lunes, 22 de enero de 2018
domingo, 21 de enero de 2018
Cultivar la vida en comunidad
Cultivar la vida en comunidad
Podrán desarrollar una comunidad saludable
y robusta que viva bien con Dios y disfrutar
Los resultados únicamente si se esfuerzan
Por llevarse bien unos con otros, tratándose entre sí
Con dignidad y honra.
Santiago 3:18 (PAR)
Todos seguían firmes en lo que los apóstoles les
Enseñaban, y compartían lo que tenían, y oraban
y se reunían para partir el pan.
Hechos 2:42 (DHH)
La vida en comunidad requiere compromiso.
Sólo el Espíritu Santo puede crear la comunión verdadera
entre los creyentes, pero la cultiva con las elecciones que hagamos y los
compromisos que asumamos. Pablo señala esta doble responsabilidad: “Esfuércense
por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. Para
producir una comunidad cristiana que perpetúa el amor se necesita tanto el
poder de Dios como nuestro esfuerzo.
Por desgracia, muchas personas se crían en familias con
relaciones malsanas y, por lo tanto, carecen de las habilidades relacionales
necesarias para la comunión verdadera. Debemos enseñarles cómo llevarse bien y
entablar relaciones con otros miembros de la familia de Dios. Afortunadamente
el Nuevo Testamento reboza de instrucciones acerca de cómo vivir juntos. Pablo
afirmó: “Escribo estas instrucciones para que... sepas cómo hay que portarse en
la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente”.
Si estás harto de la comunión falsa y deseas cultiva una
comunión verdadera y desarrollar una comunidad fraternal en tu grupo pequeño,
en tu clase de escuela dominical o en la iglesia, necesitas tomar algunas
decisiones difíciles y arriesgarte.
Cultivar la vida en comunidad requiere sinceridad. Debes
estar lo suficientemente interesado para decir la verdad fraternalmente, incluso
cuando prefieras pasar por alto un problema o no tratar un asunto espinoso. Si
bien es mucho más fácil permanecer en silencio cuando las personas a nuestro
alrededor tienen un patrón de pecado que les duele o lastima a otros, no es lo
que el afecto nos manda hacer. La mayoría de las personas no tienen a nadie que
las ame lo suficiente como para decirles la verdad (aunque duela), por lo cual
persisten en sus conductas autodestructivas. Por lo general sabemos que es
necesario decirle a esa persona, pero nuestros temores nos impiden abrir la
boca. Muchas relaciones han sido perjudicadas por el temor: nadie tuvo el valor
de hablar en el grupo mientras la vida de uno de sus miembros se desmoronaba.
La Palabra de Dios nos ordena: “hablando la verdad con amor”,
porque no podemos formar una comunidad sin franqueza. Salomón dijo: “Una
respuesta sincera es el signo de una verdadera amistad”. A veces esto implica
preocuparnos lo suficiente por quien peca o está siendo tentado para
enfrentarlo afablemente. Pablo dijo: “Hermanos, si ven que alguien ha caído en
algún pecado, ustedes que son espirituales deben ayudarlo a corregirse. Pero
háganlo amablemente; y que cada cual tenga mucho cuidado, no suceda que él
también sea puesto a prueba”.
Muchas congregaciones y grupos pequeños son superficiales
porque temen al conflicto. Siempre que surja un asunto que pueda provocar
tensión o incomodidad, inmediatamente se lo pasa por alto para preservar un
falso sentido de paz. Alguien sugiere “no complicar las cosas” y apaciguar los ánimos,
pero el asunto nunca se resuelve, y todos se resignan. Todos saben cuál es el
problema, pero nadie lo expresa francamente. Esto produce un ambiente viciado:
hay secretos y se multiplican los chismes. La solución de Pablo era directa:
“No más mentiras, no más falsas impresiones. Díganle a su prójimo la verdad. En
el cuerpo de Cristo todos estamos conectados entre sí, a fin de cuentas. Cuando
mienten a otros, se mienten a ustedes mismos”.
La comunión verdadera depende de la franqueza, ya se trate de
un matrimonio, una amistad o tu iglesia. Aún más, en una relación, el túnel de
los conflictos puede ser la puerta a la intimidad. Hasta que no nos importe lo
suficientemente como para enfrentar y solucionar los obstáculos subyacentes,
nunca podremos tener una relación más estrecha. Cuando un conflicto es bien
manejado y se encaran y solucionan las diferencias, se estrechan las
relaciones. La Biblia dice: “A fin de cuentas, más se aprecia al que reprende
que al que adula”.
La franqueza no debe ser una licencia para decir lo que a uno
se le antoja, dondequiera y cuando quiera. Eso es impertinencia. La Escritura
afirma que “para todo hay un cuándo y un cómo“. Las palabras irreflexivas dejan
cicatrices profundas. Dios nos manda hablarnos unos a otros en la iglesia como
miembros afables de una familia: “No reprendas con dureza al anciano, sino
aconséjalo como si fuera tu padre. Trata a los jóvenes como a hermanos; a las
ancianas como a madres; a las jóvenes como a hermanas”.
