Rendidos ante el Señor
“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toq hx da lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:9-11
Cuando el Espíritu Santo nos lleva a comprender y reconocer la autoridad de Dios, también nos conduce a la rendición. Cuando su grandeza nos es revelada, la respuesta natural es postrarnos delante de Él. Así le sucedió a Jairo, principal de la sinagoga, quien se arrodilló ante Jesús reconociendo su autoridad (Lucas 8:41). De igual manera, Pedro, al presenciar la pesca milagrosa, cayó de rodillas delante del Señor (Lucas 5:8). No es casualidad que la palabra “Señor” provenga del griego kúrios (κύριος), que significa: “Supremo en autoridad”. Se trata de un título que reconoce a Jesús como el Dios Soberano, el Ungido, el Amo y Dueño de nuestras vidas.
Cuando pienso en la rendición, inevitablemente la relaciono con el ámbito militar. Quizá esto nos resulta más fácil de comprender porque hemos visto películas en las que un ejército, al verse superado por el enemigo, iza la bandera blanca para preservar su vida. Rendirse implica dejar de luchar por cuenta propia y entregarse a otro. Sin embargo, a diferencia de una guerra entre naciones, rendirnos a Dios no significa sufrir una derrota, sino dejar de resistir a aquel que desea salvarnos, transformarnos y conducirnos a la verdadera victoria. En el plano espiritual somos llamados a deponer las armas y entregarlas al Señor. Esas armas representan las batallas que hemos intentado librar en la carne: pensamientos equivocados que se levantan contra la autoridad de Dios; sentimientos dañinos que, como bombas de tiempo, terminarán contaminando nuestras vidas y las de otros; y actitudes que, lejos de conducirnos a la victoria, nos encaminan al fracaso.
Pero la realidad es que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. En lugar de rendirnos a Dios, terminamos cediendo ante el enemigo. ¿Cuántos, en medio de las pruebas y del constante asedio del devorador, hemos optado por bajar los brazos y buscar una especie de “tregua” con él? Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña algo muy distinto: la rendición del creyente es delante del Señor, no delante del adversario. Por eso, las Escrituras nos exhortan a vestirnos con toda la armadura de Dios, para poder resistir en el día malo y, después de haberlo hecho todo, permanecer firmes (Efesios 6:13).
Hermanos, la pregunta que debe surgir a través de este devocional es: ¿delante de quién nos estamos rindiendo? Si nuestra respuesta es “delante del enemigo”, el Señor nos recuerda que no hemos sido llamados a flaquear ni a darle lugar al diablo. Nuestra rendición debe ser únicamente ante Dios, porque solo Él posee toda autoridad: “Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios” Romanos 14:11.[d] Oración.
Dios, tú eres excelso sobre todo; no hay nadie como tú. Reconozco que tú eres el único Dios verdadero, el Gran Yo Soy, el que es, el que era y el que ha de venir. Te alabo y te bendigo en el nombre de Jesús. Amén.