
esperar que todos nos pongamos de acuerdo en todo. La reconciliación se enfoca
en la relación, mientras que la resolución se concentra en el problema. Cuando
nos concentramos en la reconciliación, el problema pasa a un segundo plano de
importancia y hasta puede tornarse irrelevante.
Podemos restablecer una relación incluso sin haber podido
resolver nuestras diferencias. Los cristianos solemos tener, con toda
legitimidad, desacuerdos francos y opiniones distintas, pero podemos discutir
sin ser desagradables. El mismo diamante, visto de diferentes ángulos, parece
distinto. Dios quiere la unidad, no la uniformidad, y podemos caminar juntos
del brazo sin ver todas las cosas de la misma forma.
Eso no quiere decir que debamos desistir de encontrar una
solución. Puede ser necesario que continuemos discutiendo y hasta debatiendo,
pero siempre en un espíritu de armonía. La reconciliación consiste en enterrar
el arma, no el asunto. A quién debes contactar como resultado de haber leído
este capítulo? ¿Con quién necesitas restaurar el compañerismo? No lo postergues
ni un segundo. Haz una pausa ahora mismo y conversa con Dios por esa persona.
Luego toma el teléfono y comienza el proceso. Estos siete pasos son sencillos,
pero no fáciles. Restaurar una relación exige mucho esfuerzo. Por eso Pedro nos
exhorta a “esforzarnos por vivir en paz unos con otros”. Pero cuanto trabajas
por la paz, haces lo que dios haría. Por eso Dios llama pacificadores a sus
hijos.
DÍA VEINTE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Siempre vale la pena restaurar las
relaciones.
Versículo para recordar: “Si es posible, y en cuanto dependa
de ustedes, vivan en paz con todos”. Romanos 12:18 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué debo hoy hacer para restaurar
una relación rota?
domingo, 21 de enero de 2018
Cultivar la vida en comunidad
Cultivar la vida en comunidad
Podrán desarrollar una comunidad saludable
y robusta que viva bien con Dios y disfrutar
Los resultados únicamente si se esfuerzan
Por llevarse bien unos con otros, tratándose entre sí
Con dignidad y honra.
Santiago 3:18 (PAR)
Todos seguían firmes en lo que los apóstoles les
Enseñaban, y compartían lo que tenían, y oraban
y se reunían para partir el pan.
Hechos 2:42 (DHH)
La vida en comunidad requiere compromiso.
Sólo el Espíritu Santo puede crear la comunión verdadera
entre los creyentes, pero la cultiva con las elecciones que hagamos y los
compromisos que asumamos. Pablo señala esta doble responsabilidad: “Esfuércense
por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. Para
producir una comunidad cristiana que perpetúa el amor se necesita tanto el
poder de Dios como nuestro esfuerzo.
Por desgracia, muchas personas se crían en familias con
relaciones malsanas y, por lo tanto, carecen de las habilidades relacionales
necesarias para la comunión verdadera. Debemos enseñarles cómo llevarse bien y
entablar relaciones con otros miembros de la familia de Dios. Afortunadamente
el Nuevo Testamento reboza de instrucciones acerca de cómo vivir juntos. Pablo
afirmó: “Escribo estas instrucciones para que... sepas cómo hay que portarse en
la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente”.
Si estás harto de la comunión falsa y deseas cultiva una
comunión verdadera y desarrollar una comunidad fraternal en tu grupo pequeño,
en tu clase de escuela dominical o en la iglesia, necesitas tomar algunas
decisiones difíciles y arriesgarte.
Cultivar la vida en comunidad requiere sinceridad. Debes
estar lo suficientemente interesado para decir la verdad fraternalmente, incluso
cuando prefieras pasar por alto un problema o no tratar un asunto espinoso. Si
bien es mucho más fácil permanecer en silencio cuando las personas a nuestro
alrededor tienen un patrón de pecado que les duele o lastima a otros, no es lo
que el afecto nos manda hacer. La mayoría de las personas no tienen a nadie que
las ame lo suficiente como para decirles la verdad (aunque duela), por lo cual
persisten en sus conductas autodestructivas. Por lo general sabemos que es
necesario decirle a esa persona, pero nuestros temores nos impiden abrir la
boca. Muchas relaciones han sido perjudicadas por el temor: nadie tuvo el valor
de hablar en el grupo mientras la vida de uno de sus miembros se desmoronaba.
La Palabra de Dios nos ordena: “hablando la verdad con amor”,
porque no podemos formar una comunidad sin franqueza. Salomón dijo: “Una
respuesta sincera es el signo de una verdadera amistad”. A veces esto implica
preocuparnos lo suficiente por quien peca o está siendo tentado para
enfrentarlo afablemente. Pablo dijo: “Hermanos, si ven que alguien ha caído en
algún pecado, ustedes que son espirituales deben ayudarlo a corregirse. Pero
háganlo amablemente; y que cada cual tenga mucho cuidado, no suceda que él
también sea puesto a prueba”.
Muchas congregaciones y grupos pequeños son superficiales
porque temen al conflicto. Siempre que surja un asunto que pueda provocar
tensión o incomodidad, inmediatamente se lo pasa por alto para preservar un
falso sentido de paz. Alguien sugiere “no complicar las cosas” y apaciguar los ánimos,
pero el asunto nunca se resuelve, y todos se resignan. Todos saben cuál es el
problema, pero nadie lo expresa francamente. Esto produce un ambiente viciado:
hay secretos y se multiplican los chismes. La solución de Pablo era directa:
“No más mentiras, no más falsas impresiones. Díganle a su prójimo la verdad. En
el cuerpo de Cristo todos estamos conectados entre sí, a fin de cuentas. Cuando
mienten a otros, se mienten a ustedes mismos”.
La comunión verdadera depende de la franqueza, ya se trate de
un matrimonio, una amistad o tu iglesia. Aún más, en una relación, el túnel de
los conflictos puede ser la puerta a la intimidad. Hasta que no nos importe lo
suficientemente como para enfrentar y solucionar los obstáculos subyacentes,
nunca podremos tener una relación más estrecha. Cuando un conflicto es bien
manejado y se encaran y solucionan las diferencias, se estrechan las
relaciones. La Biblia dice: “A fin de cuentas, más se aprecia al que reprende
que al que adula”.
La franqueza no debe ser una licencia para decir lo que a uno
se le antoja, dondequiera y cuando quiera. Eso es impertinencia. La Escritura
afirma que “para todo hay un cuándo y un cómo“. Las palabras irreflexivas dejan
cicatrices profundas. Dios nos manda hablarnos unos a otros en la iglesia como
miembros afables de una familia: “No reprendas con dureza al anciano, sino
aconséjalo como si fuera tu padre. Trata a los jóvenes como a hermanos; a las
ancianas como a madres; a las jóvenes como a hermanas”.
Es triste, pero la falta de sinceridad ha destruido miles de
relaciones. Pablo tuvo que reprender a la iglesia en Corinto por su pasivo
código de silencio que permitía la inmoralidad dentro de su comunidad. Como no
había nadie con suficiente valor para enfrentarla, les dijo: “No miren para
otro lado con la esperanza de que el problema desaparecerá. Sáquenlo a la luz y
trátenlo... Mejor un poco de devastación y vergüenza que la maldición...
Ustedes creen que se trata de algo sin importancia, pero por el contrario... no
deberían actuar como si todo estuviera bien cuando uno de sus compañeros
cristianos es inmoral o calumniador, es arrogante con Dios o grosero con sus
amigos, se emborracha o es avaro y estafador. No toleren esta situación, ni
consideren aceptable ese comportamiento. No soy responsable de lo que hagan los
de afuera, pero, ¿acaso no tenemos responsabilidad hacia los de adentro, los
que conforman nuestra comunidad de creyentes?
Cultiva la vida en comunidad requiere humildad. Nada destruye
la comunión tan rápido como la arrogancia, la autocomplacencia y el orgullo
empedernido. El orgullo erige murallas entre las personas; la humildad
construye puentes. La humildad es como el aceite que suaviza las relaciones y
lima las asperezas. Por eso la Biblia dice: “Revístanse todos de humildad en su
trato mutuo”. La vestimenta apropiada para la comunión es una actitud de
humildad.
El resto del versículo continúa: “Dios se opone a los
orgullosos pero da gracia a los humildes”. Este es otro motivo por el que
debemos ser humildes: el orgullo bloquea la gracia de Dios en nuestra vida, la
que necesitamos para crecer, cambiar, sanar y ayudar a los demás. Recibimos la
gracia de Dios cuando reconocemos con humildad que la necesitamos. La Biblia
nos dice que ser orgullosos ¡es oponernos a Dios! Es una manera de vivir necia
y peligrosa.
Podemos desarrollar la humildad de manera práctica:
reconociendo nuestras debilidades, siendo tolerantes con las debilidades de
otros, estando dispuestos a ser corregidos y destacando lo que hacen los demás.
Pablo aconsejó: “Vivan siempre en armonía. Y no sean orgullosos, sino traten
como iguales a la gente humilde. No se crean más inteligentes que los demás”. A
los cristianos de Filipos les escribió: “Honren más a los demás que a ustedes.
No se interesen sólo en ustedes sino interésense en la vida de los demás”.
La humildad no es pensar menos de sí mismo sino pensar menos
en ti mismo. Humildad es pensar más en los demás. Las personas humildes se
interesan tanto en servir a otros, que no piensan en sí mismas.
Cultivar la vida en comunidad requiere amabilidad. La
cortesía o amabilidad consiste en respetar nuestras diferencias, tener
consideración por los sentimientos de otras personas y ser tolerantes con las
que nos molestan. La Palabra de Dios dice: “Hagamos cuanto contribuya al bien...
con el fin de edificarlas”. Pablo le dijo a tito: “El pueblo de Dios debe tener
un gran corazón y ser amable”.
En todas las iglesias, y en cualquier grupo pequeño, habrá
siempre por lo menos una persona “difícil”, a veces más de una. Éstas pueden
tener necesidades emocionales especiales, profundas inseguridades, costumbres
irritantes o hábitos sociales no desarrollados. Podríamos llamarlas personas
NGE: que “necesitan gracia extra”.
Dios puso a tales personas en medio de nosotros tanto para
nuestro beneficio como para el de ellas. Son una oportunidad para el
crecimiento y poner a prueba la comunión: ¿Las amamos como hermanos y hermanas
y las tratemos con dignidad?
Los miembros de una familia no se aceptan porque sean
inteligentes, hermosos o talentosos. Se aceptan porque pertenecen a la misma
familia. Defendemos y protegemos la familia. Uno de sus miembros puede ser algo
tonto, pero es de nuestra familia. De la misma manera, la Biblia dice: “Ámense
los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente”.
Lo cierto es que todos tenemos nuestras manías y caprichos.
Pero la comunidad no tiene nada que ver con compatibilidades. La base de
nuestra comunión es nuestra relación con Dios: somos una familia.
Una de las claves para la amabilidad es conocer los orígenes
de una persona: descubre su historia. Cuando sepas lo que esa persona ha
atravesado, serás más comprensivo. En lugar de pensar en todo lo que todavía
tiene que aprender, pensarás en todo lo que ha progresado, a pesar de todo.
Otro aspecto de la amabilidad consiste en no subestimar las
dudas ajenas. El hecho de que no tengamos determinados temores no quita validez
a esos sentimientos. La comunidad verdadera se produce cuando la gente se
siente suficientemente segura para poder expresar sus dudas y temores con la
certeza que no la juzgarán.
Cultivar la vida en comunidad requiere confidencialidad. Para
que las personas sean sinceras y expresen sus más profundas penas, necesidades
y errores, se requiere una condición: una atmósfera segura que las haga
sentirse cálidamente aceptadas y donde puedan desahogarse con confianza. La
confidencialidad no implica permanecer en silencio si nuestro hermano o hermana
peca. Significa que lo que se expresa dentro del grupo no sale afuera de él,
que el grupo tratará el asunto internamente y nadie saldrá a contar chismes.
Dios odia los chismes, sobre todo cuando se los disfraza
superficialmente como “pedidos de oración” por una persona. Él afirma: “El
perverso provoca contiendas y el chismoso divide a los buenos amigos”. Los
chismes provocan sufrimiento y divisiones, y destruyen la comunión. Dios es muy
claro al respecto: debemos enfrentar “al que cause divisiones”. Estas personas
pueden enojarse y abandonar el grupo o la iglesia cuando se las amonesta por
sus acciones divisivas, pero el compañerismo de la iglesia es más importante
que cualquier individualidad.
Cultivar la vida en comunidad requiere contacto frecuente.
Debes tener contacto frecuente y regular con tu grupo para construir una
comunión genuina. Para cultiva una relación se requiere tiempo. La Biblia nos
dice: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino
animémonos unos a otros”. Debemos desarrollar el hábito de reunirnos. Un hábito
es algo que hacemos con frecuencia y regularidad, no ocasionalmente. Debemos
pasar tiempo junto ¾mucho tiempo¾ para construir relaciones sólidas. Por eso,
la comunión es tan superficial en muchas iglesias justamente porque no pasamos suficiente
tiempo junto, y cuando nos reunimos, por lo general pasamos ese tiempo
escuchando hablar a una sola persona.
La comunidad no se construye sobre la conveniencia (“Nos
reuniremos cuando nos parezca”), sino que se apoya en la convicción de que la
comunidad es necesaria para la salud espiritual. Si deseas cultiva una comunión
verdadera, eso implicará reunirte incluso cuando no tengas ganas, porque estás
convencido de que es importante. ¡Los primeros cristianos se reunían todos los
días! “No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa
partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad”. Para tener
comunión debes invertir tiempo.
Si eres miembro de un pequeño grupo o clase, te animo a que
hagas un pacto en el grupo que incluya las nueve características de la comunión
bíblica: expresaremos nuestros verdaderos sentimientos (autenticidad), nos
animaremos unos a otros (reciprocidad), nos apoyaremos unos a otros
(compasión), nos perdonaremos unos a otros (misericordia), hablaremos la verdad
en amor (sinceridad), reconoceremos nuestras debilidades (humildad),
respetaremos nuestras diferencias (amabilidad), no andaremos con chismes
(confidencialidad) y haremos del grupo una prioridad (frecuencia).Al leer esta
lista de características, te resultará obvio por qué la comunión genuina es tan
poco corriente. Consiste en formarnos en interdependientes. Sin embargo, los
beneficios de compartir la vida junta superan largamente los costos y nos
preparan para el cielo.
DÍA DIECINUEVE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: La vida en comunidad requiere compromiso.
Versículo para recordar: “En esto conocemos lo que es el
amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros
debemos entregar la vida por nuestros hermanos”. 1º Juan 3:16 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Cómo puedo cultivar hoy las
características de una comunidad verdadera en mi grupo pequeño o en mi iglesia?
sábado, 20 de enero de 2018
Viviendo la vida juntos
Viviendo la vida juntos
Ustedes fueron llamados a formar un solo cuerpo,
El cuerpo de Cristo.
Colosenses 3:15 (BLS)
¡Cuán bueno y cuán agradable es que
Los hermanos convivan en armonía!
Salmos 133:1 (NVI)
El significado de la vida es compartir.
La intención de Dios es que experimentemos la vida junta. En
la Biblia esta experiencia comunitaria se conoce como vivir en comunión. En la
actualidad, sin embargo, la palabra ha perdido mucho de su significado bíblico.
“Tener comunión” se usa para referirse a la conversación espontánea, la
socialización, las comidas y la diversión. La pregunta “¿Dónde tienes
comunión?” significa: “¿A qué iglesia asistes?”. Afirmar: “Quédate después del
servicio APRA un momento de comunión” quiere decir “Tendremos un refrigerio”.
La verdadera comunión es mucho más que asistir a los
servicios dominicales. Es experimentar la vida junta. Consiste en amar
desinteresadamente, compartir con corazón sincero, servir en la práctica, hacer
sacrificios, consolar y solidarizarse con los que sufren, y todos los demás
mandamientos que el Nuevo Testamento nos manda hacer “unos a otros”.
Con todo aquello relacionado con la comunión, el tamaño
importa: cuanto más pequeño, mejor. Con una multitud se puede adorar, pero no
se puede tener comunión. Cuando los grupos son superiores a diez personas,.
Algunas dejarán de participar ¾por lo general, las más calladas¾ y otras
ejercerán dominio.
Jesús ministró en el contexto de pequeños grupos de
discípulos. Pudo haber elegido a más, pero sabía que doce es prácticamente el
tamaño máximo posible para permitir la participación de todos.
El cuerpo de Cristo, como el tuyo, es en realidad una
colección de varias células pequeñas. La vida del cuerpo de Cristo, como el
tuyo, está en las células. Debido a esto, todos los cristianos necesitan estar
comprometidos con un pequeño grupo dentro de cada iglesia, ya sea uno de
reflexión en los hogares, una clase de escuela Dominical o un grupo de estudio
bíblico. La verdadera comunidad se gesta en esos lugares, no en las reuniones
masivas. Piensa en la iglesia como en un barco, los pequeños grupos son los
botes salvavidas.
Dios ha hecho una promesa increíble con respecto a los
pequeños grupos de creyentes: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos”. Por desgracia, pertenecer a un pequeño grupo
tampoco es ninguna garantía de que se experimentará una verdadera comunión.
