Tenemos un problema
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos”; Salmos 51:1-4a.
El Apolo 13 de la NASA sufrió un incidente en 1970 que quedó grabado en la memoria de la humanidad, en gran parte, por una frase que se hizo muy popular y que incluso fue utilizada en la película inspirada en aquella misión: “Houston, tenemos un problema”. Quizá deberíamos emplearla con mayor frecuencia, especialmente en el ámbito espiritual, pues necesitamos aprender a decirle a Dios: “Señor, tengo un problema”.
¡Cuánto nos cuesta reconocer nuestra verdadera condición! Seamos sinceros, al ser humano no le agrada admitir que está equivocado. Lo vimos en el devocional de ayer al considerar el caso de Saúl, quien persistió en su desobediencia e intentó justificarse una y otra vez. En contraste, encontramos al rey David. ¿Quién no recuerda el pecado que cometió contra Urías Heteo, esposo de Betsabé? Cuando Dios lo confronta por medio del profeta Natán, David no buscó excusas, sino que confesó: “Pequé contra Jehová” (2 Samuel 12:13a).
Y precisamente hacia ese punto quiere conducirnos el Señor: a reconocer nuestro pecado y el orgullo que todavía habita en nuestro corazón. Si no somos conscientes de esta realidad, seguiremos avanzando sin percibir aquello que está contaminando nuestro interior. Sin embargo, esa convicción no proviene de nuestra naturaleza caída. David lo entendió, pues en el Salmo 51:6b reconoce: “En lo secreto me has hecho comprender sabiduría”. Debemos comprender que la carne jamás nos llevará a admitir nuestra verdadera condición; esa es una obra exclusiva del Espíritu Santo. Así lo afirma la Palabra de Dios: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Esa convicción no tiene como propósito condenarnos, sino conducirnos al arrepentimiento y a la restauración, tal como ocurrió con David.
Y si es el Espíritu Santo quien nos muestra nuestra condición, también será Él quien nos capacite para despojarnos de aquello que nos aparta de Dios, porque, como afirman las Escrituras, separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5b).
Hermanos, ¿queremos que Dios nos enseñe cómo despojarnos del orgullo? Entonces no se pierdan el devocional de mañana. Oración.
Padre, no quiero ocultar mi pecado; al contrario, vengo a ti reconociendo que tengo un problema con el orgullo. Señor, purifícame y limpia mi corazón, pues anhelo que mi vida refleje cada vez más a Jesús. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario