miércoles, 5 de agosto de 2026

La Comunión el camino hacia la transformación

 La Comunión el camino hacia la transformación

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2 Corintios 3:18

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2

Cuando los niños comienzan a crecer, aún no saben gestionar sus emociones ni han formado completamente sus pensamientos. Es común verlos hacer “pataletas” o llorar descontroladamente; es su forma inmadura de expresar lo que sienten. Como creyentes, al nacer de nuevo, nos ocurre algo similar: a menudo actuamos desde nuestra naturaleza humana, haciendo “pataletas carnales” porque aún no hemos aprendido a caminar en el Espíritu.

Comprender que, como hijos de Dios, podemos encontrar reposo para nuestra alma en el seno del Padre, tal como un niño se calma al sentirse pegado al pecho de su madre, es fundamental para nuestro crecimiento. Ese reposo es un regalo que proviene de la comunión del Espíritu Santo, permitiéndonos experimentar el amor transformador de Dios.

Así como un niño aprende a hablar, a reaccionar y a expresar sus sentimientos a través del ejemplo y el amor de sus padres, nosotros iniciamos nuestro proceso de transformación al permanecer en la presencia de Dios. Como declara Pablo en 2 Corintios 3:18, es allí, en la comunión del Espíritu, donde somos transformados a la imagen de Cristo. Al mirarlo, escucharlo y palpar su amor, nuestra identidad empieza a alinearse con la suya.

El Espíritu Santo nos hace un llamado a ser conscientes de nuestro acceso al Padre. Podemos acercarnos confiadamente a Él y, en esa comunión, aprender cómo piensa Dios al conocer a su Hijo Jesús. Al sumergirnos en su Palabra, la “mente de Cristo” comienza a manifestarse en nosotros. Así, experimentamos lo que promete Romanos 12:2: una transformación real, gracias a que nuestro entendimiento es renovado y nuestra manera de pensar es alineada con la de nuestro Salvador Jesucristo.   Oración.

Señor Jesús, te pido que tu Santo Espíritu me conduzca a una comunión profunda que produzca una verdadera transformación en mí. Mi anhelo es que seas Tú quien viva y se manifieste a través de mi vida. Amén.  



martes, 4 de agosto de 2026

¿Cómo se edifica la iglesia?

 ¿Cómo se edifica la iglesia?

“¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación.”, 1 Corintios 14:26
Este es el patrón para las reuniones de la iglesia como lo dice el versículo de hoy en 1 Corintios 14:26, todos interactúan de acuerdo al don recibido, expresando la vida de Cristo en cada uno, para edificación mutua.
Pues la iglesia no es una organización, es decir: no es una estructura social, una empresa, una entidad pública, etc, creada para fines comunes por el hombre.
Y como no es una organización, no tiene una estructura jerárquica, sino que la iglesia cristiana es un organismo vivo, creada por Jesucristo, el Señor y dador de la vida, donde sus líderes la alimentan con su palabra, que es espíritu y vida (Juan 6: 63) a fin de perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (la iglesia): “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13)
Entonces la iglesia es un organismo vivo en el que todos los miembros funcionan orgánicamente de acuerdo a la medida de Cristo, que tiene cada uno; incluso el papel de los pastores y maestros es diferente a las organizaciones del mundo, observemos:
“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” (1 Pedro 5:2-4).
Los ancianos y pastores colocados en ella, no reemplazan la autoridad de Cristo, sino que cuidan de la “grey” edificando en su función a Cristo en ella: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,” (Gálatas 4:19)
Efesios capítulo 4 nos habla de que Cristo lo llenó todo en todos, y constituyó diferentes funciones en la iglesia para edificación del mismo cuerpo, su crecimiento y edificación: “sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:15-16)
¿Qué ministramos en cada función? cada uno recibe un don de Cristo, para edificar a todo el cuerpo, para que cada miembro crezca, y ¿qué es lo que crece en cada uno? Cristo. Es decir, Cristo está siendo formado en cada creyente, por la acción conjunta de cada miembro, en amor. Si crece Cristo en nosotros crece el fruto del Espíritu Santo. Es necesario por tanto una edificación mutua y un permanecer de cada miembro.
Entonces, la vida comunitaria fluye, orgánicamente, de la vida de Cristo en cada uno de nosotros hacia otros, expresando juntos la vida de Cristo.
¡Maravilloso, fluir de Cristo vivo en cada miembro¡ ¡Esto si es la verdadera iglesia! Oración.
«Padre, me has colocado en un solo cuerpo, en Cristo, para ser edificado por mis hermanos de acuerdo al don que tú mismo diste a cada uno, para que Cristo sea formado plenamente por la acción de todos los miembros. Una sola fe, un solo Padre, un mismo Espíritu, un solo Salvador que es en todos y por todos. Amén.

