miércoles, 15 de octubre de 2014

Hechos 20:4-6

Hechos 20:4-6


Lo acompañaron Sópater hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Derbe; Timoteo; y por último Tíquico y Trófimo, de la provincia de Asia.  Éstos se adelantaron y nos esperaron en Troas.  Pero nosotros zarpamos de Filipos después de la fiesta de los panes sin levadura, y a los cinco días nos reunimos con los otros en Troas, donde pasamos siete días.


Necesitamos de los demás.  Tal vez consideres lo contrario, pero la realidad es que necesitas de tu prójimo.  Dios es tan bueno con nosotros que nos enseña cómo cada personaje de la biblia tenía consigo otros hermanos en la fe que lo ayudaban a seguir adelante.  David tenía a Jonatán y a todo un grupo de seguidores.  La biblia dice que cuando sale a esconderse en tierra filistea, llevaba consigo 400 hombres.  David.  El que venció al gigante Goliat.  ¿No era lo suficientemente hábil para poder estar solo?  Moisés tuvo que dividir su trabajo poniendo a distintos líderes que aconsejaran al pueblo.  Josué tuvo a Caleb.  Esther tuvo a Mardoqueo.  Y así vemos en repetidas ocasiones esta forma de dependencia y el pasaje de hoy no es la excepción.  ¿Por qué Dios los mandaba en parejas o siempre con alguien?  ¿Qué no podrían ir solos?  Definitivamente que no necesitaban de alguien más pues el Señor todo lo puede.  Cualquier milagro y transformación podría realizarse de la mano de un siervo sin necesidad que hubieran más.  Pero el Señor lo hizo y lo hace por nuestro bien.  Lo hace para protegernos y enseñarnos que necesitamos de los demás.  De hecho, pienso que cuando la biblia nos dice que no dejemos de congregarnos no es para que las congregaciones tengan gente ni tampoco porque no puedas estudiar la biblia y tener comunión con Dios por tu parte.  Es para enseñarnos que nuestra vida espiritual se desarrolla a través de la comunión con otros hermanos.  Para mostrarnos que la rendición de cuentas, el discipulado en sí, se perfecciona cuando tienes a otro hermano que te ayuda en tu vida espiritual.  Ya vimos que gracias al consejo que recibió Pablo de los hermanos, no salió a calmar la turba que se había levantado.  Así, tú y yo necesitamos recibir consejos.  Necesitamos convivir con otras personas y principalmente con nuestros hermanos.  ¿Son perfectos?  ¡Por supuesto que no!  ¿Acaso tú eres perfecto o mejor que los demás?  Espero que tu soberbia no se encuentre tan arriba que no te deje ver tus errores.
El pasaje nos dice que Pablo iba acompañando de varios hermanos que le ayudaban preparando camino o en alguna otra tarea que fuera surgiendo.  Podemos pasar por alto estos versículos y pensar: eso funcionó para Pablo pero no es para mí.  Yo quiero seguir sin depender de nadie.  Yo no quiero que los demás puedan opinar de mi vida y de lo que hago o no hago.  No necesito de alguien más para mi comunión con Dios.  ¿Quieres saber la verdad?  La verdad es que no quieres que se descubra tu doble cara.  La verdad es que no estás comprometido con Dios.  La verdad es que eres una persona los domingos y otra los demás días.  No significa que los que nos entregamos a Dios no cometemos errores.  ¡Por supuesto que no!  Al contrario, lo primero que reconocemos es cuánto necesitamos el perdón que ofrece Cristo pues constantemente fallamos.  Como decía Pablo, de los pecadores me considero el peor.  ¿Por qué?  No por darme golpes de pecho sino porque día a día el Señor nos muestra cuánto tenemos que cambiar.  Pero abrimos nuestro corazón y exponemos nuestras pruebas para poder ser exhortados, animados y corregidos por nuestros hermanos en la fe.  Se necesita valor y a la vez humildad pero créeme, una vez que des ese paso y subas el escalón, ya no querrás regresar.
Oración
Padre: ¡Cuántas gracias te doy!  Gracias por fijarte en mí.  Por tenerme presente sin yo merecerlo.  Hoy entiendo que necesito de mis hermanos.  Hoy entiendo que mi vida espiritual se fortalece cuando me congrego.  Hoy entiendo que puedo servirte cuando entre hermanos nos servimos mutuamente.  Yo te pido que mi soberbia no estorbe mi comunión ni entrega.  Transfórmame.  Renuévame.  Te lo pido en el nombre de Jesús.  Amén

martes, 14 de octubre de 2014

Filipenses 1:6-8

Filipenses 1:6-8


Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús.  Es justo que yo piense así de todos ustedes porque los llevo en el corazón; pues, ya sea que me encuentre preso o defendiendo y confirmando el evangelio, todos ustedes participan conmigo de la gracia que Dios me ha dado.  Dios es testigo de cuánto los quiero a todos con el entrañable amor de Cristo Jesús.



