miércoles, 28 de octubre de 2026

La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

 La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

"Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios." Romanos 10:17

“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, Lucas 24:25-27

La fe no surge del intelecto humano ni de la especulación, sino que proviene de la revelación de Cristo transmitida a través del mensaje de Dios. Inicia cuando una persona escucha y recibe, pero ¿qué es lo que escucha y qué es lo que recibe?

La escritura griega original en Romanos 10:17 no usa la palabra lógos, como en el Evangelio de Juan, que nos dice que la palabra o el verbo se hizo carne, sino que usa “rhēma”, que de acuerdo al contexto bíblico de varios pasajes donde se usa, enfatiza la Palabra revelada de Cristo o la voz viva de Dios al corazón que despierta fe en el que cree, la cual debemos recibir (Juan 6:63; Juan 3:34; Juan 15:7; Juan 1:14). Es decir, lo que el pasaje revela en profundidad es lo que produce fe en nosotros al recibir la Palabra revelada de Cristo.

No se refiere simplemente a lo que en nuestra cultura actual entendemos por oír físicamente, sino que la idea, en el contexto en que fue escrita, se refiere a “escuchar atentamente y recibir lo revelado por Dios”, y lo revelado por Dios es Cristo mismo. Él es la fuente, pero también Él abre nuestro entendimiento para comprender su mensaje, y esto produce fe en nuestro corazón.

Para ilustrar este asunto de la fe como revelación de Dios a nosotros, podemos recordar a los caminantes de Emaús. Dos discípulos de Jesús iban caminando hacia Emaús cuando se les apareció Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron: “Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen” (Lucas 24:16).

Cuando Él les pregunta acerca de lo que hablan, ellos le cuentan las cosas que han sucedido en Jerusalén, acerca de un profeta llamado Jesús de Nazaret, que fue entregado por los principales sacerdotes y gobernantes, y fue crucificado. Le cuentan que ellos esperaban que él fuese quien habría de redimir a Israel y que también estaban asombrados porque, al tercer día después de su crucifixión, unas mujeres habían recibido de parte de ángeles el mensaje de que Él vive. Pero Jesús entonces les confronta: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”.

El Señor les cuestiona acerca de la necesidad de que Él muriera y resucitara, pero aquí está el punto clave relacionado con la enseñanza de la fe: el mismo Señor Jesucristo les habla: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. ¿Qué les enseña? Que todas las Escrituras Sagradas –la Biblia– dan testimonio de Él y apuntan a Él, porque Él es la vida. Pero, además, el mismo Señor Jesucristo les da el entendimiento y les abre los ojos para que puedan ver lo que antes era imposible para su mente carnal: “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:13-35).

Le vieron con ojos espirituales, con los ojos de la fe; es decir, les abrió el entendimiento, tal como dice Efesios 1:18a: “alumbrando los ojos de vuestro entendimiento”, para que conozcan, para que comprendan. Eso mismo, amados hermanos, necesitamos hoy nosotros para experimentar la dimensión de la fe que viene por el oír. Y lo que oímos es la revelación de la Palabra de Dios, y necesitamos que Dios nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, (Efesios 1:17).   Oración.

Padre, por el poder de tu Espíritu que mora en mí, abre mis oídos espirituales para que llegue a mí todo espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo, y pueda experimentar plenamente la fe que viene como respuesta a tu revelación de Cristo, como la Palabra hecha carne que ahora habita en mí. Amén.



martes, 27 de octubre de 2026

Las dimensiones de la fe

 Las dimensiones de la fe

“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” Hebreos 12:2

"Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó." Juan 8:56

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” Gálatas 3:7

La fe no se puede reducir a una sola definición, sino que debe explorarse desde múltiples aristas y perspectivas; explicar de manera sencilla no significa cortar o volver “simplista” un tema tan profundo, sobre todo si este es la base de toda nuestra experiencia cristiana.

La primera vez que la Escritura menciona el tema de la fe es en Génesis, y se refiere a la fe imputada como justicia al creer lo que Dios promete. Es decir, la fe se revela como la vía por la cual Dios declara justo al hombre al poner su mirada en la promesa divina, mostrando el efecto que tuvo la fe de Abraham: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).

