viernes, 19 de enero de 2018
jueves, 18 de enero de 2018
Lo que más importa
Lo que más importa
No importa lo que diga, lo que crea o lo que haga,
sin amor estoy en quiebra.1º Corintios 13:3 (PAR)
En esto consiste el amor: en que pongamos en
práctica sus mandamientos. Y éste es el
mandamiento: que vivan en este amor, tal como
ustedes lo han escuchado desde el principio.2º Juan 1:6 (NVI)
sin amor estoy en quiebra.1º Corintios 13:3 (PAR)
En esto consiste el amor: en que pongamos en
práctica sus mandamientos. Y éste es el
mandamiento: que vivan en este amor, tal como
ustedes lo han escuchado desde el principio.2º Juan 1:6 (NVI)
La vida consiste en amar.
Como Dios es amor, la lección más importante que quiere que aprendamos en esta tierra es cómo amar. El amor es el fundamento de todos los mandamientos que nos ha dado, porque cuando amamos, más semejantes somos a Él: “Porque la ley se resume en este mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo””.
Aprender a amar desinteresadamente no es una tarea sencilla. Es contraria a nuestra naturaleza egocéntrica. Por eso contamos con toda una vida para aprender a amar. Por supuesto, Dios quiere que amemos a todos, pero está particularmente interesado en que aprendamos a amar a los miembros de su familia. Como ya hemos visto, este es el segundo propósito para tu vida. Pedro nos dice que “debemos mostrar un amor especial por el pueblo de Dios”. Pablo hace eco de este sentimiento: “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”.
¿Por qué insiste Dios en que demos un amor especial y prestemos atención a otros creyentes? ¿Por qué ellos tienen prioridad en el amor? Porque Dios quiere que su familia sea fundamentalmente conocida por el amor que manifiesten entre sí. Jesús dijo que el amor de los unos a los otros, y no nuestras creencias doctrinales, sería nuestro mayor testimonio al mundo. Dijo: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
En el cielo disfrutaremos de la familia de Dios para siempre, pero primero tenemos que realizar un trabajo difícil en la tierra, como preparación para una eternidad de amor. Dios nos entrena dándonos “responsabilidades familiares” y la principal es que practiquemos amarnos unos a otros.
Él quiere que tengas una comunión estrecha y regular con otros creyentes para desarrollar la práctica del amor. El amor no puede aprenderse en aislamiento. Necesitas estar rodeado de personas: insoportables, imperfectas y molestas. Gracias a la comunión podemos aprender tres verdades importantes.
el mejor uso de la vida es amar
El amor debe ser tu prioridad, tu objetivo y tu mayor ambición. El amor no es una buena parte de la vida; es la parte más importante. La Palabra de Dios declara: “¡Que el amor sea para ustedes la más alta meta!”.
No basta con decir: “Una de las cosas que quiero en esta vida es amar”, como si el amor fuera uno de los diez objetivos principales que tenemos. Las relaciones tienen prioridad sobre todo lo demás. ¿Por qué?
La vida sin amor no tiene sentido. Pablo dice: “No importa lo que diga, lo que crea o lo que haga, sin amor estoy en quiebra”.
En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con tantas otras ocupaciones. Pero Dios dice que lo esencial de la vida consiste en nuestras relaciones con los demás.
Cuatro de los Diez Mandamientos se refieren a nuestra relación con Dios, mientras que los seis restantes tratan de nuestra relación con las personas. Pero ¡los diez tienen que ver con relaciones! Posteriormente, Jesús resumió lo que más le importa a Dios en dos afirmaciones: amar a Dios y amar a los demás. Dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo su corazón...” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. Después de aprender a amar a Dios, que es la adoración, aprender a amar a los demás debería ser el segundo propósito de la vida.
Lo que más importa en mi existencia son las relaciones y no los logros o la adquisición de bienes. Entonces, ¿por qué le prestamos tan poca atención a las relaciones? Cuando estamos muy ocupados, afectamos el tiempo que dedicamos a las relaciones, quitándoles la energía y atención necesarias. Lo urgente desplaza lo más importante para Dios.
La ocupación en múltiples actividades compite con las relaciones. Nos preocupamos en ganarnos la vida, en realizar nuestro trabajo, en pagar las cuentas y en lograr metas, como si vivir consistiera en cumplir esas tareas. No es así. El sentido de la vida es aprender a amar: a dios y a las personas. El resultado de la resta “vida menos amor” es cero.
El amor durará por siempre. Otra razón por la que Dios nos manda hacer del amor una prioridad es que es eterno: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor: Pero la más excelente de ellas es el amor”.
El amor deja un legado. El impacto más perdurable que puedes dejar en la tierra es el trato que tuviste con las personas, no tu riqueza o tus logros. Como lo expresó la Madre Teresa: “Lo que importa no es tanto lo que uno hace sino cuánto amor pone en hacerlo”. El amor es el secreto de un legado duradero.
He tenido que acompañar a muchas personas en sus últimos momentos, cuando están al borde de la eternidad, y nunca las he escuchado decir: “¡Traigan mis diplomas! Me gustaría mirarlos una vez más. Muéstreme mis premios, mi medalla, el reloj de oro que me regalaron”. Cuando nuestra vida sobre esta tierra llega a su fin, no nos rodeamos de objetos. Queremos estar rodeados de personas: de seres queridos y con quienes nos relacionamos.
