domingo, 1 de noviembre de 2026

Sinceridad y Veracidad.

 Seridad y Veracidad. 

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jeremías 17:9.

¿Cómo definiríamos la sinceridad? Si le preguntamos a la Real Academia Española (RAE), nos dirá que la sinceridad es “sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento”. Ahora bien, ¿qué vendría siendo la veracidad? Según la misma RAE, es “la cualidad de veraz”. En pocas palabras, una persona veraz es aquella “que dice, usa o profesa decir siempre la verdad”.

Pareciera que la sinceridad y la veracidad son lo mismo, pero esto no es así. Una persona puede ser sincera, pero no veraz. Puede creer algo falso, pero expresarlo con honestidad. De la misma manera, alguien puede ser veraz sin ser completamente sincero: dice la verdad, pero oculta parte de lo que piensa, siente o hace.

Miremos el concepto anterior a través de un ejemplo. Pablo, antes de ser un fiel seguidor del Señor, era conocido por ser un perseguidor de cristianos. De acuerdo con sus creencias, “los cristianos”, “los seguidores de Jesús”, estaban totalmente errados en cuanto a su fe. Desde su perspectiva, perseguir a los creyentes e incluso consentir en su muerte era correcto, pues, según él, eso significaba demostrar celo por la ley de Dios (Hechos 8:1).

Este ejemplo de Pablo nos ilustra a la perfección cómo podemos ser sinceros, pero no veraces. Aunque Pablo era genuino en su manera de pensar y actuaba conforme a sus convicciones, estas no estaban fundamentadas en la verdad de Dios, sino en aquello que él creía o consideraba “verdadero”.

En el caso de la veracidad sin sinceridad, encontramos a los fariseos y a los doctores de la Ley, quienes enseñaban al pueblo los mandatos de Dios; sin embargo, vemos en ellos que predicaban con veracidad, pero estaban totalmente alejados de vivir una vida en sinceridad. Tanto es así que Jesús los puso al descubierto, comparándolos con sepulcros blanqueados: por fuera parecían rectos, limpios y justos, pero por dentro estaban llenos de hipocresía (Mateo 23:1-36).

Como vemos, la sinceridad, por sí sola, no garantiza que estemos en la verdad, y conocer la verdad tampoco garantiza que estemos viviendo de acuerdo con ella. Dios, por medio de este devocional, quiere llevarnos a ambas cosas: conocer Su verdad y vivir delante de Él con un corazón sincero. La pregunta es: ¿cómo lograrlo?

La respuesta es clara: por medio de su Santo Espíritu, pues queda demostrado que el ser humano, por sí mismo, carece de esa capacidad de vivir en sinceridad y veracidad. Las Escrituras lo reafirman: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9a). Por eso necesitamos al Espíritu Santo de Dios, pues Él, como nuestro Ayudador, nos conducirá no sólo a la verdad, a Cristo, sino también a andar en Él, vivir por Él y para Él (Juan 16:13a).   Oración.

Padre, escudriña mi corazón y mira cuánta maldad hay en él. Permíteme entender cuán engañoso puede llegar a ser mi corazón, para que no me enorgullezca ni me vuelva altivo, sino más bien para que, al ver mi pequeñez y mi necedad, pueda venir en humildad delante de ti y pedir tu perdón y tu ayuda, pues mi gran anhelo es que este corazón que has renovado refleje a tu Hijo Jesucristo. Amén. 

inc


sábado, 31 de octubre de 2026

La Biblia frente a las prácticas de oscuridad y ocultismo.

 La Biblia frente a las prácticas de oscuridad y ocultismo.

“Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” Isaías 8:19.

“Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas” 1 Tesalonicenses 5:5.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” 2 Timoteo 3:16-17.

Consultar a adivinos, a los muertos, a espíritus y recurrir a cualquier práctica ocultista es algo que la Palabra de Dios condena contundentemente.

Esto supone negar de manera evidente que confiamos en Dios, y constituye una expresión de la naturaleza pecaminosa e independiente, como lo dice Gálatas 5:20: “idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías”; es decir, es una manifestación de las obras de la carne.

A través del pueblo de Israel, Dios advertía sobre estas prácticas, que eran “normales” para las naciones paganas, pero que terminaban autodestruyendo y arrasando pueblos enteros, pues sus consecuencias son terribles: “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti” (Deuteronomio 18:10-12).

En el Nuevo Testamento, las personas que se convertían al Señor abandonaban estas prácticas, que eran muy comunes en aquella época, pero que, con la llegada de la fe en Cristo, perdían todo sentido (Hechos 19:19).

Pues Él mismo desarmó a los gobernantes y a las autoridades espirituales, los avergonzó públicamente y obtuvo su victoria definitiva sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:15).

Ahora que la Luz verdadera ha llegado a nuestro corazón, nuestra confianza, esperanza y seguridad están puestas en Cristo. En Él somos hijos de la luz; por lo tanto, no participamos en temáticas relacionadas con la oscuridad, la muerte, el miedo o los espíritus. Incluso, estamos llamados a reprenderlas (Efesios 5:8-11).

En vez de celebrar la muerte, celebremos la vida eterna que nos fue otorgada por gracia y de la cual dan testimonio las Escrituras. Estas son inspiradas por Dios, así que es mucho más útil prestarles atención, pues, al creer lo que dicen, tienen el poder de transformar, corregir, guiar y preparar nuestro ser para toda buena obra, además de bendecir radicalmente nuestra vida (2 Timoteo 3:16-7).

Hermanos, a estas Escrituras debemos acudir con la guía del Espíritu Santo y así entenderemos a quién debemos consultar: “¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” (Isaías 8:19b).     Oración.

Padre, mi confianza está puesta solamente en ti. Puedo consultar las Escrituras, que apuntan a Cristo, a la vida eterna que se nos ha manifestado y que ha vencido. Él nos ha dado la victoria sobre toda potestad y sobre toda oscuridad para mostrar en nosotros tu luz verdadera y tu amor. Amén.  



jueves, 29 de octubre de 2026

La fe como sustancia y unión con Cristo

 La fe como sustancia y unión con Cristo

"Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." Hebreos 11:1

La fe consiste en la certeza absoluta y la convicción firme en la obra, el carácter y las promesas de Dios, aun cuando estas no se ven con los ojos naturales. Pero todas estas promesas se cumplieron en Cristo.

Pero hay algo extraordinario y revelador en Hebreos 11:1, pues en el griego original en el que fue escrito el Nuevo Testamento se usa, para la palabra “certeza”, el término griego jupóstasis, que tiene como significado directo “sustancia” o “esencia”. El argumento y entendimiento de la profundidad de esta palabra se confirman cuando vemos que es la misma usada en Hebreos 1:3: “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia (jupóstasis), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Cristo es la imagen misma de la sustancia del Padre, en la cual todo creyente ha sido unido.

La creencia está en el intelecto; la fe es experimentar la sustancia, a Cristo. Por eso, hablar de fe sin entender que se trata de Cristo es perder la perspectiva real de que también se debe entender la fe como sustancia y unión con Cristo.

Entendemos que, lejos de ser un mero pensamiento, la fe nos conecta de manera orgánica a la sustancia misma de Cristo, haciendo que su vida opere en nosotros: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Al final del capítulo 11 de Hebreos se concluye que lo que esperaban los que creyeron a Dios no era una patria terrenal, sino una mejor, esto es, una celestial: la Jerusalén celestial, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10, 13-16). Pero Cristo es el contenido, la sustancia y el centro vital de esta patria, pues una ciudad celestial carece de sentido sin Aquel que la habita. Por eso, en la Nueva Jerusalén no hay templo físico, porque el Señor y el Cordero son su templo y su luz (Apocalipsis 21:22-23).

Por esta razón, la definición de la fe como sustancia armoniza con la patria celestial cuando el Señor Jesús dice: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Previamente, había declarado: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 14:3; Juan 12:32).

Cuando Jesús dice: “Y os tomaré a mí mismo”, esta unión ocurre cuando creemos en Él. Al igual que los antiguos, que dieron testimonio de fe y esperaban una patria celestial, nosotros hemos sido tomados por el Padre y colocados en ella: estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo y somos miembros de su cuerpo (Efesios 2:6; 5:30).

Hermanos, hemos sido hechos participantes de Cristo: “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (jupóstasis) del principio” (Hebreos 3:14). Estamos unidos a su esencia, y esta es la certeza máxima que tenemos. Por lo tanto, somos testigos efectivos y vivenciales y descansamos no en una expectativa abstracta o imaginaria, sino en una patria segura y en una unión viva con el Mediador que la sustenta para siempre.   Oración.

Padre, gracias porque he sido colocado en Cristo y Él en mí. No es un pensamiento teórico, sino una realidad orgánica y profunda que define quién soy y cuál es mi propósito. Y ahora estoy llamado a considerar que, en mi vida temporal, he muerto y mi vida está escondida con Cristo en Dios. Amén.  



miércoles, 28 de octubre de 2026

La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

 La fe como respuesta al oír la Palabra de Dios

"Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios." Romanos 10:17

“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, Lucas 24:25-27

La fe no surge del intelecto humano ni de la especulación, sino que proviene de la revelación de Cristo transmitida a través del mensaje de Dios. Inicia cuando una persona escucha y recibe, pero ¿qué es lo que escucha y qué es lo que recibe?

La escritura griega original en Romanos 10:17 no usa la palabra lógos, como en el Evangelio de Juan, que nos dice que la palabra o el verbo se hizo carne, sino que usa “rhēma”, que de acuerdo al contexto bíblico de varios pasajes donde se usa, enfatiza la Palabra revelada de Cristo o la voz viva de Dios al corazón que despierta fe en el que cree, la cual debemos recibir (Juan 6:63; Juan 3:34; Juan 15:7; Juan 1:14). Es decir, lo que el pasaje revela en profundidad es lo que produce fe en nosotros al recibir la Palabra revelada de Cristo.

No se refiere simplemente a lo que en nuestra cultura actual entendemos por oír físicamente, sino que la idea, en el contexto en que fue escrita, se refiere a “escuchar atentamente y recibir lo revelado por Dios”, y lo revelado por Dios es Cristo mismo. Él es la fuente, pero también Él abre nuestro entendimiento para comprender su mensaje, y esto produce fe en nuestro corazón.

Para ilustrar este asunto de la fe como revelación de Dios a nosotros, podemos recordar a los caminantes de Emaús. Dos discípulos de Jesús iban caminando hacia Emaús cuando se les apareció Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron: “Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen” (Lucas 24:16).

Cuando Él les pregunta acerca de lo que hablan, ellos le cuentan las cosas que han sucedido en Jerusalén, acerca de un profeta llamado Jesús de Nazaret, que fue entregado por los principales sacerdotes y gobernantes, y fue crucificado. Le cuentan que ellos esperaban que él fuese quien habría de redimir a Israel y que también estaban asombrados porque, al tercer día después de su crucifixión, unas mujeres habían recibido de parte de ángeles el mensaje de que Él vive. Pero Jesús entonces les confronta: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!”.

El Señor les cuestiona acerca de la necesidad de que Él muriera y resucitara, pero aquí está el punto clave relacionado con la enseñanza de la fe: el mismo Señor Jesucristo les habla: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. ¿Qué les enseña? Que todas las Escrituras Sagradas –la Biblia– dan testimonio de Él y apuntan a Él, porque Él es la vida. Pero, además, el mismo Señor Jesucristo les da el entendimiento y les abre los ojos para que puedan ver lo que antes era imposible para su mente carnal: “Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:13-35).

Le vieron con ojos espirituales, con los ojos de la fe; es decir, les abrió el entendimiento, tal como dice Efesios 1:18a: “alumbrando los ojos de vuestro entendimiento”, para que conozcan, para que comprendan. Eso mismo, amados hermanos, necesitamos hoy nosotros para experimentar la dimensión de la fe que viene por el oír. Y lo que oímos es la revelación de la Palabra de Dios, y necesitamos que Dios nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, (Efesios 1:17).   Oración.

Padre, por el poder de tu Espíritu que mora en mí, abre mis oídos espirituales para que llegue a mí todo espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo, y pueda experimentar plenamente la fe que viene como respuesta a tu revelación de Cristo, como la Palabra hecha carne que ahora habita en mí. Amén.



martes, 27 de octubre de 2026

Las dimensiones de la fe

 Las dimensiones de la fe

“puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” Hebreos 12:2

"Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó." Juan 8:56

“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” Gálatas 3:7

La fe no se puede reducir a una sola definición, sino que debe explorarse desde múltiples aristas y perspectivas; explicar de manera sencilla no significa cortar o volver “simplista” un tema tan profundo, sobre todo si este es la base de toda nuestra experiencia cristiana.

La primera vez que la Escritura menciona el tema de la fe es en Génesis, y se refiere a la fe imputada como justicia al creer lo que Dios promete. Es decir, la fe se revela como la vía por la cual Dios declara justo al hombre al poner su mirada en la promesa divina, mostrando el efecto que tuvo la fe de Abraham: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).

Pero hay algo clave: el mismo Señor Jesucristo revela el objeto real de la fe de Abraham y el fin de la promesa dada cuando dice en Juan 8:56 “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó”.

Lo que le fue mostrado a Abraham fue a Cristo mismo y, con Él, todas las cosas; lo cual quiere mostrar que la fe patriarcal no se apoyaba en recompensas terrenales ni geográficas, sino en la revelación de la persona del Mesías, del Salvador, por medio del cual la bendición dada por Dios pertenece a todos los que creemos en Jesús: “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” (Gálatas 3:7). Esta bendición nos alcanza plenamente, colocando un sello definitivo y de garantía total: “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14).

La promesa, hermanos, fue Cristo mismo. Nos fue dado el regalo inmerecido y el cumplimiento de su bendición definitiva dada a Abraham. Dios trae a todos los creyentes la fe al levantar a Cristo de los muertos y colocarnos en Él: “por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:31).  Oración.

Padre, gracias por levantar a Cristo de los muertos, por darnos como regalo su vida eterna en nosotros y por unirnos a Él. Amado Señor, gracias porque por la fe en Cristo soy transformado. Guíame a aprender plenamente las dimensiones de esta fe para colocarla en acción.  



lunes, 26 de octubre de 2026

La vida es sagrada

 La vida es sagrada

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”, Mateo 5:21-24

Un principio trascendental y básico que debemos saber: Ser hechos a imagen y semejanza de Dios, es el argumento más claro para no quitar arbitrariamente una vida, como dice Génesis 9:6: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”. Por implicación, Dios delega a la sociedad (autoridad humana) la responsabilidad de hacer justicia, pero no es venganza personal, sino orden moral.

La vida humana no debe ser quitada injustamente porque refleja la imagen de Dios, el hombre porta la imagen divina, lo que le da un valor único; sin embargo, la misma Biblia reconoce contextos donde el uso de la fuerza puede ser moralmente legítimo para preservar la vida y la justicia. Por ejemplo en Éxodo 22:2 “Si el ladrón fuere hallado forzando una casa, y fuere herido y muriere, el que lo hirió no será culpado de su muerte”

Dios es el autor y sustentador de la vida; por tanto, el ser humano no es su dueño absoluto, sino un agente moral responsable llamado a actuar conforme a ese diseño. Por tanto, no sólo está prohibido quitarla injustamente, sino también cultivar en el corazón cualquier actitud que destruya esa imagen, como el odio, el desprecio o la venganza, como nos lo enseñó el Señor Jesús:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”, (Mateo 5:21-24); es decir, el Señor Jesús está explicando aun más profundamente el concepto de asesinato y hallando la raiz, la fuente de esta maldad: el corazón del hombre, “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” (Mateo 15:19)

Finalmente, concluimos que la vida es sagrada (imagen de Dios, Génesis 9:6). No debemos asesinar o matar injustamente (Éxodo 20:13), pero sobre todo, ni siquiera cultivar el odio que lleva a matar (Mateo 5:21-24). Para que podamos cumplir esto, necesitamos entregar nuestro corazón a Cristo, para que su amor repose en nuestro corazón y veamos en nuestro prójimo la imagen de Jesús, pues todos al creer somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros (Romanos 12:5).     Oración.

Padre, gracias porque Cristo es mi vida, y ahora vivo para traer a otros a ti, para que seamos un cuerpo, llenos de tu amor, de un mismo Espíritu de vida, que se aman y cuidan con afecto entrañable y muestran así los atributos que glorifican tu nombre, amén.  



domingo, 25 de octubre de 2026

Los hijos de Dios protegemos la vida

 Los hijos de Dios protegemos la vida

“Porque tú formaste mis entrañas;

Tú me hiciste en el vientre de mi madre.

Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;

Estoy maravillado,

Y mi alma lo sabe muy bien.

No fue encubierto de ti mi cuerpo,

Bien que en oculto fui formado,

Y entretejido en lo más profundo de la tierra.

Mi embrión vieron tus ojos,

Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas

Que fueron luego formadas,

Sin faltar una de ellas.”, Salmo 139:13-16

Los hijos de Dios protegemos la vida, el problema es que aunque en el presente se habla de “vida”, este concepto no corresponde con el concepto 

La palabra de Dios, define la vida biológica desde la concepción, con varios factores determinantes:

1- Dios es quien determina la vida, la Escritura dice “tú formaste mis entrañas”, lo que revela que Dios crea los mecanismos para que se desarrollen nuestros órganos.

2- Dios me conoce, me vio antes de nacer, esto describe un estado antes de la formación completa de nuestro cuerpo, incluso antes del nacimiento.

Es decir, la Escritura afirma que Dios ya ve, conoce y reconoce a la persona en esa etapa temprana. ¿Si Dios me conoce porque el hombre no lo haría? La dignidad del ser humano no nacido, reside en el conocimiento de Dios, de nuestra vida y existencia, no de las suposiciones o convicciones particulares de otras personas.

Entonces la expresión “Mi embrión vieron tus ojos”, resalta la idea de conocimiento íntimo y anticipado por parte de Dios y esto lo define todo.

3- No se trata solo de un estado del ser humano, un estado físico o biológico embrionario, sino que en este estado está toda la información suficiente, específica de todo lo que va a ser formado en la persona, los datos de este conocimiento previo, confirman un ser único, potencial y digno de protección, amor y oportunidades, pues Dios conoce el cuerpo y la vida antes de formarse completamente, Él la crea, la diseña y la sustenta.

Hay una analogía muy precisa de Salmos 139:16 con el ADN: “Libro” ≈ información. “Escritas” ≈ diseño previo. “Formadas después” ≈ desarrollo biológico.

Esto solo comprueba que existe un diseño previo e invisible que luego se materializa en el cuerpo, por lo tanto, no somos nosotros los que creamos, diseñamos y sustentamos la vida, solo nos limitamos a administrar y respetar lo que Dios dispone.

Entonces somos responsables morales, pues no somos los creadores últimos de la vida, sino administradores dentro de un diseño que nos trasciende, que no podemos comprender plenamente “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” (Eclesiastés 11:5).

¿Qué consecuencia tiene esta idea bíblica? Antes de que existieras, ya eras conocido plenamente por Dios, y tu existencia no es accidental, ¡tienes un propósito de Dios en Cristo!    Oración.

Padre, gracias por que tú me diseñaste, me formaste en el vientre de mi madre y sobre todo me conociste, y esa es mi dignidad, te exalto mi Dios porque no fui un accidente sino que fui formado por tus manos de amor, para ahora vivir en tu propósito en Cristo Jesús, para gloria de tu nombre, amén.  



sábado, 24 de octubre de 2026

Sin divisiones

 Sin divisiones

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”, Santiago 4:1-2

“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” 1 Pedro 3:8.

¿Cuando causamos división? Cuando nos separamos de la cabeza que es Cristo, y nosotros queremos ser la cabeza, o tomar el lugar que no nos corresponde. (1 Corintios 1:10). Causamos división cuando dejamos que nuestros sentidos, que inducen a nuestros sentimientos, sean engañados y se coloque un sentir en nosotros, y este sentir, no sea el sentir de Cristo. Es decir que lo que guíe nuestra vida sea “yo siento”; este sentir equivocado ha destruido más congregaciones, familias y naciones que cualquier otra arma, allí inician las guerras: (Santiago 4:1-2).

Pablo advierte acerca de este asunto, en 2 Corintios 11:3 “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”; el llamado del Espíritu Santo es a no dejarnos llevar por lo que sentimos sino por fe, guiados por su Palabra.

Así que la meta es que todos lleguemos, que ninguno se quede: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”, (Efesios 4:13)

Por esto, nos enseñamos, oramos unos por otros, para que nos sea concedido el entendimiento de la vida del Hijo, para que la fuente de nuestro obrar sea Cristo y por la acción conjunta, en amor, sea formado en todos nosotros. (Efesios 4:15)

En esto no habrá división porque operamos en un mismo sentir, en una misma mente pues sentimos lo mismo que Cristo: “completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Filipenses 2:2) y como consecuencia evidenciamos lo que dice el apóstol Pedro inspirado por el Espíritu: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” (1 Pedro 3:8).   Oración.

Amado Dios, produce en mí, por tu Espíritu, el mismo sentir de Cristo para enfocar mi mirada en la meta de ser hallado en Él y no en mi propia justicia, para que actuando en fe, junto con mis hermanos, expresemos la comunión del Espíritu en todo lo que hagamos. Amén.  Sin divisiones

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”, Santiago 4:1-2

“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” 1 Pedro 3:8.

¿Cuando causamos división? Cuando nos separamos de la cabeza que es Cristo, y nosotros queremos ser la cabeza, o tomar el lugar que no nos corresponde. (1 Corintios 1:10). Causamos división cuando dejamos que nuestros sentidos, que inducen a nuestros sentimientos, sean engañados y se coloque un sentir en nosotros, y este sentir, no sea el sentir de Cristo. Es decir que lo que guíe nuestra vida sea “yo siento”; este sentir equivocado ha destruido más congregaciones, familias y naciones que cualquier otra arma, allí inician las guerras: (Santiago 4:1-2).

Pablo advierte acerca de este asunto, en 2 Corintios 11:3 “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”; el llamado del Espíritu Santo es a no dejarnos llevar por lo que sentimos sino por fe, guiados por su Palabra.

Así que la meta es que todos lleguemos, que ninguno se quede: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”, (Efesios 4:13)

Por esto, nos enseñamos, oramos unos por otros, para que nos sea concedido el entendimiento de la vida del Hijo, para que la fuente de nuestro obrar sea Cristo y por la acción conjunta, en amor, sea formado en todos nosotros. (Efesios 4:15)

En esto no habrá división porque operamos en un mismo sentir, en una misma mente pues sentimos lo mismo que Cristo: “completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Filipenses 2:2) y como consecuencia evidenciamos lo que dice el apóstol Pedro inspirado por el Espíritu: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;” (1 Pedro 3:8).   Oración.

Amado Dios, produce en mí, por tu Espíritu, el mismo sentir de Cristo para enfocar mi mirada en la meta de ser hallado en Él y no en mi propia justicia, para que actuando en fe, junto con mis hermanos, expresemos la comunión del Espíritu en todo lo que hagamos. Amén. 




viernes, 23 de octubre de 2026

Lo que Dios unió que no lo separe el hombre

 Lo que Dios unió que no lo separe el hombre

“Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”, Mateo 19:6

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” 1 Corintios 1:10

En el diseño original, todos estábamos unidos a Cristo.

Los apóstoles confirmaron que el verdadero evangelio consiste en recuperar ese diseño eterno, negando al hombre que divide, para vivir plenamente unidos a la cabeza que es Cristo. Eso es la iglesia, un solo cuerpo, “un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efesios 4:5-6)

Pero en la realidad observamos que hay divisiones en la iglesia, y la escritura nos da el diagnóstico raíz, para que hallemos por el Espíritu una solución.

¿Cuándo hay divisiones? Cuando operamos en la mente propia, la carnal, y no en la mente que nos ha sido dada, la mente de Cristo.

Cuando operamos en el hombre antiguo, en la naturaleza de Adán,

Cuando operamos en nuestro esfuerzo, tratando de hacer en vez de permanecer, aún en lo que llamamos “espiritual”.

Porque las divisiones son algo de la naturaleza carnal, que describe en detalle Gálatas 5:20: “idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,”

En 1 Corintios observamos que hay divisiones y por esta razón, Pablo guiado por el Espíritu, les ruega que hablen todos una misma cosa y que no haya divisiones. Usa el griego airesis, que significa secta, exhortando a estar “perfectamente unidos a una misma mente y en un mismo parecer” (1 Corintios 1:10). La mente de Cristo es una mente corporativa, donde no hay divisiones, donde todo pensar es el de Cristo, no el individual.

En muchas de sus cartas los Apóstoles exhortan a dejar cualquier división y advierten, en esencia, que cuando un creyente toma algo genuino de Cristo pero lo utiliza para expresarse separado del cuerpo (diciendo “Yo soy de Pablo” o “Yo soy de Apolo”), está operando en la vieja naturaleza de separación. Pablo declara que él mismo debe permanecer crucificado para que se vea a Cristo, enfatizando que nadie puede abrazar la cabeza sin el cuerpo. (1 Corintios 1:10-13, 1 Corintios 3:4-9, Colosenses 2:19)

La iglesia es el cuerpo y la esposa de Cristo, y en esta similitud con el matrimonio, no podemos separar lo que Dios unió expresándonos en una naturaleza de división e hipocresía. Por esta razón en Efesios 4:13, se coloca la meta apostólica para todos nosotros hermanos queridos: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, viéndonos en un solo cuerpo y una sola vida, sin separar lo que Dios unió.    Oración.

Padre, gracias porque tu amor me ha vinculado íntima y profundamente con mis hermanos, en una unión orgánica en la iglesia, para mantenernos unidos en un mismo pensar, sentir y obrar, que es en Cristo, para perfección de todos y expresión de tu gloria en nosotros, amén. 



jueves, 22 de octubre de 2026

 Arrepentimiento y santificación

“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”, Hechos 3:19

Debemos reconocer la importancia del arrepentimiento. Sin embargo, no debe entenderse como una obra humana mediante la cual primero logramos vencer el pecado para luego poder acercarnos a Dios.

En el evangelio, nos volvemos a Dios por medio de Cristo, y es Dios quien realiza la obra de liberación, perdón y transformación actuando en nosotros, mediante el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de los muertos. (Efesios 3:20)

En Hechos 3:11-26 se explica muy bien este proceso; Pedro está hablando a personas en el contexto de la sanidad de un cojo de nacimiento que es sanado por la fe en Cristo y les habla de la muerte de Jesús y les dice que el pueblo actuó en ignorancia, pero que Dios cumplió lo que había anunciado por los profetas, que Cristo había de padecer, pero sería levantado de los muertos y los exhortó diciendo:

«Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio» (Hechos 3:19)

Por lo tanto, existe una diferencia estructural clara entre intentar vencer o corregir los pecados antes de acercarse a Dios y acudir a Dios por la fe en Cristo para que, como consecuencia, los pecados sean borrados. Esta distinción representa una diferencia teológica fundamental.

Por lo tanto, no debemos considerar el arrepentimiento como una obra previa o aislada mediante la cual limpio o mejoro mi vida para hacerme aceptable delante de Dios. Me vuelvo a Dios por medio de Cristo; y es Dios, por su gracia y por su Espíritu, quien perdona, limpia, libera y transforma. (Filipenses 2:13, Romanos 6:14, Hebreos 13:20-21).

Pero este arrepentimiento es diario, en el proceso de santificación; pues vamos cambiando de dirección en cada pensamiento, intención del corazón o acción, para que sea el obrar Cristo.

Este proceso es imposible sin la obra del Espíritu Santo, que en nosotros produce la tristeza que obra para arrepentimiento: y hace que cada día, Cristo sea formado en nosotros. Más de Él, menos de mí (2 Corintios 7:10, Gálatas 4:19)

Al transformar la forma de pensar, el corazón cambia, y cuando el corazón cambia, la conducta se transforma naturalmente. El cambio moral actúa como un fruto del proceso, no como su fundamento. El llamado es a cambiar de mente y creer que Dios ya nos ha recibido en Cristo. (Mateo 12:33, Efesios 1:6).

Hermanos, el peligro de querer perfeccionarse en la carne y confiar en el esfuerzo moral propio para mantenerse, implica decir que la muerte de Cristo fue suficiente para empezar pero insuficiente para sostener. El evangelio no son buenas intenciones, son buenas nuevas, que producen una transformación profunda pero que implican un cambio de mente radical y una fe que permanece para producir fruto. (Gálatas 3:3, Romanos 12:2, Juan 15:5).    Oración.

Padre, gracias te doy por Jesucristo, porque Él es mi realidad y la fuente de mi obrar ahora, fijando mi mirada en Él, voy siendo formado en su carácter. Que cada pensamiento e intención de mi corazón sea direccionado a ti cada dia, para hacer tu voluntad. Amén.    



miércoles, 21 de octubre de 2026

Arrepentirse y creer

 Arrepentirse y creer

“y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”, Mateo 3:2

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.” Gálatas 2:16

El arrepentimiento bíblico no significa sentir remordimiento, llorar por las faltas o simplemente buscar una mejora en la conducta. No es un obrar humano, pero si una disposición del corazón que reconoce que está en bancarrota sin Dios. (Mateo 5:3)

El Apóstol Pablo en la carta a los Gálatas, escribe a Cristianos ya redimidos, pero que maestros judaizantes han querido agregar la levadura de los fariseos, es decir, el obrar humano por encima del obrar de Dios y entonces les pregunta por el Espíritu: “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?”, Gálatas 3:2

¿Qué tiene que ver esta pregunta con el arrepentimiento? Que no hay ningún requisito para recibir el Espíritu de Cristo, sino solamente la fe. No hay ninguna obra, incluido algún acto de contrición que el hombre pueda hacer para obtener su salvación, más que creer en Aquel que murió y resucitó; esto es confirmado en varios pasajes de la escritura, que hablan de la superioridad de la gracia, frente a cualquier acto moral del hombre, “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.”. (Romanos 11:6).

El significado de Metanoia, para la palabra original griega que se usa para arrepentimiento, como Mateo 3:2 y Marcos 1:15, donde se nos exhorta: «Arrepiéntanse y crean en el evangelio», su significado real es un cambio profundo de mentalidad. Es una transformación del entendimiento, que solo puede venir por el poder de su Espíritu, pero que nos pide que no pensemos como pensábamos antes. (Romanos 12:2).

¿Cuál es ese cambio de mentalidad? Es un cambio radical respecto a la salvación que se enfoca en cómo somos justificados: implica dejar de depender de las propias obras para salvarse y aceptar que la salvación ya fue realizada por Cristo. Es un hecho consumado y completo, que es por gracia mediante la fe, pero es una fe mediante la cual también somos transformados y perfeccionados para buenas obras (Efesios 2:8-9, Efesios 2:10, Filipenses 1:6). Hermanos, lo anterior coloca el fundamento, y nos da seguridad de una obra completa, de un Dios fiel que nos ama profundamente y no quiere que nadie se pierda, reflexionemos en esto hoy.    Oración.

Padre, cuántos años viví en condenación a pesar de haber recibido a Jesús con gozo, pero luego la religiosidad de la carne trastornó y llenó de cargas mi vida, pero tu Espíritu alumbró mi entendimiento para experimentar tu amor y saber que me hiciste acepto en el Amado y que cada dia perfeccionas tu obra en mí, formando el carácter de tu Hijo y así expresar hacia los demás esta transformación. Amén. 



lunes, 19 de octubre de 2026

Cambiando la fuente de nuestro obrar

 Cambiando la fuente de nuestro obrar

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.”, Gálatas 5:19-21

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Gálatas 5:22-23.

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”, 1 Corintios 15:22

Todos nacimos en Adán desde el vientre de nuestra madre. Sin excepción, heredamos una naturaleza caída; nuestro sistema operativo venía infectado por el virus mortal del pecado.

El pecado es evidencia de la naturaleza que heredamos. Esta manifestación de la naturaleza caída se llama obras de la carne, que podemos estudiar en detalle en Gálatas 5:19-21. Por ejemplo, si andamos en contienda o expresamos odio hacia alguien, estamos manifestando la naturaleza adámica caída, el viejo hombre.

Pero esto va más allá, a veces incluso imperceptible, porque la carne incluye todo obrar de nuestro intelecto, actuando de forma independiente de Dios, que juzga lo espiritual con lógica desconectada de la fuente de vida. Dicho desde otra perspectiva, esto ocurre cuando administramos nuestra vida basándonos en lo temporal (Mateo 16:23).

En contraposición, cuando tenemos un nuevo nacimiento por creer y recibir a Cristo, somos puestos en Él (Juan 1:12). Entonces, somos hechos participantes de la naturaleza divina por estar en Cristo y ahora podemos expresar esa nueva naturaleza (2 de Pedro 1:4).

Por la acción de la fe en Cristo, el Padre, en el obrar de su Espíritu, nos traslada de la antigua naturaleza adámica de muerte y pecado, a la nueva naturaleza de Cristo que manifiesta vida eterna y el fruto: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gálatas 5:22-23).

‘Dime en qué naturaleza andas y te diré quien eres’, si estamos en la carne manifestamos las obras de la carne, y el pecado es manifiesto. Las obras que hacemos manifiestan o evidencian la naturaleza en la que andamos.

Hermanos amados, debemos cambiar la fuente para que nuestro obrar cambie radicalmente. Andemos en Cristo, en la nueva naturaleza en la que fuimos colocados, para que manifestemos amor. Es la única manera de vivir agradando a Dios, porque el Hijo obrando en nosotros es el único que anhela y hace verdaderamente la voluntad de nuestro Padre: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” (Juan 6:38)    Oración.

Me amaste tanto Padre, que en Cristo me diste todo, se cumplió la promesa de Jesús de que los que creemos en Él tendríamos una fuente inagotable que brota para vida eterna. En esa fuente quiero permanecer, no en mi propia fuente, que me lleva a obrar contrario a tu voluntad, mejor anhelo llevar mucho fruto y agradarte en todo por el poder de tu Espíritu obrando en mi, amén.



domingo, 18 de octubre de 2026

Experimentar la muerte de Cristo en nuestra vida

 Experimentar la muerte de Cristo en nuestra vida

“llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.”, 2 Corintios 4:10-11

Experimentar la realidad de la muerte de Cristo en nosotros, era lo que constantemente en sus cartas, por el Espíritu, instruyeron los apóstoles del Señor y podemos ver de manera práctica cómo aplicar esta realidad en tres áreas fundamentales:

En lo que pensamos:

“Llevamos a la cruz cada pensamiento” —como enseña 2 Corintios 10:5— para que no sea nuestro pensar sino el Suyo, disponiéndonos para que sea la mente de Cristo, en Su revelación, antes que nuestros propios pensamientos carnales. Morimos por tanto a que nuestros viejos esquemas de pensamiento carnal, sean los que gobiernen nuestra vida. (1 Corintios 2:16)

En lo que sentimos:

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse” (Filipenses 2:5-6). Es un sentir que nos aparta de considerar nuestros propios intereses para colocar primero los de la iglesia, el cuerpo donde fuimos colocados, esto se logra teniendo un mismo sentir. No es lo que yo siento lo que dirige mi vida, reacciones o mi disposición, sino el sentir de Cristo que se expresa en el cuerpo en comunión, por tanto, muero a colocar mi propio interés. (Filipenses 2:2-3).

En nuestra voluntad y en lo que hacemos:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20), esto es un intercambio total donde nuestra vida y decisiones quedan gobernadas por Cristo, usando la fe como motor. Es una entrega total, una rendición completa, no se deja una parte o un área de la vida, se entrega todo para morir y ganarlo todo, para que seamos entonces hallados en Él. Como disposición práctica, en todo lo que hacemos llevamos siempre por todas partes su muerte, para que se manifieste su vida (2 Corintios 4:10)

Considerarse muerto no se trata de no hacer nada, sino de negarme a mí mismo, detener mi obrar, entrar en su reposo y descansar en Él, para que inmediatamente Su obrar sea manifiesto. Pues en vano trabajamos nosotros, si el Señor no es el que edifica (Salmos 127:1).

Hermanos, no podemos vivir como si no hubiera pasado nada. La rutina, los afanes y la presión del mundo, nos empujan a amoldarnos a su dinámica y pueden distraernos del objetivo haciendo que perdamos un tiempo valioso en lo temporal, cuando lo Eterno está aquí en nosotros, esperando ser expresado plenamente.   Oración.

Padre, gracias porque me colocaste en el cuerpo de Cristo, para experimentar la realidad de Cristo junto con mis hermanos, teniendo un mismo pensar, sentir y por el poder de tu Espíritu, tu obrar ejecuta tu voluntad en una perfecta comunión y unidad, siendo formado Cristo en nosotros, amén.  



sábado, 17 de octubre de 2026

Todos morimos en el cordero.

 Todos morimos en el cordero.

“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.”, 2 Corintios 5:14-15

Siempre escuchamos que Cristo murió por nosotros, por nuestros pecados; esta es una verdad esencial del evangelio. Pero también es igualmente cierto y determinante saber que morimos juntamente con Él.

Esta es la explicación de por qué tenemos una nueva vida, pues cuando creímos en Cristo, participamos de la muerte del Cordero, es decir, fuimos colocados por el Padre en la muerte de su Hijo y juntamente con él fuimos resucitados para vida nueva (Romanos 6:6, Efesios 2:5-6)

Y el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu, nos impulsa como un poder que actúa en nosotros, para experimentar la realidad de su muerte, y dejar que la expresión del Hijo resucitado se manifieste en nosotros. (2 Corintios 5:14)

Este amor, nos impulsa también a vivir no para nuestros fines, sino para Él; no vivimos por una causa loable, sino por y para una persona perfecta que nos habita. No vivimos por algo, sino por Alguien. (2 Corintios 5:15)

Entonces, Él debe ser la causa que nos anime a levantarnos cada mañana, pero no nos despertamos con la actitud de decir, ‘ahora si Señor te voy a cumplir en todo’, pues la vieja naturaleza no puede ser mejorada, sino que debemos llevar su muerte, en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos, para que se active Su vida: “llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Corintios 4:10)     Oración.

Padre, hoy se que cuando Cristo murió, yo morí, pero que ahora resucité en Él para vida nueva, no solo murió por mis pecados sino que participé de su muerte, para gozar de la vida eterna en su resurrección, amén.  



viernes, 16 de octubre de 2026

 El pan de cada dia

“Él respondió y dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Mateo 4:4

“desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación,” 1 Pedro 2:2

Todos los que hemos puesto nuestra confianza en Jesús, hemos participado y hemos comido del Pan de vida; esto es un hecho consumado y realizado una vez y para siempre. Comimos del Cordero y morimos junto con Él, para resucitar juntamente con Él, por esta razón, espiritualmente, no comemos del Cordero a diario, o cada semana, ya que fuimos unidos a Cristo por la fe y el que se une al Señor un espíritu es con Él, pero nuestra alma sí que necesita ser alimentada con esta verdad a diario. Este es el pan de cada dia, que necesitamos hoy (Hebreos 10:14, 1 Corintios 6:17, Mateo 6:11).

El evangelio es el anuncio de un hecho consumado, que nuestros pensamientos, sentimientos y voluntad, necesitan comer a diario y permanecer en esta realidad eterna; por esto, el entendimiento de los siguiente pasajes es increíblemente importante para la iglesia:

Santiago 1:21: “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.”,

1 Pedro 2:2: “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación,”

Los anteriores pasajes, no están diciendo que debemos hacer algo para nuestra salvación, ya es un hecho consumado; pero nuestra alma necesita cada día estar renovándose con esta realidad eterna y traerla a nuestra vida temporal.

