jueves, 11 de abril de 2024

Y perdónanos nuestras deudas

 


Y perdónanos nuestras deudas

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Mateo 6:12

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Juan 1:9

Como un deudor en manos de un acreedor, así es el pecador en manos de Dios. Queremos que el Señor perdone nuestros pecados, pero debemos estar dispuestos a perdonar a los que nos ofenden. Jesús quiere que nos reconciliemos con otros con prontitud, a fin de que no perdamos bendiciones por la falta de perdón. Esta advertencia aparece en repetidas ocasiones en sus enseñanzas. En la oración modelo el Señor nos muestra enfáticamente reconocer nuestro pecado, porque esto nos lleva a pedir perdón para ser limpiados.

Cuando oramos: “y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, hace referencia a las ofensas hechas y a las ofensas recibidas; para que, así como Él nos perdona, podamos nosotros perdonar a otros. Si hemos recibido el perdón divino por la sangre preciosa de Jesús derramada en la cruz, debemos tener un espíritu perdonador para con nuestros semejantes. Como lo dice Marcos 11: 25-26 “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”. La actitud de Dios hacia nosotros en cuanto al perdón será exactamente como sea nuestra actitud hacia los demás.

Cuando perdonamos, Dios ve su propia imagen reflejada en nosotros; así que pedirle a Dios lo que nosotros no damos a los demás, sería contradictorio. El Señor hace énfasis en esto, porque Él sabe que el perdón libera nuestras almas.

Confesar con los labios es también reconocer las ofensas que hemos cometido contra otros, no tengamos temor de hacerlo, porque Dios es fiel y es justo, porque no solo su misericordia, sino su justicia, están expuestas en la redención del que se arrepiente. Cuando Él nos perdona los pecados y nos limpia de toda maldad cumple los propósitos de su eterna fidelidad y justicia. Al limpiarnos nos purifica de nuestra inmundicia, de modo que seamos libres de la presencia del pecado por el Espíritu de la santificación que mora en nosotros, veamos hebreos 9:14 “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

La confesión tiene el propósito de liberarnos para disfrutar de una íntima comunión con nuestro Padre. Esto debería darnos tranquilidad de conciencia, pero a veces muchos cristianos no entienden esto y se sienten culpables confesando sus pecados una y otra vez, otros piensan que, si mueren con pecados no perdonados pierden la salvación; no comprenden que el Señor con su sacrificio expiatorio perdonó todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros.

No necesitamos confesar los pecados del pasado otra vez y no debemos temer que Él nos deseche si nuestra vida no está perfectamente limpia. Eso no indica, que no debamos confesar continuamente nuestros pecados, para que podamos disfrutar al máximo de nuestra comunión con Él. La genuina confesión debe llevarnos a la decisión de no seguir pecando. Por eso también debemos orar para derrotar cualquier tentación que nos lleve a fallarle al Señor.

Una pregunta que podríamos estar haciéndonos es: ¿si Dios nos ha perdonado por la muerte de Cristo, por qué debemos confesarnos? Porque al admitir nuestro error y recibir el perdón de Cristo, acordamos con Dios que somos pecadores y deseamos abandonar esa condición; nos aseguramos de no ocultarle nada a Él y en consecuencia a nosotros mismos, teniendo una relación sincera con Él y con los demás; reconocemos nuestra vulnerabilidad y nuestra tendencia a pecar, pero también nuestra dependencia de su poder por medio del Espíritu Santo para vencer el pecado y vivir una vida plena en Cristo.   Oración.

«Amado Jesús, gracias por tu sacrificio expiatorio por el cual quitaste el pecado del mundo; por llevar en tu cuerpo mis pecados pasados, presentes y futuros y por darme el perdón de todos ellos. Quiero vivir en santidad, por eso lléname de tu Santo Espíritu para recibir tu poder para vencer la tentación y llevar una vida limpia, disfrutando así de la plenitud de tu presencia cada día. Ayúdame a tener un espíritu perdonador, para poder perdonar a los que me ofenden, en el nombre de Jesús, amén.

miércoles, 10 de abril de 2024

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

 

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy


“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. Mateo 6:11

“Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre”. Juan 6:27

Cuando pedimos a Dios el pan cotidiano, estamos mostrando nuestra dependencia de Él, es el pan de subsistencia. Recordemos que el Señor puede suplir para las necesidades materiales que requerimos día a día. Como lo expresa proverbios 30:8b “no me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario”. También esta petición hace alusión a pedir el pan celestial o alimentación espiritual, que es su Palabra, “la comida que a vida eterna permanece”, Juan 6:27.

