miércoles, 19 de agosto de 2026

En comunión, el Espíritu me guía, para darle sentido a mi vida.

 En comunión, el Espíritu me guía, para darle sentido a mi vida.

“El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra.” Salmo 103:15-18

“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.” Eclesiastés 12:13

En momentos de pérdida o gran conmoción, como los que hemos vivido recientemente, la fragilidad de la vida se vuelve evidente. Al mirar hacia atrás, notamos lo rápido que pasa el tiempo. Como bien nos recuerda el Salmo 103, nuestra vida es como la flor del campo: hoy florece, pero el viento pasa y ya no está. Ante la eternidad, nuestra existencia terrenal parece efímera.

Al creer en Jesucristo, nuestro Dios nos otorga un regalo extraordinario: su Santo Espíritu. Él no solo nos da una nueva vida, sino que nos ayuda a experimentar esa “vida en Cristo”. Es maravilloso saber que, mientras las cosas de este mundo son pasajeras, la misericordia de Dios es eterna. A través de la comunión diaria, el Espíritu Santo produce en nosotros tanto el querer como el hacer, enseñándonos a reverenciar a Dios y a guardar sus mandamientos no por obligación, sino por amor.

Salomón, quien experimentó todo lo que el mundo ofrece -éxito, fama, placer y riquezas- concluyó que todo, sin Dios, es “vanidad”. Él comprendió que ninguna meta terrenal puede satisfacer el vacío del corazón humano; sólo Cristo puede hacerlo.

Muchas veces vivimos esforzándonos por alcanzar cosas que, al final del día, se pueden esfumar en un momento. Hermanos, la invitación de hoy es a permitir que el Espíritu Santo realice su obra en nosotros. No persigamos las vanidades de este mundo, rindámonos ante el Autor de la vida. Que el verdadero sentido de nuestro vivir sea temer a Dios y caminar en la gracia de su pacto, pues en Él -y sólo en Él- encontramos una satisfacción que el tiempo no puede borrar.   Oración.

Padre, gracias por revelarme que mi vida no es un accidente, sino un diseño eterno. Perdóname por las veces que he corrido tras metas pasajeras. Hoy te pido que tu Santo Espíritu me guíe, que me ayude a soltar las vanidades que no llenan mi ser y que me enseñe a encontrar, en tu comunión, el sentido real de mi existencia. Amén.