jueves, 2 de julio de 2026

Confortada nuestra alma por el Espíritu de gracia

 Confortada nuestra alma por el Espíritu de gracia

“En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” Hebreos 10:10

Como seres humanos manchados por el pecado, más frecuentemente de lo que imaginamos, cometemos pecado, fallamos en el intento de dar en el blanco de la perfección divina; y es un hecho que nos avergüenza, nos desmotiva y muchas veces sin ser tan conscientes de ello, nos lleva a tomar distancia con nuestro Dios, es decir, a pretender alejarnos o escondernos de Su presencia. Sin embargo, esto es tan imposible como equivocado, pues somos templo del Dios viviente y realmente nuestros méritos o nuestras fallas no son nunca la condición para merecer estar delante de nuestro Dios, porque nuestro único camino es su Hijo Jesucristo.

Hermanos, el Espíritu de gracia, el Espíritu de Cristo nos recuerda hoy que en la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, la cual se presentó una vez y para siempre, nosotros hemos sido, somos y seremos eternamente santificados. Lo que, en efecto, como continúa la lectura de Hebreos 10, hace que tengamos libertad para entrar continua y confiadamente en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo. El temor a ser rechazados, acusados o severamente castigados debe desaparecer de nuestra mente, porque lo que se nos revela en Hebreos 4:16 es algo totalmente diferente, pues dice que nuestro Padre Dios nos está esperando en un trono, no de ira, sino de gracia, al cual siempre nos invita para que recibamos de su misericordia y bondad inmerecida.

Hermanos, es muy importante que entendamos y meditemos en la gracia y la misericordia de Dios para que nuestra mente la tenga presente; pero lo más importante que debemos recordar es que ésta solo se hace verdad en nuestra vida, cuando pasamos del razonamiento intelectual a la intimidad espiritual, pues solo ahí, en su Presencia, el poder del Espíritu de gracia confortará nuestra alma.    Oración.

Padre, gracias por la revelación que has dejado de tu Ser en tu Palabra; resulta maravilloso y alentador para nuestra alma escuchar que en ella dice que eres lento para la ira y grande en misericordia; gracias por tu inagotable gracia en Jesucristo que así como está lejos el oriente del occidente, has hecho alejar de nosotros nuestras rebeliones, gracias Señor, amén.  



miércoles, 1 de julio de 2026

Vivir en la fe del Hijo de Dios

 Vivir en la fe del Hijo de Dios

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Gálatas 2:20

Vernos a nosotros mismos, nuestro pecado y por tanto nuestro total inmerecimiento de alguna bondad o benignidad por parte de nuestro Señor, es una condición en la que, como creyentes, quizá nos encontramos frecuentemente, y en la que podemos quedarnos días y días, pues adicional a esto nuestra conciencia nos acusa y también nos culpa.

Sin embargo, aunque es cierto que como seres humanos contaminados por el pecado, no tenemos ningún mérito para recibir el bien de Dios, es igual de cierto que dicha bondad del Señor es para con nosotros únicamente por la gracia y por la fe. Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;”

Como cristianos, no podemos caer en el error de la culpa, la condenación y la autosuficiencia, porque eso, en otras palabras, sería vivir pretendiendo ser justificados por las obras y no por la fe, pero lo que nos revela el versículo principal de hoy es que el creyente, todo lo que vive en esta vida terrenal debe vivirlo por medio de la fe, la fe del Hijo de Dios, que amándonos se entregó a sí mismo por nosotros para darnos salvación y con Él, toda la gracia de Dios.

Debe ser esto tan real, cierto y firme en nuestra vida que el llamado del Señor para nosotros es que, independientemente de la condición o circunstancia temporal en la que nos encontremos, podamos decir como dijo el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”; que cuando nos sintamos indignos, pecadores, culpables y no merecedores de la bondad de Dios, creamos y entendamos de manera personal que “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” o, en otras palabras, “Dios no me ve a mí, culpable pecador; Dios ve a Cristo en mí, mi eterno Redentor”    Oración.

Padre, gracias por tu Palabra y la revelación de ella por tu Santo Espíritu; gracias porque me sacas de mí mismo y aún de mi realidad temporal, por lo que ahí está escrito en tu eternidad; gracias porque me recuerdas que aún cuando caigo en pecado por mi naturaleza y debilidad, tú no me ves a mí, sino a Cristo en mí, quien me amó y para hacerme justo ante ti, se entregó a sí mismo por mí, amén.    



martes, 30 de junio de 2026

Restitución

 Restitución

“Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad”. Hebreos 11:13-16

La Biblia aborda la restitución de dos formas principales: como el acto humano de reparar un daño o devolver lo robado, y como la obra de Dios de restaurar a quienes han sufrido pérdida, ya sea devolviéndoles lo perdido o concediéndoles algo aún mejor conforme a su perfecta voluntad.

Lucas 19:8-9 nos muestra, por ejemplo, a Zaqueo, un hombre rico y jefe de los cobradores de impuestos, manifestando que no solo daría la mitad de sus bienes a los pobres, sino que también devolvería cuatro veces más a todo aquel a quien hubiera defraudado. Vemos en este hombre el deseo de reparar el daño causado a quienes habían sido perjudicados por su mano.

Dios también es un Dios que restituye. Lo vemos en Joel 2:25 donde promete devolver todo lo que las plagas habían destruido si el pueblo se volvía a Él. Aquella devastación de los cultivos había llegado como consecuencia de su constante desobediencia, pero el Señor les ofrecía restauración mediante el arrepentimiento.

Pero quizá alguien se pregunte: ¿qué sucede cuando esta restitución no llega durante esta vida? El Señor nos da una esperanza por medio del ejemplo de Lázaro, el mendigo. Las Escrituras narran en Lucas 16:19-31 que Lázaro era un hombre pobre que había sido puesto a la puerta de un hombre rico. Su condición era tan precaria que deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, mientras los perros venían y lamían sus llagas. A los ojos del mundo, parecía un hombre olvidado y sin esperanza. Sin embargo, cuando murió, fue llevado por los ángeles al lado de Abraham. Aunque su restitución no llegó durante su vida terrenal, Dios le concedió una mucho mayor en la eternidad, donde recibió el consuelo que jamás tuvo en este mundo.

La restitución de Dios no siempre consiste en devolver exactamente lo que se perdió. En ocasiones, Él concede una herencia mucho mayor que supera todo aquello que jamás podríamos recuperar en esta vida.

Como vemos, la restitución alcanza a todo aquel que pone su fe en Jesús, no como resultado de sus buenas obras o de sus propios esfuerzos.

La restitución trae esperanza a todo aquel que ha sufrido alguna pérdida o ha sido perjudicado de alguna manera. Forma parte de la obra restauradora que el Señor realiza en la vida de sus hijos. Por eso, ten presente que, aunque en este mundo no recibas aquello que esperabas recuperar, el Señor te invita a poner y mantener tu esperanza en Él, tal como lo hicieron aquellos hombres y mujeres de la fe que no desmayaron, porque anhelaban una herencia mucho mejor, la celestial (Hebreos 11:13-16).

Hermanos, nuestra esperanza no descansa únicamente en una restitución temporal, sino en la certeza de que Dios cumplirá plenamente todas sus promesas, ya sea en esta vida o en la venidera.  Oración. Amado Padre, no sé cómo agradecerte todo lo que haces en mi vida. Mis palabras se quedan cortas para expresar no solo la gratitud que siento por ti, sino también para describir tu grandeza. ¡Cuán bello eres!, ¡Cuánta sabiduría hay en ti! Gracias Dios, por permitirme conocerte por medio de Jesús. Amén. 


lunes, 29 de junio de 2026

Recibir a Jesús

 


Recibir a Jesús

Restauración y Regeneración

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. 2 Crónicas 7:14

“nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”, Tito 3:5.

La Palabra de Dios nos habla sobre tres cosas importantes que experimenta el creyente cuando se humilla delante del Señor: restauración, regeneración y renovación. Sobre la renovación pudimos profundizar en el devocional de ayer. Pero hoy fijaremos nuestra mirada en la restauración y la regeneración.

2 Crónicas 7:14 nos revela que cuando nos humillamos delante de Dios, oramos, buscamos su rostro y confesamos nuestros pecados, el Señor nos escucha, nos perdona y sana nuestra tierra. La palabra “sana” de la cual habla el pasaje tiene una connotación profunda, pues proviene del hebreo: rafá (רָפָא), que no solo significa de manera literal “curar”, sino también, restaurar.

Esa restauración la vemos reflejada en la vida de Lázaro. Aunque había muerto hacía cuatro días, cuando el Señor da la orden: ¡Lázaro, ven fuera!, el cuerpo de Lázaro comenzó una restauración inmediata. A partir de ese momento rápidamente la deformación e hinchazón, la proliferación de bacterias y la acción de los insectos, propias del proceso de descomposición que la ciencia describe en un cuerpo sin vida tras varios días, cesan y retroceden. Comienza entonces una recuperación completa de su organismo, devolviendo la integridad a su cuerpo y la funcionalidad a sus miembros. Y lo podemos asegurar pues la Biblia nos relata que Lázaro salió caminando de aquella tumba (Juan 11:43- 44).

En el Salmo 23:3, vemos reflejada esa misma obra en el alma. David declara: “Confortará mi alma”, reconociendo que solo Dios puede restaurar nuestros pensamientos y emociones.

Esa restauración ocurre en el cuerpo y en el alma, pero en el espíritu ocurre algo aún mayor, pues el creyente experimenta la regeneración. La regeneración es la obra sobrenatural de Dios mediante la cual Él vivifica espiritualmente a quien estaba muerto en sus delitos y pecados. Es el nuevo nacimiento del que habló Jesús en Juan 3:3-7 y que también afirma Santiago 1:18. No consiste en mejorar la vieja naturaleza, sino en recibir una nueva naturaleza en Cristo. Por medio de esta obra regeneradora, el Espíritu Santo produce esa nueva vida en nosotros, haciendo de nuestro corazón la morada de Cristo.

Como vemos, Dios obra de manera integral en nuestras vidas: restaura nuestra alma y nuestro cuerpo, reparando lo que el pecado, el sufrimiento o el fracaso han deteriorado; regenera nuestro espíritu, dándonos una nueva vida; y como vimos en el devocional de ayer, renueva nuestro entendimiento.

Hermanos, quizá algunos de nosotros aún no hemos experimentado esa restauración en nuestro cuerpo o en nuestra alma de la que Dios nos habla. Sin embargo, aun si no llegáramos a recibirla plenamente en esta vida, tenemos una esperanza mayor: cuando estemos en su Presencia seremos completamente restaurados, pues ya no habrá más muerte, ni lamento, ni llanto, ni dolor, porque las primeras cosas habrán pasado (Apocalipsis 21:4). Lo extraordinario es que la promesa de Dios no se limita a renovarnos, restaurarnos y regenerarnos sino que también seremos restituidos. De esta restitución.   Oración.

Gracias, Señor, por restaurarme, regenerarme y darme vida eterna. Gracias por todo lo que has hecho, por lo que estás haciendo y por lo que harás. Amén. 



domingo, 28 de junio de 2026

¡Ven fuera!

 ¡Ven fuera!

“Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!” Juan 11:43

Lo que Jesús expresó a Lázaro fue una orden, y conforme a lo que Él ordenó, así sucedió: Lázaro resucitó. Al contemplar este suceso no puedo dejar de pensar que, espiritualmente hablando, ocurre algo semejante cuando el Señor nos llama a la conversión. Así como llamó a Lázaro a salir del sepulcro, también nos llama a salir de la condición en la que el pecado nos mantiene cautivos. Aquella tumba representa la condición del hombre sin Cristo. No es casualidad que el mismo Jesús utilizara esta figura al decir que los fariseos y maestros de la Ley eran como sepulcros blanqueados (Mateo 23:27). El pecado mantiene al ser humano encerrado en una condición de muerte espiritual, de la cual solamente Cristo puede liberarlo.

Gracias a la fe que hemos depositamos en Jesús, tú y yo hemos sido liberados de la esclavitud del pecado. Sin embargo, aun cuando el Señor nos ha hecho libres, en ocasiones, seguimos refugiándonos en “cuevas”: lugares de temor, desánimo, incredulidad o fortalezas mentales que nos impiden vivir plenamente la libertad que Cristo nos ha dado. Por eso, a través de este devocional, el Señor quiere decirnos: ¡Ven fuera!.

En diferentes momentos de las Escrituras vemos al Señor llamando a personas a salir de la condición en la que se encontraban. Uno de esos casos es el de Elías. Después de huir por temor, terminó refugiándose en una cueva, dominado por la tristeza y el desánimo. Entonces Dios le dijo: “Sal fuera” (1 Reyes 19:11a). Aunque las circunstancias eran diferentes, uno se encontraba en un sepulcro y el otro en una cueva, ambos estaban encerrados en una realidad de la que no podían salir por sus propias fuerzas, y en ambos casos Dios los llamó a salir. De la misma manera, hoy el Señor nos exhorta a permitirle derribar aquellos pensamientos, fortalezas y esquemas mentales que nos mantienen cautivos para conducirnos a una transformación.

Romanos 12:2b nos da la clave para experimentar esa transformación: “la renovación de nuestro entendimiento”. El arrepentimiento nos conduce precisamente a ella, pues implica abandonar nuestra propia manera de pensar para comenzar a pensar conforme a la voluntad de Dios.

Las Escrituras nos revelan que, cuando conocemos la verdad, que es Cristo, somos hechos libres (Juan 8:32). Cuando decidimos creer lo que Él nos dice por medio de su Palabra y permitimos que Dios derribe todo lo que se levanta en contra de su Voluntad, el Espíritu Santo renueva nuestro entendimiento; es decir, reemplaza nuestros viejos pensamientos por los que proceden de Cristo. De esta manera, día tras día, el pensar de Cristo se refleja cada vez más en nuestras vidas gracias a la fe y a la obra del Espíritu Santo.

Hermanos, que Lázaro saliera del sepulcro no era el final del milagro, sino el comienzo de una nueva etapa. De la misma manera, sucede con nosotros: cuando Cristo nos llama a dejar atrás nuestra antigua condición, también da inicio a una nueva obra en la que la restauración ocupa un lugar fundamental.Quebrantados

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón”; Salmos 34:18a

En algunas regiones montañosas de Europa, Asia y África está presente un carroñero en peligro de extinción llamado el quebrantahuesos. Lo peculiar de esta ave es que, a diferencia de los cuervos y buitres, se alimenta casi exclusivamente de huesos. Cuando estos son demasiado grandes para ingerirlos, el ave procede a agarrarlos con sus patas y dejarlos caer sobre zonas rocosas para partirlos en fragmentos más pequeños que pueda consumir.

Cuando observamos el comportamiento de esta ave, resulta inevitable pensar en el quebrantamiento. Los huesos deben ser partidos para que su interior quede expuesto. De manera similar, Dios también obra en nuestras vidas, pues aquello que permanece endurecido en nuestro corazón necesita ser expuesto y tratado por Él.

Esto inmediatamente me llevó a recordar lo que dice Hebreos 4:12 acerca de la obra que Cristo realiza en la vida del creyente por medio de su palabra: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. El pasaje nos habla de que la Palabra de Dios, revelada por el Espíritu Santo, deja completamente al descubierto lo que hay en todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

Si la Palabra de Dios tiene la capacidad de revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, entonces entendemos por qué el quebrantamiento es tan necesario. Este nos conduce, en la intimidad con el Señor, a que seamos desnudados por completo para que queden al descubierto aquellas áreas de nuestra vida que aún no se someten a su voluntad. Nos lleva a la vulnerabilidad, a presentarnos delante de Dios sin máscaras ni nada que nos pueda ocultar. Y es precisamente allí donde el Señor quiere llevarnos.

Por eso, las Escrituras muestran cómo Dios exalta a quienes se humillan delante de Él y son capaces de decir: “Señor quebranta mi corazón”, pues esto implica abrir por completo nuestro corazón y estar dispuestos a recibir una confrontación de su parte.

Aquella confrontación de la que Dios nos habla no es para causarnos vergüenza ni estancamiento; todo lo contrario. Es para revelarnos nuestra condición pecadora y, al mismo tiempo, resaltar aún más su sobreabundante gracia (Romanos 5:20).

Hermanos, el ejemplo de aquella ave quebrantahuesos nos recuerda que solo aquello que es quebrantado puede dejar al descubierto lo que hay en su interior. Así como el hueso debe ser partido para exponer lo que contiene, nuestro corazón también necesita ser quebrantado delante de Dios para que salgan a la luz aquellas cosas que hemos mantenido ocultas en nuestro corazón. De la misma manera, como creyentes debemos ir a la Roca y permitir que Él quebrante aquello que aún permanece endurecido en nosotros. Entonces, cuando esto suceda, la luz de Cristo no sólo iluminará nuestro interior, sino que también resplandecerá a través de nuestras vidas para su gloria.   Oración.

Padre, has quebrantado mi corazón y me has llevado a tu presencia. Que tu anhelo se cumpla en mi vida: que cada día yo mengüe y Cristo crezca en mí. Amén.



sábado, 27 de junio de 2026

Quebrantados

 Quebrantados

“Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón”; Salmos 34:18a

En algunas regiones montañosas de Europa, Asia y África está presente un carroñero en peligro de extinción llamado el quebrantahuesos. Lo peculiar de esta ave es que, a diferencia de los cuervos y buitres, se alimenta casi exclusivamente de huesos. Cuando estos son demasiado grandes para ingerirlos, el ave procede a agarrarlos con sus patas y dejarlos caer sobre zonas rocosas para partirlos en fragmentos más pequeños que pueda consumir.

Cuando observamos el comportamiento de esta ave, resulta inevitable pensar en el quebrantamiento. Los huesos deben ser partidos para que su interior quede expuesto. De manera similar, Dios también obra en nuestras vidas, pues aquello que permanece endurecido en nuestro corazón necesita ser expuesto y tratado por Él.

Esto inmediatamente me llevó a recordar lo que dice Hebreos 4:12 acerca de la obra que Cristo realiza en la vida del creyente por medio de su palabra: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. El pasaje nos habla de que la Palabra de Dios, revelada por el Espíritu Santo, deja completamente al descubierto lo que hay en todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

Si la Palabra de Dios tiene la capacidad de revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, entonces entendemos por qué el quebrantamiento es tan necesario. Este nos conduce, en la intimidad con el Señor, a que seamos desnudados por completo para que queden al descubierto aquellas áreas de nuestra vida que aún no se someten a su voluntad. Nos lleva a la vulnerabilidad, a presentarnos delante de Dios sin máscaras ni nada que nos pueda ocultar. Y es precisamente allí donde el Señor quiere llevarnos.

Por eso, las Escrituras muestran cómo Dios exalta a quienes se humillan delante de Él y son capaces de decir: “Señor quebranta mi corazón”, pues esto implica abrir por completo nuestro corazón y estar dispuestos a recibir una confrontación de su parte.

Aquella confrontación de la que Dios nos habla no es para causarnos vergüenza ni estancamiento; todo lo contrario. Es para revelarnos nuestra condición pecadora y, al mismo tiempo, resaltar aún más su sobreabundante gracia (Romanos 5:20).

Hermanos, el ejemplo de aquella ave quebrantahuesos nos recuerda que solo aquello que es quebrantado puede dejar al descubierto lo que hay en su interior. Así como el hueso debe ser partido para exponer lo que contiene, nuestro corazón también necesita ser quebrantado delante de Dios para que salgan a la luz aquellas cosas que hemos mantenido ocultas en nuestro corazón. De la misma manera, como creyentes debemos ir a la Roca y permitir que Él quebrante aquello que aún permanece endurecido en nosotros. Entonces, cuando esto suceda, la luz de Cristo no sólo iluminará nuestro interior, sino que también resplandecerá a través de nuestras vidas para su gloria.   Oración.

Padre, has quebrantado mi corazón y me has llevado a tu presencia. Que tu anhelo se cumpla en mi vida: que cada día yo mengüe y Cristo crezca en mí. Amén.



viernes, 26 de junio de 2026

Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

 Del orgullo que abate el alma a la humildad que conduce al gozo

“Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú”. 1 Samuel 15:26-28

“Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearán los huesos que has abatido”. Salmos 51:8

Saúl es un claro ejemplo de lo que sucede cuando una persona persiste en la soberbia y se niega a reconocer su pecado delante de Dios. Su alma se llenó de tristeza y desesperación, al punto de aferrarse al manto de Samuel. Dominado por el orgullo, no quiso someterse a lo establecido por el Señor, sino actuar según el criterio humano. Como consecuencia, el manto del profeta se rasgó, y Dios reveló por medio de Samuel que, de la misma manera, su reino le sería quitado (1 Samuel 15:27-28). ¿Qué debió haber hecho Saúl? Humillarse delante de Dios y admitir su error. Lo que el Señor busca es un corazón sincero y arrepentido, pues, como declara su Palabra: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmos 51:17).

Algo similar ocurrió con Caín. La altivez lo llevó a presentar una ofrenda conforme a sus propios términos y no conforme a la voluntad del Señor. Al rechazar la corrección, permitió que su semblante decayera y que en su interior crecieran la ira, la envidia y, finalmente, el homicidio (Génesis 4:6). Sin embargo, Dios le estaba mostrando el camino correcto: obedecer. Por eso lo exhortó diciendo: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”. (Génesis 4:7). El Señor esperaba de Caín una actitud humilde y dispuesta a someterse a su dirección.

Como vemos, el orgullo nos impulsa a vivir según nuestros propios deseos y, al hacerlo, terminamos cosechando corrupción (Gálatas 6:8). Por eso, lejos de producir satisfacción, el orgullo termina dejando al hombre abatido y apartado de la voluntad de Dios.

La humildad, por el contrario, produce gozo en la vida del creyente. David tampoco estuvo exento de caer. Todos recordamos el homicidio que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé. Cuando se dejó dominar por la soberbia, fue arrastrado a cometer aquel grave pecado. Sin embargo, cuando el Señor lo confronta, su alma se abatió y se entristeció, no solo por lo que había hecho, sino también por las consecuencias de sus acciones. Pero David no permaneció en esa condición. A diferencia de Saúl, se presentó delante de Dios con un corazón quebrantado y confesó su pecado. Comprendió que el camino de regreso al gozo no era justificarse, sino rendirse delante del Señor. También entendió que, cuando somos perdonados, nuestra alma e incluso nuestro cuerpo experimentan contentamiento. Por eso expresa: “Y se recrearán los huesos que has abatido” (Salmos 51:8b).

Hermanos, el Señor desea que haya humildad en nuestra vida, pues ella nos conduce al quebrantamiento, al arrepentimiento y a la restauración, permitiéndonos experimentar el gozo que sólo Él puede dar.  Oración.

Padre, reconozco que he pecado contra el cielo y contra ti. Hoy humillo mi corazón delante de ti y te pido que restaures mi vida. Permíteme experimentar nuevamente el gozo de tu salvación y vivir cada día en obediencia a tu voluntad. Amén.



jueves, 25 de junio de 2026

Rendidos ante el Señor

 Rendidos ante el Señor

“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toq hx da lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:9-11

Cuando el Espíritu Santo nos lleva a comprender y reconocer la autoridad de Dios, también nos conduce a la rendición. Cuando su grandeza nos es revelada, la respuesta natural es postrarnos delante de Él. Así le sucedió a Jairo, principal de la sinagoga, quien se arrodilló ante Jesús reconociendo su autoridad (Lucas 8:41). De igual manera, Pedro, al presenciar la pesca milagrosa, cayó de rodillas delante del Señor (Lucas 5:8). No es casualidad que la palabra “Señor” provenga del griego kúrios (κύριος), que significa: “Supremo en autoridad”. Se trata de un título que reconoce a Jesús como el Dios Soberano, el Ungido, el Amo y Dueño de nuestras vidas.

Cuando pienso en la rendición, inevitablemente la relaciono con el ámbito militar. Quizá esto nos resulta más fácil de comprender porque hemos visto películas en las que un ejército, al verse superado por el enemigo, iza la bandera blanca para preservar su vida. Rendirse implica dejar de luchar por cuenta propia y entregarse a otro. Sin embargo, a diferencia de una guerra entre naciones, rendirnos a Dios no significa sufrir una derrota, sino dejar de resistir a aquel que desea salvarnos, transformarnos y conducirnos a la verdadera victoria. En el plano espiritual somos llamados a deponer las armas y entregarlas al Señor. Esas armas representan las batallas que hemos intentado librar en la carne: pensamientos equivocados que se levantan contra la autoridad de Dios; sentimientos dañinos que, como bombas de tiempo, terminarán contaminando nuestras vidas y las de otros; y actitudes que, lejos de conducirnos a la victoria, nos encaminan al fracaso.

Pero la realidad es que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. En lugar de rendirnos a Dios, terminamos cediendo ante el enemigo. ¿Cuántos, en medio de las pruebas y del constante asedio del devorador, hemos optado por bajar los brazos y buscar una especie de “tregua” con él? Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña algo muy distinto: la rendición del creyente es delante del Señor, no delante del adversario. Por eso, las Escrituras nos exhortan a vestirnos con toda la armadura de Dios, para poder resistir en el día malo y, después de haberlo hecho todo, permanecer firmes (Efesios 6:13).

Hermanos, la pregunta que debe surgir a través de este devocional es: ¿delante de quién nos estamos rindiendo? Si nuestra respuesta es “delante del enemigo”, el Señor nos recuerda que no hemos sido llamados a flaquear ni a darle lugar al diablo. Nuestra rendición debe ser únicamente ante Dios, porque solo Él posee toda autoridad: “Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios” Romanos 14:11.[d]    Oración.

Dios, tú eres excelso sobre todo; no hay nadie como tú. Reconozco que tú eres el único Dios verdadero, el Gran Yo Soy, el que es, el que era y el que ha de venir. Te alabo y te bendigo en el nombre de Jesús. Amén.  



miércoles, 24 de junio de 2026

Reconocer la autoridad de Dios

 Reconocer la autoridad de Dios

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”. Lucas 6:46-49

Hemos visto hasta el momento tres claves para permitirle a Dios quitar de nosotros el orgullo: dejar de luchar contra Él, reconocer que tenemos un problema y el despojo. Sin embargo, todo esto nos conduce a una verdad fundamental: reconocer la autoridad de Dios.

Ese es precisamente el propósito del Señor: llevarnos a comprender que quien debe gobernar nuestras vidas no somos nosotros, sino Él. Por eso, cuando actuamos de otra manera, nos confronta con una pregunta muy seria: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Llamarlo Señor implica reconocer su derecho a dirigir nuestra vida. No podemos afirmar que Él es nuestro Señor mientras insistimos en seguir nuestros propios caminos.

Estas palabras nos muestran que no basta con acudir a Él y escuchar su enseñanza; también es necesario obedecerla. Cuando esto ocurre, nuestra vida adquiere una firmeza tal que, aunque se levanten ríos y tormentas, no será destruida, porque está cimentada sobre la Roca que es Cristo (Lucas 6:47-48).

Lo contrario sucede con quien no atiende la voz del Señor. Cuando llegan las pruebas, no tiene cómo resistirlas y termina derrumbándose (Lucas 6:49). Algo similar ocurrió con la embarcación descrita en Hechos 27:41. Al ignorar las advertencias dadas por Dios a través de Pablo, el barco encalló y terminó siendo destrozado por la fuerza del mar.

Hermanos, la pregunta que el Señor nos hace hoy es esta: ¿quién tiene la autoridad en nuestras vidas, Dios o nosotros? Porque, en el fondo, el orgullo no es otra cosa que querer gobernarnos a nosotros mismos y resistirnos al señorío de Cristo. La invitación es a rendirnos delante de Él, porque solo cuando nos humillamos y ponemos en sus manos el control de nuestra vida permitimos que arranque de nosotros todo orgullo.   Oración.

Dios, tú eres el Señor de mi vida y quien gobierna mi corazón. Mis pensamientos, sentimientos y acciones reflejarán esta verdad, pues tú has prometido que la obra que comenzaste en mí la perfeccionarás hasta el día de Jesucristo. Creo en tu promesa y me aferro a ella con confianza. Amén.  



martes, 23 de junio de 2026

Despojándonos del orgullo

 Despojándonos del orgullo

“Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave”. Hechos 27:18-19.

“derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”, 2 Corintios 10:5.

Continuando con la meditación de Hechos 27, vemos cómo los marineros del barco en el que viajaba Pablo tomaron una decisión radical para preservar la embarcación: arrojaron la carga, parte del equipo, el bote salvavidas, el trigo y las anclas. Tuvieron que despojarse de aquello que, en medio de la tormenta, se había convertido en un peso que amenazaba con hundirlos.

De la misma manera, el Señor quiere confrontarnos, pues hay cosas de las que también debemos despojarnos: pensamientos, emociones y una voluntad dominada por el orgullo que hemos arraigado en nuestro corazón durante mucho tiempo. Lejos de mantenernos firmes, el orgullo nos conduce al estancamiento y puede llevarnos al naufragio espiritual, como terminó sucediéndole a aquella embarcación mencionada en el pasaje principal.

Por eso, el Señor nos exhorta en 2 Corintios 10:5 a derribar todo argumento y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Es necesario quitar de nuestra vida aquello que se opone a su voluntad. La vida cristiana no consiste en aprender a convivir con aquello que se levanta contra Dios, sino en derribarlo y echarlo fuera.

Dos ejemplos claros de esta actitud los encontramos en las Escrituras. El primero es el rey Josías, quien emprendió una profunda reforma espiritual al eliminar los objetos dedicados a Baal y a Asera, destituir a los sacerdotes idólatras y destruir los lugares de culto paganos que se habían establecido en Judá (2 Reyes 23). El segundo es Jesús, quien, al ver que el templo había sido convertido en una cueva de ladrones, expulsó a los que vendían y compraban, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas (Marcos 11:15).

Hermanos, ésto debe llevarnos a reflexionar, pues hemos sido comprados por alto precio y nuestra vida debe reflejar la nueva identidad que hemos recibido en Cristo. Así como Josías quitó todo aquello que había contaminado la adoración a Dios y Jesús expulsó del templo lo que no debía estar allí, nosotros también debemos permitir que el Señor quite de nuestro corazón todo aquello que ocupa el lugar que solo le pertenece a Él. No hemos sido llamados a ser una cueva de ladrones, sino templo del Espíritu Santo y morada de Dios. Por eso, pidámosle que eche fuera de nosotros todo pensamiento, emoción, deseo y actitud que no le agrade, para que, despojados del orgullo y de todo peso que nos impide avanzar y amenaza con hundirnos, podamos permanecer a flote en medio de la tormenta y vivir para la gloria de Aquel que nos rescató.   Oración.

Padre, que mi vida cumpla el propósito para el cual fui llamado: glorificarte. Señor Jesús, te pido que eches fuera de mí todo orgullo y que mi corazón sea un reflejo de tu obra en mí, para que en todo seas exaltado. Amén.   



lunes, 22 de junio de 2026

Tenemos un problema

 Tenemos un problema

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos”; Salmos 51:1-4a.

El Apolo 13 de la NASA sufrió un incidente en 1970 que quedó grabado en la memoria de la humanidad, en gran parte, por una frase que se hizo muy popular y que incluso fue utilizada en la película inspirada en aquella misión: “Houston, tenemos un problema”. Quizá deberíamos emplearla con mayor frecuencia, especialmente en el ámbito espiritual, pues necesitamos aprender a decirle a Dios: “Señor, tengo un problema”.

¡Cuánto nos cuesta reconocer nuestra verdadera condición! Seamos sinceros, al ser humano no le agrada admitir que está equivocado. Lo vimos en el devocional de ayer al considerar el caso de Saúl, quien persistió en su desobediencia e intentó justificarse una y otra vez. En contraste, encontramos al rey David. ¿Quién no recuerda el pecado que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé? Cuando Dios lo confronta por medio del profeta Natán, David no buscó excusas, sino que confesó: “Pequé contra Jehová” (2 Samuel 12:13a).

Y precisamente hacia ese punto quiere conducirnos el Señor: a reconocer nuestro pecado y el orgullo que todavía habita en nuestro corazón. Si no somos conscientes de esta realidad, seguiremos avanzando sin percibir aquello que está contaminando nuestro interior. Sin embargo, esa convicción no proviene de nuestra naturaleza caída. David lo entendió, pues en el Salmo 51:6b reconoce: “En lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Debemos comprender que la carne jamás nos llevará a admitir nuestra verdadera condición; esa es una obra exclusiva del Espíritu Santo. Así lo afirma la Palabra de Dios: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Esa convicción no tiene como propósito condenarnos, sino conducirnos al arrepentimiento y a la restauración, tal como ocurrió con David.

Y si es el Espíritu Santo quien nos muestra nuestra condición, también será Él quien nos capacite para despojarnos de aquello que nos aparta de Dios, porque, como afirman las Escrituras, separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5b).

Hermanos, ¿queremos que Dios nos enseñe cómo despojarnos del orgullo? Entonces no se pierdan el devocional de mañana.    Oración.

Padre, no quiero ocultar mi pecado; al contrario, vengo a ti reconociendo que tengo un problema con el orgullo. Señor, purifícame y limpia mi corazón, pues anhelo que mi vida refleje cada vez más a Jesús. Amén.  



domingo, 21 de junio de 2026

Deja de luchar contra Dios

 Deja de luchar contra Dios

“Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste, e invernar allí. Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar” Hechos 27:12-15.

En el devocional anterior reflexionamos acerca de la terquedad y vimos cómo aquellos hombres decidieron ignorar la advertencia de Pablo y continuar navegando. Pero, ¿qué había detrás de esa decisión? La respuesta es el orgullo. La terquedad no es más que una manifestación de un corazón que se resiste a reconocer que Dios tiene razón.

El barco en el que viajaban Pablo, el centurión y los demás presos, rumbo a Roma, puede representar ese orgullo que muchas veces gobierna el corazón del hombre. Y de él necesitamos despojarnos, pues, en lugar de impulsarnos hacia adelante, termina produciendo estancamiento.

Aquellos hombres creyeron tener el control. Al ver que el viento soplaba favorablemente, pensaron que podían continuar el viaje sin problemas. Sin embargo, el tiempo cambió abruptamente y la tormenta demostró que ni la experiencia de los marineros, ni la embarcación, eran suficientes para hacerle frente. Finalmente comprendieron que luchar contra el viento sería inútil y se dejaron llevar por él, pues era mejor permanecer con vida que perecer intentando navegar contra la corriente.

¿Cuántas veces nosotros actuamos de la misma manera? Creemos tener el control y persistimos en nuestros propios caminos, aún cuando Dios nos advierte. Sin embargo, llega un momento en el que nuestras fuerzas se agotan y comprendemos que es inútil resistirnos a su Voluntad.

Por eso, el Señor quiere enseñarnos las claves para despojarnos del orgullo. La primera consiste en dejar de luchar contra Dios.

Eso fue lo que el Señor le reveló a Pablo, cuando iba camino a Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 26:14b). En otras palabras, era inútil luchar contra Dios, resistirse a Él, pues al hacerlo solo se estaba haciendo daño a sí mismo.

El orgullo nos lleva a levantarnos contra Dios y a actuar como si supiéramos más que Él. Es como decirle: “Déjame a mí; yo sé cómo hacer las cosas”. Pero el Señor declara: “La soberbia y la arrogancia, el mal camino, Y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8:13b).

Ese fue uno de los errores del rey Saúl. Aunque Samuel le mostró claramente su pecado, Saúl insistió en justificarse y se negó a reconocer su falta (1 Samuel 15). ¿Y cuántas veces nosotros hacemos lo mismo? El Señor nos confronta una y otra vez, pero seguimos convencidos de que tenemos la razón y nos cuesta admitir el orgullo que hay en nuestro corazón.

Hermanos, hoy el Señor quiere llevarnos a su Presencia para que permitamos que examine nuestro corazón. Preguntémosle: “Señor, ¿hay orgullo en mí?” Y si Él nos muestra que sí lo hay, el siguiente paso será reconocer que hemos estado navegando, quizás durante mucho tiempo, en contra de su voluntad.    Oración.

Amado Padre, ¡cuánta paciencia has tenido conmigo!, pues no es la primera vez que me confrontas en cuanto a mi orgullo. Espíritu Santo de Dios, ayúdame a despojarme de la terquedad y del orgullo, pues no quiero seguir ofendiéndote ni contristándote. Señor Jesús, ¡cuánta necesidad tengo de que crezcas en mí y de que yo mengüe! Amén.



sábado, 20 de junio de 2026

La terquedad conduce al naufragio

 La terquedad conduce al naufragio

“Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba, diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas. Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía”. Hechos 27:7-11.