lunes, 3 de agosto de 2026

El amor, la Gloria de la Comunión

 El amor, la Gloria de la Comunión

“Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”. Colosenses 3:14

La comunión que por gracia recibimos al creer en Jesucristo (2 Corintios 13:14), nos une a Él, nos vuelve uno con Él y con el Padre, pues al recibir a Jesús como Señor y Salvador, se nos da su Santo Espíritu, quien viene a morar en nosotros, quitando la soledad y llenándonos de su amor como declara Romanos 5:5b “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.

El amor de Dios, que es el vínculo perfecto, el ligamento, el principio unificador que nos entrelaza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, nos permite experimentar la unidad con Dios y con los demás creyentes, convirtiéndonos en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, a través del cual podemos manifestar la Gloria de Dios.

Manifestar la Gloria de Dios es dejar ver en nosotros lo maravilloso de Dios: su amor, sus cualidades, sus atributos, lo que trae honra y honor a Él, lo cual, realmente es dejar vivir a Cristo y morir nosotros, morir a nuestros propios pensamientos egoístas, a nuestro sentir pecaminoso y a nuestro orgulloso actuar.

Para expresar esta Gloria extraordinaria de Dios es necesario vestirnos de amor, el amor de Dios, como dice Colosenses 13:14, es decir, dejar que la vida de Cristo se manifieste a través nuestro, pues sus Palabras y sus Actos revelan esa gloria de Dios que desborda de amor.

El apóstol Pablo nos enseña en Colosenses 3:16 que la palabra de Cristo debe morar o estar presente en abundancia en nuestra vida, por eso de manera práctica nos insta a enseñarnos y exhortarnos unos a otros en toda sabiduría, expresando con salmos e himnos y cánticos espirituales la gratitud interna de nuestro corazón.

Finalmente en Colosenses 3:17 se nos exhorta a que todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, lo hagamos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Por lo tanto hermanos pidamos a Dios, que sea su amor manifestándose poderosamente en nuestras vidas, tanto en lo que decimos como en lo que hacemos, gracias a la comunión del Espíritu Santo, para reflejar al igual que Cristo, la Gloria de Dios.    Oración.

Espíritu Santo, te pido que me lleves a experimentar la verdadera comunión, pues mi anhelo es manifestar ese gran amor que has derramado en mi corazón, para así reflejar mejor tu Gloria. Amén.



domingo, 2 de agosto de 2026

Cristo ejemplo de comunión

 Cristo ejemplo de comunión

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” Juan 17:22-23

El mejor ejemplo de cómo vivir una vida en plena comunión con Dios nos lo muestra nuestro Señor Jesucristo. En Juan 10:30, Él afirma: “Yo y el Padre uno somos”. Esta declaración nos revela una verdad fundamental: la verdadera comunión va mucho más allá de una relación entre dos personas; se trata de una unidad profunda donde el pensar, el sentir y el actuar llegan a ser los mismos.

En nuestras relaciones humanas, a menudo toleramos las diferencias o buscamos el respeto mutuo a pesar de ellas. Sin embargo, en la unidad divina, existe un vínculo transformador que nos alinea totalmente con el corazón de Dios. Jesús vivía esta unidad de forma absoluta, pues su pensamiento, sus emociones y su actuar reflejaban perfectamente al Padre, lo cual se comprueba en lo que el Señor decía (pues de la abundancia del corazón habla la boca), pero también en lo que hacía, en su extrema coherencia entre su creencia y su vivencia.

