martes, 3 de noviembre de 2026

Mirando nuevamente a Jesús

 Mirando nuevamente a Jesús

"Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)." Juan 20:15-16

Este relato es el ejemplo perfecto de lo que causa en nosotros la tristeza cuando nuestra mirada sólo está puesta en ella, y es que como a María, la tristeza nos ciega, no nos deja ver con claridad lo que Dios está haciendo o quiere hacer en nuestras vidas.

Observemos que es tanto el llanto de aquella mujer que ni siquiera cuando Jesús le habla puede reconocerlo, es entonces cuando el Señor Jesús tiene que insistir en llamarla, pero ahora por su nombre, para que reaccione y salga de ese estado depresivo en el que se encuentra y a cambio pueda poner sus ojos en Él. Cuando María pone su mirada en Jesús, vemos que su llanto cesa, pues su enfoque ahora ya no está en la “pérdida” sino en la esperanza viva, Jesús.

¿Cuántos de nosotros al igual que María nos dejamos abrumar y cegar por las situaciones difíciles de la vida? Debemos reconocer que muchos de nosotros también nos hemos dejado agobiar no sólo por la tristeza, sino por otro tipo de sentimientos, en situaciones difíciles de afrontar. Al poner nuestra mirada sólo en el caos o la tormenta que vemos a nuestro alrededor pareciera que ignoramos que hay otra realidad que nos rodea, una realidad espiritual en la que Dios siempre está presente, dispuesto a hablarnos, consolarnos, darnos paz y seguridad.

Hermanos, Dios a través de este devocional nos está llamando no sólo para que le contemos cuál es el motivo de nuestro llanto o preocupación, sino para que volvamos a poner nuestra mirada en Él, pues cuando lo hacemos nuestro corazón se goza pues recuerda que nuestra esperanza está viva y que no debemos desmayar pues veremos Su bondad en medio de la situación que estemos enfrentando.  Oración.

Padre, hoy levanto mi mirada y nuevamente la pongo en Tí, en el Único en quien encuentro paz y fortaleza. Señor, que Tu Espíritu Santo me lleve a recordar que Tu Presencia está conmigo en todo momento y que me acompañas incluso en la peor tormenta. Amén. 



lunes, 2 de noviembre de 2026

El amor y la preocupación de Dios por los pecadores

 El amor y la preocupación de Dios por los pecadores

“Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come. Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. Lucas 15:1-7

Dios se preocupa por los perdidos y se goza cuando un pecador se arrepiente y vuelven al redil. Pero a veces la oveja perdida se queda inerme y rehúsa moverse, por eso el pastor deja las otras para ir a buscarla.

A este capítulo se le llama “el evangelio dentro del evangelio”, porque los fariseos se escandalizaron de que Jesús se asociara con hombres y mujeres que los judíos practicantes consideraban pecadores, los llamaban “la gente de la tierra” y había una barrera infranqueable entre estas dos clases de personas. Criticaban a Jesús por tener contacto con ellos, porque para los fariseos cualquier trato con esta gente los contaminaba. Y se atrevían a decir: “Hay alegría en el Cielo cuando se pierde un pecador”, deseando su destrucción y no su salvación. Contrario a lo que Jesús declaraba: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”.

Jesús cuenta entonces esta parábola de la oveja perdida y de la alegría del pastor cuando la encuentra. Mostrando con esto el gran amor por la humanidad pues Él no hace acepción de personas, la salvación es para todos y se interesa por el más indefenso y débil. Y ese es el amor que demostró por cada uno de nosotros en la cruz y dio su vida por nuestro rescate. Aun antes de haberlo conocido nos buscó en este mundo perdido hasta que nos halló, ese es nuestro Buen Pastor.

