Seridad y Veracidad.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jeremías 17:9.
¿Cómo definiríamos la sinceridad? Si le preguntamos a la Real Academia Española (RAE), nos dirá que la sinceridad es “sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento”. Ahora bien, ¿qué vendría siendo la veracidad? Según la misma RAE, es “la cualidad de veraz”. En pocas palabras, una persona veraz es aquella “que dice, usa o profesa decir siempre la verdad”.
Pareciera que la sinceridad y la veracidad son lo mismo, pero esto no es así. Una persona puede ser sincera, pero no veraz. Puede creer algo falso, pero expresarlo con honestidad. De la misma manera, alguien puede ser veraz sin ser completamente sincero: dice la verdad, pero oculta parte de lo que piensa, siente o hace.
Miremos el concepto anterior a través de un ejemplo. Pablo, antes de ser un fiel seguidor del Señor, era conocido por ser un perseguidor de cristianos. De acuerdo con sus creencias, “los cristianos”, “los seguidores de Jesús”, estaban totalmente errados en cuanto a su fe. Desde su perspectiva, perseguir a los creyentes e incluso consentir en su muerte era correcto, pues, según él, eso significaba demostrar celo por la ley de Dios (Hechos 8:1).
Este ejemplo de Pablo nos ilustra a la perfección cómo podemos ser sinceros, pero no veraces. Aunque Pablo era genuino en su manera de pensar y actuaba conforme a sus convicciones, estas no estaban fundamentadas en la verdad de Dios, sino en aquello que él creía o consideraba “verdadero”.
En el caso de la veracidad sin sinceridad, encontramos a los fariseos y a los doctores de la Ley, quienes enseñaban al pueblo los mandatos de Dios; sin embargo, vemos en ellos que predicaban con veracidad, pero estaban totalmente alejados de vivir una vida en sinceridad. Tanto es así que Jesús los puso al descubierto, comparándolos con sepulcros blanqueados: por fuera parecían rectos, limpios y justos, pero por dentro estaban llenos de hipocresía (Mateo 23:1-36).
Como vemos, la sinceridad, por sí sola, no garantiza que estemos en la verdad, y conocer la verdad tampoco garantiza que estemos viviendo de acuerdo con ella. Dios, por medio de este devocional, quiere llevarnos a ambas cosas: conocer Su verdad y vivir delante de Él con un corazón sincero. La pregunta es: ¿cómo lograrlo?
La respuesta es clara: por medio de su Santo Espíritu, pues queda demostrado que el ser humano, por sí mismo, carece de esa capacidad de vivir en sinceridad y veracidad. Las Escrituras lo reafirman: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9a). Por eso necesitamos al Espíritu Santo de Dios, pues Él, como nuestro Ayudador, nos conducirá no sólo a la verdad, a Cristo, sino también a andar en Él, vivir por Él y para Él (Juan 16:13a). Oración.
Padre, escudriña mi corazón y mira cuánta maldad hay en él. Permíteme entender cuán engañoso puede llegar a ser mi corazón, para que no me enorgullezca ni me vuelva altivo, sino más bien para que, al ver mi pequeñez y mi necedad, pueda venir en humildad delante de ti y pedir tu perdón y tu ayuda, pues mi gran anhelo es que este corazón que has renovado refleje a tu Hijo Jesucristo. Amén.
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