miércoles, 1 de julio de 2026

Vivir en la fe del Hijo de Dios

 Vivir en la fe del Hijo de Dios

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Gálatas 2:20

Vernos a nosotros mismos, nuestro pecado y por tanto nuestro total inmerecimiento de alguna bondad o benignidad por parte de nuestro Señor, es una condición en la que, como creyentes, quizá nos encontramos frecuentemente, y en la que podemos quedarnos días y días, pues adicional a esto nuestra conciencia nos acusa y también nos culpa.

Sin embargo, aunque es cierto que como seres humanos contaminados por el pecado, no tenemos ningún mérito para recibir el bien de Dios, es igual de cierto que dicha bondad del Señor es para con nosotros únicamente por la gracia y por la fe. Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;”

Como cristianos, no podemos caer en el error de la culpa, la condenación y la autosuficiencia, porque eso, en otras palabras, sería vivir pretendiendo ser justificados por las obras y no por la fe, pero lo que nos revela el versículo principal de hoy es que el creyente, todo lo que vive en esta vida terrenal debe vivirlo por medio de la fe, la fe del Hijo de Dios, que amándonos se entregó a sí mismo por nosotros para darnos salvación y con Él, toda la gracia de Dios.

Debe ser esto tan real, cierto y firme en nuestra vida que el llamado del Señor para nosotros es que, independientemente de la condición o circunstancia temporal en la que nos encontremos, podamos decir como dijo el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”; que cuando nos sintamos indignos, pecadores, culpables y no merecedores de la bondad de Dios, creamos y entendamos de manera personal que “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” o, en otras palabras, “Dios no me ve a mí, culpable pecador; Dios ve a Cristo en mí, mi eterno Redentor”    Oración.

Padre, gracias por tu Palabra y la revelación de ella por tu Santo Espíritu; gracias porque me sacas de mí mismo y aún de mi realidad temporal, por lo que ahí está escrito en tu eternidad; gracias porque me recuerdas que aún cuando caigo en pecado por mi naturaleza y debilidad, tú no me ves a mí, sino a Cristo en mí, quien me amó y para hacerme justo ante ti, se entregó a sí mismo por mí, amén.    



martes, 30 de junio de 2026

Restitución

 Restitución

“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad”. Hebreos 11:13-16

La Biblia aborda la restitución de dos formas principales: como el acto humano de reparar un daño o devolver lo robado, y como la obra de Dios de restaurar a quienes han sufrido pérdida, ya sea devolviéndoles lo perdido o concediéndoles algo aún mejor conforme a su perfecta voluntad.

Lucas 19:8-9 nos muestra, por ejemplo, a Zaqueo, un hombre rico y jefe de los cobradores de impuestos, manifestando que no solo daría la mitad de sus bienes a los pobres, sino que también devolvería cuatro veces más a todo aquel a quien hubiera defraudado. Vemos en este hombre el deseo de reparar el daño causado a quienes habían sido perjudicados por su mano.

Dios también es un Dios que restituye. Lo vemos en Joel 2:25 donde promete devolver todo lo que las plagas habían destruido si el pueblo se volvía a Él. Aquella devastación de los cultivos había llegado como consecuencia de su constante desobediencia, pero el Señor les ofrecía restauración mediante el arrepentimiento.

Pero quizá alguien se pregunte: ¿qué sucede cuando esta restitución no llega durante esta vida? El Señor nos da una esperanza por medio del ejemplo de Lázaro, el mendigo. Las Escrituras narran en Lucas 16:19-31 que Lázaro era un hombre pobre que había sido puesto a la puerta de un hombre rico. Su condición era tan precaria que deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, mientras los perros venían y lamían sus llagas. A los ojos del mundo, parecía un hombre olvidado y sin esperanza. Sin embargo, cuando murió, fue llevado por los ángeles al lado de Abraham. Aunque su restitución no llegó durante su vida terrenal, Dios le concedió una mucho mayor en la eternidad, donde recibió el consuelo que jamás tuvo en este mundo.

