viernes, 26 de junio de 2026

Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

 Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

“Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú”. 1 Samuel 15:26-28

“Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido”. Salmos 51:8

Saúl es un claro ejemplo de lo que sucede cuando una persona persiste en la soberbia y se niega a reconocer su pecado delante de Dios. Su alma se llenó de tristeza y desesperación, al punto de aferrarse al manto de Samuel. Dominado por el orgullo, no quiso someterse a lo establecido por el Señor, sino actuar según el criterio humano. Como consecuencia, el manto del profeta se rasgó, y Dios reveló por medio de Samuel que, de la misma manera, su reino le sería quitado (1 Samuel 15:27-28). ¿Qué debió haber hecho Saúl? Humillarse delante de Dios y admitir su error. Lo que el Señor busca es un corazón sincero y arrepentido, pues, como declara su Palabra: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmos 51:17).

Algo similar ocurrió con Caín. La altivez lo llevó a presentar una ofrenda conforme a sus propios términos y no conforme a la voluntad del Señor. Al rechazar la corrección, permitió que su semblante decayera y que en su interior crecieran la ira, la envidia y, finalmente, el homicidio (Génesis 4:6). Sin embargo, Dios le estaba mostrando el camino correcto: obedecer. Por eso lo exhortó diciendo: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”. (Génesis 4:7). El Señor esperaba de Caín una actitud humilde y dispuesta a someterse a su dirección.

Como vemos, el orgullo nos impulsa a vivir según nuestros propios deseos y, al hacerlo, terminamos cosechando corrupción (Gálatas 6:8). Por eso, lejos de producir satisfacción, el orgullo termina dejando al hombre abatido y apartado de la voluntad de Dios.

La humildad, por el contrario, produce gozo en la vida del creyente. David tampoco estuvo exento de caer. Todos recordamos el homicidio que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé. Cuando se dejó dominar por la soberbia, fue arrastrado a cometer aquel grave pecado. Sin embargo, cuando el Señor lo confronta, su alma se abatió y se entristeció, no solo por lo que había hecho, sino también por las consecuencias de sus acciones. Pero David no permaneció en esa condición. A diferencia de Saúl, se presentó delante de Dios con un corazón quebrantado y confesó su pecado. Comprendió que el camino de regreso al gozo no era justificarse, sino rendirse delante del Señor. También entendió que, cuando somos perdonados, nuestra alma e incluso nuestro cuerpo experimentan contentamiento. Por eso expresa: “Y se recrearán los huesos que has abatido” (Salmos 51:8b).

Hermanos, el Señor desea que haya humildad en nuestra vida, pues ella nos conduce al quebrantamiento, al arrepentimiento y a la restauración, permitiéndonos experimentar el gozo que sólo Él puede dar.  Oración.

Padre, reconozco que he pecado contra el cielo y contra ti. Hoy humillo mi corazón delante de ti y te pido que restaures mi vida. Permíteme experimentar nuevamente el gozo de tu salvación y vivir cada día en obediencia a tu voluntad. Amén.



jueves, 25 de junio de 2026

Rendidos ante el Señor

 Rendidos ante el Señor

“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toq hx da lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:9-11

Cuando el Espíritu Santo nos lleva a comprender y reconocer la autoridad de Dios, también nos conduce a la rendición. Cuando su grandeza nos es revelada, la respuesta natural es postrarnos delante de Él. Así le sucedió a Jairo, principal de la sinagoga, quien se arrodilló ante Jesús reconociendo su autoridad (Lucas 8:41). De igual manera, Pedro, al presenciar la pesca milagrosa, cayó de rodillas delante del Señor (Lucas 5:8). No es casualidad que la palabra “Señor” provenga del griego kúrios (κύριος), que significa: “Supremo en autoridad”. Se trata de un título que reconoce a Jesús como el Dios Soberano, el Ungido, el Amo y Dueño de nuestras vidas.

Cuando pienso en la rendición, inevitablemente la relaciono con el ámbito militar. Quizá esto nos resulta más fácil de comprender porque hemos visto películas en las que un ejército, al verse superado por el enemigo, iza la bandera blanca para preservar su vida. Rendirse implica dejar de luchar por cuenta propia y entregarse a otro. Sin embargo, a diferencia de una guerra entre naciones, rendirnos a Dios no significa sufrir una derrota, sino dejar de resistir a aquel que desea salvarnos, transformarnos y conducirnos a la verdadera victoria. En el plano espiritual somos llamados a deponer las armas y entregarlas al Señor. Esas armas representan las batallas que hemos intentado librar en la carne: pensamientos equivocados que se levantan contra la autoridad de Dios; sentimientos dañinos que, como bombas de tiempo, terminarán contaminando nuestras vidas y las de otros; y actitudes que, lejos de conducirnos a la victoria, nos encaminan al fracaso.

Pero la realidad es que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. En lugar de rendirnos a Dios, terminamos cediendo ante el enemigo. ¿Cuántos, en medio de las pruebas y del constante asedio del devorador, hemos optado por bajar los brazos y buscar una especie de “tregua” con él? Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña algo muy distinto: la rendición del creyente es delante del Señor, no delante del adversario. Por eso, las Escrituras nos exhortan a vestirnos con toda la armadura de Dios, para poder resistir en el día malo y, después de haberlo hecho todo, permanecer firmes (Efesios 6:13).

Hermanos, la pregunta que debe surgir a través de este devocional es: ¿delante de quién nos estamos rindiendo? Si nuestra respuesta es “delante del enemigo”, el Señor nos recuerda que no hemos sido llamados a flaquear ni a darle lugar al diablo. Nuestra rendición debe ser únicamente ante Dios, porque solo Él posee toda autoridad: “Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios” Romanos 14:11.[d]    Oración.

Dios, tú eres excelso sobre todo; no hay nadie como tú. Reconozco que tú eres el único Dios verdadero, el Gran Yo Soy, el que es, el que era y el que ha de venir. Te alabo y te bendigo en el nombre de Jesús. Amén.  



miércoles, 24 de junio de 2026

Reconocer la autoridad de Dios

 Reconocer la autoridad de Dios

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”. Lucas 6:46-49

Hemos visto hasta el momento tres claves para permitirle a Dios quitar de nosotros el orgullo: dejar de luchar contra Él, reconocer que tenemos un problema y el despojo. Sin embargo, todo esto nos conduce a una verdad fundamental: reconocer la autoridad de Dios.

Ese es precisamente el propósito del Señor: llevarnos a comprender que quien debe gobernar nuestras vidas no somos nosotros, sino Él. Por eso, cuando actuamos de otra manera, nos confronta con una pregunta muy seria: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Llamarlo Señor implica reconocer su derecho a dirigir nuestra vida. No podemos afirmar que Él es nuestro Señor mientras insistimos en seguir nuestros propios caminos.

Estas palabras nos muestran que no basta con acudir a Él y escuchar su enseñanza; también es necesario obedecerla. Cuando esto ocurre, nuestra vida adquiere una firmeza tal que, aunque se levanten ríos y tormentas, no será destruida, porque está cimentada sobre la Roca que es Cristo (Lucas 6:47-48).

Lo contrario sucede con quien no atiende la voz del Señor. Cuando llegan las pruebas, no tiene cómo resistirlas y termina derrumbándose (Lucas 6:49). Algo similar ocurrió con la embarcación descrita en Hechos 27:41. Al ignorar las advertencias dadas por Dios a través de Pablo, el barco encalló y terminó siendo destrozado por la fuerza del mar.

Hermanos, la pregunta que el Señor nos hace hoy es esta: ¿quién tiene la autoridad en nuestras vidas, Dios o nosotros? Porque, en el fondo, el orgullo no es otra cosa que querer gobernarnos a nosotros mismos y resistirnos al señorío de Cristo. La invitación es a rendirnos delante de Él, porque solo cuando nos humillamos y ponemos en sus manos el control de nuestra vida permitimos que arranque de nosotros todo orgullo.   Oración.

Dios, tú eres el Señor de mi vida y quien gobierna mi corazón. Mis pensamientos, sentimientos y acciones reflejarán esta verdad, pues tú has prometido que la obra que comenzaste en mí la perfeccionarás hasta el día de Jesucristo. Creo en tu promesa y me aferro a ella con confianza. Amén.  



martes, 23 de junio de 2026

Despojándonos del orgullo

 Despojándonos del orgullo

“Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave”. Hechos 27:18-19.

“derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”, 2 Corintios 10:5.

Continuando con la meditación de Hechos 27, vemos cómo los marineros del barco en el que viajaba Pablo tomaron una decisión radical para preservar la embarcación: arrojaron la carga, parte del equipo, el bote salvavidas, el trigo y las anclas. Tuvieron que despojarse de aquello que, en medio de la tormenta, se había convertido en un peso que amenazaba con hundirlos.

De la misma manera, el Señor quiere confrontarnos, pues hay cosas de las que también debemos despojarnos: pensamientos, emociones y una voluntad dominada por el orgullo que hemos arraigado en nuestro corazón durante mucho tiempo. Lejos de mantenernos firmes, el orgullo nos conduce al estancamiento y puede llevarnos al naufragio espiritual, como terminó sucediéndole a aquella embarcación mencionada en el pasaje principal.

Por eso, el Señor nos exhorta en 2 Corintios 10:5 a derribar todo argumento y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Es necesario quitar de nuestra vida aquello que se opone a su voluntad. La vida cristiana no consiste en aprender a convivir con aquello que se levanta contra Dios, sino en derribarlo y echarlo fuera.

Dos ejemplos claros de esta actitud los encontramos en las Escrituras. El primero es el rey Josías, quien emprendió una profunda reforma espiritual al eliminar los objetos dedicados a Baal y a Asera, destituir a los sacerdotes idólatras y destruir los lugares de culto paganos que se habían establecido en Judá (2 Reyes 23). El segundo es Jesús, quien, al ver que el templo había sido convertido en una cueva de ladrones, expulsó a los que vendían y compraban, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas (Marcos 11:15).

Hermanos, ésto debe llevarnos a reflexionar, pues hemos sido comprados por alto precio y nuestra vida debe reflejar la nueva identidad que hemos recibido en Cristo. Así como Josías quitó todo aquello que había contaminado la adoración a Dios y Jesús expulsó del templo lo que no debía estar allí, nosotros también debemos permitir que el Señor quite de nuestro corazón todo aquello que ocupa el lugar que solo le pertenece a Él. No hemos sido llamados a ser una cueva de ladrones, sino templo del Espíritu Santo y morada de Dios. Por eso, pidámosle que eche fuera de nosotros todo pensamiento, emoción, deseo y actitud que no le agrade, para que, despojados del orgullo y de todo peso que nos impide avanzar y amenaza con hundirnos, podamos permanecer a flote en medio de la tormenta y vivir para la gloria de Aquel que nos rescató.   Oración.

Padre, que mi vida cumpla el propósito para el cual fui llamado: glorificarte. Señor Jesús, te pido que eches fuera de mí todo orgullo y que mi corazón sea un reflejo de tu obra en mí, para que en todo seas exaltado. Amén.   



lunes, 22 de junio de 2026

Tenemos un problema

 Tenemos un problema

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos”; Salmos 51:1-4a.

El Apolo 13 de la NASA sufrió un incidente en 1970 que quedó grabado en la memoria de la humanidad, en gran parte, por una frase que se hizo muy popular y que incluso fue utilizada en la película inspirada en aquella misión: “Houston, tenemos un problema”. Quizá deberíamos emplearla con mayor frecuencia, especialmente en el ámbito espiritual, pues necesitamos aprender a decirle a Dios: “Señor, tengo un problema”.

¡Cuánto nos cuesta reconocer nuestra verdadera condición! Seamos sinceros, al ser humano no le agrada admitir que está equivocado. Lo vimos en el devocional de ayer al considerar el caso de Saúl, quien persistió en su desobediencia e intentó justificarse una y otra vez. En contraste, encontramos al rey David. ¿Quién no recuerda el pecado que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé? Cuando Dios lo confronta por medio del profeta Natán, David no buscó excusas, sino que confesó: “Pequé contra Jehová” (2 Samuel 12:13a).

Y precisamente hacia ese punto quiere conducirnos el Señor: a reconocer nuestro pecado y el orgullo que todavía habita en nuestro corazón. Si no somos conscientes de esta realidad, seguiremos avanzando sin percibir aquello que está contaminando nuestro interior. Sin embargo, esa convicción no proviene de nuestra naturaleza caída. David lo entendió, pues en el Salmo 51:6b reconoce: “En lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Debemos comprender que la carne jamás nos llevará a admitir nuestra verdadera condición; esa es una obra exclusiva del Espíritu Santo. Así lo afirma la Palabra de Dios: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Esa convicción no tiene como propósito condenarnos, sino conducirnos al arrepentimiento y a la restauración, tal como ocurrió con David.

Y si es el Espíritu Santo quien nos muestra nuestra condición, también será Él quien nos capacite para despojarnos de aquello que nos aparta de Dios, porque, como afirman las Escrituras, separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5b).

Hermanos, ¿queremos que Dios nos enseñe cómo despojarnos del orgullo? Entonces no se pierdan el devocional de mañana.    Oración.

Padre, no quiero ocultar mi pecado; al contrario, vengo a ti reconociendo que tengo un problema con el orgullo. Señor, purifícame y limpia mi corazón, pues anhelo que mi vida refleje cada vez más a Jesús. Amén.  



domingo, 21 de junio de 2026

Deja de luchar contra Dios

 Deja de luchar contra Dios

“Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste, e invernar allí. Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar” Hechos 27:12-15.

En el devocional anterior reflexionamos acerca de la terquedad y vimos cómo aquellos hombres decidieron ignorar la advertencia de Pablo y continuar navegando. Pero, ¿qué había detrás de esa decisión? La respuesta es el orgullo. La terquedad no es más que una manifestación de un corazón que se resiste a reconocer que Dios tiene razón.

El barco en el que viajaban Pablo, el centurión y los demás presos, rumbo a Roma, puede representar ese orgullo que muchas veces gobierna el corazón del hombre. Y de él necesitamos despojarnos, pues, en lugar de impulsarnos hacia adelante, termina produciendo estancamiento.

Aquellos hombres creyeron tener el control. Al ver que el viento soplaba favorablemente, pensaron que podían continuar el viaje sin problemas. Sin embargo, el tiempo cambió abruptamente y la tormenta demostró que ni la experiencia de los marineros, ni la embarcación, eran suficientes para hacerle frente. Finalmente comprendieron que luchar contra el viento sería inútil y se dejaron llevar por él, pues era mejor permanecer con vida que perecer intentando navegar contra la corriente.

¿Cuántas veces nosotros actuamos de la misma manera? Creemos tener el control y persistimos en nuestros propios caminos, aún cuando Dios nos advierte. Sin embargo, llega un momento en el que nuestras fuerzas se agotan y comprendemos que es inútil resistirnos a su Voluntad.

Por eso, el Señor quiere enseñarnos las claves para despojarnos del orgullo. La primera consiste en dejar de luchar contra Dios.

Eso fue lo que el Señor le reveló a Pablo, cuando iba camino a Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 26:14b). En otras palabras, era inútil luchar contra Dios, resistirse a Él, pues al hacerlo solo se estaba haciendo daño a sí mismo.

El orgullo nos lleva a levantarnos contra Dios y a actuar como si supiéramos más que Él. Es como decirle: “Déjame a mí; yo sé cómo hacer las cosas”. Pero el Señor declara: “La soberbia y la arrogancia, el mal camino, Y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8:13b).

Ese fue uno de los errores del rey Saúl. Aunque Samuel le mostró claramente su pecado, Saúl insistió en justificarse y se negó a reconocer su falta (1 Samuel 15). ¿Y cuántas veces nosotros hacemos lo mismo? El Señor nos confronta una y otra vez, pero seguimos convencidos de que tenemos la razón y nos cuesta admitir el orgullo que hay en nuestro corazón.