Jesús establece el contraste entre lo perecedero y lo permanente, lo material y lo espiritual, y exhorta a establecer como prioridad número uno el procurar lo espiritual. Anhelar el “evangelio de vida”, es decir, vida espiritual y eterna, la cual sólo Él ofrece.

Someternos a Dios debe ser nuestra prioridad, pero también es cierto que como hijos de Dios podemos pedir aquellas cosas necesarias para llevar a cabo su voluntad. El pan representa todas las necesidades materiales: comida, bebida, ropa, techo, etc. El Señor Jesús dentro de la oración modelo nos enseña a encomendar nuestras necesidades a Él, pues es la manera de evitar la ansiedad o el afán por el día de mañana, como dice Mateo 6: 31-34 “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”.

Podemos confiar a Dios todas nuestras necesidades, pero, si luego dudamos y entramos en ansiedad, nos falta fe. La voluntad de Dios no es que sus hijos vivan en un estado de ansiedad por el sustento de la vida, por eso nos invita a creer y orar; así lo expresa Filipenses 4:6-7 que dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Dios trae paz a nuestra mente y corazón cuando confiamos en lo que Él puede hacer.

Cuando oramos: “el pan nuestro de cada día dánoslo hoy”, estamos reconociendo que el Señor es nuestro sustentador, todas las cosas le pertenecen a Él, pensar que dependemos de nosotros mismos es una necedad. Confiemos plenamente en que proveerá diariamente todo lo que necesitamos, porque es el dueño absoluto de todo y dependemos de su gracia y providencia para subsistir.

No fuimos diseñados para vivir independientemente de nuestro Creador, tenemos la necesidad de mantenernos en comunicación con Él. La Biblia constantemente nos lo recuerda. Jesús dijo en Mateo 5:3 “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. En otras palabras, felices los que tienen conciencia de su necesidad espiritual, para ser felices necesitamos de Dios. ¿Pero cómo hacerlo? Jesús dio la respuesta en Mateo 4:4b “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

¿Cuánto descansamos entonces en las promesas de Dios? Recordemos algunas de ellas: Salmos 37:25 “Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan”; Salmos 34:9 “Temed a Jehová, vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen” y Salmos 145:16 “Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente”. Así como necesitamos el pan físico, también necesitamos el pan espiritual, entonces pidamos con fe que el Señor nos proveerá.   Oración.

«Gracias Jesús, porque conoces cada una de mis necesidades, sin embargo, te agrada que pida lo que necesito. Gracias, porque no solo me das el sustento diario, sino que me llevas a tener hambre y sed de tu Palabra y a esforzarme para poder alimentarme de ella y crecer para vida eterna. Tú eres generoso y dueño de todo, por eso, sé que suplirás todo lo que me falta conforme a tus riquezas en gloria. Amén.

martes, 9 de abril de 2024

Hágase tu voluntad

 


Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Mateo 6:10

“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra”. Apocalipsis 5:9-10

Esta parte de la oración modelo, expresa el deseo de que el reinado de Dios en esta tierra llegue de forma absoluta a su establecimiento, pues así lo es en el cielo. El término griego “dsélema” para voluntad, significa determinación, propósito, decreto, abstractamente voluntad. Es el resultado del deseo y propósito eterno de Dios revelado a través de su Palabra y en la persona de su Hijo Jesucristo.

Esta hermosa súplica nos debe llevar a interceder hasta ver toda la tierra habitada en plena conformidad con la voluntad de Dios. ¿Será que algún día ocurrirá? Sí, porque las promesas de Dios lo dicen. Veamos Habacuc 2:14 “Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”, y Apocalipsis 21:2-3 “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios”.