La restitución de Dios no siempre consiste en devolver exactamente lo que se perdió. En ocasiones, Él concede una herencia mucho mayor que supera todo aquello que jamás podríamos recuperar en esta vida.

Como vemos, la restitución alcanza a todo aquel que pone su fe en Jesús, no como resultado de sus buenas obras o de sus propios esfuerzos.

La restitución trae esperanza a todo aquel que ha sufrido alguna pérdida o ha sido perjudicado de alguna manera. Forma parte de la obra restauradora que el Señor realiza en la vida de sus hijos. Por eso, ten presente que, aunque en este mundo no recibas aquello que esperabas recuperar, el Señor te invita a poner y mantener tu esperanza en Él, tal como lo hicieron aquellos hombres y mujeres de la fe que no desmayaron, porque anhelaban una herencia mucho mejor, la celestial (Hebreos 11:13-16).

Hermanos, nuestra esperanza no descansa únicamente en una restitución temporal, sino en la certeza de que Dios cumplirá plenamente todas sus promesas, ya sea en esta vida o en la venidera.  Oración. Amado Padre, no sé cómo agradecerte todo lo que haces en mi vida. Mis palabras se quedan cortas para expresar no solo la gratitud que siento por ti, sino también para describir tu grandeza. ¡Cuán bello eres!, ¡Cuánta sabiduría hay en ti! Gracias Dios, por permitirme conocerte por medio de Jesús. Amén. 


lunes, 29 de junio de 2026

Recibir a Jesús

 


Recibir a Jesús

Restauración y Regeneración

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. 2 Crónicas 7:14

“nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”, Tito 3:5.

La Palabra de Dios nos habla sobre tres cosas importantes que experimenta el creyente cuando se humilla delante del Señor: restauración, regeneración y renovación. Sobre la renovación pudimos profundizar en el devocional de ayer. Pero hoy fijaremos nuestra mirada en la restauración y la regeneración.

2 Crónicas 7:14 nos revela que cuando nos humillamos delante de Dios, oramos, buscamos su rostro y confesamos nuestros pecados, el Señor nos escucha, nos perdona y sana nuestra tierra. La palabra “sana” de la cual habla el pasaje tiene una connotación profunda, pues proviene del hebreo: rafá (רָפָא), que no solo significa de manera literal “curar”, sino también, restaurar.

Esa restauración la vemos reflejada en la vida de Lázaro. Aunque había muerto hacía cuatro días, cuando el Señor da la orden: ¡Lázaro, ven fuera!, el cuerpo de Lázaro comenzó una restauración inmediata. A partir de ese momento rápidamente la deformación e hinchazón, la proliferación de bacterias y la acción de los insectos, propias del proceso de descomposición que la ciencia describe en un cuerpo sin vida tras varios días, cesan y retroceden. Comienza entonces una recuperación completa de su organismo, devolviendo la integridad a su cuerpo y la funcionalidad a sus miembros. Y lo podemos asegurar pues la Biblia nos relata que Lázaro salió caminando de aquella tumba (Juan 11:43- 44).

En el Salmo 23:3, vemos reflejada esa misma obra en el alma. David declara: “Confortará mi alma”, reconociendo que solo Dios puede restaurar nuestros pensamientos y emociones.

Esa restauración ocurre en el cuerpo y en el alma, pero en el espíritu ocurre algo aún mayor, pues el creyente experimenta la regeneración. La regeneración es la obra sobrenatural de Dios mediante la cual Él vivifica espiritualmente a quien estaba muerto en sus delitos y pecados. Es el nuevo nacimiento del que habló Jesús en Juan 3:3-7 y que también afirma Santiago 1:18. No consiste en mejorar la vieja naturaleza, sino en recibir una nueva naturaleza en Cristo. Por medio de esta obra regeneradora, el Espíritu Santo produce esa nueva vida en nosotros, haciendo de nuestro corazón la morada de Cristo.

Como vemos, Dios obra de manera integral en nuestras vidas: restaura nuestra alma y nuestro cuerpo, reparando lo que el pecado, el sufrimiento o el fracaso han deteriorado; regenera nuestro espíritu, dándonos una nueva vida; y como vimos en el devocional de ayer, renueva nuestro entendimiento.

Hermanos, quizá algunos de nosotros aún no hemos experimentado esa restauración en nuestro cuerpo o en nuestra alma de la que Dios nos habla. Sin embargo, aun si no llegáramos a recibirla plenamente en esta vida, tenemos una esperanza mayor: cuando estemos en su Presencia seremos completamente restaurados, pues ya no habrá más muerte, ni lamento, ni llanto, ni dolor, porque las primeras cosas habrán pasado (Apocalipsis 21:4). Lo extraordinario es que la promesa de Dios no se limita a renovarnos, restaurarnos y regenerarnos sino que también seremos restituidos. De esta restitución.   Oración.

Gracias, Señor, por restaurarme, regenerarme y darme vida eterna. Gracias por todo lo que has hecho, por lo que estás haciendo y por lo que harás. Amén. 



domingo, 28 de junio de 2026

¡Ven fuera!

 ¡Ven fuera!

“Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!” Juan 11:43

Lo que Jesús expresó a Lázaro fue una orden, y conforme a lo que Él ordenó, así sucedió: Lázaro resucitó. Al contemplar este suceso no puedo dejar de pensar que, espiritualmente hablando, ocurre algo semejante cuando el Señor nos llama a la conversión. Así como llamó a Lázaro a salir del sepulcro, también nos llama a salir de la condición en la que el pecado nos mantiene cautivos. Aquella tumba representa la condición del hombre sin Cristo. No es casualidad que el mismo Jesús utilizara esta figura al decir que los fariseos y maestros de la Ley eran como sepulcros blanqueados (Mateo 23:27). El pecado mantiene al ser humano encerrado en una condición de muerte espiritual, de la cual solamente Cristo puede liberarlo.

Gracias a la fe que hemos depositamos en Jesús, tú y yo hemos sido liberados de la esclavitud del pecado. Sin embargo, aun cuando el Señor nos ha hecho libres, en ocasiones, seguimos refugiándonos en “cuevas”: lugares de temor, desánimo, incredulidad o fortalezas mentales que nos impiden vivir plenamente la libertad que Cristo nos ha dado. Por eso, a través de este devocional, el Señor quiere decirnos: ¡Ven fuera!.

En diferentes momentos de las Escrituras vemos al Señor llamando a personas a salir de la condición en la que se encontraban. Uno de esos casos es el de Elías. Después de huir por temor, terminó refugiándose en una cueva, dominado por la tristeza y el desánimo. Entonces Dios le dijo: “Sal fuera” (1 Reyes 19:11a). Aunque las circunstancias eran diferentes, uno se encontraba en un sepulcro y el otro en una cueva, ambos estaban encerrados en una realidad de la que no podían salir por sus propias fuerzas, y en ambos casos Dios los llamó a salir. De la misma manera, hoy el Señor nos exhorta a permitirle derribar aquellos pensamientos, fortalezas y esquemas mentales que nos mantienen cautivos para conducirnos a una transformación.

Romanos 12:2b nos da la clave para experimentar esa transformación: “la renovación de nuestro entendimiento”. El arrepentimiento nos conduce precisamente a ella, pues implica abandonar nuestra propia manera de pensar para comenzar a pensar conforme a la voluntad de Dios.

Las Escrituras nos revelan que, cuando conocemos la verdad, que es Cristo, somos hechos libres (Juan 8:32). Cuando decidimos creer lo que Él nos dice por medio de su Palabra y permitimos que Dios derribe todo lo que se levanta en contra de su Voluntad, el Espíritu Santo renueva nuestro entendimiento; es decir, reemplaza nuestros viejos pensamientos por los que proceden de Cristo. De esta manera, día tras día, el pensar de Cristo se refleja cada vez más en nuestras vidas gracias a la fe y a la obra del Espíritu Santo.

Hermanos, que Lázaro saliera del sepulcro no era el final del milagro, sino el comienzo de una nueva etapa. De la misma manera, sucede con nosotros: cuando Cristo nos llama a dejar atrás nuestra antigua condición, también da inicio a una nueva obra en la que la restauración ocupa un lugar fundamental.Quebrantados

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón”; Salmos 34:18a

En algunas regiones montañosas de Europa, Asia y África está presente un carroñero en peligro de extinción llamado el quebrantahuesos. Lo peculiar de esta ave es que, a diferencia de los cuervos y buitres, se alimenta casi exclusivamente de huesos. Cuando estos son demasiado grandes para ingerirlos, el ave procede a agarrarlos con sus patas y dejarlos caer sobre zonas rocosas para partirlos en fragmentos más pequeños que pueda consumir.

Cuando observamos el comportamiento de esta ave, resulta inevitable pensar en el quebrantamiento. Los huesos deben ser partidos para que su interior quede expuesto. De manera similar, Dios también obra en nuestras vidas, pues aquello que permanece endurecido en nuestro corazón necesita ser expuesto y tratado por Él.

Esto inmediatamente me llevó a recordar lo que dice Hebreos 4:12 acerca de la obra que Cristo realiza en la vida del creyente por medio de su palabra: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. El pasaje nos habla de que la Palabra de Dios, revelada por el Espíritu Santo, deja completamente al descubierto lo que hay en todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

Si la Palabra de Dios tiene la capacidad de revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, entonces entendemos por qué el quebrantamiento es tan necesario. Este nos conduce, en la intimidad con el Señor, a que seamos desnudados por completo para que queden al descubierto aquellas áreas de nuestra vida que aún no se someten a su voluntad. Nos lleva a la vulnerabilidad, a presentarnos delante de Dios sin máscaras ni nada que nos pueda ocultar. Y es precisamente allí donde el Señor quiere llevarnos.

Por eso, las Escrituras muestran cómo Dios exalta a quienes se humillan delante de Él y son capaces de decir: “Señor quebranta mi corazón”, pues esto implica abrir por completo nuestro corazón y estar dispuestos a recibir una confrontación de su parte.

Aquella confrontación de la que Dios nos habla no es para causarnos vergüenza ni estancamiento; todo lo contrario. Es para revelarnos nuestra condición pecadora y, al mismo tiempo, resaltar aún más su sobreabundante gracia (Romanos 5:20).

Hermanos, el ejemplo de aquella ave quebrantahuesos nos recuerda que solo aquello que es quebrantado puede dejar al descubierto lo que hay en su interior. Así como el hueso debe ser partido para exponer lo que contiene, nuestro corazón también necesita ser quebrantado delante de Dios para que salgan a la luz aquellas cosas que hemos mantenido ocultas en nuestro corazón. De la misma manera, como creyentes debemos ir a la Roca y permitir que Él quebrante aquello que aún permanece endurecido en nosotros. Entonces, cuando esto suceda, la luz de Cristo no sólo iluminará nuestro interior, sino que también resplandecerá a través de nuestras vidas para su gloria.   Oración.

Padre, has quebrantado mi corazón y me has llevado a tu presencia. Que tu anhelo se cumpla en mi vida: que cada día yo mengüe y Cristo crezca en mí. Amén.



sábado, 27 de junio de 2026

Quebrantados

 Quebrantados

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón”; Salmos 34:18a

En algunas regiones montañosas de Europa, Asia y África está presente un carroñero en peligro de extinción llamado el quebrantahuesos. Lo peculiar de esta ave es que, a diferencia de los cuervos y buitres, se alimenta casi exclusivamente de huesos. Cuando estos son demasiado grandes para ingerirlos, el ave procede a agarrarlos con sus patas y dejarlos caer sobre zonas rocosas para partirlos en fragmentos más pequeños que pueda consumir.

Cuando observamos el comportamiento de esta ave, resulta inevitable pensar en el quebrantamiento. Los huesos deben ser partidos para que su interior quede expuesto. De manera similar, Dios también obra en nuestras vidas, pues aquello que permanece endurecido en nuestro corazón necesita ser expuesto y tratado por Él.

Esto inmediatamente me llevó a recordar lo que dice Hebreos 4:12 acerca de la obra que Cristo realiza en la vida del creyente por medio de su palabra: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. El pasaje nos habla de que la Palabra de Dios, revelada por el Espíritu Santo, deja completamente al descubierto lo que hay en todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

Si la Palabra de Dios tiene la capacidad de revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, entonces entendemos por qué el quebrantamiento es tan necesario. Este nos conduce, en la intimidad con el Señor, a que seamos desnudados por completo para que queden al descubierto aquellas áreas de nuestra vida que aún no se someten a su voluntad. Nos lleva a la vulnerabilidad, a presentarnos delante de Dios sin máscaras ni nada que nos pueda ocultar. Y es precisamente allí donde el Señor quiere llevarnos.

Por eso, las Escrituras muestran cómo Dios exalta a quienes se humillan delante de Él y son capaces de decir: “Señor quebranta mi corazón”, pues esto implica abrir por completo nuestro corazón y estar dispuestos a recibir una confrontación de su parte.

Aquella confrontación de la que Dios nos habla no es para causarnos vergüenza ni estancamiento; todo lo contrario. Es para revelarnos nuestra condición pecadora y, al mismo tiempo, resaltar aún más su sobreabundante gracia (Romanos 5:20).

Hermanos, el ejemplo de aquella ave quebrantahuesos nos recuerda que solo aquello que es quebrantado puede dejar al descubierto lo que hay en su interior. Así como el hueso debe ser partido para exponer lo que contiene, nuestro corazón también necesita ser quebrantado delante de Dios para que salgan a la luz aquellas cosas que hemos mantenido ocultas en nuestro corazón. De la misma manera, como creyentes debemos ir a la Roca y permitir que Él quebrante aquello que aún permanece endurecido en nosotros. Entonces, cuando esto suceda, la luz de Cristo no sólo iluminará nuestro interior, sino que también resplandecerá a través de nuestras vidas para su gloria.   Oración.

Padre, has quebrantado mi corazón y me has llevado a tu presencia. Que tu anhelo se cumpla en mi vida: que cada día yo mengüe y Cristo crezca en mí. Amén.



viernes, 26 de junio de 2026

Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

 Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

“Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú”. 1 Samuel 15:26-28

“Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido”. Salmos 51:8

Saúl es un claro ejemplo de lo que sucede cuando una persona persiste en la soberbia y se niega a reconocer su pecado delante de Dios. Su alma se llenó de tristeza y desesperación, al punto de aferrarse al manto de Samuel. Dominado por el orgullo, no quiso someterse a lo establecido por el Señor, sino actuar según el criterio humano. Como consecuencia, el manto del profeta se rasgó, y Dios reveló por medio de Samuel que, de la misma manera, su reino le sería quitado (1 Samuel 15:27-28). ¿Qué debió haber hecho Saúl? Humillarse delante de Dios y admitir su error. Lo que el Señor busca es un corazón sincero y arrepentido, pues, como declara su Palabra: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmos 51:17).

Algo similar ocurrió con Caín. La altivez lo llevó a presentar una ofrenda conforme a sus propios términos y no conforme a la voluntad del Señor. Al rechazar la corrección, permitió que su semblante decayera y que en su interior crecieran la ira, la envidia y, finalmente, el homicidio (Génesis 4:6). Sin embargo, Dios le estaba mostrando el camino correcto: obedecer. Por eso lo exhortó diciendo: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”. (Génesis 4:7). El Señor esperaba de Caín una actitud humilde y dispuesta a someterse a su dirección.

Como vemos, el orgullo nos impulsa a vivir según nuestros propios deseos y, al hacerlo, terminamos cosechando corrupción (Gálatas 6:8). Por eso, lejos de producir satisfacción, el orgullo termina dejando al hombre abatido y apartado de la voluntad de Dios.