Hermanos, hoy el Señor quiere llevarnos a su Presencia para que permitamos que examine nuestro corazón. Preguntémosle: “Señor, ¿hay orgullo en mí?” Y si Él nos muestra que sí lo hay, el siguiente paso será reconocer que hemos estado navegando, quizás durante mucho tiempo, en contra de su voluntad.    Oración.

Amado Padre, ¡cuánta paciencia has tenido conmigo!, pues no es la primera vez que me confrontas en cuanto a mi orgullo. Espíritu Santo de Dios, ayúdame a despojarme de la terquedad y del orgullo, pues no quiero seguir ofendiéndote ni contristándote. Señor Jesús, ¡cuánta necesidad tengo de que crezcas en mí y de que yo mengüe! Amén.



sábado, 20 de junio de 2026

La terquedad conduce al naufragio

 La terquedad conduce al naufragio

“Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba, diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas. Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía”. Hechos 27:7-11.

En la vida, muchas veces hemos aprendido a movernos según nuestro propio ritmo o hacia donde nuestros deseos y emociones nos impulsan. ¡Cuán difícil es para el hombre abandonar esta manera de pensar y actuar para sujetarse a la voluntad de Dios! Sin embargo, el Señor no quiere que continuemos viviendo conforme a nuestro antojo, sino que aprendamos a caminar por la senda que Él nos señala (Salmos 32:8).

Pablo fue testigo de esta realidad durante uno de sus viajes a Roma. La Biblia nos muestra que el apóstol era trasladado a esa ciudad como prisionero bajo la custodia de un centurión llamado Julio. Durante la travesía, los vientos eran contrarios y el avance se hacía cada vez más difícil. La situación exigía tomar una decisión: continuar o esperar.

Al ver que el otoño estaba avanzado y que la navegación se había vuelto peligrosa, Pablo advirtió que seguir adelante podría traer graves pérdidas para la carga, la nave e incluso para las personas que iban a bordo. Sin embargo, el centurión prefirió escuchar al capitán y al dueño del barco, quienes consideraban más conveniente continuar el viaje (Hechos 27:9-11).

¡Cuántas veces nosotros hemos hecho lo mismo! Aun siendo creyentes, ponemos en una balanza nuestros pensamientos, deseos y experiencias frente a la dirección de Dios. Llegamos a creer, equivocadamente, que sabemos qué es lo mejor y terminamos desechando el consejo que el Señor nos da por medio de su Palabra.

Finalmente, ocurrió exactamente lo que había sido advertido: la nave naufragó y se perdieron tanto la embarcación como gran parte de las provisiones. No obstante, por la misericordia de Dios, ninguno de los tripulantes perdió la vida (Hechos 27:24b). Este acontecimiento nos lleva a reflexionar: ¿por qué esperar a experimentar las consecuencias para reconocer que Dios tiene razón? ¿Por qué insistir en nuestro propio camino cuando el Señor, en su amor, nos muestra uno mejor?

Hermanos, la terquedad nunca nos llevará más lejos; sólo producirá estancamiento, pérdidas y sufrimientos innecesarios. Aunque la gracia de Dios es capaz de sostenernos y preservarnos en medio de nuestras malas decisiones, ¡cuánto mejor es aprender a escuchar su voz y obedecerle! Quienes atienden su Palabra encuentran dirección, vida y bendición, tal como lo afirma el Señor en Proverbios 4:10-13: “Oye, hijo mío, y recibe mis razones, Y se te multiplicarán años de vida. Por el camino de la sabiduría te he encaminado, Y por veredas derechas te he hecho andar. Cuando anduvieres, no se estrecharán tus pasos, Y si corrieres, no tropezarás. Retén el consejo, no lo dejes; Guárdalo, porque eso es tu vida”    Oración.

Padre, permite que mi vida ya no sea guiada por la terquedad, sino por tu buena, agradable y perfecta voluntad. No quiero vivir en naufragio, sino caminar por la senda que tú has trazado para mí. Confío en ti y sé que tu consejo y tu dirección me conducirán por caminos de rectitud y verdad. Amén.