Llegados los últimos momentos, todos nos damos cuenta de que la vida consiste de relaciones. La sabiduría consiste en aprender esta verdad lo antes posible. No esperes a estar en tu lecho de muerte para reconocer que esto era lo más importante.
El amor será la norma para evaluarnos. Aprender a amar debe ser el objetivo de la vida ya que será la norma que dios usará para evaluarnos en la eternidad. Una de las maneras que Dios utiliza para medir la madurez espiritual es la calidad de nuestras relaciones. En el cielo él no nos pedirá que le contemos sobre nuestra carrera profesional, nuestra cuenta bancaria y nuestros pasatiempos, sino que revisará cómo tratamos a otras personas, en especial a los necesitamos. Jesús dijo que la manera de amarlo es amar a su familia y atender sus necesidades prácticas: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
Cuando nos transfieran a la eternidad, dejaremos todo detrás. Lo único que llevaremos encima será nuestro carácter. Por eso la Biblia dice: “En Cristo Jesús... lo que vale es la fe que actúa mediante el amor”.
Con esto en mente, te sugiero que cuando te despiertes todas las mañanas, te arrodilles junto a tu cama o te sientes en el borde de la cama, y ores: “Dios, haga lo que haga hoy, quiero asegurarme de dedicar tiempo a amarte y amar a los demás: mi vida consiste en eso. No quiero desperdiciar este día”. ¿Por qué habría Dios de darte otro día si no lo vas a aprovechar?
EL TIEMPO ES LA MEJOR EXPRESIÓN DE AMOR
Es posible evaluar la importancia que le asignamos a algo considerando el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle. Cuanto más tiempo le dedicamos a algo, más evidente resulta la relevancia y el valor que tiene para nosotros. Si quieres conocer las prioridades de una persona, fíjate en cómo usa el tiempo.
El tiempo es el regalo más preciado que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar. Nuestro tiempo es nuestra vida. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo.
No es suficiente decir que las relaciones son importantes; debemos demostrarlo en acciones, invirtiendo tiempo en ellas. Las palabras por sí solas nada valen: “Hijos míos, no solamente debemos decir que amamos, sino que debemos demostrarlo por medio de lo que hacemos”. Las relaciones exigen tiempo y esfuerzo. Amor se deletrea así: “T-I-E-M-P-O”.
La esencia del amor no es lo que pensamos o hacemos o aportamos a los demás; antes bien, es cuánto entregamos de nosotros mismos. A los hombres, en particular, les cuesta entender esto. Muchos me han dicho: “No puedo entender a mi esposa ni a mis hijos. Les proveo todo lo que necesitan. ¿Qué más quieren?” ¡Te quieren a ti! Quieren tus ojos, tus oídos, tu tiempo, tu atención, tu presencia, tu interés: tu tiempo. No hay nada que pueda suplir eso.
El mejor regalo de amor no son los diamantes ni las rosas ni los dulces. Es brindar tu concentración. El amor se concentra tanto en otra persona que por un instante uno se olvida quién es. La atención dice: “Te valoro tanto que te entrego mi bien más valioso: mi tiempo”. Siempre que dediques de tu tiempo, estarás haciendo un sacrificio, y el sacrificio es la esencia del amor. Jesús nos dejó el ejemplo: “Estén llenos de amor hacia los demás; sigan en esto el ejemplo de Cristo, quien nos amó y se entregó en sacrificio a Dios por nuestros pecados”.
Es posible dar sin amar, pero no se puede amar sin dar. “Tanto amó Dios al mundo, que dio...” Amar es entregarse: dejar de lado mis preferencias, comodidad, objetivos personales, seguridad, dinero, energía y tiempo para el beneficio de otra persona.
EL MEJOR MOMENTO PARA AMAR ES AHORA
La postergación de algunos asuntos es una respuesta legítima cuando se trata de una tarea trivial. Sin embargo, como el amor es lo más importante, debe tener prioridad. La Biblia repetidas veces destaca este punto: “Siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos”; hagamos el bien “aprovechando al máximo cada momento oportuno”. “No niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo. Nunca digas a tu prójimo: “Vuelve más tarde; te ayudaré mañana”, si hoy tienes con qué ayudarlos”.
¿Por qué este es el mejor momento para expresar nuestro amor? Porque no sabemos por cuánto tiempo tendremos esta oportunidad. Las circunstancias cambian; las personas se mueren; los hijos crecen; no hay garantías para el mañana. Si quieres expresar tu amor, más vale que lo hagas ahora mismo.
Sabemos que un día deberemos presentarnos ante Dios; por lo tanto, deberíamos considerar las siguientes preguntas: ¿Qué justificación tendré para explicar que le di más importancia a los proyectos y a las cosas que a las personas’ ¿Con quién debería comenzar a pasar más tiempo? ¿Qué cosas necesito limitar de mi agenda para conseguir ese tiempo? ¿Qué sacrificios debo hacer?
El mejor uso que le puedes dar a la vida es amar. La mejor expresión de amor es el tiempo. El mejor momento para amar es ahora.