Es triste, pero la falta de sinceridad ha destruido miles de
relaciones. Pablo tuvo que reprender a la iglesia en Corinto por su pasivo
código de silencio que permitía la inmoralidad dentro de su comunidad. Como no
había nadie con suficiente valor para enfrentarla, les dijo: “No miren para
otro lado con la esperanza de que el problema desaparecerá. Sáquenlo a la luz y
trátenlo... Mejor un poco de devastación y vergüenza que la maldición...
Ustedes creen que se trata de algo sin importancia, pero por el contrario... no
deberían actuar como si todo estuviera bien cuando uno de sus compañeros
cristianos es inmoral o calumniador, es arrogante con Dios o grosero con sus
amigos, se emborracha o es avaro y estafador. No toleren esta situación, ni
consideren aceptable ese comportamiento. No soy responsable de lo que hagan los
de afuera, pero, ¿acaso no tenemos responsabilidad hacia los de adentro, los
que conforman nuestra comunidad de creyentes?
Cultiva la vida en comunidad requiere humildad. Nada destruye
la comunión tan rápido como la arrogancia, la autocomplacencia y el orgullo
empedernido. El orgullo erige murallas entre las personas; la humildad
construye puentes. La humildad es como el aceite que suaviza las relaciones y
lima las asperezas. Por eso la Biblia dice: “Revístanse todos de humildad en su
trato mutuo”. La vestimenta apropiada para la comunión es una actitud de
humildad.
El resto del versículo continúa: “Dios se opone a los
orgullosos pero da gracia a los humildes”. Este es otro motivo por el que
debemos ser humildes: el orgullo bloquea la gracia de Dios en nuestra vida, la
que necesitamos para crecer, cambiar, sanar y ayudar a los demás. Recibimos la
gracia de Dios cuando reconocemos con humildad que la necesitamos. La Biblia
nos dice que ser orgullosos ¡es oponernos a Dios! Es una manera de vivir necia
y peligrosa.
Podemos desarrollar la humildad de manera práctica:
reconociendo nuestras debilidades, siendo tolerantes con las debilidades de
otros, estando dispuestos a ser corregidos y destacando lo que hacen los demás.
Pablo aconsejó: “Vivan siempre en armonía. Y no sean orgullosos, sino traten
como iguales a la gente humilde. No se crean más inteligentes que los demás”. A
los cristianos de Filipos les escribió: “Honren más a los demás que a ustedes.
No se interesen sólo en ustedes sino interésense en la vida de los demás”.
La humildad no es pensar menos de sí mismo sino pensar menos
en ti mismo. Humildad es pensar más en los demás. Las personas humildes se
interesan tanto en servir a otros, que no piensan en sí mismas.
Cultivar la vida en comunidad requiere amabilidad. La
cortesía o amabilidad consiste en respetar nuestras diferencias, tener
consideración por los sentimientos de otras personas y ser tolerantes con las
que nos molestan. La Palabra de Dios dice: “Hagamos cuanto contribuya al bien...
con el fin de edificarlas”. Pablo le dijo a tito: “El pueblo de Dios debe tener
un gran corazón y ser amable”.
En todas las iglesias, y en cualquier grupo pequeño, habrá
siempre por lo menos una persona “difícil”, a veces más de una. Éstas pueden
tener necesidades emocionales especiales, profundas inseguridades, costumbres
irritantes o hábitos sociales no desarrollados. Podríamos llamarlas personas
NGE: que “necesitan gracia extra”.
Dios puso a tales personas en medio de nosotros tanto para
nuestro beneficio como para el de ellas. Son una oportunidad para el
crecimiento y poner a prueba la comunión: ¿Las amamos como hermanos y hermanas
y las tratemos con dignidad?
Los miembros de una familia no se aceptan porque sean
inteligentes, hermosos o talentosos. Se aceptan porque pertenecen a la misma
familia. Defendemos y protegemos la familia. Uno de sus miembros puede ser algo
tonto, pero es de nuestra familia. De la misma manera, la Biblia dice: “Ámense
los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente”.
Lo cierto es que todos tenemos nuestras manías y caprichos.
Pero la comunidad no tiene nada que ver con compatibilidades. La base de
nuestra comunión es nuestra relación con Dios: somos una familia.
Una de las claves para la amabilidad es conocer los orígenes
de una persona: descubre su historia. Cuando sepas lo que esa persona ha
atravesado, serás más comprensivo. En lugar de pensar en todo lo que todavía
tiene que aprender, pensarás en todo lo que ha progresado, a pesar de todo.
Otro aspecto de la amabilidad consiste en no subestimar las
dudas ajenas. El hecho de que no tengamos determinados temores no quita validez
a esos sentimientos. La comunidad verdadera se produce cuando la gente se
siente suficientemente segura para poder expresar sus dudas y temores con la
certeza que no la juzgarán.
Cultivar la vida en comunidad requiere confidencialidad. Para
que las personas sean sinceras y expresen sus más profundas penas, necesidades
y errores, se requiere una condición: una atmósfera segura que las haga
sentirse cálidamente aceptadas y donde puedan desahogarse con confianza. La
confidencialidad no implica permanecer en silencio si nuestro hermano o hermana
peca. Significa que lo que se expresa dentro del grupo no sale afuera de él,
que el grupo tratará el asunto internamente y nadie saldrá a contar chismes.
Dios odia los chismes, sobre todo cuando se los disfraza
superficialmente como “pedidos de oración” por una persona. Él afirma: “El
perverso provoca contiendas y el chismoso divide a los buenos amigos”. Los
chismes provocan sufrimiento y divisiones, y destruyen la comunión. Dios es muy
claro al respecto: debemos enfrentar “al que cause divisiones”. Estas personas
pueden enojarse y abandonar el grupo o la iglesia cuando se las amonesta por
sus acciones divisivas, pero el compañerismo de la iglesia es más importante
que cualquier individualidad.
Cultivar la vida en comunidad requiere contacto frecuente.
Debes tener contacto frecuente y regular con tu grupo para construir una
comunión genuina. Para cultiva una relación se requiere tiempo. La Biblia nos
dice: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino
animémonos unos a otros”. Debemos desarrollar el hábito de reunirnos. Un hábito
es algo que hacemos con frecuencia y regularidad, no ocasionalmente. Debemos
pasar tiempo junto ¾mucho tiempo¾ para construir relaciones sólidas. Por eso,
la comunión es tan superficial en muchas iglesias justamente porque no pasamos suficiente
tiempo junto, y cuando nos reunimos, por lo general pasamos ese tiempo
escuchando hablar a una sola persona.
La comunidad no se construye sobre la conveniencia (“Nos
reuniremos cuando nos parezca”), sino que se apoya en la convicción de que la
comunidad es necesaria para la salud espiritual. Si deseas cultiva una comunión
verdadera, eso implicará reunirte incluso cuando no tengas ganas, porque estás
convencido de que es importante. ¡Los primeros cristianos se reunían todos los
días! “No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa
partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad”. Para tener
comunión debes invertir tiempo.
Si eres miembro de un pequeño grupo o clase, te animo a que
hagas un pacto en el grupo que incluya las nueve características de la comunión
bíblica: expresaremos nuestros verdaderos sentimientos (autenticidad), nos
animaremos unos a otros (reciprocidad), nos apoyaremos unos a otros
(compasión), nos perdonaremos unos a otros (misericordia), hablaremos la verdad
en amor (sinceridad), reconoceremos nuestras debilidades (humildad),
respetaremos nuestras diferencias (amabilidad), no andaremos con chismes
(confidencialidad) y haremos del grupo una prioridad (frecuencia).Al leer esta
lista de características, te resultará obvio por qué la comunión genuina es tan
poco corriente. Consiste en formarnos en interdependientes. Sin embargo, los
beneficios de compartir la vida junta superan largamente los costos y nos
preparan para el cielo.
DÍA DIECINUEVE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: La vida en comunidad requiere compromiso.
Versículo para recordar: “En esto conocemos lo que es el
amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros
debemos entregar la vida por nuestros hermanos”. 1º Juan 3:16 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Cómo puedo cultivar hoy las
características de una comunidad verdadera en mi grupo pequeño o en mi iglesia?
sábado, 20 de enero de 2018
Viviendo la vida juntos
Viviendo la vida juntos
Ustedes fueron llamados a formar un solo cuerpo,
El cuerpo de Cristo.
Colosenses 3:15 (BLS)
¡Cuán bueno y cuán agradable es que
Los hermanos convivan en armonía!
Salmos 133:1 (NVI)
El significado de la vida es compartir.
La intención de Dios es que experimentemos la vida junta. En
la Biblia esta experiencia comunitaria se conoce como vivir en comunión. En la
actualidad, sin embargo, la palabra ha perdido mucho de su significado bíblico.
“Tener comunión” se usa para referirse a la conversación espontánea, la
socialización, las comidas y la diversión. La pregunta “¿Dónde tienes
comunión?” significa: “¿A qué iglesia asistes?”. Afirmar: “Quédate después del
servicio APRA un momento de comunión” quiere decir “Tendremos un refrigerio”.
La verdadera comunión es mucho más que asistir a los
servicios dominicales. Es experimentar la vida junta. Consiste en amar
desinteresadamente, compartir con corazón sincero, servir en la práctica, hacer
sacrificios, consolar y solidarizarse con los que sufren, y todos los demás
mandamientos que el Nuevo Testamento nos manda hacer “unos a otros”.
Con todo aquello relacionado con la comunión, el tamaño
importa: cuanto más pequeño, mejor. Con una multitud se puede adorar, pero no
se puede tener comunión. Cuando los grupos son superiores a diez personas,.
Algunas dejarán de participar ¾por lo general, las más calladas¾ y otras
ejercerán dominio.
Jesús ministró en el contexto de pequeños grupos de
discípulos. Pudo haber elegido a más, pero sabía que doce es prácticamente el
tamaño máximo posible para permitir la participación de todos.
El cuerpo de Cristo, como el tuyo, es en realidad una
colección de varias células pequeñas. La vida del cuerpo de Cristo, como el
tuyo, está en las células. Debido a esto, todos los cristianos necesitan estar
comprometidos con un pequeño grupo dentro de cada iglesia, ya sea uno de
reflexión en los hogares, una clase de escuela Dominical o un grupo de estudio
bíblico. La verdadera comunidad se gesta en esos lugares, no en las reuniones
masivas. Piensa en la iglesia como en un barco, los pequeños grupos son los
botes salvavidas.
Dios ha hecho una promesa increíble con respecto a los
pequeños grupos de creyentes: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos”. Por desgracia, pertenecer a un pequeño grupo
tampoco es ninguna garantía de que se experimentará una verdadera comunión.
Muchas clases de Escuela Dominical y grupos pequeños son superficiales, no
tienen idea de lo que es experimentar la comunión genuina. ¿Cuál es la
diferencia entre la comunión verdadera y la falsa?
En la comunión verdadera experimentamos autenticidad. La
comunión auténtica no es superficial. Consiste en la expresión genuina, de
corazón a corazón, desde lo más íntimo de nuestro ser. El verdadero
compañerismo ocurre cuando la gente es honesta con lo que es y con lo que
sucede en su vida: comparte sus penas, revela sus sentimientos, confiesa sus
fracasos, manifiesta sus dudas, reconoce sus temores, admite sus debilidades, y
pide la ayuda y oración de los demás.
La autenticidad es exactamente lo contrario de lo que
encuentras en algunas iglesias. En éstas, en vez de una atmósfera de sinceridad
y humildad, hay fingimiento, roles, politiquería, cordialidad superficial y
conversación trivial. La gente se pone máscaras, está a la defensiva y se
conduce como si su vida fuera un lecho de rosas. Estas actitudes matan la
verdadera comunión.
Podremos experimentar la verdadera comunión sólo si somos
transparentes en nuestra vida. La Biblia dice: “Si vivimos en la luz, así como
Él está en la luz, tenemos comunión unos con otros... Si afirmamos que no
tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. El
mundo cree que la intimidad necesita oscuridad, pero Dios dice que ésta ocurre
en la luz. La oscuridad sirve para esconder nuestros dolores, culpas, temores,
fracasos y fallas. Pero al sacarlas a la luz, las ponemos a la vista y
admitimos quiénes somos en realidad.
Por supuesto, la autenticidad exige valor y humildad. Implica
enfrentar nuestro temor a la exposición, al rechazo y a ser heridos nuevamente.
¿Por qué habríamos de correr ese riesgo? Porque es la única manera de crecer
espiritualmente y conservar nuestra salud emocional. La Escritura indica que
“nuestra práctica debería ser: confesarnos unos a otros nuestros pecados y orar
unos por otros para poder vivir todos juntos y ser sanados”. Sólo podemos
crecer si nos arriesgamos, y no hay riesgo mayor que ser sinceros con nosotros
mismos y con otros.
En la comunión verdadera experimentamos reciprocidad. La
reciprocidad es el arte de dar y recibir. Depende de cada uno de nosotros. La
Biblia dice que “Dios diseñó nuestros cuerpos como un modelo para que
pudiéramos entender nuestras vidas reunidas como iglesia: cada parte
dependiente de todas las demás partes”. La reciprocidad es el corazón de la
comunión: la construcción de relaciones recíprocas, de compartir responsabilidades
y de ayudarse unos a otros. Pablo dice que desea que nos ayudemos “entre
nosotros con la fe que compartimos. Tu fe me ayudará y mi fe te ayudará”.
Somos más sólidos en nuestra fe cuando caminamos junto a
otros que nos animan. La Biblia nos ordena rendir cuentas unos a otros,
animarnos, servirnos y honrarnos mutuamente. Más de cincuenta veces el Nuevo
Testamento nos manda hacer distintas tareas “unos a otros” y “unos con otros”.
La Palabra de Dios señala: “Esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la
paz y a la mutua edificación”.
No eres responsable de cada persona del cuerpo de Cristo,
pero tienes una responsabilidad con ellos. Dios espera que hagas lo que esté a
tu alcance para ayudarlos.
En la comunión verdadera experimentamos compasión. La
compasión no se limita a dar consejos o una ayuda rápida y cosmética; la
compasión es comprender y compartir el dolor de los demás. La compasión dice:
“Entiendo lo que te está pasando, y lo que sientes no es raro ni es una
locura”. Hoy también se la conoce como “empatía”, pero la palabra bíblica es
“compasión”. La Escritura afirma que, como escogidos de Dios, santos y amados,
debemos vivir con “verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y
paciencia”.
La compasión satisface dos necesidades humanas esenciales:
ser entendidos y apreciados con nuestros sentimientos. Cada vez que entiendes y
aprecias los sentimientos de alguien, estableces comunión. El problema es que
muchas veces tenemos tanta prisa para arreglar las cosas, que no tenemos tiempo
para expresar nuestra compasión; o estamos preocupados con nuestros propios
dolores. La autocompasión agota la compasión por los demás.
La comunión tiene diferentes niveles, cada uno apropiado para
diferentes momentos. Los grados más simples de comunión son al compartir y al
estudiar la Palabra de Dios en comunidad. Un nivel más profundo es la comunión
al servir: cuando ministramos entre varios en viajes misioneros o en proyectos
de caridad. El nivel más profundo e intenso es la comunión en sufrimiento,
cuando nos solidarizamos con la pena y el dolor de los demás y nos ayudamos
unos a otros a sobrellevar las cargas. Los cristianos que mejor entienden este
nivel son quienes, en este mundo, sufren persecución, desprecio y hasta muerte
como mártires por su fe.
La Palabra de Dios nos manda: “Cuando tengan dificultades,
ayúdense unos a otros. Esa es la manera de obedecer la ley de Cristo”. Es en
los momentos más intensos de crisis, dolor y duda cuando más nos necesitamos
unos a otros. Cuando las circunstancias nos aplastan y nuestra fe se derrumba,
es cuando más necesitamos a nuestros amigos creyentes. Necesitamos contar con
un pequeño grupo de amigos que tengan fe en Dios por nosotros para permitirnos
salir adelante. En un pequeño grupo, el cuerpo de Cristo es real y tangible,
aunque Dios parezca distante. Durante su sufrimiento, Job necesitó con
desesperación contar con ese grupo. Clamó: “aunque uno se aparte del temor al
Todopoderoso, el amigo no le niega su lealtad”.
En la comunión verdadera experimentamos misericordia. La
comunión es un lugar de gracia, donde en vez de enfatizar los errores, éstos se
resuelven. La comunión se genera cuando la misericordia triunfa sobre la
justicia.
Todos necesitamos misericordia porque todos tropezamos y
caemos y necesitamos que alguien nos ayude a ponernos en pie y en camino.
Necesitamos brindarnos misericordia unos a otros y estar dispuestos a
recibirla. Dios declara que cuando alguien peca, debemos “perdonarlo y
consolarlo para que no sea consumido por la excesiva tristeza”.
No es posible tener comunión sin perdón. Dios nos dice: “No
guarden rencor”, porque la amargura y el resentimiento destruyen la comunión.
Como somos pecadores e imperfectos, inevitablemente nos lastimamos. En
ocasiones, intencionalmente y otras veces sin mala intención, pero de una u
otra manera, requiere cantidades enormes de misericordia y gracia crear y
sostener la comunión. La Escritura dice que “tengan paciencia unos con otros, y
perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó,
perdonen también ustedes”.
La misericordia de Dios es el motor que nos motiva a mostrar
compasión a los demás. Recordemos que nunca se nos pedirá perdonar más que lo
que Dios nos perdonó a nosotros. Cuando alguien te lastime, tienes que decidir.
¿Usaré mi energía y mis emociones para vengarme o para buscar una solución? No
es posible hacer ambas cosas.
Muchas personas son renuentes a mostrar misericordia porque
no entienden la diferencia entre confianza y perdón. Perdonar es soltar las
riendas del pasado. La confianza tiene que ver con el comportamiento en el
futuro.
El perdón debe ser inmediato, lo pida o no quien ofendió. La
confianza se reconstruye con el tiempo. Esta requiere llevar un registro. Si
una persona nos lastima repetidas veces, Dios nos manda perdonarla al instante,
pero no espera que confiemos en ella de inmediato, y tampoco supone que debemos
permitir que siga lastimándonos. Deberá demostrar que el tiempo la ha
transformado. El mejor lugar para restaurar la confianza es dentro del ámbito de
apoyo provisto por un pequeño grupo que ofrezca la posibilidad de animarnos
mutuamente y ser responsables unos de otros.
Experimentarás muchos otros beneficios si formas parte de un
pequeño grupo comprometido con tener comunión verdadera. Es una parte esencial
de tu vida cristiana que no puedes desatender. Por más de dos mil años los
cristianos se han reunido regularmente en pequeños grupos para vivir en
comunión. Si nunca has formado parte de uno, no tienes idea de lo que te estás perdiendo.