Quienes oramos pidiendo el establecimiento del gobierno de Dios en nuestra vida y en nuestras situaciones reales, estamos pidiendo la realización de la voluntad de Dios sobre la tierra ahora, y no sólo en la consumación de esta en la era venidera.

Como hijos de Dios debemos presentarnos cada día delante de nuestro Rey, someternos a su soberanía y estar dispuestos a obedecer para llevar a cabo su voluntad, Romanos 12:1-2 dice: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.

Sólo cuando le demos a Dios el primer lugar en nuestras vidas y busquemos su reino y su justicia, todo lo demás pasará a ocupar el lugar que le corresponde. Mateo 6:33 “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. La oración no debe ser nunca un intento de forzar la voluntad de Dios a nuestros deseos, sino siempre un intento de someter nuestra voluntad a la de Dios, como Jesús lo hizo cuando oró diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, Lucas 22:42. Jesús sometió su voluntad a la del Padre por eso cumplió a cabalidad con el propósito soberano de Dios en esta tierra, morir por los pecados de la humanidad, darnos salvación y una nueva vida.

De esta forma acercamos el reino de Dios a los hombres ahora, como lo hizo Jesús en su ministerio. Jesús debe reinar primero en los corazones de las personas hasta que él vuelva y sea un hecho que reinará con nosotros en esta tierra.  Oración.

«Amado Padre celestial, cuando digo que se haga tu voluntad en esta tierra como en el cielo, es porque anhelo que hagas lo que tienes que hacer para establecer tu reino y tu justicia en esta tierra, por eso mi prioridad es buscarte cada día, conocerte y entender tu voluntad para mi vida y así, pueda colaborar para que tu reino sea levantado y establecido en los corazones de muchas personas, hasta que Jesús regrese para reinar por siempre con nosotros. Amén.

lunes, 8 de abril de 2024

Venga tu reino

 


Venga tu reino

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Mateo 6:10
“Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. Romanos 14:17
El anhelo de nosotros los hijos de Dios, es que su reino sea establecido en esta tierra. El término griego “basileía” que se usa para reino, tiene tres significados: el territorio sobre el cual se reina, la dignidad real, su majestad y gloria y el ejercicio del poder soberano o reinado. Aquí hace referencia al tercer significado, porque el reino llegará a su culminación gloriosa con la Segunda Venida de Cristo, cuando todo será sometido bajo sus pies. Filipenses 2:9-11 dice: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
Un teólogo define el reino de Dios de la siguiente manera: “el pueblo de Dios, en el lugar de Dios, bajo el gobierno de Dios y con la bendición de Dios”. Somos su pueblo, estamos en el lugar de Dios que es Cristo (estamos en Cristo), bajo las ordenanzas de Dios, siguiendo sus mandamientos y bendecidos con toda bendición espiritual.
El reino ya está entre nosotros en forma espiritual, llegó cuando Jesús vino por primera vez como dice Mateo 4:17 “Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Pero todavía no está establecido en su plenitud literalmente, el rey de Justicia volverá un día y todo ojo lo verá, y toda la tierra será llena de su gloria, como lo expresan: Apocalipsis 1:7 y Habacuc 2:14.
Toda la tierra confesará que Jesucristo es el Señor de señores y el Rey de reyes. Pero mientras tanto, nosotros somos embajadores del reino. Cada persona que conoce a Jesús, se salva, se sana y se libera, es porque el reino de los cielos ha llegado a su corazón. Tenemos la bendición de predicar este evangelio del reino y extenderlo hasta lo último de la tierra, pero debemos saber que esto va a generar oposición, porque el imperio de las tinieblas y el mundo que está bajo el dominio de Satanás, se van a resistir. Jesús en su oración modelo nos pide orar para que su reino venga a gobernar esta tierra.
Mateo 11:12 dice: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.
Los valientes, son los que enfrentan los miedos y arrebatan o atraen el reino con adoración e intercesión. Es una guerra. Como Pablo decía: “pelea la buena batalla de la fe” 1 Timoteo 6:12. Entonces llegó el momento de clamar por esta tierra para que se someta al reino de los cielos. No nos rindamos ante el pecado, la enfermedad la muerte y el desorden que se imponen en este mundo bajo el dominio del maligno; somos los hijos del reino, los embajadores de Dios, que debemos traer el reino con la predicación del evangelio a cada criatura y la reconciliación entre los hombres y Dios. Peleemos la buena batalla de la fe, es decir, es dar la vida por lo que creemos, no nos conformemos a este mundo, sino en vivir para Cristo, nuestro Rey.
Es el tiempo de participar de este choque entre dos reinos, para eso necesitamos formar en nosotros las características de ciudadanos del reino, que el Señor Jesús enseñó en las bienaventuranzas en el sermón del monte, (Mateo 5:3-12), con esto, estamos echando fuera el imperio de las tinieblas. Cuando vivamos en justicia extenderemos el reino de Dios y eso se hace con violencia espiritual no con pasividad. Pidamos que se active la valentía del reino en nuestra vida. Que nuestra primera violencia espiritual se vea primero en purificar nuestro ser como el templo del Espíritu Santo, todo aquello que se interpone entre Dios y nosotros. Si queremos ser valientes espirituales debemos purificar nuestro ser. Declaremos que las prioridades de su reino (Romanos 14:17) serán establecidas en nosotros, en nuestros seres amados, nuestra iglesia y nuestra nación. Oración.
«Señor, yo quiero vivir como un hijo del reino, necesito tu justicia para vencer el pecado en mi vida, necesito tu paz para poner un alto a toda enfermedad, conflicto e impureza y vivir en integridad según los parámetros de tu reino. Necesito gozo en el Espíritu para vencer todo temor a la muerte, ese gozo que hace retroceder la tristeza, ese poder que derriba las tinieblas. Activa en mí la valentía espiritual para llevar el reino de Dios a cada persona. Espíritu Santo que traes convicción de pecado, justicia y juicio, muévete en mí ahora, llévame a la santidad, a lo normal del reino de Dios que es justicia, paz y gozo en el Espíritu. Amén.