Es la escena del cielo que Jesús nos pinta: Dios se alegra cuando encuentra a un pecador que estaba perdido y regresa a casa. El hecho es que Dios es más amable que los hombres, los seres humanos podemos perder la esperanza por aquel que está extraviado y sin rumbo, pero Dios no. Deja las noventa y nueve y presta toda su atención y todo su cuidado por el que necesita ser rescatado, perdonado y restaurado. Este pasaje también señala todo lo que el Señor pone en movimiento en el mundo espiritual cuando oramos por los perdidos, para recuperarlos para sí, cumpliéndose el mayor deseo de su corazón según Lucas 19:10: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

Que este tiempo de navidad sea un motivo para hablarles del Salvador del mundo a todos aquellos que nos rodean y aun no lo conocen.    Oración.

«Gracias mi Jesús, mi buen Pastor, por buscarme y encontrarme en este mundo perdido y dar tu vida por mi rescate en una cruz. El precio que pagaste fue tu sangre preciosa, que me libró, me perdonó y me salvó. Me sacaste del lodo cenagoso y pusiste mis pies sobre la Roca firme que eres tú, para que no resbale. Te pido por todos aquellos que aún andan errantes como ovejas perdidas y úsame como instrumento, como tus pies y tus manos para rescatarlos con tu mensaje de salvación, amén.  



domingo, 1 de noviembre de 2026

Sinceridad y Veracidad.

 Seridad y Veracidad. 

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jeremías 17:9.

¿Cómo definiríamos la sinceridad? Si le preguntamos a la Real Academia Española (RAE), nos dirá que la sinceridad es “sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento”. Ahora bien, ¿qué vendría siendo la veracidad? Según la misma RAE, es “la cualidad de veraz”. En pocas palabras, una persona veraz es aquella “que dice, usa o profesa decir siempre la verdad”.

Pareciera que la sinceridad y la veracidad son lo mismo, pero esto no es así. Una persona puede ser sincera, pero no veraz. Puede creer algo falso, pero expresarlo con honestidad. De la misma manera, alguien puede ser veraz sin ser completamente sincero: dice la verdad, pero oculta parte de lo que piensa, siente o hace.

Miremos el concepto anterior a través de un ejemplo. Pablo, antes de ser un fiel seguidor del Señor, era conocido por ser un perseguidor de cristianos. De acuerdo con sus creencias, “los cristianos”, “los seguidores de Jesús”, estaban totalmente errados en cuanto a su fe. Desde su perspectiva, perseguir a los creyentes e incluso consentir en su muerte era correcto, pues, según él, eso significaba demostrar celo por la ley de Dios (Hechos 8:1).

Este ejemplo de Pablo nos ilustra a la perfección cómo podemos ser sinceros, pero no veraces. Aunque Pablo era genuino en su manera de pensar y actuaba conforme a sus convicciones, estas no estaban fundamentadas en la verdad de Dios, sino en aquello que él creía o consideraba “verdadero”.

En el caso de la veracidad sin sinceridad, encontramos a los fariseos y a los doctores de la Ley, quienes enseñaban al pueblo los mandatos de Dios; sin embargo, vemos en ellos que predicaban con veracidad, pero estaban totalmente alejados de vivir una vida en sinceridad. Tanto es así que Jesús los puso al descubierto, comparándolos con sepulcros blanqueados: por fuera parecían rectos, limpios y justos, pero por dentro estaban llenos de hipocresía (Mateo 23:1-36).

Como vemos, la sinceridad, por sí sola, no garantiza que estemos en la verdad, y conocer la verdad tampoco garantiza que estemos viviendo de acuerdo con ella. Dios, por medio de este devocional, quiere llevarnos a ambas cosas: conocer Su verdad y vivir delante de Él con un corazón sincero. La pregunta es: ¿cómo lograrlo?

La respuesta es clara: por medio de su Santo Espíritu, pues queda demostrado que el ser humano, por sí mismo, carece de esa capacidad de vivir en sinceridad y veracidad. Las Escrituras lo reafirman: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9a). Por eso necesitamos al Espíritu Santo de Dios, pues Él, como nuestro Ayudador, nos conducirá no sólo a la verdad, a Cristo, sino también a andar en Él, vivir por Él y para Él (Juan 16:13a).   Oración.