Cuando leemos en la Biblia que la iglesia es un solo cuerpo, lo podemos entender con estos versículos que escriben Pablo y Timoteo.  Si estoy en gozo, en prisión o en cualquier otra circunstancia, todos ustedes participan conmigo de la gracia que Dios me ha dado pues somos un mismo cuerpo.  Esto es lo que Pablo está diciendo.  Todos somos hermanos en la fe.  Todos estamos aquí para motivarnos y amarnos en el amor de Cristo Jesús.  Ahora, hay un detalle sumamente importante: el amor que nos tenemos entre hermanos debe provenir del amor de Dios.  No de nosotros pues este amor no es duradero y cuando vienen las pruebas y los conflictos, normalmente desaparece.  Pero el amor que Dios nos da permanece sin importar lo que estemos atravesando.  Es sumamente probable que como hombres fallemos.  Yo te voy a fallar.  Probablemente tu pastor te pueda fallar y tú le vas a fallar a alguien más.  Por eso es de gran importancia que tu amor hacia los hermanos en la fe esté basado en Cristo y no en nuestro comportamiento.  Pongamos la mirada en Jehová y así como Él nos perdona y ama sin restricción, amemos y perdonemos a nuestros hermanos.  Aprendamos a ser un solo cuerpo.  A gozarnos y a entristecernos junto con ellos.  Pensemos menos en nosotros y más en nuestro prójimo.
Por otro lado, es sumamente importante entender quién da el crecimiento espiritual.  Dios.  Cada uno de nosotros tenemos distintas “velocidades”.  Algunos crecen muy rápido y otros pareciera que van caminando.  Ninguno crece a la misma velocidad que el otro.  Como humanos, nos encanta poner patrones y pensar que todo debe ser igual.  Tenemos una educación que nos motiva a pensar así.  Pero con Dios las cosas son distintas.  Podemos tener un joven de 18 años enseñarle a sus padres lo que es seguir al Señor.  De igual forma, dos personas que reciben a Cristo el mismo día, tendrán un crecimiento distinto.  Lo que sabemos es esto: que el Señor, quien comenzó la obra en nuestros corazones, es quien se encarga de irla perfeccionando.  Va a depender de nuestra rebeldía, de nuestros deseos de obedecer, nuestras ganas de entregarnos y sobre todo nuestra voluntad para servir.  No critiques.  No juzgues.  No somos nadie para hacerlo.  Si un hermano lleva tiempo asistiendo a la iglesia y no ves frutos, mejor ora por él y entiende que el Señor quiere seguir perfeccionando su obra.  Tristemente he escuchado personas que señalan y piensan que, por llevar tiempo acudiendo a la iglesia, la gente debería actuar de tal o cual manera.  Esto no funciona así.  Habemos unos más necios que otros.  Habemos unos más orgullosos que otros.  Habemos unos con más prejuicios que otros.  En fin, hay tanto que tenemos en nuestro corazón que debe ser cambiado que solamente el Señor, quien comenzó la obra, puede terminarla hasta la perfección.  Seamos un cuerpo y busquemos crecer juntos respetando la “velocidad” de cada uno.  Amémonos.  Gocémonos en Cristo.  Dejemos que Él siga trabajando en nosotros y aprendamos a servirle en todo lo que hagamos.

Oración
Padre: te pido perdón por mis pecados.  Te pido perdón porque no amo a mi prójimo o a mis hermanos en la fe con Tu amor.  Quiero que tu amor abunde en mi vida y pueda llevarlo a los demás.  Quiero que mi vida sea testimonio de cuánto nos amas y cuánto podemos ser transformados al obedecerte.  Gracias por darle dirección y sentido a mis pasos.  En Cristo Jesús.  Amén 

lunes, 13 de octubre de 2014

1 Juan 1:8-10

1 Juan 1:8-10


Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.  Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.  Si afirmamos que no hemos hecho pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros.