En el capítulo siguiente analizaremos lo que se requiere para crear este tipo
de comunidad con otros creyentes, pero espero que este capítulo haya despertado
el hambre de una experiencia de autenticidad, reciprocidad, compasión y
misericordia que experimentarás con la comunión verdadera. Fuiste creado para
esa comunión.
DÍA DIECIOCHO
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Necesito otras personas en mi vida.
Versículo para recordar: “Ayúdense unos a otros a llevar sus
cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”. Gálatas 6:2 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué primer paso puedo dar hoy para
relacionarme con otro creyente en un mayor grado de intimidad y autenticidad?
viernes, 19 de enero de 2018
Un lugar a pertenecer
Un lugar a pertenecer
Ya son ustedes... miembros de la familia de Dios,
Ciudadanos del país de Dios y conciudadanos
De los cristianos de todas partes.
Efesios 2:19 (BAD)
...la familia de Dios, que es la iglesia del Dios
Viviente, la cual sostiene y defiende la verdad.
1º Timoteo 3:15b (DHH)
Eres llamado a pertenecer, no sólo a creer.
Incluso en el entorno perfecto y sin pecado, en el jardín del
Edén, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Nos creó para vivir en
comunidad, para la comunidad, para la comunión y para tener una familia, y no
podemos cumplir los propósitos de Dios por sí solos.
En la Biblia no hay ningún ejemplo de santos solitarios o
ermitaños espirituales aislados de otros creyentes y privados de la comunión.
La Biblia dice que formamos un cuerpo, somos sus miembros, hemos sido
edificados juntamente, formados articulaciones, somos herederos conjuntos,
estamos sostenidos y ajustados en conjunto, y seremos arrebatados juntos. Ya no
podemos valernos por nosotros mismos.
Aunque nuestra relación con Cristo es personal, la intención
de Dios no es que sea privada. En la familia de Dios estamos conectados con
todos los demás creyentes, y nos pertenecemos mutuamente por la eternidad. La
Biblia dice: “También nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en
Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás”.
Seguir a Cristo implica participación, no solamente creer.
Somos miembros de su cuerpo: la iglesia C.S.Lewis señaló que la palabra miembro
tiene origen cristiano, pero que el mundo la ha vaciado de su significado
original. Las casas comerciales ofrecen descuentos a sus “miembros” y los
publicistas usan los nombres de sus miembros para crear listas de correspondencia.
En muchas iglesias, la membresía suele reducirse a agregar su nombre a un
registro, sin más requisito ni obligaciones.
Para Pablo, ser “miembro” de la iglesia significaba ser un
órgano vital de un cuerpo con vida, una parte indispensable y ligada al cuerpo
de Cristo. Necesitamos recuperar y poner en práctica el significado bíblico de
ser miembro. La iglesia es un cuerpo, no un edificio; es un organismo, no una
organización.
Para que los órganos de tu cuerpo cumplan su propósito, deben
estar conectados al cuerpo. Lo mismo es cierto en tu caso, como parte del
cuerpo de Cristo. Dios te creó para desempeñar un papel específico, pero si no
te vinculas a una iglesia viva y local, te perderás el segundo propósito de tu
vida. Descubrirás tu papel en la vida mediante tu relación con los demás.
La Biblia dice en romanos 12:4-5: “El sentido de cada una de
las partes lo da cuerpo en su totalidad y no al contrario. Estamos hablando del
cuerpo de Cristo formado por su pueblo elegido. Cada uno de nosotros encontramos
nuestro sentido y función como parte de su cuerpo. Si somos un dedo de la mano
o del pie cortados y sueltos, no servimos de mucho, ¿no?”.
Fuera del cuerpo, los órganos se secan y mueren. No pueden
sobrevivir solos; nosotros tampoco. Desvinculado y sin la fuente de vida que
brinda el cuerpo local, tu vida espiritual se marchitará y dejará de existir.
Por ese motivo, el primer síntoma del enfriamiento espiritual suele ser la
asistencia irregular a los cultos de adoración y otros encuentros de creyentes.
Cuando descuidamos la comunión, todo lo demás también se va a pique.
Ser miembro de la familia de Dios tiene repercusiones y no es
algo para ser ignorado casualmente. La iglesia es parte del plan de Dios para
el mundo. Jesús dijo: “Edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la
muerte no prevalecerán contra ella”. La iglesia es indestructible y existirá
por la eternidad. Sobrevivirá al universo, y tu papel en ella también. La
persona que dice: “No necesito a la iglesia”, es arrogante o ignorante. La
iglesia es tan importante que Jesús murió en la cruz por ella. “Cristo amó a la
iglesia entregó su vida por ella”.
La Biblia llama a la iglesia “la esposa de Cristo” y “el
cuerpo de Cristo”. No me puedo imaginar diciéndole a Jesús: “Te amo, pero no me
gusta tu esposa”, o “Te acepto, pero rechazo tu cuerpo”. Sin embargo, eso es lo
que hacemos cuando le restamos importancia, menospreciamos o nos quejamos de la
iglesia. Por el contrario, Dios nos manda a amarla tanto como la ama Jesús. La
Biblia nos ordena “amar a nuestra familia espiritual”. Es triste ver que muchos
cristianos usan la iglesia, pero no la aman.
LA CONGREGACIÓN LOCAL
Con pocas excepciones importantes que tiene que ver con todos
los creyentes en la historia, casi todas las veces que se usa la palabra
iglesia en la Biblia se refiere a la congregación local y visible. El Nuevo
Testamento da por sentado que los creyentes eran miembros de una congregación
local. Los únicos cristianos que no lo eran, eran los que estaban sujetos a la
disciplina de la congregación o que habían dejado de tener comunión por casos
de inmoralidad.
La Biblia dice que un cristiano sin iglesia materna es como
un órgano sin un cuerpo, una oveja sin rebaño o un niño sin familia. No es su
estado natural. La Biblia dice que somos “miembros de la familia de Dios...
conciudadanos de los cristianos de todas partes”.
En la actualidad, el individualismo independiente de nuestra
cultura ha creado muchos huérfanos espirituales: “creyentes conejos” que saltan
de una iglesia a otra sin identificarse, sin rendir cuentas ni comprometerse
con ninguna. Muchos creen que es posible ser un “buen cristiano” si unirse (a
veces sin siquiera asistir) a una iglesia local, pero Dios no está de acuerdo
con eso. Su Palabra ofrece muchas razones de peso para justificar la necesidad
de estar comprometidos y ser activos en la comunión.
LA NECESIDAD DE LA FAMILIA ECLESIÁSTICA
Ser una familia eclesiástica te permite identificar como
creyente genuino. No puedo decir que sigo a Cristo si no tengo ningún
compromiso con otro grupo específico de discípulos. Jesús dijo: “De este modo
todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”.
Somos testimonio al mundo cuando, viniendo de distintas
culturas, razas y clases sociales, nos reunimos en amor como una familia en la
iglesia. No somos parte del cuerpo de Cristo en soledad. Necesitamos a los
demás para expresar que somos miembros del cuerpo. Juntos, no por separado,
somos miembros de su cuerpo.
Ser una familia eclesiástica te aparta del aislamiento
egocéntrico. La iglesia local es el salón de clases donde aprendes a vivir en la
familia de Dios. Es el laboratorio donde se practica el amor comprensivo y sin
egoísmo. Como miembro participante podrás aprender a interesarte en los demás y
a -conocer la experiencia de otros: “Si uno de los miembros sufre, los demás
comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran
con él”. Únicamente por medio del contacto regular con creyentes comunes e
imperfectos podremos aprender a tener comunión verdadera y experimentar la
verdad del Nuevo Testamento que afirma que estamos ligados y dependemos unos de
otros.
La comunión bíblica consiste en estar tan comprometidos con
los demás como lo estamos con Jesucristo. Dios espera que entreguemos nuestra
vida unos por otros. Muchos cristianos conocen el versículo de Juan 3:16 pero
se olvidan de 1º Juan 3:16: “En esto conocemos lo que es el amor; en que
Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar
la vida por nuestros hermanos”. Este es el tipo de sacrificio de amor que Dios
espera que demostremos a los demás creyentes: una disposición a amarlos del
mismo modo que Dios nos amó.
Ser una familia eclesiástica te ayuda a mantenerte en forma
espiritualmente. No podrás madurar si sólo asistes a los cultos de adoración y
eres un espectador pasivo. Sólo podemos mantenernos espiritualmente en forma si
participamos en toda la vida de una congregación local. La Biblia declara: “Por
su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por
todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro”.
El Nuevo Testamento emplea más de cincuenta veces la frase
“unos a otros” o “unos con otros”. Se nos manda amar; orar; alentar; amonestar;
saludar; servir; enseñar; aceptar; honrar; llevar las cargas; perdonar;
someternos; comprometernos y muchas otras tareas mutuas y recíprocas. ¡Esto es
membresía bíblica! Estas son tus “responsabilidades familiares” que Dios espera
que cumplamos por intermedio de una congregación local. ¿Con quién estás
cumpliendo estas obligaciones?
Puede parecer más fácil ser santo cuando no hay nadie a
nuestro alrededor que pueda frustrar nuestras preferencias, pero esta santidad
es falsa y no verificable. El aislamiento genera engaño: es fácil engañarse
creyendo que somos maduros si no nos comparamos con otros. La verdadera madurez
se demuestra en las relaciones.
Para crecer necesitamos algo más que la Biblia, necesitamos a
otros creyentes. Creceremos más rápido y seremos más fuertes si aprendemos de
los demás y asumimos nuestra responsabilidad. Cuando otros comparten lo que
Dios les está enseñando, aprendo y crezco.
El Cuerpo de Cristo te necesita. Dios tiene un papel
exclusivo para que lo desempeñes en su familia. Es tu “ministerio”, y para
desempeñarlo Dios te ha dado dones: “para ayudar a toda la iglesia Dios ha
provisto a cada uno con dones espirituales”.
La congregación local es el lugar que Dios ha provisto para
descubrir, desarrollar y usar tus dones. Es posible que además tengas un
ministerio más amplio, pero eso es un agregado al servicio del cuerpo local.
Jesús no prometió edificar tu ministerio; sino edificar su iglesia.
Compartirás la misión de Cristo en el mundo. Cuando Jesús
caminó sobre esta tierra, Dios obró mediante el cuerpo físico de Cristo; hoy
usa su cuerpo espiritual. La iglesia es el instrumento de Dios sobre la tierra.
No solamente debemos ser ejemplo del amor de Dios amándonos unos a otros;
también debemos llevar juntos ese amor al resto del mundo. Es un privilegio
increíble que compartimos. Como miembros del cuerpo de Cristo, somos sus manos,
sus pies, sus ojos y su corazón, Él obra en el mundo por nuestro intermedio.
Pablo nos dice que “Dios nos ha creado en Cristo Jesús para trabajar juntos en
su obra, en las buenas obras que Dios ha dispuesto para que hagamos, en la obra
que más vale que pongamos en práctica”.
La familia eclesiástica evitará que te apartes. Nadie es
inmune a la tentación. Dadas las circunstancias apropiadas, tú como yo
podríamos ser capaces de cometer cualquier pecado. Como Dios sabe eso, nos ha
asignado como individuos la responsabilidad de cuidarnos mutuamente. La Biblia
dice: “Anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca
por el engaño del pecado”. “No te metas en mi vida” no es una frase que un
cristiano debiera decir. Dios nos llama y nos manda a asumir un compromiso con
los demás. Si sabes de alguien que en este mismo momento está flaqueando
espiritualmente, es tu responsabilidad buscar a esa persona y devolverla a la
comunión. Santiago dice que “si sabemos de alguno que se extravía de la verdad
de Dios, no lo descartemos, busquémoslo y hagámoslo volver”.
Otro beneficio relacionado con la iglesia local es que brinda
la protección espiritual de líderes consagrados. Dios ha dado a los líderes
pastorales la responsabilidad de guardar, proteger, defender y velar por el
bienestar espiritual de su rebaño “porque ellos cuidan de ustedes sin descanso,
y saben que son responsables ante Dios de lo que a ustedes les pase”.
A Satanás le gustan los creyentes desarraigados,
desconectados de la energía del cuerpo, aislados de la familia de Dios, sin
responsabilidades frente a sus líderes espirituales: sabe que están indefensos
y sin fuerza para enfrentarse a sus tácticas.
TODO ESTÁ EN LA IGLESIA
En mi libro Una iglesia con propósito expliqué cómo el formar
parte de una iglesia espiritualmente saludable es esencial para tener una vida
sana. Espero que también leas ese libro porque te ayudará a entender cómo Dios
diseñó su iglesia específicamente para ayudarte a cumplir los cinco propósitos
que Él tiene para tu vida. Él creó la iglesia para satisfacer las cinco
necesidades más básicas de tu vida: un propósito para vivir, personas con
quienes vivir, principios para vivir, una profesión para desarrollar y el poder
para vivir. Sólo hay un lugar en la tierra donde es posible encontrar estos
cinco beneficios reunidos en el mismo lugar.
Los propósitos de Dios para su iglesia son los mismos que
tiene para tu vida. La adoración te ayudará a concentrarte en Dios; la comunión
te ayudará enfrentar los problemas de la vida; el discipulado te ayudará a
fortalecer tu fe; el ministerio te ayudará a descubrir tus talentos; el
evangelismo te ayudará a cumplir tu misión. ¡No hay nada como la iglesia en la
tierra!
TU ELECCIÓN
Cuando nace un bebé, él o ella se convierte automáticamente
en parte de la familia universal de los seres humanos. Pero ese bebé también
necesita ser miembro de una familia en particular para recibir el cuidado y el
cariño que requiere para crecer, tener salud y ser fuerte. Lo mismo es cierto
en el aspecto espiritual. Cuando nacemos de nuevo, automáticamente pasamos a
formar parte de la familia universal de Dios, pero también necesitamos ser
miembros de una expresión local de ese núcleo.
La diferencia entre ser un mero asistente al templo y un
miembro de la iglesia es el compromiso. Los asistentes son espectadores frente
al escenario; los miembros están comprometidos con el ministerio. Los
asistentes son consumidores; los miembros, contribuyentes. Los asistentes
desean tener los beneficios de la iglesia sin compartir las obligaciones. Son
como parejas que quieren vivir juntas sin comprometerse y formar un matrimonio.
¿Por qué es importante unirse a la familia de una iglesia
local? