lunes, 15 de enero de 2018

FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS

PROPÓSITO Nº 2
FUISTE HECHO PARA LA FAMILIA DE DIOS
“Yo soy la vid y ustedes son las ramas”.
Juan 15:5 (NVI)

Formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada
Miembro está unido a todos los demás.
Romanos 12:5 (NVI)


Hecho para la familia de Dios
Dios es quien hizo todas las cosas, y todas las cosas son
Para su gloria. Quería tener muchos hijos para
Compartir su gloria.
Hebreos 2:10 (PAR)

Miren cuánto nos ama el Padre celestial que
Permite que seamos llamados hijos de Dios.
¡Y... lo somos!
1º Juan 3:1 (BAD)

Fuiste hecho para pertenecer a la familia de Dios.

Dios quiere tener una familia y nos creó para formar parte de ella. Este es el segundo propósito de Dios para tu vida; Él lo planificó así antes de que nacieras. Toda la Biblia es la historia de Dios formado una familia para amarlo, honrarlo y reinar con Él para siempre. Su Palabra lo expresa así: “Su plan inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a Él mediante Cristo Jesús. Esto ha sido muy de su agrado”.
Dios valora las relaciones porque Él es amor. Es relacional por naturaleza propia y se identifica con imágenes fraternales: Padre, Hijo y Espíritu. La Trinidad es la relación de Dios consigo mismo. Es el patrón perfecto para una relación armónica, y deberíamos estudiar lo que implica.
Como Dios siempre ha existido en una relación plural consigo, nunca ha estado solo. Él no necesitaba tener una familia, quería tenerla. Por lo tanto, diseñó un plan para crearnos y adoptarnos y compartir con nosotros todo lo que él tenía, porque eso le agradaba mucho. La Biblia afirma: “Él, porque así lo quiso, nos dio vidas nuevas a través de las verdades de su santa Palabra y nos convirtió, por así decirlo, en los primeros hijos de su nueva familia”.
Cuando depositamos nuestra fe en Cristo, Dios se convierte en nuestro Padre y nosotros en sus hijos, los demás creyentes se convierten en nuestros hermanos y hermanas, y la iglesia en nuestra familia espiritual. La familia de Dios está compuesta de todos los creyentes del pasado, el presente y el futuro.
Dios creó a todos los seres humanos, pero no todos son sus hijos. Para llegar a formar parte de la familia de Dios hay una única manera: nacer de nuevo. Con el primer nacimiento formamos parte de una familia humana, pero nos convertimos en miembros de la familia de Dios con el segundo. Dios nos ha dado “el privilegio de nacer de nuevo, para poder pertenecer a la propia familia de Dios”.
La invitación a formar parte de la familia de Dios es universal, pero hay una condición: tener fe en Jesús. La Escritura dice: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús”.
Tu familia espiritual es aun más importante que tu familia física porque durará para siempre. Nuestras familias en esta tierra son dones maravillosos de Dios, pero son pasajeras y frágiles, en ocasiones divididas por el divorcio, la distancia, la vejez e, inevitablemente, la muerte. En cambio, nuestra familia espiritual ¾nuestras relaciones con los demás creyentes ¾ continuarán por la eternidad. Es una unión más fuerte, un vínculo más permanente que la consanguinidad. Cuando Pablo se detenía a considerar el propósito eterno de Dios para nosotros, dejaba escapar la alabanza: “Cuando pienso en lo sabio y amplio de su plan, me arrodillo y oro al Padre de la gran familia, algunos miembros de esta gran familia ya están en el cielo y otros están todavía aquí en la tierra...”

BENEFICIOS DE PERTENECER A LA FAMILIA DE DIOS
Cuando nacimos espiritualmente en la familia de Dios, recibimos algunos regalos asombrosos: ¡el nombre de la familia, la semejanza a la familia, los privilegios familiares, el acceso a la intimidad de la familia y la herencia familiar! La Biblia dice que “como somos hijos de Dios, todo lo que Él tiene nos pertenece”.
El Nuevo Testamento pone de relieve nuestra rica “herencia”. Nos dice que “mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús”. Como hijos de Dios tenemos parte en la fortuna familiar. Aquí en la tierra Dios nos da “las riquezas... de su gracia... bondad... paciencia... gloria... sabiduría... poder... y misericordia”. Pero en la eternidad recibiremos aún más.
Pablo quiere que sepamos “cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos”. ¿Qué incluye exactamente esa herencia? Primero, estaremos con Dios para siempre. Segundo, seremos completamente transformados para ser como Cristo. Tercero, estaremos libres de pena, muerte y sufrimiento. Cuarto, recibiremos una recompensa y nos asignará puesto de servicio. Quinto, podremos compartir la gloria de Cristo. ¡Qué herencia! Eres mucho más rico de lo que crees.
La Biblia afirma que Dios “tiene reservada una herencia incalculable para sus hijos. Está conservada para ti, pura e indestructible, incontaminada e inmarchitable”. Eso significa que nuestra herencia eterna es invalorable, pura, permanente y está protegida. Nadie nos da puede quitar; tampoco hay guerras, economías recesivas o desastres naturales que la puedan destruir. Nuestro objetivo y empeño debería ser esta herencia eterna, no la jubilación. Pablo dice: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con su herencia”. La jubilación es una meta a corto plazo. Deberíamos vivir a la luz de la eternidad.

EL BAUTISMO NOS IDENTIFICA CON LA FAMILIA DE DIOS
Las familias saludables tienen orgullo familiar: sus miembros no se avergüenzan de ser reconocidos como parte de ella. Por desgracia, he conocido a muchos creyentes que nunca se han identificado públicamente con su familia espiritual como Jesús lo ordenó: por medio del bautismo.
Este no es un ritual opcional, que pueda retrasarse o postergarse. Representa nuestra pertenencia a la familia de Dios. Es el anuncio público al mundo de que “no me avergüenzo de ser parte de la familia de Dios”. ¿Te bautizaste? Jesús ordenó este acto hermoso para todos los miembros de su familia. Su mandamiento fue: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Durante años me pregunté por qué la Gran Comisión de Jesús le asignaba tanta relevancia al bautismo, tanta importancia como a las grandes tareas de evangelización y edificación. ¿Por qué es tan importante el bautismo? Pero entonces me di cuenta que el bautismo simboliza el segundo propósito de Dios para nuestra vida: la participación en la comunión de la familia eterna de Dios.
El bautismo está lleno de significado. Con él declaramos nuestra fe y compartimos la sepultura y resurrección de Cristo, representa nuestra muerte a la vieja vida y anuncia nuestra nueva existencia en Cristo. También es una celebración de nuestra incorporación a la familia de Dios.
El bautismo es la representación física de una verdad espiritual. Representa lo que sucedió en el momento cuando Dios nos adoptó en su familia: “Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo ¾ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres”. Todos recibimos el mismo Espíritu.
El bautismo no nos convierte en miembros de la familia de Dios; eso es posible sólo mediante la fe en Cristo. El bautismo es una muestra de que somos parte de esa familia. Es como el anillo de bodas: una señal visible de un compromiso interno hecho en el corazón. Es un acto de iniciación, no algo que podamos postergar hasta que nos consideremos espiritualmente maduros. La única condición bíblica es que hay que creer.
En el Nuevo Testamento, la gente se bautizaba enseguida, después de haber creído. En Pentecostés, el mismo día que aceptaron a Cristo se bautizaron tres mil personas. En otra ocasión, un líder etíope se bautizó en el mismo lugar donde se convirtió, y Pablo y Silas bautizaron al carcelero de Filipos y a su familia a medianoche. Los bautismos no se dejaban para otro momento en el Nuevo Testamento. Si todavía no te has bautizado como expresión de tu fe en Cristo, hazlo tan pronto como sea posible: como Jesús lo mandó.

EL PRIVILEGIO MÁS GRANDE DE LA VIDA
La Palabra de Dios declara: “Jesús y el pueblo que santificó pertenecemos a la misma familia; por lo tanto, Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas. Permite que esta espléndida verdad se te grabe a fondo. Eres parte de la familia de Dios y, como Jesús te santificó, ¡Dios está orgulloso de ti! Las palabras de Jesús son indiscutibles: “Señalando a sus discípulos (Jesús) añadió: “Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Pues mi hermano, mi hermana y mi madre son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo””. Ser incluido en la familia de Dios es el más alto honor y privilegio que jamás recibirás. No hay nada que se le parezca. Cuando te sientas inseguro, o que no eres importante, o que nadie te quiere, recuerda a quién perteneces.