Muchas personas tienen la idea (errónea) que deben “cambiar” para poder acercarse a Dios.  Piensan que no son bien recibidos tal cual y como están y por ello no tienen comunión con Él.  Además, hay aquellos que simplemente no les gusta el principio de reconocer que han pecado.  En otras palabras, ¿por qué aceptar que estoy mal?  Los entiendo.  No es fácil aceptarlo.  Y por último, tristemente tenemos a aquellos que ya a tienen comunión con Dios y por esta razón creen que todo lo que hacen está “bien” y los demás son los que están mal.  ¿Ya te identificaste?  Para los primeros, les tengo una gran noticia: Dios te ama tal cual eres el día de hoy.  Leíste bien.  Dios te ama tal y como estás y eres.  Él vino a rescatar a los enfermos.  Vino por el desamparado.  Vino por el perdido.  Vino por ti.  Cristo convivió con aquellas personas que eran expulsadas de las ciudades.  Y no solo eso, las tocaba y abrazaba.  Así hoy, el Señor quiere abrazarte y consolarte.  Ven a Él.  Pide perdón.  No importa lo que hayas hecho.  La muerte de Jesús cubre absolutamente todo.  El mensaje de Juan nos dice que Dios es fiel para perdonarnos y limpiarnos cuando confesamos nuestros pecados.  No lo pienses más.  Confiésate ante Dios.  No necesitas a otra persona.  Tú solo.  Dile a Dios que estás arrepentido.
El segundo grupo de personas resulta más triste su historia.  A nosotros nos corresponde orar por ellos.  Si tú te encuentras en esa categoría, debes saber que las reglas no las ponemos nosotros sino Dios.  No se trata que estés o no de acuerdo.  Dios es soberano y está por encima de ti y de mí.  Nuestra naturaleza es caída.  El pecado habita en nosotros y no podemos hacer nada más que reconocerlo y acudir a Cristo para ser perdonados.  Sé que difícil aceptarlo.  Sé que tienes muchas dudas.  Te recomiendo que abras tu entendimiento.  Baja tu guardia y escucha de la palabra de Dios para que sea Él quien hable a tu corazón.
Por último, están aquellos que no han comprendido el mensaje.  Juan nos dice: si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos.  El hecho de aceptar a Cristo no quiere decir que nos hemos convertido en una especie de ser “perfecto”.  ¡Seguimos teniendo la misma naturaleza pecaminosa!  ¿Entonces por qué la biblia habla de nacer de nuevo?  Se refiere al nacimiento espiritual y no carnal.
Cada uno de nosotros somos pecadores.  No somos perfectos y nunca lo seremos.  Lo que sí puedes ser es una persona que busca constantemente ser transformado por Dios y dejar atrás todo aquello que no le agrada.  Puedes ser una persona que anuncia el evangelio de Cristo como lo hizo Juan en esta carta.  Puedes decirle a la gente que Dios quiere perdonar a todos aquellos que confesamos nuestros pecados.  Puedes anunciar que no necesitamos ser “buenos” para recibir este perdón.  Puedes trabajar día a día para que el Espíritu tome control de cada área de tu vida y tu carne se vuelva menos importante.  Recuerda, no somos perfectos.  Debemos ser humildes y reconocer nuestra necesidad de Dios.  Así como lo hizo Juan, ¡anuncia el mensaje!

Oración
Padre: yo quiero recibir tu perdón.  Confieso que soy pecador.  Confieso que no soy digno de presentarme ante Ti.  Hoy aprendí que me amas y me perdonas y te pido que así sea en mi vida.  Reconozco mi necesidad de Ti.  Reconozco que Tú eres Dios y tu hijo murió por mí.  Limpia mi vida y permite que nazca de nuevo y seas Tú quien guíe mis pasos.  Te lo pido en el nombre de Cristo Jesús.  Amén

domingo, 12 de octubre de 2014

Santiago 2:8-9

Santiago 2:8-9
Hacen muy bien si de veras cumplen la ley suprema de la Escritura: Ama a tu prójimo como a ti mismo; pero si muestran algún favoritismo, pecan y son culpables, pues la misma ley los acusa de ser transgresores.



