jueves, 15 de octubre de 2026

Lo que alimenta tu alma

 Lo que alimenta tu alma

“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”, Génesis 3:11

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.”, 1 Tesalonicenses 5:23

Lo que nos alimenta determina lo que expresamos. Esta realidad no solamente está en el cuerpo, sino en nuestra alma. En el cuerpo lo podemos ver fácilmente cuando comemos algo que nos hace daño, o en exceso. Muchas veces no al instante, pero vemos las consecuencias a mediano y largo plazo.

Nuestra alma también la alimentamos, muchas veces con lo que dice 1 Juan 2:16 “ Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.”

Para entender en profundidad esto, podemos reflexionar en el caso de Adán y Eva, podían comer de todo árbol del huerto, menos de uno, que les causaría la muerte. Al elegir ese fruto prohibido, comieron de él engañados por la serpiente, y la consecuencia fue la muerte. Y esta tentación por comer algo prohibido inició por que la mujer vio que el árbol era bueno para comer, que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría, comió e hizo partícipe a Adán, entonces cayeron. (Génesis 3:6-7)

Y ¿con qué se siguieron alimentando, a nivel del alma? de religión, de autopreservación, autoanálisis y por necesidad inventaron un mecanismo para cubrir su vergüenza, su vacío y su falta de conexión con Dios.

El alma tiene una particularidad, necesita estar conectada con algo, porque fue diseñada para expresar la fuente a la que se conecta. Si la fuente no es Dios, el alma se conecta consigo misma y con el maligno (Efesios 2:2), es por tanto una fuente rota. Hoy en día nos conectamos y nos alimentamos del mundo digital.

¿Por qué lo que comemos ya sea a nivel del cuerpo o del alma es tan determinante?

Porque lo que comemos involucra conexión, comunión, satisfacción y crecimiento, en resumen: participamos activamente.

Y en el presente alimentamos nuestra alma, con noticias rápidas, entretenimiento barato y superficial, sensaciones cortas que exaltan nuestro ego y excitan nuestros deseos, pensamientos de autoaceptación que nos digan lo bueno que somos o lo bien que hacemos todo, pero también nos alimentamos de religiosidad para tener “calmada” nuestra conciencia por medio de rituales vacíos y sin sentido, pero que engañan nuestra percepción. (Gálatas 3:1, 2 Corintios 11:3)

Meditemos hoy hermanos acerca del alimento que estamos dejando pasar a nuestra alma, pues este infla la naturaleza carnal, heredada de Adán y Eva. Pidamos a Dios alimentarnos mejor del Árbol de la vida: Cristo.   Oración.

Padre, trae calma y paz a mi alma, quita esta ansiedad y desasosiego que me lleva a alimentarme de lo que no nutre, sólo la plenitud de Cristo me da verdadero alimento, verdadera comida que sustenta todo mi ser y me cubre para presentarme perfecto ante ti, amén. 



miércoles, 14 de octubre de 2026

El impacto del Amor de Dios

 El impacto del Amor de Dios

"Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras." Jeremías 17:9-10

La Palabra de Dios es clara al afirmar que el corazón del ser humano es “engañoso y perverso”. ¿Cuál es la razón? Mateo 15:19 nos lo aclara: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” Como cualquier otro pecado, estos nacen en nuestro interior. Jesús nos enseña y confirma en Mateo 5:19 que el hombre, después de la caída, quedó con una naturaleza pecaminosa que lo impulsa constantemente a pecar.

Lo triste es que, a pesar de esta advertencia divina, con frecuencia optamos por confiar en nuestro propio corazón. Frases como “sigue tu corazón, él te mostrará el camino” o “no importa lo que te digan, lo importante es seguir tu corazón” han calado hondo en nuestra sociedad, y han terminado influenciando nuestra toma de decisiones, al punto de actuar solamente por un sentir, un presentimiento o un impulso.

Sin embargo, el deseo de Dios es que nuestra confianza esté depositada plenamente en Él, y no en nuestro corazón, tal como se revela en Jeremías 17:7-8: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”

Como hijos de Dios, tenemos la promesa de dar fruto siempre, pues hemos sido plantados en Cristo, junto a las corrientes de las aguas del Espíritu Santo: su Amor y su Palabra, que por medio de la comunión del Espíritu Santo nos permiten llevar el fruto del Espíritu descrito por el apóstol Pablo en Gálatas 5:22-23.

Así que, hermanos, si la voz de nuestro corazón intenta llevarnos por caminos equivocados, más bien creámosle a Dios, pues Él conoce nuestro interior mucho mejor que nosotros mismos, como lo afirma Jeremías 17:9-10. Pidámosle sabiduría para permitir que el nuevo corazón que hemos recibido, junto con el amor de Dios derramado en nosotros, impacten nuestra forma de sentir para negarnos a nosotros mismos, y ser capaces de tomar decisiones dirigidas por el Espíritu, y no por la naturaleza pecaminosa de la carne.     Oración. 

Padre Dios, que el amor de tu Amado Hijo toque mis fibras más íntimas impactando mi manera de sentir, llevándome a morir a mí mismo, para que viva Cristo en mí. Amén.  



martes, 13 de octubre de 2026

Paciencia, benignidad y bondad otras características de Cristo

 Paciencia, benignidad y bondad otras características de Cristo

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” 2 Pedro 3:9

“¿O menospreciais las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” Romanos 2:4

“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” Tito 3:4-5

Las siguientes definiciones de paciencia, benignidad y bondad, nos ayudarán a entender mejor el mensaje de hoy: la paciencia es la disposición de Dios para dar a las personas la oportunidad de arrepentirse, ofreciendo gracia en lugar de juicio inmediato; la benignidad es la disposición interna de ser amable, compasivo y de tener un corazón predispuesto al bien; mientras que la bondad es la manifestación externa de esa disposición a través de acciones concretas y generosas; de esta manera la benignidad es el sentir, la bondad es el hacer.

Estas tres características del fruto del Espíritu, reflejan tres cualidades del carácter de Cristo, las cuales trabajan en conjunto con la finalidad de llevar a cabo el plan de salvación de Dios dispuesto para el hombre: primero mostrándonos la paciencia de Dios, dejándonos ver su deseo de que ningún hombre perezca, sino más bien que como resultado de esta paciencia que muestra el amor de Dios sean llevados a un arrepentimiento, es decir a un cambio de pensamiento para que puedan comprender por la revelación del Espíritu Santo las riquezas de la benignidad del Señor, es decir su profundo deseo de ser compasivo y misericordioso para guiar al hombre al arrepentimiento para el perdón de sus pecados, con la finalidad de llevarlo a disfrutar de la bondad de nuestro Salvador demostrada en la cruz, para que por medio de la fe en Cristo, al arrepentirnos y aceptarlo como nuestro Dios y Salvador personal, seamos regenerados y renovados por su Espíritu.

De igual manera, estas características del fruto del Espíritu, están disponibles para nosotros los creyentes, para que al igual que Cristo, seamos instrumentos de salvación, para que cuando las personas vean en nosotros estas cualidades del carácter de Cristo, también sean llevados al arrepentimiento y puedan experimentar el deseo de Dios de salvarlos, y puedan vivir la salvación que trae Cristo Jesús.    Oración.

«Espíritu Santo, desarrolla en mí la paciencia, la benignidad y la bondad de Cristo, pues mi deseo es ser un instrumento de amor para la salvación del mundo. Amen.



domingo, 11 de octubre de 2026

Inconmovible.

 Inconmovible.

“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.”, Isaías 54:10

“Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,

Y se traspasen los montes al corazón del mar;

Aunque bramen y se turben sus aguas,

Y tiemblen los montes a causa de su braveza.”, Salmos 46:2-3

La naturaleza nos recuerda nuestra fragilidad, como nos dice el apóstol Santiago por el Espíritu: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:13-14)

Cuando reconocemos nuestra fragilidad y pequeñez, también debemos reconocer la grandeza y majestad de Dios, por eso debemos salir del temor. Pasar del miedo a la confianza inmediatamente: “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar; Aunque bramen y se turben sus aguas, Y tiemblen los montes a causa de su braveza.”, Salmos 46:2-3

Cuando perdemos el punto de referencia, pensamos que todo se desmorona. De un día para otro podemos perder la salud, la vivienda o el negocio que durante años luchamos por mantener, o perdemos un ser querido; al ver que lo perdimos todo, entramos en desesperación y perdemos la paz. Si dejamos que el río de la angustia nos lleve, entramos en el peor escenario posible: entrar en incredulidad y finalmente perder el propósito real perdiendo la mirada de lo eterno.

El Padre quiere que sepamos algo, que si perdemos todo, lo único que nos queda es el Tesoro invaluable de mayor precio, la perla de gran precio, como dice en Mateo 13:44-46: “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.”, este tesoro es lo único que necesitamos, es nuestra base, nuestra roca, desde donde podemos recomenzar cada día.

Porque el Padre nos ha tenido misericordia y se ha compadecido de nosotros, y no nos dio algo, se dio así mismo, por medio de Cristo, (Salmos 103:13-14, Romanos 8:32).

Entonces quiere que seamos conscientes de la verdad, que todos los días debemos vivir como si lo perdiéramos todo, para ganar lo eterno, pero en esto también hay sabiduría, aunque tengamos todo y muchas bendiciones, el vivir como si no tuviéramos nada de lo temporal, sólo como administradores de bienes temporales, nos hace ser sensibles con los que no tienen o lo pierden todo, y podemos ser empáticos; acercarnos en medio de su dificultad para compartirles el tesoro que nosotros ya tenemos, a Cristo y con él todas las cosas “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).    Oración.

Señor, tú eres mi roca fuerte, todo se moverá pero tu Palabra y tu Espíritu permanecen conmigo para siempre, mi seguridad no se basa en las circunstancias sino en tu poder, en tus promesas y en la confianza plena que tengo en Cristo. Amén. 



sábado, 10 de octubre de 2026

En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

 En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” 2 Corintios 10:5

“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” 1 Corintios 14:20

Cuando un niño nace, su mente es como un lienzo en blanco. Por eso, como padres, tenemos la gran responsabilidad de instruirlos, pues esas enseñanzas moldearán su destino. Existe un principio poderoso: siembras un pensamiento y cosechas una actitud; siembras una actitud y cosechas un hábito; siembras un hábito y cosechas un carácter que define tu destino. Por esto, la Biblia nos aconseja: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Dios, como buen Padre, nos enseña cómo “pensar” con la mente de Cristo que nos fue dada. En Deuteronomio 6:4-9 nos da una estrategia clara: oírlo a Él y amarlo con todo nuestro ser, permitiendo que su Palabra abunde en nuestro corazón, repitiéndola, hablando de ella, y aun escribiéndola. Dios no solo quiere que conozcamos información, quiere que Su Palabra sea el filtro por el cual vemos la realidad, reaccionemos a ella y vivamos en ella.

Sin embargo, a diferencia de un niño, nosotros ya no somos un lienzo en blanco. A lo largo de los años, hemos acumulado prejuicios, heridas y conceptos equivocados. Por eso, el apóstol Pablo nos enseña que el proceso de madurez espiritual requiere dos pasos:

Derribar con ayuda del Espíritu Santo todo pensamiento y argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5).

Renovar nuestro entendimiento como se nos pide en Romanos 12:2, permitiendo que el Espíritu Santo sustituya nuestras viejas ideas por la “mente de Cristo”.

Dios no desea que seamos niños inmaduros, “fluctuantes”, llevados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4:14), sino que seamos “maduros en el modo de pensar” (1 Corintios 14:20). ¿Cómo lograrlo? A través de la comunión diaria del Espíritu Santo. Él es quien nos guía, nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña todas las cosas (Juan 14:26). No intentemos cambiar de mentalidad solos; dejemos que el Espíritu sea quien tome el control de nuestros pensamientos revelándonos a Cristo, pues al verlo a Él somos transformados.  Oración.

Padre Dios, que tu Santo Espíritu transforme mi manera de pensar; derriba en mí todo argumento que se oponga a tu verdad y renuévame con la mente de tu Hijo Jesús. Amén. 



viernes, 9 de octubre de 2026

Juntamente con Él

 Juntamente con Él

“Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer. Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán.”, Éxodo 12:7-8

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”, 1 Pedro 3:18

Hemos escuchado que Cristo murió por nuestros pecados y es una verdad inconmovible y verdadera, tal vez de tanto escucharlo nos parece repetido y “normal”, pero consideremos que si Él no hubiese muerto en nuestro lugar, cargaríamos una condena, tendríamos una deuda impagable. Pero otro principio de la cruz, trascendental, es que al mismo tiempo nosotros morimos allí, como nos anticipa la escritura en la Pascua. Dios a través de Moisés, le dio instrucciones de sacrificar un cordero y untar la sangre en los dinteles en la última plaga, pero también se le dio instrucción al pueblo que comieran de él, por cada familia. Que lo comieran todo, rápidamente y que todos participaran.

Al otro día el pueblo salió de Egipto, pero Egipto no salió de sus corazones, anhelan volver a Egipto desde el desierto; por lo tanto, no consideraron que habían muerto. Porque más que llevarlos a una tierra, Dios los llamó a sí mismos. “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí.” (Éxodo 19:4).

Pero ellos no quisieron, no entendieron, no aceptaron y sus cuerpos quedaron por el desierto.

Sabemos que todo lo que pasó al pueblo de Israel, en el antiguo testamento, era un modelo, un prototipo o señal que apuntaba a Cristo. Él es nuestra pascua final, ya sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7). Por esta razón, en su manifestación, también dijo lo mismo de Éxodo 19:4, “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:3). ¿Cuál era ese lugar?, ¿era una tierra? ¿Él describe ese lugar? No, era a Él mismo.

Seríamos colocados en Él, participando del cordero. Por eso celebramos la cena, recordando que él murió por nuestros pecados, que ofreció su preciosa sangre y fuimos cubiertos por ella para no perecer, pero que también participamos de su muerte (Romanos 6:3-6).

Consideremos esta realidad y verdad contundente, así como el pueblo de Israel participó de la muerte del cordero pascual y fue cubierto por esa sangre, nosotros participamos del cordero que quita el pecado del mundo, morimos en Él, fuimos cubiertos con su sangre y resucitamos juntamente con Él, para que andemos en vida nueva (Romanos 6:4-6).   Oración. 

En ti Jesús está mi vida escondida, ya no vivo yo, sino tú en mí, participé de tu muerte cuando por fe te recibí en mi corazón, no quiero volver al Egipto de mi antigua vida, sino permanecer en tu amor, para disfrutar de la plenitud de tu resurrección, amén.  



jueves, 8 de octubre de 2026

Inofendible

 Inofendible

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.”, Santiago 1:19-20

“Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”, Mateo 26:67-68

Vemos en varias ocasiones cómo los fariseos y religiosos continuamente, a través de acusaciones, trampas e insultos, trataban de que Jesús cayera en sus provocaciones, pero Él les respondía con una sabiduría perfecta, en equilibrio y calma, confrontaba con preguntas pero sin caer en devolver insulto por insulto.

Su actitud era Inofendible porque su identidad y autoridad no dependían de la aprobación humana, sino de la aprobación del Padre que con su Espíritu le guiaba en todo, conforme a las escrituras. (Mateo 12:3-4, Mateo 19:4-5, Lucas 20:3-4)

Inofendible no se trata de nunca ofenderse, sino, de no permanecer en la ofensa, ni de devolver con ofensa. Esto es imposible para la carne, necesitamos de la cruz y de aprender de Aquel único manso y humilde de corazón para hallar paz en medio de la confrontación, es decir, un corazón inofendible es aquel que elige no guardar rencor ni dejar que la ofensa controle sus emociones, negándose a mantenerse en enojo y permitiendo así el reflejo de la mansedumbre de Jesús. (Mateo 11:28, Efesios 4:26).

Nuestro Señor, fue víctima de las más grandes ofensas, le acusaron falsamente, le escupieron en el rostro, lo cual en esa época era la peor ofensa posible, pues significaba insulto, asco y burla. Pudiendo, con una sola orden, acabar con sus acusadores y perseguidores, se negó y se despojó de su deidad, por amor (Mateo 26:53, Juan 18:6).

Aquí está el punto clave, es el amor que hubo en Cristo el que le llevó a callar y cuando se le exigió razón, declaró la verdad que lo llevó a la cruz: Él es el Cristo, el Hijo de Dios. (Mateo 26:63-64).

Reflexionemos, ahora que por la fe la vida de Cristo ha sido colocada en nosotros, cuando nos ofendan ¿quien es ese que se ofende y responde al insulto? la respuesta es que somos nosotros, el viejo Adán, que se hiere, se lastima, se ofende sobremanera y reacciona como víctima. Mas Cristo en nosotros es Inofendible, permanece en dominio propio y en mansedumbre, no paga mal por mal, sino que coloca la otra mejilla. Permitamos hermanos, que la vida inofendible de Cristo en nosotros, sea la que calle o responda en amor.   Oración.

Padre, has colocando tu Espíritu Santo para que ahora pueda reaccionar ante la ofensa como Cristo lo hizo, en toda sabiduría y amor, buscando siempre glorificar tu nombre y cumplir el propósito de que Cristo sea formado en mí, amén.