sábado, 13 de junio de 2026

¿Orgulloso?

 ¿Orgulloso?

“Pasé junto al campo del hombre perezoso, Y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; Y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, Ortigas habían ya cubierto su faz, Y su cerca de piedra estaba ya destruida”. Proverbios 24:30-31

“En su propia opinión el perezoso es más sabio Que siete que sepan aconsejar”. Proverbios 26:16

Aquel hombre que describen las Escrituras no solo era perezoso, sino también orgulloso, pues sabe e incluso puede llegar a ver que tiene un problema: su viña tiene la cerca destruída y espinos y ortigas han invadido su tierra. Sin embargo, su orgullo lo lleva a permanecer en medio de esas ruinas; no solo es incapaz de reconocer su condición, sino que tampoco busca la ayuda de Dios para restaurarla, lo que demuestra necedad. Tan grave es esto, que el Señor compara al necio con el perro que vuelve a comer su propio vómito (Proverbios 26:11). Cuando tú y yo persistimos en la necedad, nos estancamos, y esto no solo nos afecta a nosotros mismos, sino también a todo lo que nos rodea.

El orgulloso se cree sabio, al igual que el perezoso, quien incluso llega a pensar de sí mismo que es más sabio que siete que sepan aconsejar (Proverbios 26:16). El altivo no escucha, no recibe ni acepta el consejo del Señor. La única solución para salir de esta condición es la rendición ante el Señor, pues, como manifestó Jesús: “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mateo 9:12).

El orgulloso, además, es una persona conflictiva, pues al creer que tiene la razón, persiste en el error y lo defiende a capa y espada, lo que lo lleva a enfrentarse con quienes piensan diferente (Proverbios 13:10a).

El orgulloso, en su necedad, primero actúa y después piensa; y lo peor es que incluso se jacta de ello (Proverbios 13:16b).

Seguramente encontraremos muchas más características del hombre orgulloso, pero todas las que acabamos de mencionar nos permiten llegar a una conclusión: El Señor nos está revelando que tú y yo podríamos tener orgullo escondido en nuestro corazón. Él quiere sacar esto a la luz para que reconozcamos nuestra condición y, posteriormente, podamos ser sanados, tal como lo manifiesta 2 Crónicas 7:14 “si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.

Hermanos, el Señor ha sido bastante insistente en la necesidad de rendirnos ante Él. Debemos doblegar nuestro orgullo y reconocer que necesitamos ser sanados por Dios, pues el orgullo ya no debería ser una problemática en nuestras vidas, ya que la obra de Cristo fue consumada en la cruz. La verdad de que Cristo vive en nosotros es la que debería reflejarse en nuestro diario vivir. Por lo tanto, lo que tendríamos que mostrar al mundo no es orgullo, sino la humildad de nuestro Señor Jesucristo. Precisamente en esto profundizaremos en el devocional de mañana.   Oración.

Padre, estoy viendo la cerca de mi viña destruida y no estoy haciendo nada al respecto; confróntame y revélame, por el poder de tu Espíritu Santo, si esto es así. Señor, hoy busco tu ayuda, pues no quiero, como el perezoso, pensar que no tengo problemas. Restáurame, quiero que el mundo sepa que eres tú quien vive en mí. Te lo pido en el nombre de Jesús. Amén. 



viernes, 12 de junio de 2026

Arraigados y cimentados

 Arraigados y cimentados

“para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”. Efesios 3:17-21.

Concluimos en el devocional anterior la importancia de que el creyente esté arraigado y cimentado en amor. Justamente, la palabra “amor” proviene del griego ἀγάπη (ágape) y hace referencia a la esencia misma y naturaleza de Dios, pues las Escrituras nos recuerdan que Dios es amor (1 Juan 4:8).

Lo que el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos enseña es que por medio de la fe en Cristo y permaneciendo en Él, arraigados y cimentados en su amor, seremos plenamente capaces no solo de comprender el sobreabundante y extraordinario amor de Cristo, sino también de recordar en todo momento que Dios no necesita ayuda, pues, como lo expresa el versículo 20, Él “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”.

Si Abraham y Sara hubieran permanecido firmes en la raíz verdadera, que es Cristo, y no hubiesen permitido el surgimiento de raíces aéreas, la historia habría sido diferente y las consecuencias de aquellas decisiones equivocadas podrían haberse evitado. Precisamente de esto quiere advertirnos el Señor: del peligro de permitir que se desarrollen en nosotros raíces que no provienen de Él.