¿Qué no lo había dicho antes? ¿Por qué nos repite y repite que debemos amar a nuestro prójimo y no estar discriminando?
Porque eres humano.
¿Has intentado dejar algún vicio? ¿Has intentado hacer una dieta? ¿Te has propuesto hacer ejercicio? Si tu respuesta es afirmativa, entonces podrás entender mejor el por qué es necesario que nos repitan constantemente las cosas y encaminarnos día por día y no año con año por donde debemos ir.
Qué fácil es llenarse de emoción y decir: se acabó, de hoy en adelante las cosas van a ser diferentes. Ahora sí voy a hacer esto y dejar de hacer aquello. Ya me cansé de tantos intentos fallidos.
¿Te suena familiar?
En tu vida espiritual pasa algo similar. Escuchas de la palabra de Dios y aprendes que no debes discriminar ni dar tratos preferenciales o favoritismos. Reflexionas y te das cuenta que puedes estar fallando a este mandamiento. Oras a Dios y pides porque no siga sucediendo. Después de unos días, te das cuenta que volviste a caer en el mismo error. La vida en Cristo es de lucha constante al igual que la que todos vivimos en este mundo, la única diferencia es que la vida espiritual “recarga energías” a través de la oración y el trabajo del Espíritu Santo en nosotros.
Claramente es una falta el hacer favoritismos o discriminar, “la misma ley los acusa de ser transgresores”. No puedes pensar que no está tan mal el hacer pequeñas diferencias entre una persona y otra. Recuerda: tú eres quien decide con quién estás y cómo eres con las personas que te rodean. Lo que sí te puedo decir, es que si decides relacionarte con aquellos que no aman a Jesús y sobre todo que busquen obedecerlo, tu probabilidad de caer en este tipo de pecados se incrementará exponencialmente. ¡Se realista! ¿Cómo es el mundo? ¿No son los programas de mayor éxito en la televisión aquellos que se ponen a criticar a los artistas? ¿Esto es lo que ves y escuchas? Obviamente si te alimentas de este tipo de cosas, cómo esperas que ames a tu prójimo como a ti mismo si lo que te están enseñando es que por vestirte de una manera u otra y tratar de comportarte de otra, puedes ser “diferente” a los demás.
Discriminar, tener favoritismos, hacer acepción de personas, es pecado. ¡No le agrada a Dios! Piénsalo…

Oración
Padre: perdona mis pecados y abre mis ojos para que no discrimine a mi prójimo. Permite que pueda aprender a amar a mi prójimo como a mí mismo y que no me desanime en el camino. Te doy gracias por corregir mis pasos en el nombre de Jesús.
Amén

viernes, 10 de octubre de 2014

Colosenses 2:8

Colosenses 2:8
Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que va de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo.



En otra traducción dice por medio de filosofías y huecas sutilezas. ¿Cuáles son esas filosofías engañosas? ¿Cómo puedo darme cuenta entre una y otra? ¿Estoy involucrado en alguna? Estas preguntas debes cuestionártelas y meditarlas
¿Cómo darse cuenta?
Lo primero que debes hacer es contrastar lo que estás escuchando y aprendiendo contra lo que enseña la Biblia. ¿Se contradicen? Por ejemplo: a la gente de hoy en día le gusta pensar que todos los caminos conducen a Dios. Este es una clara contradicción a lo que Jesús nos enseña cuando nos dice que Él es el camino la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí (Jn14:6). ¿Qué hay de la homosexualidad? Igualmente debes acudir a la Palabra y en 1Cor6:9 nos dice que no solamente los homosexuales sino los adúlteros, fornicarios e idólatras no entrarán en el reino de Dios. No soy yo el que exagera. No soy yo el extremista. Es el Señor mismo quien nos pone las reglas y los estándares. El problema es que nos hemos concentrado en deshacer esos principios. Hemos canalizado toda nuestra energía en desobedecer y justificarnos en lugar de obedecer y gozarnos con el Señor. Ahora, es muy importante que entiendas esto: a pesar de su pecado, Dios sigue poniendo a su disposición el perdón a través del arrepentimiento y aceptación de Cristo Jesús. Tú y yo no somos nadie para decidir o juzgar quién va o no va al cielo. Este es otro tipo de filosofía y sutileza hueca: pensar que por estar pegados o tener conocimiento de Dios, podemos jugar a ser sus “pequeños jueces”. No lo eres y nunca lo serás. No juzgues. No critiques. Tampoco mientas o te emborraches. No engañes. La verdad y la santidad son más difíciles de seguir, pero recuerda que no eres tú el motor que las hecha andar sino Cristo en quien todo lo podemos.
Hace algunos meses, la persona que estaba sentada a mi lado en el avión, traía un libro llamado “el código de Moisés”. Le pregunté sobre él y tristemente no tenía nada que ver con la vida de Moisés descrita en la Biblia, ni estaba enfocada a Dios sino a las personas. En otra ocasión comencé a leer un libro que ponía como ejemplo el éxodo y en específico la separación de las aguas en el mar muerto. Según este autor, los israelitas entraron en el agua y éstas no se abrieron sino hasta que les llegaba hasta el cuello a punto de ahogarse. ¡Mentira! La biblia no solo nos dice que las aguas se dividieron sino que cruzaron ¡por tierra seca! Imagina si no hubiera sido así. Hubieran cruzado por puro lodo y pantano. ¡No hubiera sido posible!
Ten cuidado. El mundo nos quiere envolver. Nos quieren quitar nuestro amor por Cristo y distraernos de Él. Nos quieren hacer pensar que está bien buscar por otros lados. Escucha esto: el mundo está en contra de tu relación con Jesús (Jn15:19). Como dijo Pablo: ¡Cuídate de las filosofías engañosas!

Oración
Padre: gracias por amarme sin merecerlo, te pido que perdones mis pecados y me reconcilies contigo. Te pido que vivas en mi corazón y pueda vivir como Cristo enseña. Ayúdame a discernir entre las filosofías del mundo y la tuya. No permitas que me aparte de Ti. En Cristo Jesús te lo pido
Amén

jueves, 9 de octubre de 2014

Hechos 2:12-13

Hechos 2:12-13
Desconcertados y perplejos, se preguntaban: ¿Qué quiere decir esto? Otros se burlaban y decían: Lo que pasa es que están borrachos.



El camino que Jesús nos dejó no es “el camino amarillo” o rosa… te encontrarás con situaciones que no comprenderás y no podrás hacer nada al respecto. Corregimos nuestros pasos. Entendemos que debemos dirigirnos en otra dirección y que nuestra mirada debe estar enfocada al cielo para no separarnos del destino correcto. Pero algunos días recibimos críticas y somos señalados “lo que pasa es que están borrachos” decían algunos sobre los discípulos que estaban hablando en lenguas distintas a las suyas. ¿Por qué la gente juzga cuando no entiende algo? ¿Por qué encontramos reacciones en contra de alguien que está haciendo un bien? Porque los discípulos de Jesús estaban mostrando a ese pueblo que era necesario que se arrepintieran de sus pecados. Les enseñaron que Jesús es el camino a Dios y no lo que ellos pensaran o quisieran. Se sintieron amenazados. Se sintieron expuestos. Muy dentro de sí, sabían que estaban haciendo lo incorrecto. Por esta razón prefirieron burlarse de los discípulos y tratar de quitar la atención sobre de ellos para poder seguir con su vida como siempre lo habían hecho. Además trataron de poner al pueblo en su contra para que “la mayoría” siguiera actuando como antes.
Aunque suene ridículo el pensar que pueda estar una persona en estado de ebriedad y aún así hablar en otro idioma con total perfección, de la misma forma encontramos escusas para no obedecer en plenitud a Dios. Pensamos esto o aquello y al final decimos, bueno, le voy a dar tiempo porque como no lo entiendo mejor no hago nada. Es difícil comprometerse con el Señor. Es difícil reconocer y exponer nuestros pecados al Creador. Cuando crecimos nos enseñaron a esconder lo malo de nosotros y tratar de mostrar lo bueno. Al momento en que nos presentan la verdad de Cristo, todo nuestro ser queda expuesto y tenemos dos opciones: pedir perdón o seguir con nuestra vida pensando que no estamos tan mal.
Como escribí en el versículo anterior, algunos estaban maravillados por el milagro que sucedía frente a ellos. Estoy convencido que estas personas aceptaron a Jesús en sus corazones. Por el otro lado, encontramos personajes como los de hoy que por el contrario rechazaron y ridiculizaron el evangelio. No aceptaron lo evidente y encontraron escusas sin sentido pensando que así podrían seguir con lo suyo como siempre, el problema es que una vez expuesta la verdad, nada es igual. Hoy tienes dos opciones: reconocer tu necesidad de Jesús o evadirla y tratar de ridiculizar a sus seguidores para sentirte mejor. Si has decidido por Jesús quiero animarte y prepararte pues vendrán críticas y juicios a tu vida. Probablemente no tengan sentido pero vendrán y pueden desanimarte. ¡No lo hagas! Sigamos adelante por el camino que Cristo nos ha mostrado…

Oración
Señor: te pido perdón por mis pecados pues quiero reconciliarme contigo. Anteriormente he evitado el reconocer mi necesidad de Ti pero no quiero seguir así. No quiero seguir con pretextos tontos sino por el contrario entregarte mi vida por completo. Te pido escuches mi oración en el nombre de Jesús
Amén

miércoles, 8 de octubre de 2014

Gálatas 3:15-18

Gálatas 3:15-18


Hermanos, hablo en términos humanos: un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade.  Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas y a su simiente.  No dice: y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno.  Y a tu simiente, la cual es Cristo.  Esto, pues, digo: el pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa.  Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa.