Jesús siempre hablaba lo que el Padre le decía que hablase y hacia lo que el Padre le mandaba, como se evidencia en Juan 8:28-29 “Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Lo más extraordinario es saber que esta comunión que Jesús disfrutaba con el Padre es el mismo anhelo que Él tiene para nosotros. Jesús nos ha otorgado la gloria que recibió del Padre, no para que estemos solos, sino para que permanezcamos unidos a Él en perfecta armonía. Juan 17:22-23 nos lo recuerda “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”. Hermanos, pidamos a Dios que al igual que en Jesús, su gloria se manifieste hoy en nuestras vidas, gracias a la comunión del Espíritu Santo, que nos mantiene unidos a Él mediante el vínculo indestructible de su amor.   Oración.

Señor Jesús, hoy me postro delante de Ti, y te pido que por tu Santo Espíritu me lleves a la verdadera comunión, para así reflejar también la gloria de Dios. Amén.



sábado, 1 de agosto de 2026

Comunión

 Comunión

“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” 1 Corintios 1:9

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.” 2 Corintios 13:14

Como creyentes, debemos sentir una profunda gratitud por la fidelidad de nuestro Dios, quien nos llama a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor (1 Corintios 1:9). Él nos atrae constantemente con cuerdas de amor, tal como lo expresa Oseas 11:4: “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida”.

Este amor y fidelidad de Dios se ha manifestado hacia la humanidad desde el principio de los tiempos. Como Padre amoroso, preparó todo para que viviéramos en perfecta comunión con Él, en un lugar especial: el huerto del Edén, descrito en Génesis 2:8: “Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado”.

Es fascinante notar que, en el hebreo original, “jardín del Edén” se escribe “Gan Eden” (גַּן־עֵדֶן), y al analizar sus raíces, descubrimos el profundo propósito divino: Gan (גַּן) significa huerto o lugar protegido, mientras que Éden (עֵדֶן) evoca delicia, bienestar y una frescura que sacia el espíritu. No se trataba de un simple jardín geográfico, sino del “Jardín de la delicia”, un entorno donde el ser humano podía disfrutar de la satisfacción plena y el gozo inefable de la presencia de Dios, un placer que trasciende todo lo que el mundo pueda ofrecer.

Lamentablemente, la desobediencia humana, nacida de la rebeldía y el orgullo, rompió esta comunión, como consecuencia de la muerte espiritual. Sin embargo, Dios, grande en misericordia y digno de suprema alabanza, tenía establecido un plan glorioso para restaurarnos, así gracias a la obra de su Hijo Jesucristo en la cruz, y por medio de la fe en Él, tenemos nuevamente acceso al Padre.

Por eso, hermanos, la invitación es a recibir la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a disfrutar del amor de Dios; y a permitir que el Espíritu Santo nos guíe, para que volvamos a vivir, desde hoy, en la plenitud de esa comunión con nuestro Padre Celestial. (2 Corintios 13:14).   Oración.

Padre Dios, gracias por tu gran amor, gracias por atraerme hacia ti por medio de tu Santo Espíritu, ayúdame a disfrutar de la comunión que tu Hijo Jesús restauró. Amén.  



viernes, 31 de julio de 2026

Señor, llévame a tu encuentro

 Señor, llévame a tu encuentro

“Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” Jeremías 15:19

Para nadie es un secreto que como cristianos cada día somos ampliamente tentados, tentados a salir, desenfocarnos o distraernos de nuestra identidad y realidad espiritual; el mundo, nuestro cuerpo pecaminoso y por supuesto Satanás, están siempre queriéndonos llevar en contra del conocimiento y de la voluntad de nuestro Dios; es una guerra que, por supuesto, en nuestras fuerzas no podemos ganar. Sin embargo, queridos hermanos, es una victoria que ya Jesús en la cruz ganó por nosotros.