Padre, escudriña mi corazón y mira cuánta maldad hay en él. Permíteme entender cuán engañoso puede llegar a ser mi corazón, para que no me enorgullezca ni me vuelva altivo, sino más bien para que, al ver mi pequeñez y mi necedad, pueda venir en humildad delante de ti y pedir tu perdón y tu ayuda, pues mi gran anhelo es que este corazón que has renovado refleje a tu Hijo Jesucristo. Amén. 

inc


sábado, 31 de octubre de 2026

La Biblia frente a las prácticas de oscuridad y ocultismo.

 La Biblia frente a las prácticas de oscuridad y ocultismo.

“Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” Isaías 8:19.

“Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas” 1 Tesalonicenses 5:5.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” 2 Timoteo 3:16-17.

Consultar a adivinos, a los muertos, a espíritus y recurrir a cualquier práctica ocultista es algo que la Palabra de Dios condena contundentemente.

Esto supone negar de manera evidente que confiamos en Dios, y constituye una expresión de la naturaleza pecaminosa e independiente, como lo dice Gálatas 5:20: “idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías”; es decir, es una manifestación de las obras de la carne.

A través del pueblo de Israel, Dios advertía sobre estas prácticas, que eran “normales” para las naciones paganas, pero que terminaban autodestruyendo y arrasando pueblos enteros, pues sus consecuencias son terribles: “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti” (Deuteronomio 18:10-12).

En el Nuevo Testamento, las personas que se convertían al Señor abandonaban estas prácticas, que eran muy comunes en aquella época, pero que, con la llegada de la fe en Cristo, perdían todo sentido (Hechos 19:19).

Pues Él mismo desarmó a los gobernantes y a las autoridades espirituales, los avergonzó públicamente y obtuvo su victoria definitiva sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:15).

Ahora que la Luz verdadera ha llegado a nuestro corazón, nuestra confianza, esperanza y seguridad están puestas en Cristo. En Él somos hijos de la luz; por lo tanto, no participamos en temáticas relacionadas con la oscuridad, la muerte, el miedo o los espíritus. Incluso, estamos llamados a reprenderlas (Efesios 5:8-11).

En vez de celebrar la muerte, celebremos la vida eterna que nos fue otorgada por gracia y de la cual dan testimonio las Escrituras. Estas son inspiradas por Dios, así que es mucho más útil prestarles atención, pues, al creer lo que dicen, tienen el poder de transformar, corregir, guiar y preparar nuestro ser para toda buena obra, además de bendecir radicalmente nuestra vida (2 Timoteo 3:16-7).

Hermanos, a estas Escrituras debemos acudir con la guía del Espíritu Santo y así entenderemos a quién debemos consultar: “¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” (Isaías 8:19b).     Oración.

Padre, mi confianza está puesta solamente en ti. Puedo consultar las Escrituras, que apuntan a Cristo, a la vida eterna que se nos ha manifestado y que ha vencido. Él nos ha dado la victoria sobre toda potestad y sobre toda oscuridad para mostrar en nosotros tu luz verdadera y tu amor. Amén.  



jueves, 29 de octubre de 2026

La fe como sustancia y unión con Cristo

 La fe como sustancia y unión con Cristo

"Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." Hebreos 11:1

La fe consiste en la certeza absoluta y la convicción firme en la obra, el carácter y las promesas de Dios, aun cuando estas no se ven con los ojos naturales. Pero todas estas promesas se cumplieron en Cristo.

Pero hay algo extraordinario y revelador en Hebreos 11:1, pues en el griego original en el que fue escrito el Nuevo Testamento se usa, para la palabra “certeza”, el término griego jupóstasis, que tiene como significado directo “sustancia” o “esencia”. El argumento y entendimiento de la profundidad de esta palabra se confirman cuando vemos que es la misma usada en Hebreos 1:3: “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (jupóstasis), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Cristo es la imagen misma de la sustancia del Padre, en la cual todo creyente ha sido unido.