En la vida, muchas veces hemos aprendido a movernos según nuestro propio ritmo o hacia donde nuestros deseos y emociones nos impulsan. ¡Cuán difícil es para el hombre abandonar esta manera de pensar y actuar para sujetarse a la voluntad de Dios! Sin embargo, el Señor no quiere que continuemos viviendo conforme a nuestro antojo, sino que aprendamos a caminar por la senda que Él nos señala (Salmos 32:8).

Pablo fue testigo de esta realidad durante uno de sus viajes a Roma. La Biblia nos muestra que el apóstol era trasladado a esa ciudad como prisionero bajo la custodia de un centurión llamado Julio. Durante la travesía, los vientos eran contrarios y el avance se hacía cada vez más difícil. La situación exigía tomar una decisión: continuar o esperar.

Al ver que el otoño estaba avanzado y que la navegación se había vuelto peligrosa, Pablo advirtió que seguir adelante podría traer graves pérdidas para la carga, la nave e incluso para las personas que iban a bordo. Sin embargo, el centurión prefirió escuchar al capitán y al dueño del barco, quienes consideraban más conveniente continuar el viaje (Hechos 27:9-11).

¡Cuántas veces nosotros hemos hecho lo mismo! Aun siendo creyentes, ponemos en una balanza nuestros pensamientos, deseos y experiencias frente a la dirección de Dios. Llegamos a creer, equivocadamente, que sabemos qué es lo mejor y terminamos desechando el consejo que el Señor nos da por medio de su Palabra.

Finalmente, ocurrió exactamente lo que había sido advertido: la nave naufragó y se perdieron tanto la embarcación como gran parte de las provisiones. No obstante, por la misericordia de Dios, ninguno de los tripulantes perdió la vida (Hechos 27:24b). Este acontecimiento nos lleva a reflexionar: ¿por qué esperar a experimentar las consecuencias para reconocer que Dios tiene razón? ¿Por qué insistir en nuestro propio camino cuando el Señor, en su amor, nos muestra uno mejor?

Hermanos, la terquedad nunca nos llevará más lejos; sólo producirá estancamiento, pérdidas y sufrimientos innecesarios. Aunque la gracia de Dios es capaz de sostenernos y preservarnos en medio de nuestras malas decisiones, ¡cuánto mejor es aprender a escuchar su voz y obedecerle! Quienes atienden su Palabra encuentran dirección, vida y bendición, tal como lo afirma el Señor en Proverbios 4:10-13: “Oye, hijo mío, y recibe mis razones, Y se te multiplicarán años de vida. Por el camino de la sabiduría te he encaminado, Y por veredas derechas te he hecho andar. Cuando anduvieres, no se estrecharán tus pasos, Y si corrieres, no tropezarás. Retén el consejo, no lo dejes; Guárdalo, porque eso es tu vida”    Oración.

Padre, permite que mi vida ya no sea guiada por la terquedad, sino por tu buena, agradable y perfecta voluntad. No quiero vivir en naufragio, sino caminar por la senda que tú has trazado para mí. Confío en ti y sé que tu consejo y tu dirección me conducirán por caminos de rectitud y verdad. Amén. 



viernes, 19 de junio de 2026

Habitando en familia

 

Habitando en familia
“Dios hace habitar en familia a los desamparados”; Salmos 68:6a
¡Cuán hermoso y reconfortante resulta este pasaje para quienes, en algún momento, hemos experimentado el desamparo! Ya sea por la pérdida de nuestros padres, por la ausencia física, mental o emocional de alguno de ellos, o por la distancia que nos separa de nuestra familia, sea por decisión propia o por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, el Señor nos revela que, en su infinita bondad, amor y misericordia, nos ha permitido conocer lo que significa habitar en familia.
¿Cuántos de nosotros, en momentos especiales, hemos sido acogidos por otros y hemos disfrutado de tiempos de comunión junto a ellos? Quizás hemos compartido una comida, celebrado una fecha importante o recibido el consejo y la guía de personas que, en el amor del Señor, nos han cuidado como padres y nos han mostrado la verdad de la Palabra.
Jesús mismo fue promotor de acoger a los desamparados. Lo vemos incluso en la cruz, cuando encomendó el cuidado de su madre al discípulo amado. José había muerto tiempo atrás y las Escrituras no nos dicen dónde se encontraban los demás hijos de María en ese momento. Sin embargo, aun en medio de su sufrimiento, Jesús hizo realidad en la vida de ella lo que declara la Palabra: “Dios hace habitar en familia a los desamparados”. Por eso, dirigiéndose al discípulo amado, le dijo: “He ahí tu madre” (Juan 19:27b).
Hermanos, la conclusión de este devocional es clara: cada vez que surja en tu corazón un sentimiento de abandono, trae a tu memoria las palabras del salmista y, sobre todo, fija tu mirada en Cristo. Él experimentó el desamparo para que ni tú ni yo tuviéramos que enfrentarlo por nuestra cuenta. Cuando esas emociones quieran imponerse, silencia las voces de mentira y aférrate a esta verdad: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”. Asimismo, ten presente que, aun si una madre llegara a olvidarse de su hijo, hay alguien que jamás lo hará: el Señor, el Dios inmutable que nunca cambia, el que cumple lo que promete, el que te ama con amor eterno y quien habita en tu corazón (Salmos 27:10; Isaías 49:15).
Por tanto, cuando la soledad o el abandono quieran hacerte creer que estás solo, recuerda que en Cristo tienes un Padre que nunca te desampara y una familia en la fe en la que Él mismo te ha hecho habitar.  Oración.
Padre, hoy te alabo y te exalto. Mi alma te bendice, pues tu Espíritu Santo ha traído a mi memoria todo lo que has hecho en mi vida. Has estado a mi lado en todo tiempo y has permanecido fiel, aun en medio de mi infidelidad. Gracias porque nunca me has desamparado y porque, cuando mis fuerzas han faltado, han sido tu gracia, amor y misericordia las que me han sostenido. Amén.   


jueves, 18 de junio de 2026

Cuando las emociones nos arrastran

 Cuando las emociones nos arrastran

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”. Santiago 1:6

Aunque el pasaje principal del día confronta al creyente respecto a cómo, en ocasiones, surge la incredulidad, el Señor también desea usar esta misma referencia para mostrarnos que nuestras vidas pueden parecerse a las olas del mar, porque, cuando somos guiados por lo que pensamos y sentimos, fácilmente terminamos siendo arrastrados de un lado a otro, sin estabilidad.

Pedro fue un claro ejemplo de ello. Movido por la emoción, le dijo al Señor: “dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte”. Sin embargo, más adelante, al permitir que el temor dominara su mente y su corazón, terminó negando a Jesús (Lucas 22:33; Mateo 26:72).

Y es que eso es precisamente lo que sucede cuando las emociones toman el control, pues dependiendo de lo que sentimos en determinado momento, es como terminamos actuando. Cabe aclarar que las emociones no son el problema, pues Dios nos creó con ellas. El inconveniente surge cuando les permitimos ocupar el lugar que solo le corresponde al Señor.

David, por el contrario, entendió que no había sido llamado a vivir gobernado por las emociones cambiantes de su alma, sino por la fe. Por eso, en el Salmo 27:13-14, lo vemos esperar y confiar en el Señor, declarando: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová.”

David no estuvo exento de situaciones difíciles. A lo largo de muchos salmos abrió su corazón y expresó las diversas emociones que surgían en su interior. Sin embargo, no edificó su vida sobre ellas, sino sobre el Señor. Comprendió que debía llevarlas delante de Dios y descansar en sus promesas.

La pregunta es: ¿qué emociones nos están gobernando o llevando de un lado a otro? ¿Será la ira, la tristeza, el desánimo o la decepción? Hoy, el Señor nos recuerda que en Cristo encontramos la estabilidad que nuestro corazón necesita. Cuando nuestra fe descansa en su Palabra, ya no somos arrastrados por cada pensamiento o sentimiento, sino que permanecemos firmes en medio de cualquier circunstancia.

Tengamos presente que no hemos sido llamados a reprimir nuestras emociones, sino a presentarlas delante del Señor y permitir que el Espíritu Santo produzca en nosotros su fruto, para que la fe gobierne por encima de lo que sentimos.

Hermanos, que nuestras emociones sean llevadas delante del Señor, pero que nuestra vida y nuestras decisiones sean guiadas por la fe y por la verdad de su Palabra.    Oración.

Padre, confieso que en este momento, mis emociones quieren arrastrarme hacia lugares a los que tú no me has llamado. Te pido que sea tu Espíritu Santo quien guíe mi vida y me lleve a las profundidades de tu intimidad, pues solo allí mi alma encuentra reposo y mi corazón permanece firme. Amén.   



miércoles, 17 de junio de 2026

Mi esperanza está en Jesús

 Mi esperanza está en Jesús

“Sálvame, oh Dios, Porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; He venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; Han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios”. Salmos 69:1-3

Hay heridas que llevamos en el alma y que, en ocasiones, resultan difíciles de describir. Pueden surgir a causa de una ruptura amorosa, la pérdida de un ser querido, conflictos o diversas circunstancias dolorosas. Sin embargo, cuando buscamos refugio en el Señor y acudimos a su Palabra en busca de consuelo, encontramos verdades que traen sanidad a nuestro corazón, pues nos recuerdan en quién debe estar puesta nuestra esperanza.