Pero hay algo clave: el mismo Señor Jesucristo revela el objeto real de la fe de Abraham y el fin de la promesa dada cuando dice en Juan 8:56 “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó”.

Lo que le fue mostrado a Abraham fue a Cristo mismo y, con Él, todas las cosas; lo cual quiere mostrar que la fe patriarcal no se apoyaba en recompensas terrenales ni geográficas, sino en la revelación de la persona del Mesías, del Salvador, por medio del cual la bendición dada por Dios pertenece a todos los que creemos en Jesús: “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gálatas 3:7). Esta bendición nos alcanza plenamente, colocando un sello definitivo y de garantía total: “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14).

La promesa, hermanos, fue Cristo mismo. Nos fue dado el regalo inmerecido y el cumplimiento de su bendición definitiva dada a Abraham. Dios trae a todos los creyentes la fe al levantar a Cristo de los muertos y colocarnos en Él: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:31).  Oración.

Padre, gracias por levantar a Cristo de los muertos, por darnos como regalo su vida eterna en nosotros y por unirnos a Él. Amado Señor, gracias porque por la fe en Cristo soy transformado. Guíame a aprender plenamente las dimensiones de esta fe para colocarla en acción.  



lunes, 26 de octubre de 2026

La vida es sagrada

 La vida es sagrada

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”, Mateo 5:21-24

Un principio trascendental y básico que debemos saber: Ser hechos a imagen y semejanza de Dios, es el argumento más claro para no quitar arbitrariamente una vida, como dice Génesis 9:6: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”. Por implicación, Dios delega a la sociedad (autoridad humana) la responsabilidad de hacer justicia, pero no es venganza personal, sino orden moral.

La vida humana no debe ser quitada injustamente porque refleja la imagen de Dios, el hombre porta la imagen divina, lo que le da un valor único; sin embargo, la misma Biblia reconoce contextos donde el uso de la fuerza puede ser moralmente legítimo para preservar la vida y la justicia. Por ejemplo en Éxodo 22:2 “Si el ladrón fuere hallado forzando una casa, y fuere herido y muriere, el que lo hirió no será culpado de su muerte”

Dios es el autor y sustentador de la vida; por tanto, el ser humano no es su dueño absoluto, sino un agente moral responsable llamado a actuar conforme a ese diseño. Por tanto, no sólo está prohibido quitarla injustamente, sino también cultivar en el corazón cualquier actitud que destruya esa imagen, como el odio, el desprecio o la venganza, como nos lo enseñó el Señor Jesús:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”, (Mateo 5:21-24); es decir, el Señor Jesús está explicando aun más profundamente el concepto de asesinato y hallando la raiz, la fuente de esta maldad: el corazón del hombre, “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” (Mateo 15:19)

Finalmente, concluimos que la vida es sagrada (imagen de Dios, Génesis 9:6). No debemos asesinar o matar injustamente (Éxodo 20:13), pero sobre todo, ni siquiera cultivar el odio que lleva a matar (Mateo 5:21-24). Para que podamos cumplir esto, necesitamos entregar nuestro corazón a Cristo, para que su amor repose en nuestro corazón y veamos en nuestro prójimo la imagen de Jesús, pues todos al creer somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros (Romanos 12:5).     Oración.

Padre, gracias porque Cristo es mi vida, y ahora vivo para traer a otros a ti, para que seamos un cuerpo, llenos de tu amor, de un mismo Espíritu de vida, que se aman y cuidan con afecto entrañable y muestran así los atributos que glorifican tu nombre, amén.  



domingo, 25 de octubre de 2026

Los hijos de Dios protegemos la vida

 Los hijos de Dios protegemos la vida

“Porque tú formaste mis entrañas;

Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;

Estoy maravillado,

Y mi alma lo sabe muy bien.

No fue encubierto de ti mi cuerpo,

Bien que en oculto fui formado,

Y entretejido en lo más profundo de la tierra.

Mi embrión vieron tus ojos,

Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas

Que fueron luego formadas,

Sin faltar una de ellas.”, Salmo 139:13-16

Los hijos de Dios protegemos la vida, el problema es que aunque en el presente se habla de “vida”, este concepto no corresponde con el concepto 

La palabra de Dios, define la vida biológica desde la concepción, con varios factores determinantes:

1- Dios es quien determina la vida, la Escritura dice “tú formaste mis entrañas”, lo que revela que Dios crea los mecanismos para que se desarrollen nuestros órganos.

2- Dios me conoce, me vio antes de nacer, esto describe un estado antes de la formación completa de nuestro cuerpo, incluso antes del nacimiento.

Es decir, la Escritura afirma que Dios ya ve, conoce y reconoce a la persona en esa etapa temprana. ¿Si Dios me conoce porque el hombre no lo haría? La dignidad del ser humano no nacido, reside en el conocimiento de Dios, de nuestra vida y existencia, no de las suposiciones o convicciones particulares de otras personas.

Entonces la expresión “Mi embrión vieron tus ojos”, resalta la idea de conocimiento íntimo y anticipado por parte de Dios y esto lo define todo.

3- No se trata solo de un estado del ser humano, un estado físico o biológico embrionario, sino que en este estado está toda la información suficiente, específica de todo lo que va a ser formado en la persona, los datos de este conocimiento previo, confirman un ser único, potencial y digno de protección, amor y oportunidades, pues Dios conoce el cuerpo y la vida antes de formarse completamente, Él la crea, la diseña y la sustenta.

Hay una analogía muy precisa de Salmos 139:16 con el ADN: “Libro” ≈ información. “Escritas” ≈ diseño previo. “Formadas después” ≈ desarrollo biológico.

Esto solo comprueba que existe un diseño previo e invisible que luego se materializa en el cuerpo, por lo tanto, no somos nosotros los que creamos, diseñamos y sustentamos la vida, solo nos limitamos a administrar y respetar lo que Dios dispone.

Entonces somos responsables morales, pues no somos los creadores últimos de la vida, sino administradores dentro de un diseño que nos trasciende, que no podemos comprender plenamente “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” (Eclesiastés 11:5).

¿Qué consecuencia tiene esta idea bíblica? Antes de que existieras, ya eras conocido plenamente por Dios, y tu existencia no es accidental, ¡tienes un propósito de Dios en Cristo!    Oración.

Padre, gracias por que tú me diseñaste, me formaste en el vientre de mi madre y sobre todo me conociste, y esa es mi dignidad, te exalto mi Dios porque no fui un accidente sino que fui formado por tus manos de amor, para ahora vivir en tu propósito en Cristo Jesús, para gloria de tu nombre, amén.  



sábado, 24 de octubre de 2026

Sin divisiones

 Sin divisiones

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”, Santiago 4:1-2

“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” 1 Pedro 3:8.

¿Cuando causamos división? Cuando nos separamos de la cabeza que es Cristo, y nosotros queremos ser la cabeza, o tomar el lugar que no nos corresponde. (1 Corintios 1:10). Causamos división cuando dejamos que nuestros sentidos, que inducen a nuestros sentimientos, sean engañados y se coloque un sentir en nosotros, y este sentir, no sea el sentir de Cristo. Es decir que lo que guíe nuestra vida sea “yo siento”; este sentir equivocado ha destruido más congregaciones, familias y naciones que cualquier otra arma, allí inician las guerras: (Santiago 4:1-2).

Pablo advierte acerca de este asunto, en 2 Corintios 11:3 “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”; el llamado del Espíritu Santo es a no dejarnos llevar por lo que sentimos sino por fe, guiados por su Palabra.

Así que la meta es que todos lleguemos, que ninguno se quede: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”, (Efesios 4:13)

Por esto, nos enseñamos, oramos unos por otros, para que nos sea concedido el entendimiento de la vida del Hijo, para que la fuente de nuestro obrar sea Cristo y por la acción conjunta, en amor, sea formado en todos nosotros. (Efesios 4:15)

En esto no habrá división porque operamos en un mismo sentir, en una misma mente pues sentimos lo mismo que Cristo: “completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Filipenses 2:2) y como consecuencia evidenciamos lo que dice el apóstol Pedro inspirado por el Espíritu: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” (1 Pedro 3:8).   Oración.

Amado Dios, produce en mí, por tu Espíritu, el mismo sentir de Cristo para enfocar mi mirada en la meta de ser hallado en Él y no en mi propia justicia, para que actuando en fe, junto con mis hermanos, expresemos la comunión del Espíritu en todo lo que hagamos. Amén.  Sin divisiones

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”, Santiago 4:1-2

“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” 1 Pedro 3:8.

¿Cuando causamos división? Cuando nos separamos de la cabeza que es Cristo, y nosotros queremos ser la cabeza, o tomar el lugar que no nos corresponde. (1 Corintios 1:10). Causamos división cuando dejamos que nuestros sentidos, que inducen a nuestros sentimientos, sean engañados y se coloque un sentir en nosotros, y este sentir, no sea el sentir de Cristo. Es decir que lo que guíe nuestra vida sea “yo siento”; este sentir equivocado ha destruido más congregaciones, familias y naciones que cualquier otra arma, allí inician las guerras: (Santiago 4:1-2).

Pablo advierte acerca de este asunto, en 2 Corintios 11:3 “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”; el llamado del Espíritu Santo es a no dejarnos llevar por lo que sentimos sino por fe, guiados por su Palabra.

Así que la meta es que todos lleguemos, que ninguno se quede: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”, (Efesios 4:13)

Por esto, nos enseñamos, oramos unos por otros, para que nos sea concedido el entendimiento de la vida del Hijo, para que la fuente de nuestro obrar sea Cristo y por la acción conjunta, en amor, sea formado en todos nosotros. (Efesios 4:15)

En esto no habrá división porque operamos en un mismo sentir, en una misma mente pues sentimos lo mismo que Cristo: “completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Filipenses 2:2) y como consecuencia evidenciamos lo que dice el apóstol Pedro inspirado por el Espíritu: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” (1 Pedro 3:8).   Oración.

Amado Dios, produce en mí, por tu Espíritu, el mismo sentir de Cristo para enfocar mi mirada en la meta de ser hallado en Él y no en mi propia justicia, para que actuando en fe, junto con mis hermanos, expresemos la comunión del Espíritu en todo lo que hagamos. Amén. 




viernes, 23 de octubre de 2026

Lo que Dios unió que no lo separe el hombre

 Lo que Dios unió que no lo separe el hombre

“Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”, Mateo 19:6

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” 1 Corintios 1:10

En el diseño original, todos estábamos unidos a Cristo.

Los apóstoles confirmaron que el verdadero evangelio consiste en recuperar ese diseño eterno, negando al hombre que divide, para vivir plenamente unidos a la cabeza que es Cristo. Eso es la iglesia, un solo cuerpo, “un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efesios 4:5-6)

Pero en la realidad observamos que hay divisiones en la iglesia, y la escritura nos da el diagnóstico raíz, para que hallemos por el Espíritu una solución.

¿Cuándo hay divisiones? Cuando operamos en la mente propia, la carnal, y no en la mente que nos ha sido dada, la mente de Cristo.

Cuando operamos en el hombre antiguo, en la naturaleza de Adán,

Cuando operamos en nuestro esfuerzo, tratando de hacer en vez de permanecer, aún en lo que llamamos “espiritual”.

Porque las divisiones son algo de la naturaleza carnal, que describe en detalle Gálatas 5:20: “idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,”

En 1 Corintios observamos que hay divisiones y por esta razón, Pablo guiado por el Espíritu, les ruega que hablen todos una misma cosa y que no haya divisiones. Usa el griego airesis, que significa secta, exhortando a estar “perfectamente unidos a una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10). La mente de Cristo es una mente corporativa, donde no hay divisiones, donde todo pensar es el de Cristo, no el individual.