DÍA QUINCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Dios me hizo para pertenecer a su familia.

Versículo para recordar: “Su plan inmutable siempre ha sido adoptarnos en su propia familia, trayéndonos a él mediante Cristo Jesús”. Efesios 1:5 (BAD)


Pregunta para considerar: ¿De qué manera puedo comenzar a tratar a los demás creyentes como miembros de mi propia familia?

hijo de dios recibe hoy

domingo, 14 de enero de 2018

Cuando Dios parece distante

Cuando Dios parece distante
El SEÑOR ha escondido su rostro del pueblo...
pero yo esperaré en Él, pues en Él tengo
puesta mi esperanza.
Isaías 8:17 (NVI)

Dios es real, sin importar cómo te sientas.

Cuando las cosas marchan bien en nuestra vida, es fácil adorar a Dios: cuando nos ha provisto alimento, amigos, familia, salud y alegría. Pero las circunstancias no siempre son tan agradables. ¿Cómo adoramos a Dios, entonces? ¿Qué hacemos cuando Dios parece estar a millones de kilómetros de distancia?
El grado de adoración más profundo es alabar a Dios a pesar del dolor: agradecer a Dios durante una prueba, confiar en Él durante la tentación, aceptar el sufrimiento y amarlo aunque parezca distante.
La prueba de la amistad es la separación y el silencio; cuando estamos separados por una distancia física o nos vemos imposibilitados de hablar. En el caso de nuestra amistad con Dios, no siempre nos sentimos cercanos a Él. Philip Yancey, puntualiza: “En cualquier relación hay momentos de intimidad y momentos de distanciamiento, y en la relación con Dios, no importa lo íntima que sea, el péndulo también se moverá de un lado a otro”. Entonces sí que la adoración se pone difícil.
Para madurar nuestra amistad, Dios la pondrá a prueba con períodos de aparente separación: momentos en que sentiremos que nos abandonó nos olvidó. Dios parecerá estar a millones de kilómetros. San Juan de la Cruz se refirió a esos días de sequía espiritual, duda y distanciamiento de Dios, como “la oscura noche del alma”. Henri Houwen los llamó “el ministerio de la ausencia”. A.W. Toser los llamó “el ministerio de la noche”. Otros los llamaron “el invierno del corazón”.
Aparte de Jesús, David fue quien posiblemente tuvo más amistad con Dios. El Señor tenía el placer de llamarlo “un hombre conforme a mi corazón”. Sin embargo, David con frecuencia se quejaba de la aparente ausencia de Dios: “Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿por qué te escondes de mí cuando más te necesito?”, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamento”; “¿Por qué me has rechazado?”.
Por supuesto, Dios en realidad no había dejado a David, como tampoco te dejará a ti. Ha prometido varias veces: “Nunca te dejaré ni te abandonaré”. Pero Dios no te promete: “siempre sentirás mi presencia”. En efecto, Dios reconoce que a veces oculta su rostro de nosotros. A veces es como si fuera un DEA, un “desaparecido en acción” en nuestra vida.
Floyd McClung lo describe de la siguiente manera: “Te despiertas una mañana y todos tus sentimientos espirituales han desparecido. Oras, pero no pasa nada. Reprendes al diablo, pero nada cambia. Realizas tus ejercicios espirituales... les pides a tus amigos que oren por ti... confiesas todos los pecados que puedas imaginar y les pides perdón a todos tus conocidos. Ayunas... pero no pasa nada. Comienzas a preguntarte cuánto tiempo durará esta penumbra espiritual. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Terminará algún día?... sientes que tus oraciones rebotan en el techo. Al borde de la desesperación, gritas: “¿Qué me pasa?”.