domingo, 7 de abril de 2024

Santificado sea tu nombre

 


Santificado sea tu nombre

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. “Mateo 6:9

“Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” Isaías 6:3-5

“Santificado sea tu nombre” es una expresión de reverencia ante el santo nombre de Dios, que evita una confianza excesiva que nos lleve a la irreverencia con nuestro Padre celestial. No podemos usar su nombre a la ligera; recordemos que tanta era la reverencia de los judíos ante Dios que usaban su nombre con mucho cuidado para no profanarlo, esa reverencia los llevó a sustituir la palabra Jehová por Señor (Adonai).

Isaías tiene la visión de Dios en su Santidad, el triple santo enfatiza lo que Él es, un ser moralmente perfecto, puro y apartado del pecado. Nosotros también necesitamos descubrir la santidad de Dios ahora más que nunca, porque los afanes diarios, la lucha contra los antivalores de este mundo y nuestros propios conflictos hacen que se nuble nuestra visión de Dios. Necesitamos renovar nuestra visión de ese Dios alto y sublime, que nos da el poder para enfrentar los problemas y preocupaciones.

Santificar el nombre de Dios es ver su perfección moral que nos llevará a ver nuestra propia imperfección, la necesidad de limpiar nuestra vida y santificarla para poder servirle a Él. Un pecador en la presencia del santo Dios queda abrumado, pero es Él quien toma la iniciativa para acercarse a nosotros, ofreciéndonos perdón y limpieza a través del sacrificio de su Hijo Jesús.

Santo, santo, santo son exclamaciones de alabanza ante la revelación de su naturaleza divina. En la triple repetición de la palabra santo, se infiere que está sobreentendida la Trinidad como una unidad. Como Isaías, debemos ver a Dios en su trono. Esta visión se interpreta en Juan 12:41-45 “Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él. Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió”.

Isaías vio la gloria de Cristo y habló acerca de Él, lo cual nos demuestra plenamente que nuestro Salvador es Dios. En Cristo Jesús, Dios se sienta en el trono de gracia y por medio de Él se abre camino hacia el Lugar Santísimo; por eso, toda vanagloria, ambición, ignorancia y orgullo deben ser eliminados una vez que contemplamos su majestad, así como la gloria divina que sobrecogió al profeta Isaías con una sensación de su propia vileza, culpa y pecado.

Demos gracias que ahora tenemos un Mediador entre nosotros los pecadores y este Dios Santo. Una mirada a la gloria celestial debe bastar para convencernos de que toda nuestra justicia es como trapos de inmundicia; Isaías 64:6 dice “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento”.

Refugiémonos en la misericordia y gracia de nuestro Señor Jesucristo. Tenemos por medio de Él la seguridad del perdón por su obra expiatoria. Quitar el pecado es necesario para poder acercarnos confiadamente a la presencia del Padre.   Oración.

«Padre de gloria heme aquí delante de ti, reconociendo tu majestad y santidad. Eres puro y santo por eso veo mi propia vileza, porque soy pecador y necesito que me limpies de toda inmundicia. Gracias por la sangre de Cristo que me perdona todo pecado y me purifica de toda maldad; gracias por ese mediador Jesucristo que ahora hace posible que me acerque al trono de tu gracia para alcanzar el oportuno socorro, amén.

sábado, 6 de abril de 2024

Padre nuestro que estás en los cielos

 


Padre nuestro que estás en los cielos

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” Mateo 6:9-13

La oración modelo de Jesús comienza con esta frase “Padre nuestro que estás en los cielos”; esta plegaria sirvió de guía a sus discípulos cuando le pidieron que les enseñara a orar (Lucas 11:1). El Señor destaca siete elementos que debe contener una oración como son: la confianza, la reverencia, el sometimiento, la dependencia, el perdón, la humildad y la adoración. Recordemos que la verdadera oración no es una simple técnica o un método, sino una relación real con nuestro Padre eterno de amor y confianza, por eso, Jesús empieza con una introducción de confianza y llama a Dios, su Padre.

Es un gran privilegio llamarlo así, porque es el perfecto Padre que nos ama incondicionalmente. Decir “Padre” indica una relación filial, en un sentido íntimo y personal; esto solo fue posible por nuestra fe en Jesús, quien nos abrió ese camino con su muerte en la cruz para que volviéramos a tener una relación correcta con el Dios eterno. También al decir “nuestro” estamos reconociendo que otros también tienen el mismo derecho y acceso a Dios y son nuestros hermanos espirituales.

“Que estás en los cielos”, la trascendencia, la majestad, la gloria de Dios, su grandeza y poder están a nuestro alcance. Dios no está distante, sino cercano; recordemos lo que dice Salmos 145:18 “Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras”. Sin importar cuál es nuestra necesidad tenemos el privilegio de clamar al Soberano de todo el universo de la misma manera en la que un niño acude a su padre terrenal, como dice hebreos 4:16 “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

Podemos conocer a Dios como Padre gracias a la revelación de Jesucristo, porque cada creyente en Cristo puede relacionarse de manera personal con el Padre y tener una comunión íntima con Él. Jesucristo siempre se refirió a Dios como su Padre y en el Nuevo Testamento se nos invita a tratarlo como nuestro Padre, porque somos hijos de Dios y coherederos con su Hijo Jesucristo. Es necesario creer en Cristo para tener una relación personal con Dios Padre. Pablo nos enseña en Romanos 8:15-16 que “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.

Dios nos expresa su paternidad cuidándonos, proveyéndonos para cada necesidad y mostrándonos su propósito. Nos ama incondicionalmente por eso su deseo más grande es que nos relacionemos con Él; anhela comunicarse con nosotros y nos ha prometido que nunca nos dejará ni abandonará, como dice Deuteronomio 31:8 “Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides”. También nos muestra su paternidad disciplinándonos, esta es una señal de que somos sus hijos y lo hace para que crezcamos en santidad. Hebreos 12:10 dice “Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad”. El Padre siempre nos guiará a hacer lo correcto.

Recordemos entonces cada vez que oremos que tenemos un Padre celestial que nos ama y escucha.  Oración.