Pablo está aclarando que los judíos no son los únicos herederos de la promesa que se realizó a Abraham.  Cristo es la simiente de Abraham y murió por absolutamente todos:   judíos y gentiles.  Pero algunos judíos seguían creyendo que los gentiles no podían ser parte de esas promesas.  Por esta razón, Pablo trae a colación la promesa y explica cómo se hizo de manera singular: tu simiente, así podemos entender que la simiente es Cristo solamente y no toda una descendencia que viniera exclusivamente de la carne.  La promesa que se hizo a Abraham, en Cristo es manifestada y llevada a cabo.  Ahora, todos los que creen en Su nombre, serán contados por justicia.  Esto es un cambio radical en su forma de pensar.
¿Sabes algo?  Hoy en día, esta promesa, debe transformar tu manera de pensar también.  Cristo se entregó por todos.  No por unos cuantos sino por todos.  Vino a servir.  Vino a darnos el mejor testimonio.  Vino a ser tentado y vencer la tentación.  Vino a entregar su cuerpo.  Vino a sufrir por nosotros.  Vino a morir y a mostrarnos que ha vencido a la muerte.  Todas estas descripciones las encontramos en la biblia.  Lo que no encontramos en la biblia es la exclusión de personas que querían seguir haciendo los judíos y con la que nosotros queremos vivir hoy.  Queremos decidir quiénes deben venir a la iglesia de Dios y señalamos a los que no.  Nos sentimos bien con aquellos que aceptamos pero no tanto con los “incómodos”.  Queremos decidir a quién amamos y a quién no.  ¿El Señor dice ama a tu prójimo o ama a quien tú consideres deba ser amado?  Así como los judíos rechazaron a los gentiles, hoy nosotros estamos rechazando a muchas personas por sus “pasados y presentes”.  Tristemente las iglesias no se ven como un hospital donde llegamos enfermos y lastimados y somos restaurados.  Las iglesias allá afuera son vistas como lugares donde uno debe llegar sin problemas y siendo “bueno”.  Un lugar donde serán criticados y señalados por su forma de vivir.  ¿En qué momento nos pasó?  ¿Cómo dejamos de amar al prójimo y seguir el ejemplo de Cristo?  La iglesia debe ser el lugar donde tú y yo podemos expresar nuestros pecados sin miedo a ser juzgados.  Debe ser el lugar en donde seamos animados y guiados para dejar que Cristo nos transforme.  Debemos tener un lugar de amor y aceptación sin importar lo que hayamos hecho.  Ojo, las consecuencias siempre estarán ahí, pero el amor que Dios nos tiene también sigue ahí y por esta razón, nosotros debemos amar también.  ¿Divorciados?  ¿Adúlteros?  ¿Borrachos?  ¿Drogadictos?  ¿Homosexuales?  ¿Mentirosos?  ¿Golpeadores?  ¿Ladrones?  ¿Cómo decidir a quién se acepta y a quién no?  El Señor ya decidió por nosotros.  Él nos ama a todos y quiere reconciliarse con cada uno sin excepción.  Entonces, ¿Quiénes somos para juzgar y señalar?  La justificación viene por la fe y no por las obras.  ¿Cómo pedir que cambie alguien antes de venir a la iglesia?  ¡Es al revés!  Primero vienen a reconciliarse con el Señor y después Él se encarga de corregir sus pasos.  La fe los justifica y no sus actos.  Aprendamos a amar a nuestro prójimo tal y como el Señor nos ama: incondicionalmente.  Aprendamos a llevar ese amor allá afuera pues hace mucha falta.  Seamos vehículos de bendición y no de juicio.

Oración
Padre nuestro: alabado seas.  Tú que reinas y creaste todo lo que hay, te preocupas por mí y buscas mi bien.  ¡Qué grande eres!  Te doy gracias por ello y te entrego todo mi ser.  Perdona mis pecados y guíame en tu voluntad.  No permitas que juzgue o critique sino que ame así como Tú me amas.  Permite que mi vida lleve amor y bendición a los demás y que sea testimonio del gran amor que Tú nos das.  En Cristo Jesús te lo pido.  Amén