1 Juan 2:15-17, nos deja ver que cuando nosotros amamos o preferimos al mundo, así como los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida, que es a su vez los medios que usa nuestro enemigo para tentarnos, es porque el amor del Padre no está en nosotros, pero si no está en nosotros, no es precisamente porque Él no nos lo haya concedido, sino más bien porque nosotros no hemos a él accedido.

¡Ir a la cruz, ir a su encuentro y tomar de su amor!

Jesús, cuando de esta manera fue tentado, estaba preparado, su corazón del amor del Padre había llenado; hoy el Espíritu de Cristo habita nuestro corazón y con el mismo anhelo y fervor que Jesús en aquel tiempo, quiere llevarnos al encuentro de nuestro Papá Dios; si nos arrepentimos, es decir, cambiamos de dirección, y en lugar de ir tras el pecado, vamos hacia donde el Espíritu nos encamina, entonces, dice el Señor: “yo te restauraré, y delante de mí estarás;” El Señor hará que podamos negarnos a nosotros mismos, y del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual nos llenará; su propósito es que donde quiera que estemos y con quien sea que nos estrechemos, a Él siempre reflejemos; ser como su boca transmitiendo su palabra para dar gracia y edificación, convirtiéndose ellos a nosotros y no nosotros a ellos.   Oración.

Papá Dios, sé que por tu fidelidad y el poder de tu Santo Espíritu que habita mi corazón, cada nuevo amanecer me llevarás a tu encuentro, abrirás mis ojos y me concederás la gracia de verte; gracias Cristo Jesús porque conmigo estas y tu victoria sobre el mundo, el pecado y Satanás a cada momento puedo tomar para vivir en la ley del amor y de la libertad, aleluya, amén.  



jueves, 30 de julio de 2026

Recibir a Jesús


Recibir a Jesús
El grito de amor
“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Mateo 27:46
El grito del Señor Jesús en la cruz, o lo que la Escritura describe que “clamó a gran voz” es un instante que nos ha de recordar la gran aflicción que su alma sufrió, pero más conmovedor aún es el saber que su aflicción fue para nuestra redención, su alma afligida para que la nuestra fuese redimida (Isaías 53:10-11). Ese grito es el que se debe escuchar en nuestra conciencia espiritual y en toda la creación, pues fue un grito de amor, ese amor que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta (1 Corintios 13:7). Jesús soportó el desamparo en la cruz para que tú y yo experimentemos su paz.
Hermanos, situaciones difíciles, momentos de gran dolor, pérdida, sufrimiento entrega o sacrificio, esos que quizás muchas veces experimentamos por nuestros hijos, o nuestros hermanos, padres, nuestra pareja o hasta por nuestros amigos, han de tener consuelo, esperanza y también fortaleza, en el dolor, entrega y sacrificio que Jesús padeció por nosotros en la cruz. Aquel grito debe retumbar en todo nuestro ser, pues nadie ha sufrido, ni sufrirá como Él, la copa de la ira Santa de Dios, para que nosotros fuésemos herederos de su amor.
Amados, el amor de Dios, por el Espíritu Santo, ha llenado nuestro corazón y no hay nada en nuestra alma que no encuentre su suficiencia, satisfacción y plenitud en su incomparable amor; como dice su Palabra en Efesios 3:19, conocer el amor de Cristo nos llena de toda la plenitud de Dios. De manera que, en esas situaciones que sintamos desfallecer o no poder, que quizás son demasiado fuertes para nosotros, recordemos el grito de amor de nuestro salvador, que retumbe en nuestro ser de modo tal, que avive nuestro corazón y podamos experimentar y expresar cómo realmente el amor de Dios, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta, y que aún así, se vive en completa paz y esperanza.   Oración.
Señor, cuando estoy triste, cuando siento que no tiene sentido la vida, pero me recuerdas la cruz, viene a mi mente tu grito de amor y me lleno de tu amor, me despierto del sueño y voy a mi verdadera realidad, la plenitud de Jesús en mí. Que tu Espíritu me recuerde y revele ese sacrificio eterno, ese día, ese grito, que retumbe en mi corazón y me coloque nuevamente en tu voluntad, en Cristo Jesús, amén.