La verdad es que ¡nada está mal! Es una parte normal de la prueba y la maduración de nuestra amistad con Dios. Todos los cristianos atravesamos esta situación por lo menos una vez, y por lo general varias veces. Es dolorosa y desconcertante, pero es absolutamente vital para el desarrollo de la fe. Job no perdió la esperanza cuando no sentía la presencia de Dios en su vida porque tenía esa certeza. Dijo estar convencido de su inocencia porque “si me dirijo hacia el este, no está allí; si me encamino al oeste, no lo encuentro. Si está ocupado en el norte, no lo veo; si se vuelve al sur; no alcanzo a percibirlo. Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a prueba, saldría yo puro como el oro”.
Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado contigo o que te está disciplinando por algún pecado. Es cierto, el pecado sí nos puede desvincular de la amistad íntima con Dios. Entristecemos al Espíritu de Dios y apagamos nuestra comunión con la desobediencia, el conflicto con los demás, las múltiples ocupaciones, la amistad con el mundo y otros pecados.
Pero este sentimiento de abandono y distanciamiento de Dios no suele tener nada que ver con el pecado. Es una prueba de fe, una que todos debemos enfrentar: ¿seguirás amando, confiando, obedeciendo y adorando a Dios aunque no sientas su presencia ni tengas prueba evidente y visible de su obra en tu vida?
En la actualidad, el error más común de los cristianos con respecto a la adoración es que buscan una experiencia, más que a Dios. Buscan un sentimiento y, si lo encuentran, concluyen que han adorado. ¡Qué equivocación! En realidad, Dios suele retirar nuestros sentimientos para que no dependamos de ellos. La adoración no es la búsqueda de un sentimiento, incluso si se trata de uno de intimidad con Cristo.
Cuando eras un cristiano “en pañales”, Dios te dio varias emociones y contestaba tus oraciones inmaduras y egocéntricas, para que confirmaras su existencia. Pero a medida que crecemos en la fe, nos aparta gradualmente de esas dependencias.
La omnipresencia de Dios y la manifestación de su presencia son dos cosas distintas. Una, es un hecho; la otra, es un sentimiento. Dios está siempre presente, aunque no estemos conscientes de Él; su presencia es demasiado profunda para medirla con meras emociones.
Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que confíes en Él aunque no lo sientas. A Dios le agrada la fe, no los sentimientos.
Las situaciones que más apelarán a tu fe serán aquellas cuando tu vida se derrumbe y no puedas percibir a Dios. Fue lo que le sucedió a Job. En un solo día perdió todo: su familia, su negocio, su salud, todas sus posesiones. Fue de lo más desalentador: ¡por treinta y siete capítulos Dios no dijo nada!
¿Cómo podemos alabar a Dios cuando no entendemos lo que pasa en nuestra vida y Él calla? ¿Cómo mantener el vínculo en medio de una crisis si no hay comunicación? ¿Cómo mantener la vista en Jesús cuando nuestros ojos están llenos de lágrimas? Hagamos lo que hizo Job: “Se dejó caer al suelo en actitud de adoración. Entonces dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo he de partir: el Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!”.
Cuéntale a Dios exactamente cómo te sientes. Derrama tu corazón ante Dios. Descarga todas tus emociones y sentimientos. Job lo hizo cuando dijo: “¡No guardaré silencio! Estoy enojado y amargado. ¡Tengo que hablar!”. Cuando Dios parecía distante añoraba: “¡Qué días aquellos, cuando yo estaba en mi apogeo y Dios bendecía mi casa con su íntima amistad!”. Dios puede encargarse de las dudas, el enojo, el temor, el dolor, la confusión y las preguntas que tengas.
¿Sabes que reconocer tu desesperanza ante Dios puede ser una afirmación de fe? Es posible confiar en Dios y sentirse afligido al mismo tiempo. David escribió: “Aunque digo: “Me encuentro muy afligido”, sigo creyendo en Dios”. Puede parecer una contradicción: confío en Dios, ¡pero estoy destrozado! La franqueza de David en realidad revela una profunda fe. En primer lugar, creía en Dios. Segundo, creía que Dios escuchaba su oración. Tercero, creía que Dios le permitiría decir lo que sentía y lo seguiría amando.
Concéntrate en quién es Dios, en su naturaleza inmutable. A pesar de las circunstancias y de los sentimientos, depende del carácter inmutable de Dios. Recuerda las verdades eternas de Dios: Él es bueno, me ama, está conmigo, sabe lo que me pasa, se interesa en mí, tiene un plan para mi vida. V. Raymond Edman dijo: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz”.
Cuando la vida de Job se desmoronó, y Dios mantuvo silencio, Job todavía encontró motivos para alabar a Dios:
§ Él es bueno y amoroso.
§ Él es todopoderoso.
§ Él conoce todos los detalles de mi vida.
§ Él tiene el control.
§ Él tiene un plan para mi vida.
§ Él me salvará.
Confía en que Dios cumplirá sus promesas. Durante las épocas de sequía espiritual debemos depender pacientemente de las promesas de Dios y no de nuestras emociones; debemos reconocer que nos está conduciendo a un grado más profundo de madurez. Una amistad basada en emociones es, sin duda, superficial.
No te preocupes por tus preocupaciones. El carácter de Dios no cambia con las circunstancias. La gracia de Dios todavía tiene toda su fuerza; Él todavía está de tu lado, aunque no lo sientas. Cuando Job sintió la ausencia de Dios, siguió dependiendo de su Palabra: “No me he apartado de los mandamientos de sus labios; en lo más profundo de mi ser he atesorado las palabras de su boca”.
Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio del dolor. “Dios podrá matarme, pero todavía confiaré en Él”.
Adoras a Dios de una manera más profunda cuando mantienes tu confianza en Él a pesar de que sientas que te ha abandonado.
Recuerda lo que Dios hizo por ti. Aunque Dios nunca hubiera hecho algo por ti, aun así merecería tu continua alabanza por el resto de tu vida por lo que Jesús hizo en la cruz. ¡El hijo de Dios murió por ti! Ese es el motivo más importante de la adoración.
Por desgracia, olvidamos la crueldad del sacrificio y la agonía que Dios sufrió en nuestro lugar. La familiaridad genera complacencia. Incluso antes de su crucifixión, al Hijo de Dios lo desnudaron y lo golpearon hasta dejarlo irreconocible; lo azotaron, lo insultaron y se burlaron de Él, le pusieron una corona de espinas y lo escupieron con desprecio. Hombres crueles abusaron de Jesús y lo ridiculizaron, lo trataron peor que a un animal.
Después de estar casi inconsciente por las hemorragias, lo obligaron a cargar una pesada cruz por un camino ascendente, lo clavaron en una cruz y lo dejaron morir lentamente, en una atroz muerte por crucifixión. Mientras se desangraba, tuvo que escuchar las burlas y los insultos del gentío que se divertía viendo su dolor, desafiando su afirmación de ser Dios.
Además, mientras el Señor cargaba todo el pecado y la culpa de la humanidad sobre su persona. Dios miró a otro lado y Jesús exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Él pudo haberse salvado a sí mismo, pero entonces no habría podido salvarte a ti.
No hay palabras que puedan explicar la oscuridad de ese momento. ¿Por qué Dios permitió y toleró ese maltrato tan espantoso y malvado? ¿Por qué? Para que no tuvieras que pasar la eternidad en el infierno, y para que pudieras estar en su gloria para siempre. La Biblia dice: “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador; para que en Él recibiéramos la justicia de Dios”.Jesús dio todo de sí para que tuvieras todo. Murió para que pudieras vivir para siempre. Eso por sí solo ya es suficiente para merecer tu gratitud y alabanza continua. Nunca más te preguntes qué motivos tienes para agradecer a Dios.

DÍA CATORCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Dios es real, no importa cómo me sienta.

Versículo para recordar: “Porque Dios ha dicho: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré”. Hebreos 13:5 (NVI)


Pregunta para considerar: ¿Cómo puedo no perder de vista la presencia de Dios, especialmente cuando lo sienta distante?

Tú estás aquí - Jesús Adrián Romero feat. Marcela Gándara - Video Oficial

sábado, 13 de enero de 2018

Dios quiere todo de ti.

La adoración que agrada a Dios
Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente
y con todas tus fuerzas.
Marcos 12:30 (NVI).

Dios quiere todo de ti.

Dios no quiere una parte de tu vida. Pide todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y todas tus fuerzas. A Dios no le interesan los compromisos a medias, la obediencia parcial y las sobras de tu tiempo y dinero. Quiere tu devoción plena, no pedacitos de tu vida.
Una mujer samaritana en cierta ocasión discutió con Jesús acerca del mejor tiempo, lugar y estilo de adoración. Jesús le contestó que esos aspectos eran irrelevantes. El lugar de adoración no es tan importante como por qué adoramos y cuánto de nuestro ser le ofrecemos a Dios cuando lo hacemos. Hay una manera de adorar buena y mala. La Biblia dice: “Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a Él le agrada, con temor reverente”. La adoración que agrada a Dios tiene cuatro características:
A Dios le agrada la adoración en verdad. La gente suele decir: “Me gusta pensar en Dios como alguien que...” y plantean la idea de un Dios a quien les gustaría adorar. Pero no podemos simplemente crear nuestra propia imagen de Dios, la que nos resulta cómoda y políticamente correcta y adorarla. Eso es idolatría.
La adoración debe basarse en la verdad de las Escrituras, no en nuestra opinión acerca de Dios. Jesús le dijo a la mujer samaritana: “Los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren”.
“Adorar en verdad” significa adorar a Dios como la Biblia verdaderamente lo revela.
A Dios le agrada la adoración auténtica. Cuando Jesús dijo que debemos “adorar en espíritu” no se refería al Espíritu Santo sino a nuestro espíritu. Fuimos creados a imagen de Dios y, por lo tanto, somos un espíritu que reside en un cuerpo, y Él diseñó nuestro espíritu para que pudiéramos comunicarnos con Él. La adoración es la respuesta de nuestro espíritu al Espíritu de Dios.
Cuando Jesús dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma” quería decir que la adoración debe ser auténtica y sentida, de corazón. No se trata sólo de decir las palabras correctas; debes creer en lo que dices. ¡La alabanza que no brota del corazón no es alabanza! No sirve de nada, es un insulto a Dios.
Cuando adoramos, Él mira más allá de nuestras palabras, observando la actitud de nuestro corazón. La Escritura afirma: “La gente se fija en las apariencias, pero yo (el Señor) me fijo en el corazón”.
Como la adoración implica agradar a Dios, abarca nuestras emociones. Dios nos dio emociones para que pudiéramos adorarlo con sentimientos intensos; pero esas emociones deben ser genuinas, no fingidas. Dios odia la hipocresía. No quiere teatralidad ni fingimiento ni farsas en la adoración. Quiere nuestro amor sincero y verdadero. Podemos adorarlo con imperfecciones, pero no con falta de sinceridad.
Por supuesto, la sinceridad por sí sola no es suficiente; podemos ser sinceros y estar equivocados. Por eso se necesitan tanto el espíritu como la verdad. La adoración debe ser veraz y auténtica. La adoración que agrada a Dios es profundamente emocional y doctrinal. Con nuestro corazón y nuestra cabeza.
Muchas personas confunden las emociones conmovedoras producidas por la música con las estimuladas por el Espíritu, pero no son iguales. La verdadera adoración ocurre cuando nuestro espíritu responde a Dios, no a una melodía. En realidad, algunas canciones sentimentales e introspectivas entorpecen la adoración porque de concentrarnos en Dios, pasamos enfocarnos en nuestros sentimientos. Cuando adoramos, el factor de mayor distracción somos nosotros mismos: nuestros intereses y preocupaciones acerca de la impresión que damos.
Los cristianos no se ponen de acuerdo con respecto a la manera más adecuada o auténtica de alabar a Dios, pero estos argumentos lo que más reflejan son las distintas personalidades y trasfondos. La Biblia menciona diversas formas de alabanza: la confesión, el canto, los clamores, el estar de pie, el arrodillarse, el baile, el hacer ruidos de gozo, el testimonio, la utilización de instrumentos musicales y al alzar las manos. El mejor estilo de adoración es el que más auténticamente representa nuestro amor a Dios, basado en el trasfondo y la personalidad que Dios nos dio.
Mi amigo Gary Thomas se dio cuenta de que muchos cristianos en lugar de tener una amistad vibrante con Dios, parecen estancarse en la costumbre ¾la adoración ser convierte en una rutina insatisfactoria¾ porque se obligan a usar métodos devocionales o estilos de adoración que no se adaptan a la unicidad con que Dios los creó.
Gary se preguntó: “Si Dios con toda intención nos creó a todos distintos, ¿por qué deberíamos amarlo de la misma manera?”. De la lectura de los clásicos cristianos y basado en entrevistas, Gary descubrió que los cristianos, en el transcurso de dos mil años, han seguido diversos caminos para disfrutar la intimidad con Dios: al aire libre, por medio del estudio, con el canto, con la danza, con expresiones artísticas, en el servicio a los demás, en la soledad, en comunión con otras personas, y participando de muchas otras actividades.
En su libro Sacred Pathways (Sendas Sagradas), Gary identifica nueve maneras que las personas usan para acercarse a Dios: a los naturalistas, nada los inspira más a amar a Dios que estar al aire libre, en un entorno natural. Los sensoriales, que aman a Dios con sus sentidos y aprecian los hermosos cultos de adoración que involucran la vista, el sabor, el olfato y el tacto, además de sus oídos.
Los tradicionalistas, que se acercan a Dios mediante rituales, liturgias, símbolos y estructuras estables. Los ascéticos, que prefieren amar a Dios en soledad y sencillez. Los activistas, que aman a Dios enfrentándose al mal, luchando contra la injusticia y esforzándose por hacer de este mundo un mejor lugar para vivir. Los cuidadores, que aman a Dios cuidando a los demás y satisfaciendo sus necesidades. Los entusiastas, que aman a Dios con celebraciones. Los contemplativos, que aman a Dios con la adoración. Los intelectuales aman a Dios entendiéndolo con sus mentes.
En cuanto a la adoración y la amistad con Dios no existen las “tallas únicas”. Una cosa sí es cierta: No darás gloria a Dios intentando ser alguien que Él nunca se propuso que fueses. Dios quiere que seas tú mismo. El Padre está “buscando personas que, cuando lo adoren, sean sencilla y sinceramente ellas mismas cuando se presenten ante Él”.
A Dios le agrada la adoración reflexiva. El mandamiento de Jesús de “amar a Dios con toda tu mente” se repite cuatro veces en el Nuevo Testamento. A Dios no le agrada que cantemos himnos, oremos con apatía y exclamemos con indiferencia. ¡Gloria a Dios!, sin pensar en lo que hacemos, porque no se nos ocurre otra cosa que decir en ese momento. Si no pensamos en lo que hacemos cuando adoramos, la adoración no sirve. Tu mente debe estar puesta en lo que haces.
Jesús tildó de “vanas repeticiones” a la adoración distraída. El mal uso puede convertir hasta los términos bíblicos en frases gastadas, cuando olvidamos su significado. Cuando adoramos, es mucho más fácil ofrecer oraciones rutinarias que esforzarnos por honrar a Dios con palabras y con gestos llenos de frescura. Por eso los animo a leer las Escrituras usando distintas versiones y paráfrasis. Eso es útil para enriquecer nuestras expresiones de adoración.
Trata de alabar a Dios sin usar las palabras alabanza, aleluya, gracias, gloria a Dios o amén. En vez de decir: “Sólo queremos alabarte”, haz una lista de sinónimos y usa palabras más novedosas como admirar; respetar; valorar; reverenciar; honrar y apreciar.
Además, sé específico. Si alguien se te acerca y repite: “¡Te alabo!” diez veces, es probable que pienses: “¿Por qué?” Tu preferirías dos cumplidos específicos a veinte generalidades vagas. Dios también.
Otra idea es hacer una lista de los diferentes nombres que tiene Dios y concentrarse en ellos. Los nombres de Dios no son arbitrarios; expresan distintos aspectos de su carácter. En el Antiguo Testamento, Dios se reveló gradualmente a Israel, introduciendo nuevos nombres para sí, y nos manda alabar su nombre.
Dios quiere que nuestras reuniones de adoración en público también tengan sentido. Pablo dedica un capítulo entero a este asunto en 1º Corintios 14, y concluye:”Pero todo debe hacerse de manera apropiada y con orden”.
Con respecto a este punto, Dios insiste en que nuestros cultos de adoración puedan ser entendidos por los no creyentes que estén presentes en nuestras reuniones de adoración. Pablo señaló que “si tú das gracias a Dios con tu espíritu, y te escucha algún extraño, no podrá unirse a tu oración porque no entenderá lo que dices. No podrá hacerlo, porque no habrá comprendido nada. Tu oración podrá ser muy buena, pero no estarás ayudando a nadie”. La Biblia nos ordena ser sensibles a los no creyentes que están de visita en nuestras reuniones de adoración. Si hacemos caso omiso de este mandamiento somos desobedientes y no tenemos amor.- Si deseas una explicación más extensa acerca de este punto, consulta el capítulo “La adoración puede ser testimonio” en Una iglesia con propósito.
A Dios le agrada la adoración práctica. La Palabra de Dios afirma: “Les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”. ¿Por qué quiere Dios tu cuerpo? ¿Por qué no dice “ofrezcan su espíritu”? Porque sin el cuerpo no podemos hacer nada en este planeta. En la eternidad recibiremos un cuerpo nuevo, mejorado, actualizado, pero mientras estemos sobre la tierra, Dios dice: “¡Dame lo que tengas!” Él únicamente está siendo práctico con respecto a la adoración.
¿Has escuchado decir a las personas: “Esta noche no puedo ir a la reunión, pero estaré con ustedes en espíritu? ¿Saben lo que significa esto? Nada. ¡No vale nada! Mientras estemos en esta tierra, nuestro espíritu sólo puede estar donde esté nuestro cuerpo. Si tu cuerpo no está presente, no estás ahí.
Cuando adoramos debemos ofrecer nuestro “cuerpo como sacrificio vivo”. En la actualidad asociamos el concepto de “sacrificio” con algo muerto, pero Dios quiere que seamos un sacrificio vivo. ¡Quiere que vivamos para Él! Sin embargo, el problema de un sacrificio vivo es que se puede escapar del altar, y es lo que solemos hacer. Cantamos “¡Firmes y adelante!, huestes de la fe” los domingos, y los lunes desertamos.
En el Antiguo Testamento, a Dios le agradaban los sacrificios de adoración porque anunciaban el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz. Ahora bien, a Dios le agradan diferentes tipos de sacrificio de adoración: la gratitud, la alabanza, la humildad, el arrepentimiento, las ofrendas de dinero, la oración, el servicio a los demás y el compartir los recursos con los necesitados.
La verdadera adoración tiene un precio. David lo sabía y dijo: “No voy a ofrecer al SEÑOR mi Dios holocaustos que nada me cuesten”.
La adoración sacrifica nuestro egocentrismo. No podemos exaltar a Dios y exaltarnos al mismo tiempo. No podemos adorar para impresionar a los demás y para agradarnos a nosotros mismos. Necesitamos retirar deliberadamente el enfoque de nuestra persona.
Cuando Jesús dijo: “Ama a Dios con todas tus fuerzas”, quería señalar que la adoración requiere esfuerzo y energía. No es siempre ni lo más conveniente ni lo más cómodo, y en ocasiones la adoración es un acto de voluntad absoluto: un sacrificio de buena voluntad. La adoración pasiva es una incongruencia.
Ofrecemos sacrificio de adoración a Dios cuando lo alabamos aunque no tengamos ganas; cuando nos levantamos de la cama para adorarle aunque estemos cansados y cuando ayudamos a los demás aunque estemos agotados. Eso agrada a Dios.
Matt Redman, un líder inglés de adoración, cuenta cómo su pastor le enseñó a la iglesia el verdadero significado de la adoración. Para mostrarles que ésta era más que la música, prohibió por un tiempo el canto en los servicios, mientras aprendían otras maneras de adorar. Al cabo de ese tiempo, Matt había escrito el himno clásico El Corazón de la Adoración:

Te traigo más que una canción,
Porque ella en sí no es lo que me pides.
Buscas más adentro
Que lo que a simple vista parece:
Miras dentro de mi corazón.
El corazón de este asunto es un asunto del corazón.

DÍA TRECE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO

Punto de reflexión: Dios quiere todo de mí.

Versículo para recordar: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Marcos 12:30 (NVI)


Pregunta para considerar: ¿Qué le agrada más a Dios en este momento: mi adoración en público o en privado? ¿Qué haré al respecto?

Alaba a Dios - Danny Berrios