Así como nuestra carne necesita alimento diario, nuestra alma también necesita alimentarse continuamente de la Palabra de Dios, porque ella nos guía, nos transforma y nos conecta con nuestra salvación ya realizada.

Porque si no es así, hermanos míos, nuestra alma se conecta con el viejo hombre y empieza a expresar una naturaleza caída y a tener hambre de pecado, cuando debemos saber, entender, considerar, ir a la cruz y recordar que ya no vivimos nosotros, sino que somos un nuevo hombre en Cristo Jesús y como consecuencia, mejor tenemos hambre y sed de la Palabra de Dios (Efesios 4:22-24).     Oración.

Mi mayor y mejor alimento eterno eres tú mi Jesús, participé de tu muerte y resurrección, para ser unido a la familia de la fe, donde en comunión cenamos de tu amor y provisión y me alimento de tu Palabra viva, para que mi alma sea confortada. Amén.



jueves, 15 de octubre de 2026

Lo que alimenta tu alma

 Lo que alimenta tu alma

“Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”, Génesis 3:11

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.”, 1 Tesalonicenses 5:23

Lo que nos alimenta determina lo que expresamos. Esta realidad no solamente está en el cuerpo, sino en nuestra alma. En el cuerpo lo podemos ver fácilmente cuando comemos algo que nos hace daño, o en exceso. Muchas veces no al instante, pero vemos las consecuencias a mediano y largo plazo.

Nuestra alma también la alimentamos, muchas veces con lo que dice 1 Juan 2:16 “ Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.”

Para entender en profundidad esto, podemos reflexionar en el caso de Adán y Eva, podían comer de todo árbol del huerto, menos de uno, que les causaría la muerte. Al elegir ese fruto prohibido, comieron de él engañados por la serpiente, y la consecuencia fue la muerte. Y esta tentación por comer algo prohibido inició por que la mujer vio que el árbol era bueno para comer, que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría, comió e hizo partícipe a Adán, entonces cayeron. (Génesis 3:6-7)

Y ¿con qué se siguieron alimentando, a nivel del alma? de religión, de autopreservación, autoanálisis y por necesidad inventaron un mecanismo para cubrir su vergüenza, su vacío y su falta de conexión con Dios.

El alma tiene una particularidad, necesita estar conectada con algo, porque fue diseñada para expresar la fuente a la que se conecta. Si la fuente no es Dios, el alma se conecta consigo misma y con el maligno (Efesios 2:2), es por tanto una fuente rota. Hoy en día nos conectamos y nos alimentamos del mundo digital.

¿Por qué lo que comemos ya sea a nivel del cuerpo o del alma es tan determinante?

Porque lo que comemos involucra conexión, comunión, satisfacción y crecimiento, en resumen: participamos activamente.

Y en el presente alimentamos nuestra alma, con noticias rápidas, entretenimiento barato y superficial, sensaciones cortas que exaltan nuestro ego y excitan nuestros deseos, pensamientos de autoaceptación que nos digan lo bueno que somos o lo bien que hacemos todo, pero también nos alimentamos de religiosidad para tener “calmada” nuestra conciencia por medio de rituales vacíos y sin sentido, pero que engañan nuestra percepción. (Gálatas 3:1, 2 Corintios 11:3)

Meditemos hoy hermanos acerca del alimento que estamos dejando pasar a nuestra alma, pues este infla la naturaleza carnal, heredada de Adán y Eva. Pidamos a Dios alimentarnos mejor del Árbol de la vida: Cristo.   Oración.

Padre, trae calma y paz a mi alma, quita esta ansiedad y desasosiego que me lleva a alimentarme de lo que no nutre, sólo la plenitud de Cristo me da verdadero alimento, verdadera comida que sustenta todo mi ser y me cubre para presentarme perfecto ante ti, amén. 



miércoles, 14 de octubre de 2026

El impacto del Amor de Dios

 El impacto del Amor de Dios

"Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras." Jeremías 17:9-10

La Palabra de Dios es clara al afirmar que el corazón del ser humano es “engañoso y perverso”. ¿Cuál es la razón? Mateo 15:19 nos lo aclara: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” Como cualquier otro pecado, estos nacen en nuestro interior. Jesús nos enseña y confirma en Mateo 5:19 que el hombre, después de la caída, quedó con una naturaleza pecaminosa que lo impulsa constantemente a pecar.

Lo triste es que, a pesar de esta advertencia divina, con frecuencia optamos por confiar en nuestro propio corazón. Frases como “sigue tu corazón, él te mostrará el camino” o “no importa lo que te digan, lo importante es seguir tu corazón” han calado hondo en nuestra sociedad, y han terminado influenciando nuestra toma de decisiones, al punto de actuar solamente por un sentir, un presentimiento o un impulso.

Sin embargo, el deseo de Dios es que nuestra confianza esté depositada plenamente en Él, y no en nuestro corazón, tal como se revela en Jeremías 17:7-8: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”

Como hijos de Dios, tenemos la promesa de dar fruto siempre, pues hemos sido plantados en Cristo, junto a las corrientes de las aguas del Espíritu Santo: su Amor y su Palabra, que por medio de la comunión del Espíritu Santo nos permiten llevar el fruto del Espíritu descrito por el apóstol Pablo en Gálatas 5:22-23.

Así que, hermanos, si la voz de nuestro corazón intenta llevarnos por caminos equivocados, más bien creámosle a Dios, pues Él conoce nuestro interior mucho mejor que nosotros mismos, como lo afirma Jeremías 17:9-10. Pidámosle sabiduría para permitir que el nuevo corazón que hemos recibido, junto con el amor de Dios derramado en nosotros, impacten nuestra forma de sentir para negarnos a nosotros mismos, y ser capaces de tomar decisiones dirigidas por el Espíritu, y no por la naturaleza pecaminosa de la carne.     Oración. 

Padre Dios, que el amor de tu Amado Hijo toque mis fibras más íntimas impactando mi manera de sentir, llevándome a morir a mí mismo, para que viva Cristo en mí. Amén.  



martes, 13 de octubre de 2026

Paciencia, benignidad y bondad otras características de Cristo

 Paciencia, benignidad y bondad otras características de Cristo

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” 2 Pedro 3:9

“¿O menospreciais las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” Romanos 2:4

“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” Tito 3:4-5

Las siguientes definiciones de paciencia, benignidad y bondad, nos ayudarán a entender mejor el mensaje de hoy: la paciencia es la disposición de Dios para dar a las personas la oportunidad de arrepentirse, ofreciendo gracia en lugar de juicio inmediato; la benignidad es la disposición interna de ser amable, compasivo y de tener un corazón predispuesto al bien; mientras que la bondad es la manifestación externa de esa disposición a través de acciones concretas y generosas; de esta manera la benignidad es el sentir, la bondad es el hacer.

