miércoles, 12 de agosto de 2026

Con el Espíritu en comunión, mis sentidos cuido con devoción

 Con el Espíritu en comunión, mis sentidos cuido con devoción

“Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado. Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios.” Éxodo 34:34-35

El pasaje de Éxodo nos revela que, aunque solo Moisés podía entrar a hablar directamente con Dios, el pueblo podía percibir un destello de Su gloria al ver el rostro resplandeciente de su líder, quien era el encargado de transmitir la Palabra de Dios. Esto nos enseña una verdad crucial: nuestro testimonio es el medio por el cual quienes aún no conocen a Dios pueden vislumbrar un poco de Su gloria y ser atraídos a Él, para luego recibir la Palabra que es poderosa para transformarlos.

A diferencia del pueblo de Israel, nosotros tenemos un privilegio extraordinario gracias a la obra de Jesucristo, pues ahora podemos entrar al lugar santísimo y, al igual que Moisés, ser transformados por la misma presencia de Dios como dice 2 Corintios 3:18 “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

Sin embargo, como vimos en devocionales anteriores, para mantener esa gloria brillando en nosotros, debemos aprender a cuidar nuestras “puertas de entrada”: los sentidos. En esta labor no estamos solos. El Espíritu Santo es nuestro ayudador, quien nos impulsa a:

Fijar la vista en lo correcto: pues nos enseña a mirar “las cosas de arriba, no las de la tierra” (Colosenses 3:2), protegiéndonos de las distracciones pasajeras.

Cuidar lo que oímos: ya que nos da discernimiento para saber qué escuchar, recordándonos que “las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33) y que las Palabras de Jesús son las que dan vida (Juan 6:63).

Nuestro Padre Dios, nos motiva a cuidar lo que vemos y oímos, no como una carga, sino como un privilegio. Él nos ha dado su Santo Espíritu para producir en nosotros tanto el querer como el hacer según su buena voluntad. No dependamos sólo de una disciplina; pidamos al Espíritu Santo su ayuda en comunión para cuidar nuestros sentidos con devoción.  Oración.

Señor, gracias por el privilegio de entrar ante tu presencia. Hoy reconozco que no puedo cuidar mi vida espiritual por mis propias fuerzas. Te pido que tu Santo Espíritu sea mi guía y mi protector; enséñame a ver lo que Tú ves y a escuchar lo que Tú escuchas. Amén.  



martes, 11 de agosto de 2026

Cristo mi realidad viviente

 Cristo mi realidad viviente

“Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”. Filipenses 1:9-11

¿Qué son frutos de justicia? ¿Por qué el Señor nos pide estar llenos de ellos por medio de Jesucristo? Aquí los frutos de justicia son los frutos que el Espíritu Santo produce en nuestra vida, y que forman el carácter de Cristo y el reflejo divino de su gloria en nosotros. Esto debe honrar a Dios y ensalzar su Nombre. El Señor nos está llamando a la santidad, llevando un estilo de vida en obediencia a sus demandas, este estilo de vida es señal de una conciencia de pertenecer a Dios y estar apartados para vivir conforme al propósito divino.

“Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor”. Pablo intercede por los filipenses desafiándolos a la plenitud y a la madurez, pidiendo que el amor abunde en ellos, un amor que crezca en conocimiento y en todo discernimiento espiritual, llevándolos a mayor sabiduría y claridad mental, o sea capacidad para distinguir lo bueno y lo mejor.

“A fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo”. Es un llamado a una vida superior, una vida saturada de Cristo que se caracteriza por ser limpia, amigable, una vida que ama, perdona y sirve. Una vida sincera sin mezcla de impureza.

La palabra “sinceros” proviene de los tiempos del Imperio Romano, cuando en Roma se vendían objetos artísticos de mármol de una sola pieza. Pero algunos objetos tenían fisuras o defectos que se los emparejaba o disimulaba con cera y, una vez pulidos, semejaban ser íntegros, pero al exponerse al sol las imperfecciones se hacían visibles, o la cera se derretía. Otros eran “sin cera”, o sea que estaban completos, sin faltas. Pablo pide que los cristianos vivamos vidas superiores, genuinas, verdaderas, sinceras. Una vida irreprensible, sin ofensa, sin ser causa de tropiezo, una vida transparente que glorifique a Dios, para no tener que temer un juicio adverso, no sólo desde el punto de vista humano, sino ante el juicio de Cristo mismo.

“Llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”. Nos pide que tengamos una existencia fructífera. El fruto aquí no es algo cuantitativo que se pueda contabilizar como tantos convertidos o tantas horas pasadas en oración o tantas cosas que hacemos para el Señor. Es más bien un fruto cualitativo, fruto de justicia. Es el fruto que viene por medio de Jesucristo, y no busca la glorificación y la fama humana, sino la gloria y alabanza de Dios.