En este día, el Espíritu Santo nos dice: “Ríndete a Dios y permite que Cristo viva a través de ti, pues solamente cuando estés arraigado y cimentado en su amor echarás raíces profundas que te mantendrán firme. Déjame actuar con poder en tu vida y experimenta cada día lo que significa que Cristo viva en ti”.

Hermanos, la conclusión de toda esta serie de devocionales es que no hemos sido llamados a ser Monsteras que desarrollan raíces aéreas, sino pámpanos que dependen por completo de la única Vid verdadera, Jesucristo, y que estamos llamados a llevar el fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23).    Oración.

Padre, cada vez que quieran emerger en mí raíces aéreas, recuérdame, por medio de la revelación de tu Santo Espíritu, quién eres tú y cuáles son tus atributos. Tú eres todopoderoso, fiel, Padre de toda verdad, inmutable y siempre cumples lo que prometes. Al mantener estas verdades presentes en mi mente y creer lo que me revelas a través de tu Palabra, echo fuera todo temor y todo aquello que se levanta en contra de tu conocimiento. Amén.   



jueves, 11 de junio de 2026

Rendición

 Rendición

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”; Efesios 3:14-16

Pablo entendió que como creyentes, lo que debemos hacer es rendirnos ante Dios, y el doblar rodillas nos lleva a comprender esa rendición, pues es una manifestación de sumisión y de reconocimiento de la autoridad de Dios. Hacia allá nos quiere llevar el Señor: a rendirnos delante de Él, a soltar el control y a cortar todas esas raíces aéreas que solo producen en nosotros ira, contiendas, amargura, etc., y que están ahí, no para hacernos depender de Dios, sino para intervenir y supuestamente “ayudar a Dios”.

La rendición le permite al creyente experimentar el actuar del Espíritu Santo. Por eso, en el versículo 16, el apóstol Pablo, siendo inspirado por Dios, utiliza la palabra “poder”, que proviene del griego δύναμις (dúnamis), y que hace referencia a la fuerza y al poder del Espíritu Santo en la vida del creyente. Y es que el Espíritu Santo es el único que puede fortalecer nuestro hombre interior.

¿De qué se trata esto de que el hombre interior sea fortalecido y a quién hace referencia cuando dice “el hombre interior”?, ¿Acaso se refiere a nosotros?; debemos entender que el Espíritu Santo no ha venido a fortalecer al yo, ni al hombre carnal; ha venido para que la vida y el carácter de Cristo se manifiesten cada vez más en nosotros.

¿Cómo ocurre esto? por medio de la fe. Cuando permanecemos arraigados y cimentados en Cristo, como dice el versículo 17, entonces sucede algo extraordinario, algo poderoso: el Espíritu Santo obra en nosotros para que Cristo ocupe el lugar que le corresponde y se haga cada vez más evidente en nuestra manera de pensar, de hablar y de actuar.

Y cuando Cristo es quien se manifiesta en nosotros, permanecemos firmes. Pero esta firmeza no proviene de nuestro esfuerzo ni de las raíces aéreas que intentamos hacer crecer para sostenernos por nosotros mismos. ¡No!, proviene del poder del Espíritu Santo obrando en ti y en mí.

Además de la rendición, Pablo destaca la importancia de que, como creyentes, estemos arraigados y cimentados en el amor.   Oración.

Padre, cada vez me revelas verdades extraordinarias. ¡Cuán maravilloso es conocer y creer que tu Hijo Jesús vive en mí! ¡Y cuán bello es verlo obrar a través de mi vida a medida que me rindo a ti!, amén. 



miércoles, 10 de junio de 2026

Dios escucha mi clamor

 Dios escucha mi clamor

"Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor… Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor… Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan." Lucas 1:5-6, 8-9, 11-13

Qué hermoso relato el que nos recuerda Dios en el evangelio de Lucas. En él se describe la promesa que Dios le da al sacerdote Zacarías del nacimiento de su hijo Juan, quien sería conocido por todo el pueblo de Israel, pues sería el encargado de preparar el camino para la venida de nuestro Salvador (Mateo 3:3). La Biblia nos muestra que Zacarías y Elisabet eran ya de edad, añadiendo además que Elisabet era estéril, lo cual hace esta concepción aún más increíble. Juan llega como resultado de un clamor de Zacarías, pues observemos que el Ángel Gabriel manifiesta que Dios ha escuchado su oración y que su esposa dará a luz a un precioso varón. A través de este pasaje el Señor nos está animando pues ¿cuántos de nosotros, al igual que Zacarías, hemos puesto en el altar del Padre peticiones especiales? Cosas que ante nuestros ojos parecieran imposibles, pero que conociendo al Dios de los imposibles, decidimos encomendarlas a Él para que obre en nuestras vidas y haga en nosotros un milagro. Sin embargo, cuando llega la respuesta de parte de Dios dudamos, enfrentamos incredulidad, pues pensamos que para que se cumpla ese anhelo que tenemos en nuestro corazón depende de qué tanto nos esforcemos, o de qué tantas capacidades, talentos o recursos tenemos. Cuando miramos nuestra propia condición, que carece de todo lo anterior, flaqueamos, nos desanimamos y le damos acceso a la incredulidad. Sin embargo, Dios en Su infinita misericordia nos recuerda por medio de Su Palabra una gran Verdad, Él es el Gran Yo Soy: “He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27).

Hermanos, el Señor es Dios fiel, el Único Dios verdadero quien está atento a nuestra oración, Él escucha nuestro clamor y conoce los deseos de nuestro corazón incluso antes de que los mencionemos, Él es Dios Poderoso, Dueño del oro y de la plata, Creador de todo el Universo y quien sostiene al mundo en Sus manos. Que cuando llegue la incredulidad a nuestras vidas, la rechacemos y no le demos cabida en nuestra mente y corazón, sino más bien permitamos al Espíritu Santo que nos recuerde quién es nuestro Dios, que traiga a nuestra memoria la grandeza del Señor, pues Él es la esperanza viva en quien hemos confiado y esperamos.   Oración.

Padre, reconozco que cuando le he dado acceso en mi vida a la incredulidad y he fijado mis ojos en mis propias limitaciones he olvidado y dejado a un lado lo más importante, a Tí Dios. Señor, no quiero ser incrédulo sino más bien quiero permanecer firme en mi fe en Tí, por más difícil que parezca la situación. Padre, confío en que Tú tienes el control y que a Tu tiempo me darás lo que Tú creas que es mejor. Amén. 



martes, 9 de junio de 2026

Amor para amar

 Amor para amar

"Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado." Romanos 5:5

Al recibir a Cristo como Señor y Salvador, se nos otorga por gracia un nuevo corazón, que es espiritual, en el que están escritos los mandamientos de Dios. Es con este nuevo corazón y gracias al amor inmerecido de Dios que somos capacitados para amar. Este amor nos conduce naturalmente a la obediencia, pues “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). Es maravilloso y consolador saber que el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo. Este amor es un atributo divino, la esencia misma de Dios, como se declara en 1 Juan 4:16b: “Dios es amor”. ¡Y ahora este amor está en nosotros!

El apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, profundiza en este concepto: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (1 Juan 4:10-12). Amarnos mutuamente es un signo de comunión con Dios, que evidencia que su amor se ha perfeccionado y se manifiesta plenamente en nuestras vidas, llevándonos de manera práctica a experimentar la vida en el Espíritu.

Jesús mismo lo afirmó: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:21-23). Al permitir que Cristo habite en nosotros y al recibir la fuerza de su amor, podemos corresponder al amor de Dios, amándolo a Él por sobre todas las cosas. Además, nos capacita para amar al prójimo como Cristo, compartiendo activamente su amor.

1 Juan 4:19-21 nos recuerda el fundamento: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.”

Por lo tanto hermano, ya que Dios nos ha concedido su amor para que podamos amar, permitamos que este amor se perfeccione en nosotros, guiándonos a corresponder a su inmenso amor para compartirlo con todos los que nos rodean.   Oración.

Señor Jesús, enséñame a amar como tú, a dar amor como tú, y a vivir según tu voluntad. Que tu amor me impulse a amarte a ti, Dios, y a mi prójimo, tal como tú me has amado.   



lunes, 8 de junio de 2026

Raíces aéreas.

 Raíces aéreas.

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”. Juan 15:1

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:5

En los viveros es muy común encontrar diversos tipos de plantas, y una de ellas, en especial, ha llamado mi atención: la Monstera, o también conocida como costilla de Adán.

La Monstera es considerada una planta semitrepadora; lo que quiere decir que, naturalmente, busca enredarse en soportes, paredes o árboles para ayudarse a mantenerse erguida. ¿Cómo lo logra? por medio de sus raíces aéreas, pues ellas son las que se adhieren a los tutores o superficies verticales para mantener a la planta recta.

Te preguntarás: ¿qué tiene que ver esta planta con cada uno de nosotros?, pues bien, el Señor nos revela, por medio de este ejemplo, que tú y yo nos comportamos, en ocasiones, como las Monsteras, pues, al igual que aquellas plantas, dejamos salir en nosotros raíces aéreas para tratar de “ayudar” a Dios.

Este modelo de comparar al creyente con un tipo de planta no es algo nuevo, pues Jesús lo hizo en Juan 15:1-17. En este pasaje vemos cómo les habla a sus discípulos acerca de la vid, una planta muy conocida para los de aquella época. Si recordamos un poco el relato bíblico, encontraremos a Jesús aclarando los roles que a cada quién le pertenecían: Él, identificándose como la vid verdadera, el tallo o base de la cual toda hoja depende; al Padre, manifestando que era el Labrador, el cuidador de la planta, el encargado de regarla, de darle los nutrientes necesarios, de podarla y limpiarla; y al creyente, relacionándolo con los pámpanos, las hojas que dependen del tallo, de la raíz y del cuidado del Labrador.

Lo maravilloso de que Jesús defina los roles que a cada uno de nosotros nos corresponde, nos da descanso, pues, como pámpanos, logramos entender que para que demos fruto no necesitamos esforzarnos ni “ayudar” a la vid, a Jesús. El fruto emerge en los pámpanos debido a la naturaleza de la vid, pues esta es la que da el fruto y la que permite que se vea reflejado en los pámpanos.

Hermanos, aunque cada uno de nosotros ya conoce esta Palabra, debemos reconocer que, en ocasiones, nos comportamos como aquellas Monsteras de las que hablamos al inicio. Cuando dejamos de depender de Dios, permitimos que en nosotros nazcan raíces aéreas porque suponemos que Dios necesita “ayuda”, cuando la realidad es otra, pues su Palabra nos aclara y afirma que Dios no necesita ayuda (Hechos 17:24-25).    Oración.

Padre amado, permite que tu Palabra se haga realidad en mi vida. Quiero permanecer firme, creyendo y confiando solamente en Ti, cimentado en tu verdad y dependiente de tu gracia. Amén. 



domingo, 7 de junio de 2026

A ti me rindo

 A ti me rindo

“Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red”. Lucas 5:4-5

Las Escrituras nos muestran una pequeña parte de la historia de Pedro; en ellas se nos permite ver el intento y el gran esfuerzo que Pedro había puesto para lograr una pesca y aunque se dedicó toda la noche a esta labor, falló, pues no obtuvo peces, sino un gran cansancio, decepción y frustración.

¿Cuántos de nosotros nos sentimos identificados con Pedro? si lo aplicamos al enfoque que hemos desarrollado en devocionales anteriores, en cuanto a tratar de comunicarnos de manera asertiva, encontraremos que cuando lo hacemos bajo nuestras propias fuerzas terminamos cansados, frustrados y hasta agotados, pues, aunque queremos comunicarnos de manera clara, terminamos haciendo todo lo contrario.

Cuando meditaba en esto, le preguntaba al Señor: ¿Por qué pareciera que, en ocasiones, tuviéramos que llegar al punto de estar cansados para entender la importancia de rendirnos ante Dios? Pues eso fue lo que le sucedió a Pedro, y seguramente es lo que tú y yo hemos experimentado. Quizás, por cómo hemos sido criados o lo que el mundo nos ha enseñado, nos hemos acostumbrado a vivir en la autosuficiencia, cuando fuimos creados más bien para andar en dependencia de Dios (Juan 15:5).

Cuando Pedro boga mar adentro con Jesús, es decir, cuando logra tener ese tiempo de intimidad con el Señor, es que entiende, por medio de la fe, que necesita despojarse de sí mismo, de su profesión, de su propia capacidad y de su autosuficiencia para, a cambio, depender del Señor. Por eso le vemos echar la red al mar, pues la red hacía referencia a aquello que Pedro dominaba: su profesión de pescador; cosas que no le permitían confiar y depender plenamente del Señor. Y de eso se trata la rendición: de soltar el control para, a cambio, dárselo a Dios.

Cuando Pedro se rinde ante Jesús, aún sin entender completamente lo que eso significaba, sucede lo extraordinario: no la pesca, sino que conoce a su Salvador, el único que puede sacarlo de esa condición de pecado y de vivir por esfuerzos propios.

Hermanos, el Señor nos está pidiendo rendición, soltar las cargas, esas redes que representan nuestros propios esfuerzos, para aprender, en cambio, a depender de Él, a dejar emerger a Cristo en nuestras vidas, para que incluso cosas tan simples como saber hablar de manera asertiva ya no sean una carga o un esfuerzo, sino algo natural.  Oración.

Padre, hoy dejo ante tu altar todas mis cargas, mis esfuerzos, mi autosuficiencia. Me despojo de todo aquello que me estanca y que no permite que tu Hijo Jesús emerja en mí. Pon en mí, Cristo Jesús, tu yugo, y enséñame por qué dices que tu yugo es fácil y ligera tu carga. Amén.