La humildad, por el contrario, produce gozo en la vida del creyente. David tampoco estuvo exento de caer. Todos recordamos el homicidio que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé. Cuando se dejó dominar por la soberbia, fue arrastrado a cometer aquel grave pecado. Sin embargo, cuando el Señor lo confronta, su alma se abatió y se entristeció, no solo por lo que había hecho, sino también por las consecuencias de sus acciones. Pero David no permaneció en esa condición. A diferencia de Saúl, se presentó delante de Dios con un corazón quebrantado y confesó su pecado. Comprendió que el camino de regreso al gozo no era justificarse, sino rendirse delante del Señor. También entendió que, cuando somos perdonados, nuestra alma e incluso nuestro cuerpo experimentan contentamiento. Por eso expresa: “Y se recrearán los huesos que has abatido” (Salmos 51:8b).

Hermanos, el Señor desea que haya humildad en nuestra vida, pues ella nos conduce al quebrantamiento, al arrepentimiento y a la restauración, permitiéndonos experimentar el gozo que sólo Él puede dar.  Oración.

Padre, reconozco que he pecado contra el cielo y contra ti. Hoy humillo mi corazón delante de ti y te pido que restaures mi vida. Permíteme experimentar nuevamente el gozo de tu salvación y vivir cada día en obediencia a tu voluntad. Amén.



jueves, 25 de junio de 2026

Rendidos ante el Señor

 Rendidos ante el Señor

“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toq hx da lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:9-11

Cuando el Espíritu Santo nos lleva a comprender y reconocer la autoridad de Dios, también nos conduce a la rendición. Cuando su grandeza nos es revelada, la respuesta natural es postrarnos delante de Él. Así le sucedió a Jairo, principal de la sinagoga, quien se arrodilló ante Jesús reconociendo su autoridad (Lucas 8:41). De igual manera, Pedro, al presenciar la pesca milagrosa, cayó de rodillas delante del Señor (Lucas 5:8). No es casualidad que la palabra “Señor” provenga del griego kúrios (κύριος), que significa: “Supremo en autoridad”. Se trata de un título que reconoce a Jesús como el Dios Soberano, el Ungido, el Amo y Dueño de nuestras vidas.

Cuando pienso en la rendición, inevitablemente la relaciono con el ámbito militar. Quizá esto nos resulta más fácil de comprender porque hemos visto películas en las que un ejército, al verse superado por el enemigo, iza la bandera blanca para preservar su vida. Rendirse implica dejar de luchar por cuenta propia y entregarse a otro. Sin embargo, a diferencia de una guerra entre naciones, rendirnos a Dios no significa sufrir una derrota, sino dejar de resistir a aquel que desea salvarnos, transformarnos y conducirnos a la verdadera victoria. En el plano espiritual somos llamados a deponer las armas y entregarlas al Señor. Esas armas representan las batallas que hemos intentado librar en la carne: pensamientos equivocados que se levantan contra la autoridad de Dios; sentimientos dañinos que, como bombas de tiempo, terminarán contaminando nuestras vidas y las de otros; y actitudes que, lejos de conducirnos a la victoria, nos encaminan al fracaso.

Pero la realidad es que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. En lugar de rendirnos a Dios, terminamos cediendo ante el enemigo. ¿Cuántos, en medio de las pruebas y del constante asedio del devorador, hemos optado por bajar los brazos y buscar una especie de “tregua” con él? Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña algo muy distinto: la rendición del creyente es delante del Señor, no delante del adversario. Por eso, las Escrituras nos exhortan a vestirnos con toda la armadura de Dios, para poder resistir en el día malo y, después de haberlo hecho todo, permanecer firmes (Efesios 6:13).

Hermanos, la pregunta que debe surgir a través de este devocional es: ¿delante de quién nos estamos rindiendo? Si nuestra respuesta es “delante del enemigo”, el Señor nos recuerda que no hemos sido llamados a flaquear ni a darle lugar al diablo. Nuestra rendición debe ser únicamente ante Dios, porque solo Él posee toda autoridad: “Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios” Romanos 14:11.[d]    Oración.

Dios, tú eres excelso sobre todo; no hay nadie como tú. Reconozco que tú eres el único Dios verdadero, el Gran Yo Soy, el que es, el que era y el que ha de venir. Te alabo y te bendigo en el nombre de Jesús. Amén.