¿Es Cristo una realidad viva en nuestras vidas? ¿Podemos ver su Presencia divina en cada situación que vivimos? ¿Podemos decir como Pablo “porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”?

Si Cristo es una realidad viviente, podremos estar gozosos en medio de las crisis y vislumbrar el cielo azul en medio de la adversidad, la soledad y la tristeza. Porque cuando el corazón está en estrecha relación con el corazón del Señor, cuando Jesucristo es el factor principal detrás de todos los detalles de la vida, se puede experimentar alegría y paz en todas las circunstancias. Cristo, la realidad viviente, hará la diferencia en la vida que se abre a su llenura y plenitud.   Oración.

Señor lléname de tu fruto cada día para poder reflejar lo que tú eres a los demás. Haz que mi corazón abunde en amor y en todo conocimiento espiritual para ser testimonio a otros en rectitud y sinceridad, llevando una vida irreprensible llena del Espíritu Santo, para dar gloria y alabanza a Dios con mi vida, amén.  


lunes, 10 de agosto de 2026

Mis sentidos en disposición, mejoran la comunión

 Mis sentidos en disposición, mejoran la comunión

“El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.” Hebreos 5:14

En los días anteriores hemos aprendido que la comunión con Dios no es un evento aislado, sino un estilo de vida. Pero, ¿cómo mantener esa comunión en medio de un mundo que trata de alejarnos constantemente de Dios? La respuesta está en el cuidado de nuestros sentidos. Nuestros ojos y oídos son como puertas por donde pueden entrar ideas que afectan positiva o negativamente nuestra vida espiritual. Para poder disfrutar de una mejor comunión, podemos aplicar tres principios básicos:

Cuidar las entradas para guardar el corazón: Nuestros ojos son la lámpara del cuerpo (Lucas 11:34). Si permitimos que nuestra vista consuma contenido que no glorifica a Dios, llenamos nuestra “lámpara” de tinieblas. Cuidar lo que vemos no es legalismo, es protección para nuestra intimidad con Dios. Igualmente ocurre con lo que escuchamos, por eso Proverbios 19:27 dice: “Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las razones de sabiduría”.

Filtrar los pensamientos para proteger la mente: Pablo nos muestra el filtro que debemos utilizar en Filipenses 4:8: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo puro… en esto pensad”. Si un pensamiento o imagen no pasa este filtro, debemos llevarlo cautivo a la obediencia de Cristo.

Ejercitar los sentidos para crecer espiritualmente: La madurez espiritual no llega por evitar lo malo, sino por practicar lo bueno. Hebreos 5:14 nos dice que los maduros tienen sus sentidos “ejercitados en el discernimiento”. Esto significa que nuestra comunión debe ser activa: debemos leer la Biblia, orar y meditar con la ayuda del Espíritu Santo, de tal manera, que nos volvamos expertos en reconocer la voz de Dios frente a la voz del mundo.

Hermanos, nuestros sentidos son sumamente importantes ya que lo que percibimos afecta directamente nuestra condición espiritual y, por tanto, nuestra comunión. Si aprendemos a vigilar lo que vemos y escuchamos, a filtrar lo que pensamos y a ejercitar el discernimiento y dominio propio dado por Dios, notaremos que nuestra comunión con el Padre será más clara y profunda cada día. Que hoy nuestros sentidos estén dispuestos al servicio de la comunión con Dios.    Oración.

Padre Dios, hoy te entrego mis ojos, mis oídos y mi mente, y te pido que guardes mi corazón, para que todo lo que entre en mi vida edifique mi fe y me acerque más a ti. Amén.



domingo, 9 de agosto de 2026

La fe y amor, la mejor expresión de la comunión

 La fe y amor, la mejor expresión de la comunión

“Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?” Deuteronomio 10:12-13

Como vimos en el devocional de ayer, Dios no solo nos da mandamientos; nos hace una invitación a una intimidad total. Al pedir a su pueblo que lo oiga, lo conozca y lo ame, nos revela que Él no es un concepto abstracto, sino un Dios real y cercano que desea ser conocido con cada fibra de nuestro ser.

A menudo pensamos que la “fe” es solo una creencia intelectual, pero en las Escrituras, la fe produce acción. En Deuteronomio 10:12, Dios resume lo que pide de nosotros: reverencia, obediencia, amor y servicio. Aquí, la fe se manifiesta como un acto de confianza total: temerle es reverenciarlo, y obedecerle es andar en sus caminos, aún cuando estos no parezcan lógicos ante los ojos del mundo. Obedecer cuando todo sugiere lo contrario es caminar por fe; amarle y servirle es demostrar con actos que, efectivamente, le creemos.

Por eso, la instrucción de ayer cobra tanto sentido: Dios nos pide involucrar nuestra vida entera en la comunión con Él:

Nuestros sentidos: Al hablar de Su Palabra en casa, al caminar, al acostarnos y levantarnos, Dios quiere que nuestra rutina esté impregnada de Su presencia.

Nuestro espíritu: Cuando meditamos en Su Palabra, permitimos que la vida de Dios obre en nosotros. Pero para que la Palabra nos transforme, debe ser recibida con fe.

Cuando integramos nuestra fe con el amor, dejamos de buscar a Dios como quien busca una idea y empezamos a buscarlo como un hijo busca a su Padre. La comunión diaria —nuestra oración, lectura y meditación— es la forma de ejercitar nuestros sentidos físicos y espirituales para ser conscientes de Su presencia.

Que cada acción de hoy sea una expresión de confianza; no estamos solos, estamos ante un Padre que desea caminar con nosotros. Que nuestro diario vivir sea una muestra de la fe y el amor que son la mejor expresión de la comunión.   Oración.

Padre Dios, hoy me acerco con un corazón rendido a ti. Ayúdame a poner todo mi ser a tu disposición, para dejar que la fe y el amor, sean la mejor expresión de tu comunión. Amén.  



sábado, 8 de agosto de 2026

La fe, los sentidos y el amor se usan en la Comunión

 La fe, los sentidos y el amor se usan en la Comunión

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” Deuteronomio 6:4-9

Dios nos invita, al igual que lo hizo con el pueblo de Israel, a que lo escuchemos, lo conozcamos y lo amemos profundamente. Pero antes, nos recuerda lo dicho en Deuteronomio 6:1-3: que debemos temer (reverenciar) a Dios y poner por obra sus mandamientos, lo cual implica, desde el inicio, un ejercicio de fe.

En la instrucción dada por Dios en Deuteronomio 6:1-9 se nos muestra que debemos activar nuestra fe y disponer todos nuestros sentidos para conocerlo. Nos pide primero oír para reconocer que Él es el único Dios, y luego nos requiere amarle con todo el corazón, el alma y las fuerzas. Esto nos indica que todo nuestro espíritu, alma y cuerpo deben involucrarse en esta relación; pues Dios es una persona real y cercana y no tan solo una idea, un concepto o una fuerza.

Además, Dios destaca la relevancia de su Palabra. Él ordena que esta sea guardada en el corazón, repetida, hablada y escrita. Esto tiene una razón poderosa: la Palabra de Dios es la parte espiritual que transforma nuestra existencia. Como dice Juan 6:63: “El espíritu es el que da vida… las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”. Y para que estas palabras surtan efecto, deben ser recibidas con fe.

La insistencia de Dios en que su Palabra esté presente en la casa, en el camino, al acostarse y al levantarse y que incluso esté atada a nuestras manos y escritas en nuestras puertas es porque la Palabra es la fuente de nuestra fe. “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Aceptemos el llamado de Dios a conocerlo de manera personal, usando no solo nuestros sentidos físicos, sino la fe que obra por el amor, recordando que “es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6b).    Oración.

Padre Dios, hoy quiero poner todo mi ser a tu disposición para conocerte profundamente. Ayúdame a amarte con toda mi mente, con mi alma y con todas mis fuerzas. Que mi vida sea un reflejo de tu amor. Amén.  



viernes, 7 de agosto de 2026

En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

 En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” 2 Corintios 10:5

“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” 1 Corintios 14:20

Cuando un niño nace, su mente es como un lienzo en blanco. Por eso, como padres, tenemos la gran responsabilidad de instruirlos, pues esas enseñanzas moldearán su destino. Existe un principio poderoso: siembras un pensamiento y cosechas una actitud; siembras una actitud y cosechas un hábito; siembras un hábito y cosechas un carácter que define tu destino. Por esto, la Biblia nos aconseja: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Dios, como buen Padre, nos enseña cómo “pensar” con la mente de Cristo que nos fue dada. En Deuteronomio 6:4-9 nos da una estrategia clara: oírlo a Él y amarlo con todo nuestro ser, permitiendo que su Palabra abunde en nuestro corazón, repitiéndola, hablando de ella, y aun escribiéndola. Dios no solo quiere que conozcamos información, quiere que Su Palabra sea el filtro por el cual vemos la realidad, reaccionemos a ella y vivamos en ella.

Sin embargo, a diferencia de un niño, nosotros ya no somos un lienzo en blanco. A lo largo de los años, hemos acumulado prejuicios, heridas y conceptos equivocados. Por eso, el apóstol Pablo nos enseña que el proceso de madurez espiritual requiere dos pasos:

Derribar con ayuda del Espíritu Santo todo pensamiento y argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5).

Renovar nuestro entendimiento como se nos pide en Romanos 12:2, permitiendo que el Espíritu Santo sustituya nuestras viejas ideas por la “mente de Cristo”.

