martes, 3 de febrero de 2026

No yo, sino Cristo

 No yo, sino Cristo

“Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él.” Marcos 5:1-6

Hay una canción que cuando la escucho quebranta mi corazón, pues ella me recuerda la obra majestuosa que hizo el Señor en mi vida. Esto mismo me sucede con este pasaje principal pues de alguna manera aquellos que antes vivíamos sin Dios en el mundo, nos sentiremos identificados con el endemoniado Gadareno, no por la posesión en la que él vivía, sino por la falta de cordura en la que se encontraba, pues debemos reconocer que antes de conocer y recibir a Cristo en nuestros corazones, nos hacía falta cordura, claridad en nuestros pensamientos, en nuestro sentir, en nuestro actuar.

Qué maravilloso es ver a nuestro Señor Jesús en este pasaje, no sólo porque podemos percibir la misericordia que surge de Su corazón al ver la condición tan deplorable en la que se encontraba el hombre Gadareno, sino también porque podemos ver la gran necesidad que surge en Jesús de que aquel Gadareno conociera la Verdad, a Cristo, para que la Verdad, quien estaba en ese lugar, fuera quien lo hiciera libre (Juan 8:32).

Qué hermoso ver cómo es Jesús quien ha ido al encuentro del Gadareno, y qué bello es saber que de la misma manera ha venido a nuestro encuentro, pues como dice el Salmista: si nosotros conocemos a Cristo, no es porque le hayamos buscado pues no hay quien busque a Dios, sino que le hemos conocido porque Él ha venido a nuestro encuentro (Salmos 53:1-3, Romanos 3:10-11).

Hermanos, la Palabra de Dios nos recuerda que hemos sido rescatados de una vida antigua, no para quedarnos estancados en el: “yo fui esto o aquello”, sino para identificarnos con una nueva vida en la que el centro de ella es Cristo, por ello podemos ver al Señor Jesús diciéndole a aquel hombre Gadareno, que el centro de su testimonio no será su vida antigua, sino que el centro del testimonio será la misericordia de Cristo, la obra de Cristo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”. (Marcos 5:19b), que ésto mismo recordemos tú y yo cuando contemos nuestro testimonio, pues el centro de él no somos nosotros, sino Cristo.    Oración.

«Señor Jesús, gracias por ir a mi encuentro, si Tú no hubieses tomado la iniciativa de tocar a la puerta de mi corazón una y otra vez yo no habría podido tener el privilegio de haberte conocido. Gracias por revelarme y permitirme conocer, por medio de tu Espíritu Santo, la Verdad, a ti Cristo Jesús quién eres la Verdad que me ha hecho libre y me ha permitido también conocer y acercarme al Padre. Amén.  



lunes, 2 de febrero de 2026

Dios satisfacción del alma.

 Dios satisfacción del alma. 

“Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas, Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.” Salmos 63:1-4

Llama mi atención este pasaje, no sólo por su contenido, sino por la breve descripción que encontramos al inicio: “Salmo de David cuando estaba en el desierto de Judá”. La Biblia nos centra en que David se encontraba en un desierto, quizás enfrentando escasez de agua y comida, pero le vemos en el Salmo enfocarse no en su situación sino en Dios, pues tiene claro que aunque su alma puede llegar a estar en gran necesidad, la satisfacción de ella sólo proviene de Dios, por eso el título del Salmo 63: “DIOS SATISFACCIÓN DEL ALMA”.

David no niega su necesidad física, es consciente de ella, pero puede concluir que tiene una necesidad superior, una necesidad espiritual: estar siempre en comunión con Dios, por eso le vemos expresar: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela,”. Cuando leo éstas palabras escritas por el rey David veo a Cristo reflejado en él, pues si hay alguien que pudiese expresar que anhelaba profundamente estar en comunión con el Padre, ese era Jesús. A nuestro Señor Jesús le vemos priorizar Su relación con Dios Padre, para Él el orar era una necesidad vital, podríamos decir que incluso como lo es el respirar, o como lo declara el Salmista, como una sed profunda que necesita ser saciada, por eso vemos a Jesús antes de iniciar su jornada diaria: yéndose a lugares desérticos, solitarios, a orar, incluso cuando ni siquiera el sol había aparecido (Lucas 5:16, Marcos 1:35).