La creencia está en el intelecto; la fe es experimentar la sustancia, a Cristo. Por eso, hablar de fe sin entender que se trata de Cristo es perder la perspectiva real de que también se debe entender la fe como sustancia y unión con Cristo.

Entendemos que, lejos de ser un mero pensamiento, la fe nos conecta de manera orgánica a la sustancia misma de Cristo, haciendo que su vida opere en nosotros: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Al final del capítulo 11 de Hebreos se concluye que lo que esperaban los que creyeron a Dios no era una patria terrenal, sino una mejor, esto es, una celestial: la Jerusalén celestial, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10, 13-16). Pero Cristo es el contenido, la sustancia y el centro vital de esta patria, pues una ciudad celestial carece de sentido sin Aquel que la habita. Por eso, en la Nueva Jerusalén no hay templo físico, porque el Señor y el Cordero son su templo y su luz (Apocalipsis 21:22-23).

Por esta razón, la definición de la fe como sustancia armoniza con la patria celestial cuando el Señor Jesús dice: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Previamente, había declarado: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 14:3; Juan 12:32).

Cuando Jesús dice: “Y os tomaré a mí mismo”, esta unión ocurre cuando creemos en Él. Al igual que los antiguos, que dieron testimonio de fe y esperaban una patria celestial, nosotros hemos sido tomados por el Padre y colocados en ella: estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo y somos miembros de su cuerpo (Efesios 2:6; 5:30).

Hermanos, hemos sido hechos participantes de Cristo: “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (jupóstasis) del principio” (Hebreos 3:14). Estamos unidos a su esencia, y esta es la certeza máxima que tenemos. Por lo tanto, somos testigos efectivos y vivenciales y descansamos no en una expectativa abstracta o imaginaria, sino en una patria segura y en una unión viva con el Mediador que la sustenta para siempre.   Oración.

Padre, gracias porque he sido colocado en Cristo y Él en mí. No es un pensamiento teórico, sino una realidad orgánica y profunda que define quién soy y cuál es mi propósito. Y ahora estoy llamado a considerar que, en mi vida temporal, he muerto y mi vida está escondida con Cristo en Dios. Amén.  



miércoles, 28 de octubre de 2026

La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

 La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

"Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios." Romanos 10:17

“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, Lucas 24:25-27

La fe no surge del intelecto humano ni de la especulación, sino que proviene de la revelación de Cristo transmitida a través del mensaje de Dios. Inicia cuando una persona escucha y recibe, pero ¿qué es lo que escucha y qué es lo que recibe?

La escritura griega original en Romanos 10:17 no usa la palabra lógos, como en el Evangelio de Juan, que nos dice que la palabra o el verbo se hizo carne, sino que usa “rhēma”, que de acuerdo al contexto bíblico de varios pasajes donde se usa, enfatiza la Palabra revelada de Cristo o la voz viva de Dios al corazón que despierta fe en el que cree, la cual debemos recibir (Juan 6:63; Juan 3:34; Juan 15:7; Juan 1:14). Es decir, lo que el pasaje revela en profundidad es lo que produce fe en nosotros al recibir la Palabra revelada de Cristo.

No se refiere simplemente a lo que en nuestra cultura actual entendemos por oír físicamente, sino que la idea, en el contexto en que fue escrita, se refiere a “escuchar atentamente y recibir lo revelado por Dios”, y lo revelado por Dios es Cristo mismo. Él es la fuente, pero también Él abre nuestro entendimiento para comprender su mensaje, y esto produce fe en nuestro corazón.

Para ilustrar este asunto de la fe como revelación de Dios a nosotros, podemos recordar a los caminantes de Emaús. Dos discípulos de Jesús iban caminando hacia Emaús cuando se les apareció Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron: “Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen” (Lucas 24:16).

Cuando Él les pregunta acerca de lo que hablan, ellos le cuentan las cosas que han sucedido en Jerusalén, acerca de un profeta llamado Jesús de Nazaret, que fue entregado por los principales sacerdotes y gobernantes, y fue crucificado. Le cuentan que ellos esperaban que él fuese quien habría de redimir a Israel y que también estaban asombrados porque, al tercer día después de su crucifixión, unas mujeres habían recibido de parte de ángeles el mensaje de que Él vive. Pero Jesús entonces les confronta: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”.

El Señor les cuestiona acerca de la necesidad de que Él muriera y resucitara, pero aquí está el punto clave relacionado con la enseñanza de la fe: el mismo Señor Jesucristo les habla: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. ¿Qué les enseña? Que todas las Escrituras Sagradas –la Biblia– dan testimonio de Él y apuntan a Él, porque Él es la vida. Pero, además, el mismo Señor Jesucristo les da el entendimiento y les abre los ojos para que puedan ver lo que antes era imposible para su mente carnal: “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:13-35).

Le vieron con ojos espirituales, con los ojos de la fe; es decir, les abrió el entendimiento, tal como dice Efesios 1:18a: “alumbrando los ojos de vuestro entendimiento”, para que conozcan, para que comprendan. Eso mismo, amados hermanos, necesitamos hoy nosotros para experimentar la dimensión de la fe que viene por el oír. Y lo que oímos es la revelación de la Palabra de Dios, y necesitamos que Dios nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, (Efesios 1:17).   Oración.

Padre, por el poder de tu Espíritu que mora en mí, abre mis oídos espirituales para que llegue a mí todo espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo, y pueda experimentar plenamente la fe que viene como respuesta a tu revelación de Cristo, como la Palabra hecha carne que ahora habita en mí. Amén.



martes, 27 de octubre de 2026

Las dimensiones de la fe

 Las dimensiones de la fe

“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” Hebreos 12:2

"Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó." Juan 8:56

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” Gálatas 3:7

La fe no se puede reducir a una sola definición, sino que debe explorarse desde múltiples aristas y perspectivas; explicar de manera sencilla no significa cortar o volver “simplista” un tema tan profundo, sobre todo si este es la base de toda nuestra experiencia cristiana.

La primera vez que la Escritura menciona el tema de la fe es en Génesis, y se refiere a la fe imputada como justicia al creer lo que Dios promete. Es decir, la fe se revela como la vía por la cual Dios declara justo al hombre al poner su mirada en la promesa divina, mostrando el efecto que tuvo la fe de Abraham: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).

Pero hay algo clave: el mismo Señor Jesucristo revela el objeto real de la fe de Abraham y el fin de la promesa dada cuando dice en Juan 8:56 “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó”.

Lo que le fue mostrado a Abraham fue a Cristo mismo y, con Él, todas las cosas; lo cual quiere mostrar que la fe patriarcal no se apoyaba en recompensas terrenales ni geográficas, sino en la revelación de la persona del Mesías, del Salvador, por medio del cual la bendición dada por Dios pertenece a todos los que creemos en Jesús: “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gálatas 3:7). Esta bendición nos alcanza plenamente, colocando un sello definitivo y de garantía total: “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14).

La promesa, hermanos, fue Cristo mismo. Nos fue dado el regalo inmerecido y el cumplimiento de su bendición definitiva dada a Abraham. Dios trae a todos los creyentes la fe al levantar a Cristo de los muertos y colocarnos en Él: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:31).  Oración.

Padre, gracias por levantar a Cristo de los muertos, por darnos como regalo su vida eterna en nosotros y por unirnos a Él. Amado Señor, gracias porque por la fe en Cristo soy transformado. Guíame a aprender plenamente las dimensiones de esta fe para colocarla en acción.