Muchas clases de Escuela Dominical y grupos pequeños son superficiales, no
tienen idea de lo que es experimentar la comunión genuina. ¿Cuál es la
diferencia entre la comunión verdadera y la falsa?
En la comunión verdadera experimentamos autenticidad. La
comunión auténtica no es superficial. Consiste en la expresión genuina, de
corazón a corazón, desde lo más íntimo de nuestro ser. El verdadero
compañerismo ocurre cuando la gente es honesta con lo que es y con lo que
sucede en su vida: comparte sus penas, revela sus sentimientos, confiesa sus
fracasos, manifiesta sus dudas, reconoce sus temores, admite sus debilidades, y
pide la ayuda y oración de los demás.
La autenticidad es exactamente lo contrario de lo que
encuentras en algunas iglesias. En éstas, en vez de una atmósfera de sinceridad
y humildad, hay fingimiento, roles, politiquería, cordialidad superficial y
conversación trivial. La gente se pone máscaras, está a la defensiva y se
conduce como si su vida fuera un lecho de rosas. Estas actitudes matan la
verdadera comunión.
Podremos experimentar la verdadera comunión sólo si somos
transparentes en nuestra vida. La Biblia dice: “Si vivimos en la luz, así como
Él está en la luz, tenemos comunión unos con otros... Si afirmamos que no
tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. El
mundo cree que la intimidad necesita oscuridad, pero Dios dice que ésta ocurre
en la luz. La oscuridad sirve para esconder nuestros dolores, culpas, temores,
fracasos y fallas. Pero al sacarlas a la luz, las ponemos a la vista y
admitimos quiénes somos en realidad.
Por supuesto, la autenticidad exige valor y humildad. Implica
enfrentar nuestro temor a la exposición, al rechazo y a ser heridos nuevamente.
¿Por qué habríamos de correr ese riesgo? Porque es la única manera de crecer
espiritualmente y conservar nuestra salud emocional. La Escritura indica que
“nuestra práctica debería ser: confesarnos unos a otros nuestros pecados y orar
unos por otros para poder vivir todos juntos y ser sanados”. Sólo podemos
crecer si nos arriesgamos, y no hay riesgo mayor que ser sinceros con nosotros
mismos y con otros.
En la comunión verdadera experimentamos reciprocidad. La
reciprocidad es el arte de dar y recibir. Depende de cada uno de nosotros. La
Biblia dice que “Dios diseñó nuestros cuerpos como un modelo para que
pudiéramos entender nuestras vidas reunidas como iglesia: cada parte
dependiente de todas las demás partes”. La reciprocidad es el corazón de la
comunión: la construcción de relaciones recíprocas, de compartir responsabilidades
y de ayudarse unos a otros. Pablo dice que desea que nos ayudemos “entre
nosotros con la fe que compartimos. Tu fe me ayudará y mi fe te ayudará”.
Somos más sólidos en nuestra fe cuando caminamos junto a
otros que nos animan. La Biblia nos ordena rendir cuentas unos a otros,
animarnos, servirnos y honrarnos mutuamente. Más de cincuenta veces el Nuevo
Testamento nos manda hacer distintas tareas “unos a otros” y “unos con otros”.
La Palabra de Dios señala: “Esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la
paz y a la mutua edificación”.
No eres responsable de cada persona del cuerpo de Cristo,
pero tienes una responsabilidad con ellos. Dios espera que hagas lo que esté a
tu alcance para ayudarlos.
En la comunión verdadera experimentamos compasión. La
compasión no se limita a dar consejos o una ayuda rápida y cosmética; la
compasión es comprender y compartir el dolor de los demás. La compasión dice:
“Entiendo lo que te está pasando, y lo que sientes no es raro ni es una
locura”. Hoy también se la conoce como “empatía”, pero la palabra bíblica es
“compasión”. La Escritura afirma que, como escogidos de Dios, santos y amados,
debemos vivir con “verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y
paciencia”.
La compasión satisface dos necesidades humanas esenciales:
ser entendidos y apreciados con nuestros sentimientos. Cada vez que entiendes y
aprecias los sentimientos de alguien, estableces comunión. El problema es que
muchas veces tenemos tanta prisa para arreglar las cosas, que no tenemos tiempo
para expresar nuestra compasión; o estamos preocupados con nuestros propios
dolores. La autocompasión agota la compasión por los demás.