Dios no desea que seamos niños inmaduros, “fluctuantes”, llevados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4:14), sino que seamos “maduros en el modo de pensar” (1 Corintios 14:20). ¿Cómo lograrlo? A través de la comunión diaria del Espíritu Santo. Él es quien nos guía, nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña todas las cosas (Juan 14:26). No intentemos cambiar de mentalidad solos; dejemos que el Espíritu sea quien tome el control de nuestros pensamientos revelándonos a Cristo, pues al verlo a Él somos transformados.La Comunión el camino hacia la transformación

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2 Corintios 3:18

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2

Cuando los niños comienzan a crecer, aún no saben gestionar sus emociones ni han formado completamente sus pensamientos. Es común verlos hacer “pataletas” o llorar descontroladamente; es su forma inmadura de expresar lo que sienten. Como creyentes, al nacer de nuevo, nos ocurre algo similar: a menudo actuamos desde nuestra naturaleza humana, haciendo “pataletas carnales” porque aún no hemos aprendido a caminar en el Espíritu.

Comprender que, como hijos de Dios, podemos encontrar reposo para nuestra alma en el seno del Padre, tal como un niño se calma al sentirse pegado al pecho de su madre, es fundamental para nuestro crecimiento. Ese reposo es un regalo que proviene de la comunión del Espíritu Santo, permitiéndonos experimentar el amor transformador de Dios.

Así como un niño aprende a hablar, a reaccionar y a expresar sus sentimientos a través del ejemplo y el amor de sus padres, nosotros iniciamos nuestro proceso de transformación al permanecer en la presencia de Dios. Como declara Pablo en 2 Corintios 3:18, es allí, en la comunión del Espíritu, donde somos transformados a la imagen de Cristo. Al mirarlo, escucharlo y palpar su amor, nuestra identidad empieza a alinearse con la suya.

El Espíritu Santo nos hace un llamado a ser conscientes de nuestro acceso al Padre. Podemos acercarnos confiadamente a Él y, en esa comunión, aprender cómo piensa Dios al conocer a su Hijo Jesús. Al sumergirnos en su Palabra, la “mente de Cristo” comienza a manifestarse en nosotros. Así, experimentamos lo que promete Romanos 12:2: una transformación real, gracias a que nuestro entendimiento es renovado y nuestra manera de pensar es alineada con la de nuestro Salvador Jesucristo.   Oración.

Señor Jesús, te pido que tu Santo Espíritu me conduzca a una comunión profunda que produzca una verdadera transformación en mí. Mi anhelo es que seas Tú quien viva y se manifieste a través de mi vida. Amén. 



jueves, 6 de agosto de 2026

La Comunión el camino hacia la transformación

 La Comunión el camino hacia la transformación

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2 Corintios 3:18

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2

Cuando los niños comienzan a crecer, aún no saben gestionar sus emociones ni han formado completamente sus pensamientos. Es común verlos hacer “pataletas” o llorar descontroladamente; es su forma inmadura de expresar lo que sienten. Como creyentes, al nacer de nuevo, nos ocurre algo similar: a menudo actuamos desde nuestra naturaleza humana, haciendo “pataletas carnales” porque aún no hemos aprendido a caminar en el Espíritu.

Comprender que, como hijos de Dios, podemos encontrar reposo para nuestra alma en el seno del Padre, tal como un niño se calma al sentirse pegado al pecho de su madre, es fundamental para nuestro crecimiento. Ese reposo es un regalo que proviene de la comunión del Espíritu Santo, permitiéndonos experimentar el amor transformador de Dios.

Así como un niño aprende a hablar, a reaccionar y a expresar sus sentimientos a través del ejemplo y el amor de sus padres, nosotros iniciamos nuestro proceso de transformación al permanecer en la presencia de Dios. Como declara Pablo en 2 Corintios 3:18, es allí, en la comunión del Espíritu, donde somos transformados a la imagen de Cristo. Al mirarlo, escucharlo y palpar su amor, nuestra identidad empieza a alinearse con la suya.

El Espíritu Santo nos hace un llamado a ser conscientes de nuestro acceso al Padre. Podemos acercarnos confiadamente a Él y, en esa comunión, aprender cómo piensa Dios al conocer a su Hijo Jesús. Al sumergirnos en su Palabra, la “mente de Cristo” comienza a manifestarse en nosotros. Así, experimentamos lo que promete Romanos 12:2: una transformación real, gracias a que nuestro entendimiento es renovado y nuestra manera de pensar es alineada con la de nuestro Salvador Jesucristo.   Oración.

Señor Jesús, te pido que tu Santo Espíritu me conduzca a una comunión profunda que produzca una verdadera transformación en mí. Mi anhelo es que seas Tú quien viva y se manifieste a través de mi vida. Amén.