Aprender a amar desinteresadamente no es una tarea sencilla. Es contraria a nuestra naturaleza egocéntrica. Por eso contamos con toda una vida para aprender a amar. Por supuesto, Dios quiere que amemos a todos, pero está particularmente interesado en que aprendamos a amar a los miembros de su familia. Como ya hemos visto, este es el segundo propósito para tu vida. Pedro nos dice que “debemos mostrar un amor especial por el pueblo de Dios”. Pablo hace eco de este sentimiento: “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”.
¿Por qué insiste Dios en que demos un amor especial y prestemos atención a otros creyentes? ¿Por qué ellos tienen prioridad en el amor? Porque Dios quiere que su familia sea fundamentalmente conocida por el amor que manifiesten entre sí. Jesús dijo que el amor de los unos a los otros, y no nuestras creencias doctrinales, sería nuestro mayor testimonio al mundo. Dijo: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
En el cielo disfrutaremos de la familia de Dios para siempre, pero primero tenemos que realizar un trabajo difícil en la tierra, como preparación para una eternidad de amor. Dios nos entrena dándonos “responsabilidades familiares” y la principal es que practiquemos amarnos unos a otros.
Él quiere que tengas una comunión estrecha y regular con otros creyentes para desarrollar la práctica del amor. El amor no puede aprenderse en aislamiento. Necesitas estar rodeado de personas: insoportables, imperfectas y molestas. Gracias a la comunión podemos aprender tres verdades importantes.
el mejor uso de la vida es amar
El amor debe ser tu prioridad, tu objetivo y tu mayor ambición. El amor no es una buena parte de la vida; es la parte más importante. La Palabra de Dios declara: “¡Que el amor sea para ustedes la más alta meta!”.
No basta con decir: “Una de las cosas que quiero en esta vida es amar”, como si el amor fuera uno de los diez objetivos principales que tenemos. Las relaciones tienen prioridad sobre todo lo demás. ¿Por qué?
La vida sin amor no tiene sentido. Pablo dice: “No importa lo que diga, lo que crea o lo que haga, sin amor estoy en quiebra”.
En ocasiones nos conducimos como si las relaciones fueran algo que conseguimos introducir en nuestros planes. Hablamos de hallar tiempo para nuestros hijos o de hacer tiempo para las personas en nuestra vida. Damos la impresión de que las relaciones son apenas una parte de nuestra vida, junto con tantas otras ocupaciones. Pero Dios dice que lo esencial de la vida consiste en nuestras relaciones con los demás.
Cuatro de los Diez Mandamientos se refieren a nuestra relación con Dios, mientras que los seis restantes tratan de nuestra relación con las personas. Pero ¡los diez tienen que ver con relaciones! Posteriormente, Jesús resumió lo que más le importa a Dios en dos afirmaciones: amar a Dios y amar a los demás. Dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo su corazón...” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. Después de aprender a amar a Dios, que es la adoración, aprender a amar a los demás debería ser el segundo propósito de la vida.
Lo que más importa en mi existencia son las relaciones y no los logros o la adquisición de bienes. Entonces, ¿por qué le prestamos tan poca atención a las relaciones? Cuando estamos muy ocupados, afectamos el tiempo que dedicamos a las relaciones, quitándoles la energía y atención necesarias. Lo urgente desplaza lo más importante para Dios.
La ocupación en múltiples actividades compite con las relaciones. Nos preocupamos en ganarnos la vida, en realizar nuestro trabajo, en pagar las cuentas y en lograr metas, como si vivir consistiera en cumplir esas tareas. No es así. El sentido de la vida es aprender a amar: a dios y a las personas. El resultado de la resta “vida menos amor” es cero.
El amor durará por siempre. Otra razón por la que Dios nos manda hacer del amor una prioridad es que es eterno: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor: Pero la más excelente de ellas es el amor”.
El amor deja un legado. El impacto más perdurable que puedes dejar en la tierra es el trato que tuviste con las personas, no tu riqueza o tus logros. Como lo expresó la Madre Teresa: “Lo que importa no es tanto lo que uno hace sino cuánto amor pone en hacerlo”. El amor es el secreto de un legado duradero.
He tenido que acompañar a muchas personas en sus últimos momentos, cuando están al borde de la eternidad, y nunca las he escuchado decir: “¡Traigan mis diplomas! Me gustaría mirarlos una vez más. Muéstreme mis premios, mi medalla, el reloj de oro que me regalaron”. Cuando nuestra vida sobre esta tierra llega a su fin, no nos rodeamos de objetos. Queremos estar rodeados de personas: de seres queridos y con quienes nos relacionamos.
Llegados los últimos momentos, todos nos damos cuenta de que la vida consiste de relaciones. La sabiduría consiste en aprender esta verdad lo antes posible. No esperes a estar en tu lecho de muerte para reconocer que esto era lo más importante.