La comunión tiene diferentes niveles, cada uno apropiado para
diferentes momentos. Los grados más simples de comunión son al compartir y al
estudiar la Palabra de Dios en comunidad. Un nivel más profundo es la comunión
al servir: cuando ministramos entre varios en viajes misioneros o en proyectos
de caridad. El nivel más profundo e intenso es la comunión en sufrimiento,
cuando nos solidarizamos con la pena y el dolor de los demás y nos ayudamos
unos a otros a sobrellevar las cargas. Los cristianos que mejor entienden este
nivel son quienes, en este mundo, sufren persecución, desprecio y hasta muerte
como mártires por su fe.
La Palabra de Dios nos manda: “Cuando tengan dificultades,
ayúdense unos a otros. Esa es la manera de obedecer la ley de Cristo”. Es en
los momentos más intensos de crisis, dolor y duda cuando más nos necesitamos
unos a otros. Cuando las circunstancias nos aplastan y nuestra fe se derrumba,
es cuando más necesitamos a nuestros amigos creyentes. Necesitamos contar con
un pequeño grupo de amigos que tengan fe en Dios por nosotros para permitirnos
salir adelante. En un pequeño grupo, el cuerpo de Cristo es real y tangible,
aunque Dios parezca distante. Durante su sufrimiento, Job necesitó con
desesperación contar con ese grupo. Clamó: “aunque uno se aparte del temor al
Todopoderoso, el amigo no le niega su lealtad”.
En la comunión verdadera experimentamos misericordia. La
comunión es un lugar de gracia, donde en vez de enfatizar los errores, éstos se
resuelven. La comunión se genera cuando la misericordia triunfa sobre la
justicia.
Todos necesitamos misericordia porque todos tropezamos y
caemos y necesitamos que alguien nos ayude a ponernos en pie y en camino.
Necesitamos brindarnos misericordia unos a otros y estar dispuestos a
recibirla. Dios declara que cuando alguien peca, debemos “perdonarlo y
consolarlo para que no sea consumido por la excesiva tristeza”.
No es posible tener comunión sin perdón. Dios nos dice: “No
guarden rencor”, porque la amargura y el resentimiento destruyen la comunión.
Como somos pecadores e imperfectos, inevitablemente nos lastimamos. En
ocasiones, intencionalmente y otras veces sin mala intención, pero de una u
otra manera, requiere cantidades enormes de misericordia y gracia crear y
sostener la comunión. La Escritura dice que “tengan paciencia unos con otros, y
perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó,
perdonen también ustedes”.
La misericordia de Dios es el motor que nos motiva a mostrar
compasión a los demás. Recordemos que nunca se nos pedirá perdonar más que lo
que Dios nos perdonó a nosotros. Cuando alguien te lastime, tienes que decidir.
¿Usaré mi energía y mis emociones para vengarme o para buscar una solución? No
es posible hacer ambas cosas.
Muchas personas son renuentes a mostrar misericordia porque
no entienden la diferencia entre confianza y perdón. Perdonar es soltar las
riendas del pasado. La confianza tiene que ver con el comportamiento en el
futuro.
El perdón debe ser inmediato, lo pida o no quien ofendió. La
confianza se reconstruye con el tiempo. Esta requiere llevar un registro. Si
una persona nos lastima repetidas veces, Dios nos manda perdonarla al instante,
pero no espera que confiemos en ella de inmediato, y tampoco supone que debemos
permitir que siga lastimándonos. Deberá demostrar que el tiempo la ha
transformado. El mejor lugar para restaurar la confianza es dentro del ámbito de
apoyo provisto por un pequeño grupo que ofrezca la posibilidad de animarnos
mutuamente y ser responsables unos de otros.
Experimentarás muchos otros beneficios si formas parte de un
pequeño grupo comprometido con tener comunión verdadera. Es una parte esencial
de tu vida cristiana que no puedes desatender. Por más de dos mil años los
cristianos se han reunido regularmente en pequeños grupos para vivir en
comunión. Si nunca has formado parte de uno, no tienes idea de lo que te estás perdiendo.
En el capítulo siguiente analizaremos lo que se requiere para crear este tipo
de comunidad con otros creyentes, pero espero que este capítulo haya despertado
el hambre de una experiencia de autenticidad, reciprocidad, compasión y
misericordia que experimentarás con la comunión verdadera. Fuiste creado para
esa comunión.
DÍA DIECIOCHO
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Necesito otras personas en mi vida.
Versículo para recordar: “Ayúdense unos a otros a llevar sus
cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”. Gálatas 6:2 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué primer paso puedo dar hoy para
relacionarme con otro creyente en un mayor grado de intimidad y autenticidad?
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