En muchas de sus cartas los Apóstoles exhortan a dejar cualquier división y advierten, en esencia, que cuando un creyente toma algo genuino de Cristo pero lo utiliza para expresarse separado del cuerpo (diciendo “Yo soy de Pablo” o “Yo soy de Apolo”), está operando en la vieja naturaleza de separación. Pablo declara que él mismo debe permanecer crucificado para que se vea a Cristo, enfatizando que nadie puede abrazar la cabeza sin el cuerpo. (1 Corintios 1:10-13, 1 Corintios 3:4-9, Colosenses 2:19)

La iglesia es el cuerpo y la esposa de Cristo, y en esta similitud con el matrimonio, no podemos separar lo que Dios unió expresándonos en una naturaleza de división e hipocresía. Por esta razón en Efesios 4:13, se coloca la meta apostólica para todos nosotros hermanos queridos: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, viéndonos en un solo cuerpo y una sola vida, sin separar lo que Dios unió.    Oración.

Padre, gracias porque tu amor me ha vinculado íntima y profundamente con mis hermanos, en una unión orgánica en la iglesia, para mantenernos unidos en un mismo pensar, sentir y obrar, que es en Cristo, para perfección de todos y expresión de tu gloria en nosotros, amén. 



jueves, 22 de octubre de 2026

 Arrepentimiento y santificación

“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”, Hechos 3:19

Debemos reconocer la importancia del arrepentimiento. Sin embargo, no debe entenderse como una obra humana mediante la cual primero logramos vencer el pecado para luego poder acercarnos a Dios.

En el evangelio, nos volvemos a Dios por medio de Cristo, y es Dios quien realiza la obra de liberación, perdón y transformación actuando en nosotros, mediante el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de los muertos. (Efesios 3:20)

En Hechos 3:11-26 se explica muy bien este proceso; Pedro está hablando a personas en el contexto de la sanidad de un cojo de nacimiento que es sanado por la fe en Cristo y les habla de la muerte de Jesús y les dice que el pueblo actuó en ignorancia, pero que Dios cumplió lo que había anunciado por los profetas, que Cristo había de padecer, pero sería levantado de los muertos y los exhortó diciendo:

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio» (Hechos 3:19)

Por lo tanto, existe una diferencia estructural clara entre intentar vencer o corregir los pecados antes de acercarse a Dios y acudir a Dios por la fe en Cristo para que, como consecuencia, los pecados sean borrados. Esta distinción representa una diferencia teológica fundamental.

Por lo tanto, no debemos considerar el arrepentimiento como una obra previa o aislada mediante la cual limpio o mejoro mi vida para hacerme aceptable delante de Dios. Me vuelvo a Dios por medio de Cristo; y es Dios, por su gracia y por su Espíritu, quien perdona, limpia, libera y transforma. (Filipenses 2:13, Romanos 6:14, Hebreos 13:20-21).

Pero este arrepentimiento es diario, en el proceso de santificación; pues vamos cambiando de dirección en cada pensamiento, intención del corazón o acción, para que sea el obrar Cristo.

Este proceso es imposible sin la obra del Espíritu Santo, que en nosotros produce la tristeza que obra para arrepentimiento: y hace que cada día, Cristo sea formado en nosotros. Más de Él, menos de mí (2 Corintios 7:10, Gálatas 4:19)

Al transformar la forma de pensar, el corazón cambia, y cuando el corazón cambia, la conducta se transforma naturalmente. El cambio moral actúa como un fruto del proceso, no como su fundamento. El llamado es a cambiar de mente y creer que Dios ya nos ha recibido en Cristo. (Mateo 12:33, Efesios 1:6).

Hermanos, el peligro de querer perfeccionarse en la carne y confiar en el esfuerzo moral propio para mantenerse, implica decir que la muerte de Cristo fue suficiente para empezar pero insuficiente para sostener. El evangelio no son buenas intenciones, son buenas nuevas, que producen una transformación profunda pero que implican un cambio de mente radical y una fe que permanece para producir fruto. (Gálatas 3:3, Romanos 12:2, Juan 15:5).    Oración.

Padre, gracias te doy por Jesucristo, porque Él es mi realidad y la fuente de mi obrar ahora, fijando mi mirada en Él, voy siendo formado en su carácter. Que cada pensamiento e intención de mi corazón sea direccionado a ti cada dia, para hacer tu voluntad. Amén.