Hermanos, cuando observamos a Jesús priorizando Su tiempo de intimidad con el Padre, logramos percibir un poco la finalidad que deben tener nuestros encuentros con el Señor, pues la oración debe tener como centro a Dios, pues nuestra mayor necesidad por encima de las demás, debe ser el conocerle, el ver Su Poder y Su gloria, el alabarle por Su misericordia y el darle gracias por las bendiciones en nuestras vidas.   Oración.

«Padre, perdón por centrar mi oración tan sólo en mis necesidades, reconozco que me he dejado abrumar por lo que diariamente me sucede, y al hacer ésto pongo mi enfoque en lo efímero de este mundo y te pierdo de vista a Tí. Tú quien eres mi refugio, mi deleite, la paz y satisfacción que mi alma necesita. Espíritu Santo de Dios, Tú eres quien me guía a la Verdad, guía y centra mis oraciones y mi mirada en Jesús. Amén. 



domingo, 1 de febrero de 2026

Tentaciones y dificultades

 Tentaciones y dificultades

«Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento», Mateo 14:28-32

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado», Hebreos 4:15

Todos los creyentes quisiéramos que la tentación desapareciera, que no pasáramos esa circunstancia difícil que nos presiona, que nos lleva al borde de nuestra resistencia. Pero justo allí aprendemos a reconocer nuestra condición, nuestra debilidad e incapacidad de resolver por nosotros mismos.

Podemos recordar el caso del apóstol Pedro en medio de la tormenta, cuando Jesús caminaba sobre las aguas; mientras Pedro mantuvo su mirada en Cristo, pudo caminar sobre las aguas, porque Jesús es todo lo seguro, lo cierto, el poder de Dios manifestado en circunstancias imposibles para el hombre.

Pero cuando miró la tormenta, que representa la dificultad, se centró en sí mismo y ésto lo llevó al temor, a la duda, que fue el peso que lo empezó a hundir.

Sin embargo, Jesús lo rescata y le confronta: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?»

Esta misma pregunta nos hace hoy a nosotros, sobre todo en tiempos donde se tergiversa o tuerce el concepto de fe, pues la fe, no «crea» la realidad en un sentido mágico o de autosuficiencia humana, o desaparece el problema de repente, sino que activa y alinea la realidad por la que estemos pasando a la voluntad de Dios revelada en Cristo Jesús. (1 Pedro 1:7)

La fe es confianza absoluta en la obra suficiente de Jesús, descansando en su soberanía y no en la manipulación de las circunstancias, o que estas desaparezcan. Es al contrario, el vínculo de unión con Cristo, donde sabemos que él nos sostiene, no es una vara mágica para «crear», sino un ancla para «sostenernos» y un compás para «alinearnos» a la soberanía del Dios que ya nos ha dado Su victoria en la cruz del calvario; pues la fe en Cristo, es nuestra victoria (1 Juan 5:4)

Resistir, continuar aunque la realidad parezca terrible; esperar, clamar y sobre todo descansar, aunque la tormenta no pase aun, aunque la tentación esté allí a la puerta, pues como dice 1 Corintios 10:13: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.

Observemos, no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir, pero también Dios nos dará la salida, para que podamos soportar; y quién sino Cristo resistió las tentaciones más tremendas y feroces, fue tentado en todo pero sin pecado, y experimentó las dificultades más terribles, aún la misma muerte, pero venció, Dios le levantó, y si lo levantó a él, también por la fe, nos levantará a nosotros, porque nos dio a Cristo mismo, así que como dice Hebreos 12:2a: «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.   Oración.

«Padre, tú eres mi sustento y refugio, en ti confío en el mal tiempo y en el buen tiempo, espero en ti, dame fuerzas en Cristo Jesús para resistir la tentación y para glorificarte, ya que en mi debilidad no hallo solución, pero miro a la cruz y encuentro mi paz, mi aliento y el descanso para mi alma, por el poder de tu Espíritu. Amén. 



sábado, 31 de enero de 2026

No hay otro nombre

 No hay otro nombre

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Hechos 4:12

No hay otro nombre por medio del cual podamos ser salvados de nuestros pecados, de nuestra vida esclavizada al maligno, o de nuestros propios deseos. Muchas personas en las religiones, se esfuerzan por actuar como Cristo, pero lo que debe pasar es que sea Cristo actuando en ellos, expresando su gloria y su poder, porque el evangelio no vino a mejorar al viejo hombre, sino a resucitar muertos; por supuesto que esta nueva creación mejora la vida de las personas, al sacarlas de la esclavitud y tinieblas en que vivían, pero esto por el obrar de Dios, y de ninguna manera por esfuerzo humano.

No hay otro mediador, por medio del cual seamos aceptados por Dios, solo el Amado, Cristo Jesús, como lo dice 1 Timoteo 2:5: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,” y lo confirma Efesios 1:6 “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,”.

Solamente y exclusivamente somos aceptados por Dios por medio de Cristo, no por nosotros mismos, porque al único que acepta el Padre, es a su Hijo, como lo asevera Juan 14:6: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”. Y lo confirma Mateo 11:27: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.”.

El argumento de esta exclusividad, es el propósito del Padre, en reunir en el Hijo, todas las cosas, incluidos nosotros: “dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:9-10).

Y el Espíritu Santo, con el cual fuimos sellados cuando creímos en Cristo, nos revela, como una verdad presente a Cristo, como la Palabra que ahora mora y actúa en nosotros, en amor, vivificando nuestra vida para que le sirvamos. Si la verdad de que solo Cristo salva, de que solo él es el mediador, no nos es revelada por su Espíritu, solo tendremos la banalidad, superficialidad e hipocresía religiosa.

Volvamos por tanto, a poner toda nuestra confianza, atención y centralidad en Cristo, pues Jesús no nos convierte simplemente en mejores personas; tampoco mejora nuestra piedad o aumenta nuestra santidad — en realidad no tenemos ni somos nada sin él. Por el contrario, completa y plenamente nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17; Gálatas 6:15).   Oración.

«Padre, me has dado al único que podía salvarme, que cumplía de manera precisa todas las condiciones para ser el Salvador de mi alma, ahora, guíame a vivir conforme a tu gran amor, mostrando tu gloria cada día en todo lo que haga, para alabanza de tu nombre, en el poder de tu Espíritu Santo. Amén.  



viernes, 30 de enero de 2026

Del cielo a la tierra, de la tierra al cielo

 Del cielo a la tierra, de la tierra al cielo

“El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz.”, Juan 3:31-33

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”, Juan 3:36

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;”, Filipenses 3:20

No se puede cruzar del cielo a la tierra, de la eternidad a la temporalidad. Tampoco el hombre puede pasar a lo eterno. Hay un profundo abismo entre un Dios santo y el hombre pecador, el cual nos impide pasar de un lado a otro; es en esencia un problema de naturaleza. Pero Jesús, el hombre del cielo, vino a la tierra para romper esa imposibilidad y que todos los que creen en él puedan ir de la tierra al cielo, y experimentar la vida eterna (Juan 6:47).

Podríamos decir que cuando morimos pasamos a la eternidad, pero la biblia afirma que solo en Cristo tenemos vida eterna. Una de las declaraciones más contundentes de Jesús con respecto a este viaje de un estado a otro, está en Juan 14:6 “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”, pero también lo podemos ver en 1 Juan 5:11-12 “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.”.

Es decir, ¿cómo vamos de la tierra al cielo? El transporte hacia la eternidad es Cristo mismo, nos vamos en él.

Esto lo confirma la palabra ‘conocimiento’ usada en las escrituras: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3), es la misma palabra usada para la unión íntima de una pareja de esposos como en Mateo 1:25: “Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS”.

Este viaje lo puedes hacer hoy mismo, solo hay una única manera, un solo tiquete, solo la fe: creer en Jesús como Señor y Salvador en tu corazón.

¿Crees en el Hijo de Dios como tu Señor y Salvador?

Si en tu corazón de verdad has respondido afirmativamente, eres ahora hijo de Dios y ciudadano del cielo (Filipenses 3:20)   Oración.

«Padre, el puente es Jesús, él vino a buscarme cuando estaba perdido en mis delitos y pecados, era yo esclavo del maligno, no tenía acceso a tu presencia, pero por gracia, por medio de la fe en tu Hijo, ahora vivo en él y tú en mí, y soy tu hijo, para gloria de tu nombre, por el poder del Espíritu Santo, amén.  



jueves, 29 de enero de 2026

El segundo nacimiento

 El segundo nacimiento

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”, Juan 1:12-13

El anterior pasaje de Juan, está en el contexto de la revelación de la Palabra encarnada, el verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, que vino a su pueblo Israel, pero los suyos no le recibieron. Más a los que le recibimos y creímos en su nombre, nos hizo nacer de nuevo, no por voluntad de hombre, sino de Dios. Engendrados espiritualmente, por el poder del Espíritu Santo, somos bautizados en Cristo: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:27-28).

Observemos, somos uno en Cristo, porque fuimos colocados en un mismo cuerpo: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Corintios 12:13).

El segundo nacimiento es eterno, pues somos unidos al Hijo de Dios, el primero fue temporal, pero es la oportunidad que tenemos todos de conocer su amor.

Pero esta oportunidad no es para dejarla para mañana, o luego, porque no sabemos cuando podemos partir de este mundo; cuando escuchemos acerca de la necesidad de nacer de nuevo por el regalo inmerecido de Cristo, no cerremos nuestros oídos, porque puede ser la última oportunidad: “Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, Y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.” (2 Corintios 6:2).

Un mensaje que tiene el poder de sacarte de muerte a vida, merece toda tu atención, aunque el maligno, el mundo y aun tu propio yo, intentará distraerte para que no escuches, sabemos que Dios es poderoso, para Él no hay nada imposible, pues la salvación no depende de ti, de tu esfuerzo o propia bondad, sino solamente de que escuches, prestes atención con fe y recibas el regalo de su amor: pues como dice Mateo 19:25-26 “Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.   Oración.

«Me has salvado, no por obras de misericordia que yo haya hecho, sino por tu gracia, por medio de la fe en el único Salvador y mediador que dio su vida por mí, y resucitó para darme vida eterna en él. Gracias Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.



miércoles, 28 de enero de 2026

La fuerza de su Espíritu

 La fuerza de su Espíritu

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”, Efesios 4:22-24

“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.”, Romanos 15:13

Muchas veces decimos ‘no es en nuestra fuerza’, pero lastimosamente, luchar en nuestra fuerza es lo que por defecto buscamos para hacer todo.

Oramos al Señor entregando alguna situación que nos desborda, pero salimos de la oración y resolvemos en nuestras propias capacidades, entendimiento o independencia.

Los creyentes debemos reflexionar profundamente en qué mente operamos, pues esto define el fruto y el resultado, pues todo creyente ha recibido la mente de Cristo, para ser guiado a cambiar su manera de pensar y como consecuencia, actuar de manera diferente. (Romanos 12:2, 1 Corintios 2:16)

Entonces, actuar no en nuestras fuerzas, sino en el poder de su Espíritu, depende de la naturaleza en que obramos, o en qué ámbito nos movemos, si en la vieja naturaleza heredada de Adán, o en la nueva naturaleza en Cristo, (Efesios 2:3, Efesios 4:22-24).

Observemos que el pasaje de Efesios 4:22-24, nos dice que nos despojemos de esa vieja naturaleza o viejo hombre y tomemos el nuevo, con una clave en el versículo 23: “renovaos en el espíritu de vuestra mente”. No confiar en nuestros propios pensamientos no significa renunciar a la razón, sino que sabiendo que nuestro corazón (que incluye nuestros pensamientos) es por naturaleza engañoso y perverso, no confiamos en él (Jeremías 17:9), sino que nuestra confianza es en Cristo mismo, haciendo de manera práctica lo siguiente: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,” (2 Corintios 10:5).

Pueden llegar pensamientos de desesperanza, que provocan ansiedad, o pensamientos de temor, incertidumbre, incluso de nuestros propios deseos malos, o malos pensamientos, pero no nos dejamos arrastrar por ellos, sino que en el poder de su Espíritu, por medio de la fe en lo que Dios dice, llevamos todo pensamiento a que se someta a la verdad que nos habita, a Cristo, derribando así toda mentira que nos esclaviza y permitiendo que el gozo y la paz abunden en nosotros. (Romanos 15:13)

En conclusión, es una batalla que si bien es espiritual y se enfrenta con armas espirituales, en el poder de su Espíritu, nuestra mente juega un papel determinante; como una puerta de entrada, pues los pensamientos moldean ideas y estructuran la creencia; la creencia es determinante en lo que finalmente hacemos. (Proverbios 23:7a, 2 Corintios 4:13).   Oración.

«Padre, la confianza que me has provisto en Jesús, en su obra maravillosa de salvación, me da la certeza que no me dejas ni me abandonas, porque él sufrió el abandono en la cruz para pagar por mis pecados, para que nosotros los creyentes experimentemos su amparo, protección por la fuerza de su Espíritu.