En el Salmo 69, vemos a David derramando su corazón delante de Dios. No conocemos con certeza qué provocó su aflicción, pero sí podemos observar sus efectos: llanto profundo, agotamiento, y una sensación de desamparo, o falta de apoyo de quienes lo rodeaban. El salmista compara su situación con la experiencia de hundirse en un fango profundo del que no puede salir por sí mismo, pues necesita la ayuda de alguien que lo rescate. Al concentrarse en su sufrimiento, llega a percibir que no hay salida. Y, siendo sinceros, ¿quién de nosotros no ha atravesado momentos que parecen superarnos por completo?

Pero gracias a Dios por Jesucristo, quien nos dejó a su Santo Espíritu, el Consolador, para rescatarnos cuando nuestra alma se encuentra sumergida en el pozo de la desesperación.

Por medio de las Sagradas Escrituras, el Espíritu Santo nos recuerda que el único capaz de darnos verdadero reposo, aun en medio de la prueba más difícil, es el Señor. Por eso Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). El descanso que nuestra alma necesita no depende de que desaparezcan las dificultades, sino de permanecer en Él. Así como los árboles plantados junto a corrientes de agua permanecen firmes y dan fruto, nosotros podemos perseverar porque estamos arraigados en Cristo, la vid verdadera.

Así mismo, el Espíritu Santo nos recuerda que podemos declarar confiadamente que el Señor es nuestro ayudador, nuestro apoyo, y quien nos sostiene en medio de la adversidad (Hebreos 13:6; Salmos 18:18).

Hermanos, el propósito de Dios para nosotros, en este día, es que dejemos de fijar nuestra mirada en los problemas, en quiénes los provocan, en las pérdidas o en cualquier situación adversa. Cuando centramos nuestra atención únicamente en esas realidades, corremos el riesgo de perder la esperanza y caer en la tristeza o el desaliento.   Oración.

Padre, hoy vuelvo mi mirada hacia ti, pues entiendo que solo en tu presencia encuentro el descanso que necesito. Me rindo a tu voluntad y te pido que dirijas mi vida conforme a tus propósitos. Amén. 



martes, 16 de junio de 2026

Orden en los pensamientos

 Orden en los pensamientos

“Los pensamientos con el consejo se ordenan”; Proverbios 20:18a

En el devocional de ayer, el Señor nos hablaba sobre la necesidad de tener prudencia a la hora de hablar. En medio de esa reflexión, nos enseñaba que parte del problema radica en que no ponemos en orden nuestros pensamientos antes de hablar. Incluso, la falta de orden en nuestra mente influye en la toma de decisiones, pues cuando nuestros pensamientos están llenos de caos y carecemos de la claridad que solo proviene de Dios, podemos actuar precipitadamente, tal como lo declara Proverbios 20:25 “Lazo es al hombre hacer apresuradamente voto de consagración, Y después de hacerlo, reflexionar”.

Cuando actuamos impulsivamente, tendemos a arrepentirnos por no habernos detenido a reflexionar y a poner en orden nuestras ideas. La Biblia declara que aquellos que actúan guiados por pensamientos fuera de control terminan poniéndose lazos; es decir, asumiendo obligaciones y compromisos que no pueden cumplir. Por ello, Proverbios 13:16a nos advierte que las personas sabias piensan antes de actuar, mientras que las necias y orgullosas no lo hacen.

Esto fue precisamente lo que le sucedió al rey Saúl. El profeta Samuel le había dicho que debía esperar hasta su regreso para indicarle lo que debía hacer. Sin embargo, al ver que Samuel tardaba en llegar y que el pueblo comenzaba a desertar, Saúl permitió que pensamientos de temor y desesperación llenaran su mente. En lugar de detenerse a ordenar sus pensamientos y confiar en la palabra que había recibido de Dios, actuó impulsivamente y terminó cometiendo una gran necedad: desobedecer al Señor (1 Samuel 13:8-14).

Hermanos, tú y yo hemos sido llamados a escuchar la voz de Dios, prestar atención a su enseñanza y obedecerla. Su Palabra afirma que su consejo nos conducirá al bienestar, mientras que el nuestro, que está fundamentado en el orgullo, nos llevará a la calamidad (Jeremías 29:11, Proverbios 14:12). La pregunta es: ¿qué consejo escucharás hoy? El Señor nos exhorta a escuchar y seguir su consejo, el único que nos conduce a la vida (Deuteronomio 30:15-19).   Oración.

Padre, te ruego que me corrijas cuantas veces sea necesario, pues reconozco que en ocasiones, he sido necio y he actuado impulsivamente, sin detenerme a buscar tu dirección ni a consultarte si mi manera de pensar está de acuerdo con tu voluntad. Amén.



lunes, 15 de junio de 2026

Labios prudentes

 Labios prudentes

“Hay oro y multitud de piedras preciosas; Mas los labios prudentes son joya preciosa”. Proverbios 20:15

¡Qué hermoso pasaje el que Dios nos regala en este devocional, y cuán bella es la comparación que hace el Señor entre los labios prudentes y las joyas preciosas! Sobre todo para nosotros, que impulsivamente, en ocasiones, terminamos hablando y diciendo aquello a lo que el orgullo nos guía.

Gracias al Señor y a su Palabra, estamos siendo tratados en esta área, pues, como vimos en devocionales anteriores, para que se manifieste esa obra de Jesús en nosotros, necesitamos reconocer nuestra condición pecadora. Como lo expresó Jesús: “los sanos no tienen necesidad de médicos, sino los enfermos” (Mateo 9:12).

La pregunta que surge en estos momentos es: ¿por qué damos rienda suelta a nuestros labios en vez de guardarlos? Quizás, porque pensamos que si no decimos las cosas, luego explotaremos; o puede ser porque queremos tener la razón o quedarnos con la última palabra para así “ganar” una discusión. Pensamientos que, como vemos, están viciados de orgullo.

Pero ¿a qué nos invita la Palabra de Dios? A guardar nuestra boca, nuestras palabras, y, sobre todo, a pensar antes de hablar, pues las Escrituras nos dicen que “los pensamientos con el consejo se ordenan” (Proverbios 20:18a).

Hermanos, lo que nos resta hacer en momentos en los que nos vemos tentados a responder desde el orgullo, es a detenernos y buscar el consejo de Dios, pues sólo Él es capaz de ordenar nuestros pensamientos y sentimientos para alinear nuestra voluntad con la suya. Cuando vayamos a la Presencia de Dios, expongamos nuestra causa, como lo hizo David, expresemos la razón de nuestro disgusto, lo que esa situación genera emocionalmente en nosotros y todo lo que haya en nuestro corazón, pues sabemos que podemos echar nuestras cargas delante de Dios (Salmos 142:2; 55:22a).

Pero también debemos tomarnos un tiempo para escuchar al Señor, pues seguramente cuando lo hagamos, nos recordará que hemos sido llamados a menguar y a permitir que Cristo crezca en nosotros, para que entonces sean sus palabras las que emerjan de nuestros labios: palabras sabias, que edifican y que están llenas de amor, perdón y misericordia.   Oración.

Señor, que de mis labios emerjan tus palabras, pues ¡qué honor es poder reflejarte, incluso en mi manera de hablar! Espíritu Santo de Dios, llévame cada día a menguar para que Cristo crezca en mí, porque he visto que, cuando tomo el control de mi vida, de mi boca salen palabras que contaminan. Amén.  



domingo, 14 de junio de 2026

Humildad

 Humildad

“revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes”. 1 Pedro 5:5b

Cuando meditaba en el pasaje bíblico principal, llamó mi atención la expresión que utiliza el apóstol Pedro: “Revestíos de humildad”. Cuando vamos al idioma original, encontramos que “revestíos” se traduce como “ceñirse”; de hecho, esta expresión hace alusión al siervo que debía ceñirse o ajustarse el delantal para poder realizar la labor que le correspondía dentro del servicio que prestaba.

Cuando leí este pasaje, inmediatamente el Espíritu Santo me remitió a Juan 13:4-5, donde podemos ver a Jesús, en medio de la última cena, levantándose de la mesa, quitándose su manto, tomando una toalla y ciñéndose para posteriormente, lavar los pies de sus doce discípulos. Aunque la palabra “ceñir” en este último pasaje no proviene de la misma raíz que en el versículo principal, si nos ayuda a comprender una verdad profunda: como siervos del Señor, debemos aprender a humillarnos delante de Dios, así como aquel siervo se humillaba delante de su amo para cumplir con la tarea que le había sido encomendada.

Lamentablemente, hoy en día, el mundo nos enseña todo lo contrario, pues se aplaude el orgullo y la altivez, mientras que la humildad es juzgada, menospreciada e incluso rechazada. Sin embargo, el Señor Jesús, en el evangelio de Juan, hace exactamente lo opuesto: exalta la humildad y la presenta como un acto de valentía, pues ésta implica que cada persona decida, voluntariamente, humillarse y ponerse al servicio de un amo o señor. Ante esto, surge una pregunta importante: ¿al servicio de quién estamos, del orgullo o de la humildad?

Jesús, por Su propia voluntad, decidió humillarse delante de su Padre para darnos ejemplo de que el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que aquel que lo envió. Y si Cristo, siendo el Dueño y Señor de todo, estaba dando ejemplo de humildad, nosotros, como siervos y enviados de Dios, no podemos actuar de manera diferente (Juan 13:15).

Hermanos, lo que tú y yo debemos hacer es morir a nosotros mismos y permitir que Cristo viva en nosotros, para que entonces se manifieste su carácter humilde; un carácter que nos conduce a experimentar la verdadera sabiduría (Proverbios 11:2b).   Oración.

Padre, ¡cuán necesario es que tu Hijo Jesús viva a través de mí!, pues entiendo que, en mis propias fuerzas, sólo puedo conducir mi vida por el camino del orgullo, un camino que te desagrada y que se levanta contra ti. Ayúdame, Espíritu Santo de Dios, a morir cada día para que sea Cristo Jesús quien guíe mis pasos y me lleve por el camino de la humildad, el camino que agrada al Padre. Amén. 



sábado, 13 de junio de 2026

¿Orgulloso?

 ¿Orgulloso?

“Pasé junto al campo del hombre perezoso, Y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; Y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, Ortigas habían ya cubierto su faz, Y su cerca de piedra estaba ya destruida”. Proverbios 24:30-31

“En su propia opinión el perezoso es más sabio Que siete que sepan aconsejar”. Proverbios 26:16

Aquel hombre que describen las Escrituras no solo era perezoso, sino también orgulloso, pues sabe e incluso puede llegar a ver que tiene un problema: su viña tiene la cerca destruída y espinos y ortigas han invadido su tierra. Sin embargo, su orgullo lo lleva a permanecer en medio de esas ruinas; no solo es incapaz de reconocer su condición, sino que tampoco busca la ayuda de Dios para restaurarla, lo que demuestra necedad. Tan grave es esto, que el Señor compara al necio con el perro que vuelve a comer su propio vómito (Proverbios 26:11). Cuando tú y yo persistimos en la necedad, nos estancamos, y esto no solo nos afecta a nosotros mismos, sino también a todo lo que nos rodea.

El orgulloso se cree sabio, al igual que el perezoso, quien incluso llega a pensar de sí mismo que es más sabio que siete que sepan aconsejar (Proverbios 26:16). El altivo no escucha, no recibe ni acepta el consejo del Señor. La única solución para salir de esta condición es la rendición ante el Señor, pues, como manifestó Jesús: “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mateo 9:12).

El orgulloso, además, es una persona conflictiva, pues al creer que tiene la razón, persiste en el error y lo defiende a capa y espada, lo que lo lleva a enfrentarse con quienes piensan diferente (Proverbios 13:10a).

El orgulloso, en su necedad, primero actúa y después piensa; y lo peor es que incluso se jacta de ello (Proverbios 13:16b).

Seguramente encontraremos muchas más características del hombre orgulloso, pero todas las que acabamos de mencionar nos permiten llegar a una conclusión: El Señor nos está revelando que tú y yo podríamos tener orgullo escondido en nuestro corazón. Él quiere sacar esto a la luz para que reconozcamos nuestra condición y, posteriormente, podamos ser sanados, tal como lo manifiesta 2 Crónicas 7:14 “si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.

Hermanos, el Señor ha sido bastante insistente en la necesidad de rendirnos ante Él. Debemos doblegar nuestro orgullo y reconocer que necesitamos ser sanados por Dios, pues el orgullo ya no debería ser una problemática en nuestras vidas, ya que la obra de Cristo fue consumada en la cruz. La verdad de que Cristo vive en nosotros es la que debería reflejarse en nuestro diario vivir. Por lo tanto, lo que tendríamos que mostrar al mundo no es orgullo, sino la humildad de nuestro Señor Jesucristo. Precisamente en esto profundizaremos en el devocional de mañana.   Oración.

Padre, estoy viendo la cerca de mi viña destruida y no estoy haciendo nada al respecto; confróntame y revélame, por el poder de tu Espíritu Santo, si esto es así. Señor, hoy busco tu ayuda, pues no quiero, como el perezoso, pensar que no tengo problemas. Restáurame, quiero que el mundo sepa que eres tú quien vive en mí. Te lo pido en el nombre de Jesús. Amén. 



viernes, 12 de junio de 2026

Arraigados y cimentados

 Arraigados y cimentados

“para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”. Efesios 3:17-21.

Concluimos en el devocional anterior la importancia de que el creyente esté arraigado y cimentado en amor. Justamente, la palabra “amor” proviene del griego ἀγάπη (ágape) y hace referencia a la esencia misma y naturaleza de Dios, pues las Escrituras nos recuerdan que Dios es amor (1 Juan 4:8).

Lo que el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos enseña es que por medio de la fe en Cristo y permaneciendo en Él, arraigados y cimentados en su amor, seremos plenamente capaces no solo de comprender el sobreabundante y extraordinario amor de Cristo, sino también de recordar en todo momento que Dios no necesita ayuda, pues, como lo expresa el versículo 20, Él “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”.

Si Abraham y Sara hubieran permanecido firmes en la raíz verdadera, que es Cristo, y no hubiesen permitido el surgimiento de raíces aéreas, la historia habría sido diferente y las consecuencias de aquellas decisiones equivocadas podrían haberse evitado. Precisamente de esto quiere advertirnos el Señor: del peligro de permitir que se desarrollen en nosotros raíces que no provienen de Él.

En este día, el Espíritu Santo nos dice: “Ríndete a Dios y permite que Cristo viva a través de ti, pues solamente cuando estés arraigado y cimentado en su amor echarás raíces profundas que te mantendrán firme. Déjame actuar con poder en tu vida y experimenta cada día lo que significa que Cristo viva en ti”.

Hermanos, la conclusión de toda esta serie de devocionales es que no hemos sido llamados a ser Monsteras que desarrollan raíces aéreas, sino pámpanos que dependen por completo de la única Vid verdadera, Jesucristo, y que estamos llamados a llevar el fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23).    Oración.

Padre, cada vez que quieran emerger en mí raíces aéreas, recuérdame, por medio de la revelación de tu Santo Espíritu, quién eres tú y cuáles son tus atributos. Tú eres todopoderoso, fiel, Padre de toda verdad, inmutable y siempre cumples lo que prometes. Al mantener estas verdades presentes en mi mente y creer lo que me revelas a través de tu Palabra, echo fuera todo temor y todo aquello que se levanta en contra de tu conocimiento. Amén.   



jueves, 11 de junio de 2026

Rendición

 Rendición

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”; Efesios 3:14-16

Pablo entendió que como creyentes, lo que debemos hacer es rendirnos ante Dios, y el doblar rodillas nos lleva a comprender esa rendición, pues es una manifestación de sumisión y de reconocimiento de la autoridad de Dios. Hacia allá nos quiere llevar el Señor: a rendirnos delante de Él, a soltar el control y a cortar todas esas raíces aéreas que solo producen en nosotros ira, contiendas, amargura, etc., y que están ahí, no para hacernos depender de Dios, sino para intervenir y supuestamente “ayudar a Dios”.

La rendición le permite al creyente experimentar el actuar del Espíritu Santo. Por eso, en el versículo 16, el apóstol Pablo, siendo inspirado por Dios, utiliza la palabra “poder”, que proviene del griego δύναμις (dúnamis), y que hace referencia a la fuerza y al poder del Espíritu Santo en la vida del creyente. Y es que el Espíritu Santo es el único que puede fortalecer nuestro hombre interior.

¿De qué se trata esto de que el hombre interior sea fortalecido y a quién hace referencia cuando dice “el hombre interior”?, ¿Acaso se refiere a nosotros?; debemos entender que el Espíritu Santo no ha venido a fortalecer al yo, ni al hombre carnal; ha venido para que la vida y el carácter de Cristo se manifiesten cada vez más en nosotros.

¿Cómo ocurre esto? por medio de la fe. Cuando permanecemos arraigados y cimentados en Cristo, como dice el versículo 17, entonces sucede algo extraordinario, algo poderoso: el Espíritu Santo obra en nosotros para que Cristo ocupe el lugar que le corresponde y se haga cada vez más evidente en nuestra manera de pensar, de hablar y de actuar.

Y cuando Cristo es quien se manifiesta en nosotros, permanecemos firmes. Pero esta firmeza no proviene de nuestro esfuerzo ni de las raíces aéreas que intentamos hacer crecer para sostenernos por nosotros mismos. ¡No!, proviene del poder del Espíritu Santo obrando en ti y en mí.

Además de la rendición, Pablo destaca la importancia de que, como creyentes, estemos arraigados y cimentados en el amor.   Oración.

Padre, cada vez me revelas verdades extraordinarias. ¡Cuán maravilloso es conocer y creer que tu Hijo Jesús vive en mí! ¡Y cuán bello es verlo obrar a través de mi vida a medida que me rindo a ti!, amén. 



miércoles, 10 de junio de 2026

Dios escucha mi clamor

 Dios escucha mi clamor

"Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor… Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor… Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan." Lucas 1:5-6, 8-9, 11-13

Qué hermoso relato el que nos recuerda Dios en el evangelio de Lucas. En él se describe la promesa que Dios le da al sacerdote Zacarías del nacimiento de su hijo Juan, quien sería conocido por todo el pueblo de Israel, pues sería el encargado de preparar el camino para la venida de nuestro Salvador (Mateo 3:3). La Biblia nos muestra que Zacarías y Elisabet eran ya de edad, añadiendo además que Elisabet era estéril, lo cual hace esta concepción aún más increíble. Juan llega como resultado de un clamor de Zacarías, pues observemos que el Ángel Gabriel manifiesta que Dios ha escuchado su oración y que su esposa dará a luz a un precioso varón. A través de este pasaje el Señor nos está animando pues ¿cuántos de nosotros, al igual que Zacarías, hemos puesto en el altar del Padre peticiones especiales? Cosas que ante nuestros ojos parecieran imposibles, pero que conociendo al Dios de los imposibles, decidimos encomendarlas a Él para que obre en nuestras vidas y haga en nosotros un milagro. Sin embargo, cuando llega la respuesta de parte de Dios dudamos, enfrentamos incredulidad, pues pensamos que para que se cumpla ese anhelo que tenemos en nuestro corazón depende de qué tanto nos esforcemos, o de qué tantas capacidades, talentos o recursos tenemos. Cuando miramos nuestra propia condición, que carece de todo lo anterior, flaqueamos, nos desanimamos y le damos acceso a la incredulidad. Sin embargo, Dios en Su infinita misericordia nos recuerda por medio de Su Palabra una gran Verdad, Él es el Gran Yo Soy: “He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jeremías 32:27).

Hermanos, el Señor es Dios fiel, el Único Dios verdadero quien está atento a nuestra oración, Él escucha nuestro clamor y conoce los deseos de nuestro corazón incluso antes de que los mencionemos, Él es Dios Poderoso, Dueño del oro y de la plata, Creador de todo el Universo y quien sostiene al mundo en Sus manos. Que cuando llegue la incredulidad a nuestras vidas, la rechacemos y no le demos cabida en nuestra mente y corazón, sino más bien permitamos al Espíritu Santo que nos recuerde quién es nuestro Dios, que traiga a nuestra memoria la grandeza del Señor, pues Él es la esperanza viva en quien hemos confiado y esperamos.   Oración.

Padre, reconozco que cuando le he dado acceso en mi vida a la incredulidad y he fijado mis ojos en mis propias limitaciones he olvidado y dejado a un lado lo más importante, a Tí Dios. Señor, no quiero ser incrédulo sino más bien quiero permanecer firme en mi fe en Tí, por más difícil que parezca la situación. Padre, confío en que Tú tienes el control y que a Tu tiempo me darás lo que Tú creas que es mejor. Amén. 



martes, 9 de junio de 2026

Amor para amar

 Amor para amar

"Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado." Romanos 5:5

Al recibir a Cristo como Señor y Salvador, se nos otorga por gracia un nuevo corazón, que es espiritual, en el que están escritos los mandamientos de Dios. Es con este nuevo corazón y gracias al amor inmerecido de Dios que somos capacitados para amar. Este amor nos conduce naturalmente a la obediencia, pues “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). Es maravilloso y consolador saber que el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo. Este amor es un atributo divino, la esencia misma de Dios, como se declara en 1 Juan 4:16b: “Dios es amor”. ¡Y ahora este amor está en nosotros!

El apóstol Juan, inspirado por el Espíritu Santo, profundiza en este concepto: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (1 Juan 4:10-12). Amarnos mutuamente es un signo de comunión con Dios, que evidencia que su amor se ha perfeccionado y se manifiesta plenamente en nuestras vidas, llevándonos de manera práctica a experimentar la vida en el Espíritu.

Jesús mismo lo afirmó: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:21-23). Al permitir que Cristo habite en nosotros y al recibir la fuerza de su amor, podemos corresponder al amor de Dios, amándolo a Él por sobre todas las cosas. Además, nos capacita para amar al prójimo como Cristo, compartiendo activamente su amor.

1 Juan 4:19-21 nos recuerda el fundamento: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.”

Por lo tanto hermano, ya que Dios nos ha concedido su amor para que podamos amar, permitamos que este amor se perfeccione en nosotros, guiándonos a corresponder a su inmenso amor para compartirlo con todos los que nos rodean.   Oración.

Señor Jesús, enséñame a amar como tú, a dar amor como tú, y a vivir según tu voluntad. Que tu amor me impulse a amarte a ti, Dios, y a mi prójimo, tal como tú me has amado.   



lunes, 8 de junio de 2026

Raíces aéreas.

 Raíces aéreas.

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”. Juan 15:1

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15:5

En los viveros es muy común encontrar diversos tipos de plantas, y una de ellas, en especial, ha llamado mi atención: la Monstera, o también conocida como costilla de Adán.

La Monstera es considerada una planta semitrepadora; lo que quiere decir que, naturalmente, busca enredarse en soportes, paredes o árboles para ayudarse a mantenerse erguida. ¿Cómo lo logra? por medio de sus raíces aéreas, pues ellas son las que se adhieren a los tutores o superficies verticales para mantener a la planta recta.

Te preguntarás: ¿qué tiene que ver esta planta con cada uno de nosotros?, pues bien, el Señor nos revela, por medio de este ejemplo, que tú y yo nos comportamos, en ocasiones, como las Monsteras, pues, al igual que aquellas plantas, dejamos salir en nosotros raíces aéreas para tratar de “ayudar” a Dios.

Este modelo de comparar al creyente con un tipo de planta no es algo nuevo, pues Jesús lo hizo en Juan 15:1-17. En este pasaje vemos cómo les habla a sus discípulos acerca de la vid, una planta muy conocida para los de aquella época. Si recordamos un poco el relato bíblico, encontraremos a Jesús aclarando los roles que a cada quién le pertenecían: Él, identificándose como la vid verdadera, el tallo o base de la cual toda hoja depende; al Padre, manifestando que era el Labrador, el cuidador de la planta, el encargado de regarla, de darle los nutrientes necesarios, de podarla y limpiarla; y al creyente, relacionándolo con los pámpanos, las hojas que dependen del tallo, de la raíz y del cuidado del Labrador.

Lo maravilloso de que Jesús defina los roles que a cada uno de nosotros nos corresponde, nos da descanso, pues, como pámpanos, logramos entender que para que demos fruto no necesitamos esforzarnos ni “ayudar” a la vid, a Jesús. El fruto emerge en los pámpanos debido a la naturaleza de la vid, pues esta es la que da el fruto y la que permite que se vea reflejado en los pámpanos.

Hermanos, aunque cada uno de nosotros ya conoce esta Palabra, debemos reconocer que, en ocasiones, nos comportamos como aquellas Monsteras de las que hablamos al inicio. Cuando dejamos de depender de Dios, permitimos que en nosotros nazcan raíces aéreas porque suponemos que Dios necesita “ayuda”, cuando la realidad es otra, pues su Palabra nos aclara y afirma que Dios no necesita ayuda (Hechos 17:24-25).    Oración.

Padre amado, permite que tu Palabra se haga realidad en mi vida. Quiero permanecer firme, creyendo y confiando solamente en Ti, cimentado en tu verdad y dependiente de tu gracia. Amén. 



domingo, 7 de junio de 2026

A ti me rindo

 A ti me rindo

“Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red”. Lucas 5:4-5

Las Escrituras nos muestran una pequeña parte de la historia de Pedro; en ellas se nos permite ver el intento y el gran esfuerzo que Pedro había puesto para lograr una pesca y aunque se dedicó toda la noche a esta labor, falló, pues no obtuvo peces, sino un gran cansancio, decepción y frustración.

¿Cuántos de nosotros nos sentimos identificados con Pedro? si lo aplicamos al enfoque que hemos desarrollado en devocionales anteriores, en cuanto a tratar de comunicarnos de manera asertiva, encontraremos que cuando lo hacemos bajo nuestras propias fuerzas terminamos cansados, frustrados y hasta agotados, pues, aunque queremos comunicarnos de manera clara, terminamos haciendo todo lo contrario.

Cuando meditaba en esto, le preguntaba al Señor: ¿Por qué pareciera que, en ocasiones, tuviéramos que llegar al punto de estar cansados para entender la importancia de rendirnos ante Dios? Pues eso fue lo que le sucedió a Pedro, y seguramente es lo que tú y yo hemos experimentado. Quizás, por cómo hemos sido criados o lo que el mundo nos ha enseñado, nos hemos acostumbrado a vivir en la autosuficiencia, cuando fuimos creados más bien para andar en dependencia de Dios (Juan 15:5).

Cuando Pedro boga mar adentro con Jesús, es decir, cuando logra tener ese tiempo de intimidad con el Señor, es que entiende, por medio de la fe, que necesita despojarse de sí mismo, de su profesión, de su propia capacidad y de su autosuficiencia para, a cambio, depender del Señor. Por eso le vemos echar la red al mar, pues la red hacía referencia a aquello que Pedro dominaba: su profesión de pescador; cosas que no le permitían confiar y depender plenamente del Señor. Y de eso se trata la rendición: de soltar el control para, a cambio, dárselo a Dios.

Cuando Pedro se rinde ante Jesús, aún sin entender completamente lo que eso significaba, sucede lo extraordinario: no la pesca, sino que conoce a su Salvador, el único que puede sacarlo de esa condición de pecado y de vivir por esfuerzos propios.

Hermanos, el Señor nos está pidiendo rendición, soltar las cargas, esas redes que representan nuestros propios esfuerzos, para aprender, en cambio, a depender de Él, a dejar emerger a Cristo en nuestras vidas, para que incluso cosas tan simples como saber hablar de manera asertiva ya no sean una carga o un esfuerzo, sino algo natural.  Oración.

Padre, hoy dejo ante tu altar todas mis cargas, mis esfuerzos, mi autosuficiencia. Me despojo de todo aquello que me estanca y que no permite que tu Hijo Jesús emerja en mí. Pon en mí, Cristo Jesús, tu yugo, y enséñame por qué dices que tu yugo es fácil y ligera tu carga. Amén.