miércoles, 24 de junio de 2026

Reconocer la autoridad de Dios

 Reconocer la autoridad de Dios

“¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa”. Lucas 6:46-49

Hemos visto hasta el momento tres claves para permitirle a Dios quitar de nosotros el orgullo: dejar de luchar contra Él, reconocer que tenemos un problema y el despojo. Sin embargo, todo esto nos conduce a una verdad fundamental: reconocer la autoridad de Dios.

Ese es precisamente el propósito del Señor: llevarnos a comprender que quien debe gobernar nuestras vidas no somos nosotros, sino Él. Por eso, cuando actuamos de otra manera, nos confronta con una pregunta muy seria: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Llamarlo Señor implica reconocer su derecho a dirigir nuestra vida. No podemos afirmar que Él es nuestro Señor mientras insistimos en seguir nuestros propios caminos.

Estas palabras nos muestran que no basta con acudir a Él y escuchar su enseñanza; también es necesario obedecerla. Cuando esto ocurre, nuestra vida adquiere una firmeza tal que, aunque se levanten ríos y tormentas, no será destruida, porque está cimentada sobre la Roca que es Cristo (Lucas 6:47-48).

Lo contrario sucede con quien no atiende la voz del Señor. Cuando llegan las pruebas, no tiene cómo resistirlas y termina derrumbándose (Lucas 6:49). Algo similar ocurrió con la embarcación descrita en Hechos 27:41. Al ignorar las advertencias dadas por Dios a través de Pablo, el barco encalló y terminó siendo destrozado por la fuerza del mar.

Hermanos, la pregunta que el Señor nos hace hoy es esta: ¿quién tiene la autoridad en nuestras vidas, Dios o nosotros? Porque, en el fondo, el orgullo no es otra cosa que querer gobernarnos a nosotros mismos y resistirnos al señorío de Cristo. La invitación es a rendirnos delante de Él, porque solo cuando nos humillamos y ponemos en sus manos el control de nuestra vida permitimos que arranque de nosotros todo orgullo.   Oración.

Dios, tú eres el Señor de mi vida y quien gobierna mi corazón. Mis pensamientos, sentimientos y acciones reflejarán esta verdad, pues tú has prometido que la obra que comenzaste en mí la perfeccionarás hasta el día de Jesucristo. Creo en tu promesa y me aferro a ella con confianza. Amén.