«Abba Padre, qué privilegio poder acercarme a tu presencia con confianza, sabiendo que eres mi Padre celestial, que me amas incondicionalmente y mostraste tu amor enviando a tu Hijo amado a morir por mí. Quiero acercarme con reverencia y confianza cada día, porque tú eres el Soberano del universo que inclina su oído para escucharme; estás atento a la voz de mi clamor y dispuesto a suplir mis necesidades espirituales, emocionales y materiales. Gracias por adoptarme como tu hijo y ser parte de tu familia, en Cristo Jesús, amén.

viernes, 5 de abril de 2024

La oración que no agrada a Dios

 


La oración que no agrada a Dios

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa”. Mateo 6:5

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” Mateo 6:7

Cuando nos acercamos a Dios debemos hacerlo de la manera correcta, con honestidad y actitudes que le agraden. En el capítulo de Mateo 6 Jesús nos manda a no orar como los hipócritas, no porque estos oraran en cualquier lugar o de pie, sino por la intención con que lo hacían, pues buscaban ser admirados por su aparente piedad. El Señor no desprecia la oración que hacemos en público cuando la hacemos con la mejor motivación y con sinceridad. Hay oraciones en la calle y en la iglesia que agradan a Dios.

La palabra hipócrita viene del griego “hupokrites” que se usaba en esos tiempos antiguos para referirse a los actores de teatro que cubrían sus rostros con una máscara para representar un personaje que ellos no eran. Esta palabra usada por Jesús aquí, se refiere a aquellos que esconden sus verdaderos motivos detrás de una máscara de piedad. Jesús no critica la oración pública, pero sí condena la oración pretenciosa que busca atraer la atención, como el ejemplo que vemos en Lucas 18:11-12 “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”.

Aquí también Jesús señala una práctica ineficaz e innecesaria en la oración: la vana repetición, que no se refiere a ser intensos y fervorosos en la manera de orar cuando clamamos varias veces por lo mismo, sino cuando la oración se vuelve repetitiva con palabras sin sentido, haciéndolo de manera mecánica, como los charlatanes que piensan que por su palabrería serán escuchados; este método de devoción pagana se observa todavía en algunas religiones, donde la repetición de rezos es una práctica supersticiosa.

Dios conoce nuestro corazón y sabe de qué tenemos necesidad y está dispuesto a escucharnos y ayudarnos, siempre que le pidamos e insistamos en una respuesta. Recordemos que Jesús oró tres veces en el huerto de Getsemaní con la misma petición (Mateo 26: 39; 42; 44); alabó la persistencia en la oración en la parábola de la viuda (Lucas 18:1-8); también el apóstol Pablo oró tres veces para que el Señor quitara el aguijón en su carne (2 Corintios 12:7-8). El énfasis en orar por lo mismo hasta obtener una contestación no es lo que le desagrada a Dios, sino orar con palabras carentes de sentido. Como decía Shakespeare: “Mis palabras suben hacia arriba, mis pensamientos quedan abajo; las palabras sin pensamientos no llegan al cielo.”

El hecho de que nuestro Padre celestial conozca todas nuestras necesidades antes de que le hayamos pedido, no significa que no debamos expresárselas, por el contrario, que Él lo sepa todo debe ser un aliciente para orar más frecuentemente y con más confianza, como un hijo cuando le pide a su papá lo que necesita constantemente y aunque él lo sabe, le agrada que lo haga.

Por eso, en contraste con la ostentación pública al orar de parte de los hipócritas, Jesús recomienda que busquemos un lugar privado, secreto, donde podamos orar y donde solo Dios pueda vernos, como dice Mateo 6:6 “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. La esencia de la oración no radica en lo que decimos ni cómo ni dónde, sino en buscar la comunión íntima con Dios avivando nuestra relación personal con nuestro Padre, porque esto sí le agrada.   Oración.

«Padre amado quiero que mi oración a ti sea siempre sincera, una oración que agrade tu corazón, porque sale de mi motivación más pura, dirigida con respeto y devoción ante tu santa presencia. Tú conoces mis necesidades y mis anhelos más profundos, por eso quiero pedirte que siempre se haga tu voluntad en mi vida y en la vida de otros por los cuales oro constantemente, en el nombre de Jesús, amén.