El amor será la norma para evaluarnos. Aprender a amar debe ser el objetivo de la vida ya que será la norma que dios usará para evaluarnos en la eternidad. Una de las maneras que Dios utiliza para medir la madurez espiritual es la calidad de nuestras relaciones. En el cielo él no nos pedirá que le contemos sobre nuestra carrera profesional, nuestra cuenta bancaria y nuestros pasatiempos, sino que revisará cómo tratamos a otras personas, en especial a los necesitamos. Jesús dijo que la manera de amarlo es amar a su familia y atender sus necesidades prácticas: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
Cuando nos transfieran a la eternidad, dejaremos todo detrás. Lo único que llevaremos encima será nuestro carácter. Por eso la Biblia dice: “En Cristo Jesús... lo que vale es la fe que actúa mediante el amor”.
Con esto en mente, te sugiero que cuando te despiertes todas las mañanas, te arrodilles junto a tu cama o te sientes en el borde de la cama, y ores: “Dios, haga lo que haga hoy, quiero asegurarme de dedicar tiempo a amarte y amar a los demás: mi vida consiste en eso. No quiero desperdiciar este día”. ¿Por qué habría Dios de darte otro día si no lo vas a aprovechar?
EL TIEMPO ES LA MEJOR EXPRESIÓN DE AMOR
Es posible evaluar la importancia que le asignamos a algo considerando el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle. Cuanto más tiempo le dedicamos a algo, más evidente resulta la relevancia y el valor que tiene para nosotros. Si quieres conocer las prioridades de una persona, fíjate en cómo usa el tiempo.
El tiempo es el regalo más preciado que tenemos porque es limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar. Nuestro tiempo es nuestra vida. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo.
No es suficiente decir que las relaciones son importantes; debemos demostrarlo en acciones, invirtiendo tiempo en ellas. Las palabras por sí solas nada valen: “Hijos míos, no solamente debemos decir que amamos, sino que debemos demostrarlo por medio de lo que hacemos”. Las relaciones exigen tiempo y esfuerzo. Amor se deletrea así: “T-I-E-M-P-O”.
La esencia del amor no es lo que pensamos o hacemos o aportamos a los demás; antes bien, es cuánto entregamos de nosotros mismos. A los hombres, en particular, les cuesta entender esto. Muchos me han dicho: “No puedo entender a mi esposa ni a mis hijos. Les proveo todo lo que necesitan. ¿Qué más quieren?” ¡Te quieren a ti! Quieren tus ojos, tus oídos, tu tiempo, tu atención, tu presencia, tu interés: tu tiempo. No hay nada que pueda suplir eso.
El mejor regalo de amor no son los diamantes ni las rosas ni los dulces. Es brindar tu concentración. El amor se concentra tanto en otra persona que por un instante uno se olvida quién es. La atención dice: “Te valoro tanto que te entrego mi bien más valioso: mi tiempo”. Siempre que dediques de tu tiempo, estarás haciendo un sacrificio, y el sacrificio es la esencia del amor. Jesús nos dejó el ejemplo: “Estén llenos de amor hacia los demás; sigan en esto el ejemplo de Cristo, quien nos amó y se entregó en sacrificio a Dios por nuestros pecados”.
Es posible dar sin amar, pero no se puede amar sin dar. “Tanto amó Dios al mundo, que dio...” Amar es entregarse: dejar de lado mis preferencias, comodidad, objetivos personales, seguridad, dinero, energía y tiempo para el beneficio de otra persona.
EL MEJOR MOMENTO PARA AMAR ES AHORA
La postergación de algunos asuntos es una respuesta legítima cuando se trata de una tarea trivial. Sin embargo, como el amor es lo más importante, debe tener prioridad. La Biblia repetidas veces destaca este punto: “Siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos”; hagamos el bien “aprovechando al máximo cada momento oportuno”. “No niegues un favor a quien te lo pida, si en tu mano está el otorgarlo. Nunca digas a tu prójimo: “Vuelve más tarde; te ayudaré mañana”, si hoy tienes con qué ayudarlos”.
¿Por qué este es el mejor momento para expresar nuestro amor? Porque no sabemos por cuánto tiempo tendremos esta oportunidad. Las circunstancias cambian; las personas se mueren; los hijos crecen; no hay garantías para el mañana. Si quieres expresar tu amor, más vale que lo hagas ahora mismo.
Sabemos que un día deberemos presentarnos ante Dios; por lo tanto, deberíamos considerar las siguientes preguntas: ¿Qué justificación tendré para explicar que le di más importancia a los proyectos y a las cosas que a las personas’ ¿Con quién debería comenzar a pasar más tiempo? ¿Qué cosas necesito limitar de mi agenda para conseguir ese tiempo? ¿Qué sacrificios debo hacer?
El mejor uso que le puedes dar a la vida es amar. La mejor expresión de amor es el tiempo. El mejor momento para amar es ahora.
DÍA DIECISÉIS
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: La vida consiste amar.
Versículo para recordar: “Toda la ley se resume en un solo mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo””. Gálatas 5:14 (NVI)
Pregunta para considerar: Con toda franqueza, ¿son las relaciones mi prioridad? ¿Qué medidas puedo tomar para asegurarme de que lo sean?
lunes, 15 de enero de 2018
FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS
PROPÓSITO Nº 2
FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS
“Yo soy la vid y ustedes son las ramas”.
Juan 15:5 (NVI)
Formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada
Miembro está unido a todos los demás.
Romanos 12:5 (NVI)
Hecho para la familia de Dios
Dios es quien hizo todas las cosas, y todas las cosas son
Para su gloria. Quería tener muchos hijos para
Compartir su gloria.
Hebreos 2:10 (PAR)
Miren cuánto nos ama el Padre celestial que
Permite que seamos llamados hijos de Dios.
¡Y... lo somos!
1º Juan 3:1 (BAD)
Fuiste hecho para pertenecer a la familia de Dios.
Dios quiere tener una familia y nos creó para formar parte de
ella. Este es el segundo propósito de Dios para tu vida; Él lo planificó así
antes de que nacieras. Toda la Biblia es la historia de Dios formado una
familia para amarlo, honrarlo y reinar con Él para siempre. Su Palabra lo
expresa así: “Su plan inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia
familia, trayéndonos a Él mediante Cristo Jesús. Esto ha sido muy de su
agrado”.
Dios valora las relaciones porque Él es amor. Es relacional
por naturaleza propia y se identifica con imágenes fraternales: Padre, Hijo y
Espíritu. La Trinidad es la relación de Dios consigo mismo. Es el patrón
perfecto para una relación armónica, y deberíamos estudiar lo que implica.
Como Dios siempre ha existido en una relación plural consigo,
nunca ha estado solo. Él no necesitaba tener una familia, quería tenerla. Por
lo tanto, diseñó un plan para crearnos y adoptarnos y compartir con nosotros
todo lo que él tenía, porque eso le agradaba mucho. La Biblia afirma: “Él,
porque así lo quiso, nos dio vidas nuevas a través de las verdades de su santa
Palabra y nos convirtió, por así decirlo, en los primeros hijos de su nueva
familia”.
Cuando depositamos nuestra fe en Cristo, Dios se convierte en
nuestro Padre y nosotros en sus hijos, los demás creyentes se convierten en
nuestros hermanos y hermanas, y la iglesia en nuestra familia espiritual. La
familia de Dios está compuesta de todos los creyentes del pasado, el presente y
el futuro.
Dios creó a todos los seres humanos, pero no todos son sus
hijos. Para llegar a formar parte de la familia de Dios hay una única manera:
nacer de nuevo. Con el primer nacimiento formamos parte de una familia humana,
pero nos convertimos en miembros de la familia de Dios con el segundo. Dios nos
ha dado “el privilegio de nacer de nuevo, para poder pertenecer a la propia
familia de Dios”.
La invitación a formar parte de la familia de Dios es
universal, pero hay una condición: tener fe en Jesús. La Escritura dice: “Todos
ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús”.
Tu familia espiritual es aun más importante que tu familia
física porque durará para siempre. Nuestras familias en esta tierra son dones
maravillosos de Dios, pero son pasajeras y frágiles, en ocasiones divididas por
el divorcio, la distancia, la vejez e, inevitablemente, la muerte. En cambio,
nuestra familia espiritual ¾nuestras relaciones con los demás creyentes ¾
continuarán por la eternidad. Es una unión más fuerte, un vínculo más
permanente que la consanguinidad. Cuando Pablo se detenía a considerar el
propósito eterno de Dios para nosotros, dejaba escapar la alabanza: “Cuando
pienso en lo sabio y amplio de su plan, me arrodillo y oro al Padre de la gran
familia, algunos miembros de esta gran familia ya están en el cielo y otros
están todavía aquí en la tierra...”
BENEFICIOS DE PERTENECER A LA FAMILIA DE DIOS
Cuando nacimos espiritualmente en la familia de Dios,
recibimos algunos regalos asombrosos: ¡el nombre de la familia, la semejanza a
la familia, los privilegios familiares, el acceso a la intimidad de la familia
y la herencia familiar! La Biblia dice que “como somos hijos de Dios, todo lo
que Él tiene nos pertenece”.
El Nuevo Testamento pone de relieve nuestra rica “herencia”.
Nos dice que “mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las
gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús”. Como hijos de Dios tenemos parte
en la fortuna familiar. Aquí en la tierra Dios nos da “las riquezas... de su
gracia... bondad... paciencia... gloria... sabiduría... poder... y
misericordia”. Pero en la eternidad recibiremos aún más.
Pablo quiere que sepamos “cuál es la riqueza de su gloriosa
herencia entre los santos”. ¿Qué incluye exactamente esa herencia? Primero,
estaremos con Dios para siempre. Segundo, seremos completamente transformados
para ser como Cristo. Tercero, estaremos libres de pena, muerte y sufrimiento.
Cuarto, recibiremos una recompensa y nos asignará puesto de servicio. Quinto,
podremos compartir la gloria de Cristo. ¡Qué herencia! Eres mucho más rico de
lo que crees.
La Biblia afirma que Dios “tiene reservada una herencia
incalculable para sus hijos. Está conservada para ti, pura e indestructible,
incontaminada e inmarchitable”. Eso significa que nuestra herencia eterna es
invalorable, pura, permanente y está protegida. Nadie nos da puede quitar;
tampoco hay guerras, economías recesivas o desastres naturales que la puedan
destruir. Nuestro objetivo y empeño debería ser esta herencia eterna, no la
jubilación. Pablo dice: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para
el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los
recompensará con su herencia”. La jubilación es una meta a corto plazo.
Deberíamos vivir a la luz de la eternidad.
EL BAUTISMO NOS IDENTIFICA CON LA FAMILIA DE DIOS
Las familias saludables tienen orgullo familiar: sus miembros
no se avergüenzan de ser reconocidos como parte de ella. Por desgracia, he
conocido a muchos creyentes que nunca se han identificado públicamente con su
familia espiritual como Jesús lo ordenó: por medio del bautismo.
Este no es un ritual opcional, que pueda retrasarse o
postergarse. Representa nuestra pertenencia a la familia de Dios. Es el anuncio
público al mundo de que “no me avergüenzo de ser parte de la familia de Dios”.
¿Te bautizaste? Jesús ordenó este acto hermoso para todos los miembros de su
familia. Su mandamiento fue: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Durante años me pregunté por qué la Gran Comisión de Jesús le
asignaba tanta relevancia al bautismo, tanta importancia como a las grandes tareas
de evangelización y edificación. ¿Por qué es tan importante el bautismo? Pero
entonces me di cuenta que el bautismo simboliza el segundo propósito de Dios
para nuestra vida: la participación en la comunión de la familia eterna de
Dios.
El bautismo está lleno de significado. Con él declaramos
nuestra fe y compartimos la sepultura y resurrección de Cristo, representa
nuestra muerte a la vieja vida y anuncia nuestra nueva existencia en Cristo.
También es una celebración de nuestra incorporación a la familia de Dios.
El bautismo es la representación física de una verdad
espiritual. Representa lo que sucedió en el momento cuando Dios nos adoptó en
su familia: “Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un
solo cuerpo ¾ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres”. Todos recibimos
el mismo Espíritu.
El bautismo no nos convierte en miembros de la familia de
Dios; eso es posible sólo mediante la fe en Cristo. El bautismo es una muestra
de que somos parte de esa familia. Es como el anillo de bodas: una señal
visible de un compromiso interno hecho en el corazón. Es un acto de iniciación,
no algo que podamos postergar hasta que nos consideremos espiritualmente
maduros. La única condición bíblica es que hay que creer.
En el Nuevo Testamento, la gente se bautizaba enseguida,
después de haber creído. En Pentecostés, el mismo día que aceptaron a Cristo se
bautizaron tres mil personas. En otra ocasión, un líder etíope se bautizó en el
mismo lugar donde se convirtió, y Pablo y Silas bautizaron al carcelero de
Filipos y a su familia a medianoche. Los bautismos no se dejaban para otro
momento en el Nuevo Testamento. Si todavía no te has bautizado como expresión
de tu fe en Cristo, hazlo tan pronto como sea posible: como Jesús lo mandó.
EL PRIVILEGIO MÁS GRANDE DE LA VIDA
La Palabra de Dios declara: “Jesús y el pueblo que santificó
pertenecemos a la misma familia; por lo tanto, Jesús no se avergüenza de
llamarnos hermanos y hermanas. Permite que esta espléndida verdad se te grabe a
fondo. Eres parte de la familia de Dios y, como Jesús te santificó, ¡Dios está orgulloso
de ti! Las palabras de Jesús son indiscutibles: “Señalando a sus discípulos
(Jesús) añadió: “Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Pues mi hermano, mi
hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el
cielo””. Ser incluido en la familia de Dios es el más alto honor y privilegio
que jamás recibirás. No hay nada que se le parezca. Cuando te sientas inseguro,
o que no eres importante, o que nadie te quiere, recuerda a quién perteneces.
DÍA QUINCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Dios me hizo para pertenecer a su
familia.
Versículo para recordar: “Su plan inmutable siempre ha sido
adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a él mediante Cristo Jesús”. Efesios
1:5 (BAD)
Pregunta para considerar: ¿De qué manera puedo comenzar a
tratar a los demás creyentes como miembros de mi propia familia?
domingo, 14 de enero de 2018
Cuando Dios parece distante
Cuando Dios parece distante
El SEÑOR ha escondido su rostro del pueblo...
pero yo esperaré en Él, pues en Él tengo
puesta mi esperanza.
Isaías 8:17 (NVI)
Dios es real, sin importar cómo te sientas.
Cuando las cosas marchan bien en nuestra vida, es fácil
adorar a Dios: cuando nos ha provisto alimento, amigos, familia, salud y
alegría. Pero las circunstancias no siempre son tan agradables. ¿Cómo adoramos
a Dios, entonces? ¿Qué hacemos cuando Dios parece estar a millones de
kilómetros de distancia?
El grado de adoración más profundo es alabar a Dios a pesar
del dolor: agradecer a Dios durante una prueba, confiar en Él durante la
tentación, aceptar el sufrimiento y amarlo aunque parezca distante.
La prueba de la amistad es la separación y el silencio;
cuando estamos separados por una distancia física o nos vemos imposibilitados
de hablar. En el caso de nuestra amistad con Dios, no siempre nos sentimos
cercanos a Él. Philip Yancey, puntualiza: “En cualquier relación hay momentos
de intimidad y momentos de distanciamiento, y en la relación con Dios, no
importa lo íntima que sea, el péndulo también se moverá de un lado a otro”.
Entonces sí que la adoración se pone difícil.
Para madurar nuestra amistad, Dios la pondrá a prueba con
períodos de aparente separación: momentos en que sentiremos que nos abandonó
nos olvidó. Dios parecerá estar a millones de kilómetros. San Juan de la Cruz
se refirió a esos días de sequía espiritual, duda y distanciamiento de Dios, como
“la oscura noche del alma”. Henri Houwen los llamó “el ministerio de la
ausencia”. A.W. Toser los llamó “el ministerio de la noche”. Otros los llamaron
“el invierno del corazón”.
Aparte de Jesús, David fue quien posiblemente tuvo más
amistad con Dios. El Señor tenía el placer de llamarlo “un hombre conforme a mi
corazón”. Sin embargo, David con frecuencia se quejaba de la aparente ausencia
de Dios: “Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿por qué te escondes de mí
cuando más te necesito?”, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamento”; “¿Por qué me has
rechazado?”.
Por supuesto, Dios en realidad no había dejado a David, como
tampoco te dejará a ti. Ha prometido varias veces: “Nunca te dejaré ni te
abandonaré”. Pero Dios no te promete: “siempre sentirás mi presencia”. En
efecto, Dios reconoce que a veces oculta su rostro de nosotros. A veces es como
si fuera un DEA, un “desaparecido en acción” en nuestra vida.
Floyd McClung lo describe de la siguiente manera: “Te
despiertas una mañana y todos tus sentimientos espirituales han desparecido.
Oras, pero no pasa nada. Reprendes al diablo, pero nada cambia. Realizas tus
ejercicios espirituales... les pides a tus amigos que oren por ti... confiesas
todos los pecados que puedas imaginar y les pides perdón a todos tus conocidos.
Ayunas... pero no pasa nada. Comienzas a preguntarte cuánto tiempo durará esta
penumbra espiritual. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Terminará algún día?... sientes
que tus oraciones rebotan en el techo. Al borde de la desesperación, gritas:
“¿Qué me pasa?”.
La verdad es que ¡nada está mal! Es una parte normal de la
prueba y la maduración de nuestra amistad con Dios. Todos los cristianos
atravesamos esta situación por lo menos una vez, y por lo general varias veces.
Es dolorosa y desconcertante, pero es absolutamente vital para el desarrollo de
la fe. Job no perdió la esperanza cuando no sentía la presencia de Dios en su
vida porque tenía esa certeza. Dijo estar convencido de su inocencia porque “si
me dirijo hacia el este, no está allí; si me encamino al oeste, no lo
encuentro. Si está ocupado en el norte, no lo veo; si se vuelve al sur; no
alcanzo a percibirlo. Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a
prueba, saldría yo puro como el oro”.
Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado
contigo o que te está disciplinando por algún pecado. Es cierto, el pecado sí
nos puede desvincular de la amistad íntima con Dios. Entristecemos al Espíritu
de Dios y apagamos nuestra comunión con la desobediencia, el conflicto con los
demás, las múltiples ocupaciones, la amistad con el mundo y otros pecados.
Pero este sentimiento de abandono y distanciamiento de Dios
no suele tener nada que ver con el pecado. Es una prueba de fe, una que todos
debemos enfrentar: ¿seguirás amando, confiando, obedeciendo y adorando a Dios
aunque no sientas su presencia ni tengas prueba evidente y visible de su obra
en tu vida?
En la actualidad, el error más común de los cristianos con
respecto a la adoración es que buscan una experiencia, más que a Dios. Buscan
un sentimiento y, si lo encuentran, concluyen que han adorado. ¡Qué
equivocación! En realidad, Dios suele retirar nuestros sentimientos para que no
dependamos de ellos. La adoración no es la búsqueda de un sentimiento, incluso
si se trata de uno de intimidad con Cristo.
Cuando eras un cristiano “en pañales”, Dios te dio varias
emociones y contestaba tus oraciones inmaduras y egocéntricas, para que
confirmaras su existencia. Pero a medida que crecemos en la fe, nos aparta
gradualmente de esas dependencias.
La omnipresencia de Dios y la manifestación de su presencia
son dos cosas distintas. Una, es un hecho; la otra, es un sentimiento. Dios
está siempre presente, aunque no estemos conscientes de Él; su presencia es
demasiado profunda para medirla con meras emociones.
Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que
confíes en Él aunque no lo sientas. A Dios le agrada la fe, no los
sentimientos.
Las situaciones que más apelarán a tu fe serán aquellas
cuando tu vida se derrumbe y no puedas percibir a Dios. Fue lo que le sucedió a
Job. En un solo día perdió todo: su familia, su negocio, su salud, todas sus
posesiones. Fue de lo más desalentador: ¡por treinta y siete capítulos Dios no
dijo nada!
¿Cómo podemos alabar a Dios cuando no entendemos lo que pasa
en nuestra vida y Él calla? ¿Cómo mantener el vínculo en medio de una crisis si
no hay comunicación? ¿Cómo mantener la vista en Jesús cuando nuestros ojos
están llenos de lágrimas? Hagamos lo que hizo Job: “Se dejó caer al suelo en
actitud de adoración. Entonces dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y
desnudo he de partir: el Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el
nombre del Señor!”.
Cuéntale a Dios exactamente cómo te sientes. Derrama tu
corazón ante Dios. Descarga todas tus emociones y sentimientos. Job lo hizo
cuando dijo: “¡No guardaré silencio! Estoy enojado y amargado. ¡Tengo que
hablar!”. Cuando Dios parecía distante añoraba: “¡Qué días aquellos, cuando yo
estaba en mi apogeo y Dios bendecía mi casa con su íntima amistad!”. Dios puede
encargarse de las dudas, el enojo, el temor, el dolor, la confusión y las
preguntas que tengas.
¿Sabes que reconocer tu desesperanza ante Dios puede ser una
afirmación de fe? Es posible confiar en Dios y sentirse afligido al mismo
tiempo. David escribió: “Aunque digo: “Me encuentro muy afligido”, sigo
creyendo en Dios”. Puede parecer una contradicción: confío en Dios, ¡pero estoy
destrozado! La franqueza de David en realidad revela una profunda fe. En primer
lugar, creía en Dios. Segundo, creía que Dios escuchaba su oración. Tercero,
creía que Dios le permitiría decir lo que sentía y lo seguiría amando.
Concéntrate en quién es Dios, en su naturaleza inmutable. A
pesar de las circunstancias y de los sentimientos, depende del carácter
inmutable de Dios. Recuerda las verdades eternas de Dios: Él es bueno, me ama,
está conmigo, sabe lo que me pasa, se interesa en mí, tiene un plan para mi
vida. V. Raymond Edman dijo: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te
dijo en la luz”.
Cuando la vida de Job se desmoronó, y Dios mantuvo silencio,
Job todavía encontró motivos para alabar a Dios:
§ Él es bueno y amoroso.
§ Él es todopoderoso.
§ Él conoce todos los detalles de mi vida.
§ Él tiene el control.
§ Él tiene un plan para mi vida.
§ Él me salvará.
Confía en que Dios cumplirá sus promesas. Durante las épocas
de sequía espiritual debemos depender pacientemente de las promesas de Dios y
no de nuestras emociones; debemos reconocer que nos está conduciendo a un grado
más profundo de madurez. Una amistad basada en emociones es, sin duda,
superficial.
No te preocupes por tus preocupaciones. El carácter de Dios
no cambia con las circunstancias. La gracia de Dios todavía tiene toda su
fuerza; Él todavía está de tu lado, aunque no lo sientas. Cuando Job sintió la
ausencia de Dios, siguió dependiendo de su Palabra: “No me he apartado de los
mandamientos de sus labios; en lo más profundo de mi ser he atesorado las
palabras de su boca”.
Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo
mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio
del dolor. “Dios podrá matarme, pero todavía confiaré en Él”.
Adoras a Dios de una manera más profunda cuando mantienes tu
confianza en Él a pesar de que sientas que te ha abandonado.
Recuerda lo que Dios hizo por ti. Aunque Dios nunca hubiera
hecho algo por ti, aun así merecería tu continua alabanza por el resto de tu
vida por lo que Jesús hizo en la cruz. ¡El hijo de Dios murió por ti! Ese es el
motivo más importante de la adoración.
Por desgracia, olvidamos la crueldad del sacrificio y la
agonía que Dios sufrió en nuestro lugar. La familiaridad genera complacencia.
Incluso antes de su crucifixión, al Hijo de Dios lo desnudaron y lo golpearon
hasta dejarlo irreconocible; lo azotaron, lo insultaron y se burlaron de Él, le
pusieron una corona de espinas y lo escupieron con desprecio. Hombres crueles
abusaron de Jesús y lo ridiculizaron, lo trataron peor que a un animal.
Después de estar casi inconsciente por las hemorragias, lo
obligaron a cargar una pesada cruz por un camino ascendente, lo clavaron en una
cruz y lo dejaron morir lentamente, en una atroz muerte por crucifixión.
Mientras se desangraba, tuvo que escuchar las burlas y los insultos del gentío
que se divertía viendo su dolor, desafiando su afirmación de ser Dios.
Además, mientras el Señor cargaba todo el pecado y la culpa
de la humanidad sobre su persona. Dios miró a otro lado y Jesús exclamó: “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Él pudo haberse salvado a sí
mismo, pero entonces no habría podido salvarte a ti.
No hay palabras que puedan explicar la oscuridad de ese
momento. ¿Por qué Dios permitió y toleró ese maltrato tan espantoso y malvado?
¿Por qué? Para que no tuvieras que pasar la eternidad en el infierno, y para
que pudieras estar en su gloria para siempre. La Biblia dice: “Al que no
cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador; para que en Él
recibiéramos la justicia de Dios”.Jesús dio todo de sí para que tuvieras todo.
Murió para que pudieras vivir para siempre. Eso por sí solo ya es suficiente
para merecer tu gratitud y alabanza continua. Nunca más te preguntes qué
motivos tienes para agradecer a Dios.
DÍA CATORCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Dios es real, no importa cómo me sienta.
Versículo para recordar: “Porque Dios ha dicho: “Nunca te
dejaré; jamás te abandonaré”. Hebreos 13:5 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Cómo puedo no perder de vista la
presencia de Dios, especialmente cuando lo sienta distante?
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