Estas tres características del fruto del Espíritu, reflejan tres cualidades del carácter de Cristo, las cuales trabajan en conjunto con la finalidad de llevar a cabo el plan de salvación de Dios dispuesto para el hombre: primero mostrándonos la paciencia de Dios, dejándonos ver su deseo de que ningún hombre perezca, sino más bien que como resultado de esta paciencia que muestra el amor de Dios sean llevados a un arrepentimiento, es decir a un cambio de pensamiento para que puedan comprender por la revelación del Espíritu Santo las riquezas de la benignidad del Señor, es decir su profundo deseo de ser compasivo y misericordioso para guiar al hombre al arrepentimiento para el perdón de sus pecados, con la finalidad de llevarlo a disfrutar de la bondad de nuestro Salvador demostrada en la cruz, para que por medio de la fe en Cristo, al arrepentirnos y aceptarlo como nuestro Dios y Salvador personal, seamos regenerados y renovados por su Espíritu.

De igual manera, estas características del fruto del Espíritu, están disponibles para nosotros los creyentes, para que al igual que Cristo, seamos instrumentos de salvación, para que cuando las personas vean en nosotros estas cualidades del carácter de Cristo, también sean llevados al arrepentimiento y puedan experimentar el deseo de Dios de salvarlos, y puedan vivir la salvación que trae Cristo Jesús.    Oración.

«Espíritu Santo, desarrolla en mí la paciencia, la benignidad y la bondad de Cristo, pues mi deseo es ser un instrumento de amor para la salvación del mundo. Amen.



domingo, 11 de octubre de 2026

Inconmovible.

 Inconmovible.

“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.”, Isaías 54:10

“Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,

Y se traspasen los montes al corazón del mar;

Aunque bramen y se turben sus aguas,

Y tiemblen los montes a causa de su braveza.”, Salmos 46:2-3

La naturaleza nos recuerda nuestra fragilidad, como nos dice el apóstol Santiago por el Espíritu: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:13-14)

Cuando reconocemos nuestra fragilidad y pequeñez, también debemos reconocer la grandeza y majestad de Dios, por eso debemos salir del temor. Pasar del miedo a la confianza inmediatamente: “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar; Aunque bramen y se turben sus aguas, Y tiemblen los montes a causa de su braveza.”, Salmos 46:2-3

Cuando perdemos el punto de referencia, pensamos que todo se desmorona. De un día para otro podemos perder la salud, la vivienda o el negocio que durante años luchamos por mantener, o perdemos un ser querido; al ver que lo perdimos todo, entramos en desesperación y perdemos la paz. Si dejamos que el río de la angustia nos lleve, entramos en el peor escenario posible: entrar en incredulidad y finalmente perder el propósito real perdiendo la mirada de lo eterno.

El Padre quiere que sepamos algo, que si perdemos todo, lo único que nos queda es el Tesoro invaluable de mayor precio, la perla de gran precio, como dice en Mateo 13:44-46: “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.”, este tesoro es lo único que necesitamos, es nuestra base, nuestra roca, desde donde podemos recomenzar cada día.

Porque el Padre nos ha tenido misericordia y se ha compadecido de nosotros, y no nos dio algo, se dio así mismo, por medio de Cristo, (Salmos 103:13-14, Romanos 8:32).

Entonces quiere que seamos conscientes de la verdad, que todos los días debemos vivir como si lo perdiéramos todo, para ganar lo eterno, pero en esto también hay sabiduría, aunque tengamos todo y muchas bendiciones, el vivir como si no tuviéramos nada de lo temporal, sólo como administradores de bienes temporales, nos hace ser sensibles con los que no tienen o lo pierden todo, y podemos ser empáticos; acercarnos en medio de su dificultad para compartirles el tesoro que nosotros ya tenemos, a Cristo y con él todas las cosas “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).    Oración.

Señor, tú eres mi roca fuerte, todo se moverá pero tu Palabra y tu Espíritu permanecen conmigo para siempre, mi seguridad no se basa en las circunstancias sino en tu poder, en tus promesas y en la confianza plena que tengo en Cristo. Amén. 



sábado, 10 de octubre de 2026

En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

 En comunión, el Espíritu me lleva a cambiar mi manera de pensar

“Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” 2 Corintios 10:5

“Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” 1 Corintios 14:20

Cuando un niño nace, su mente es como un lienzo en blanco. Por eso, como padres, tenemos la gran responsabilidad de instruirlos, pues esas enseñanzas moldearán su destino. Existe un principio poderoso: siembras un pensamiento y cosechas una actitud; siembras una actitud y cosechas un hábito; siembras un hábito y cosechas un carácter que define tu destino. Por esto, la Biblia nos aconseja: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Dios, como buen Padre, nos enseña cómo “pensar” con la mente de Cristo que nos fue dada. En Deuteronomio 6:4-9 nos da una estrategia clara: oírlo a Él y amarlo con todo nuestro ser, permitiendo que su Palabra abunde en nuestro corazón, repitiéndola, hablando de ella, y aun escribiéndola. Dios no solo quiere que conozcamos información, quiere que Su Palabra sea el filtro por el cual vemos la realidad, reaccionemos a ella y vivamos en ella.

Sin embargo, a diferencia de un niño, nosotros ya no somos un lienzo en blanco. A lo largo de los años, hemos acumulado prejuicios, heridas y conceptos equivocados. Por eso, el apóstol Pablo nos enseña que el proceso de madurez espiritual requiere dos pasos:

Derribar con ayuda del Espíritu Santo todo pensamiento y argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5).

Renovar nuestro entendimiento como se nos pide en Romanos 12:2, permitiendo que el Espíritu Santo sustituya nuestras viejas ideas por la “mente de Cristo”.

Dios no desea que seamos niños inmaduros, “fluctuantes”, llevados por cualquier viento de doctrina (Efesios 4:14), sino que seamos “maduros en el modo de pensar” (1 Corintios 14:20). ¿Cómo lograrlo? A través de la comunión diaria del Espíritu Santo. Él es quien nos guía, nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña todas las cosas (Juan 14:26). No intentemos cambiar de mentalidad solos; dejemos que el Espíritu sea quien tome el control de nuestros pensamientos revelándonos a Cristo, pues al verlo a Él somos transformados.  Oración.

Padre Dios, que tu Santo Espíritu transforme mi manera de pensar; derriba en mí todo argumento que se oponga a tu verdad y renuévame con la mente de tu Hijo Jesús. Amén.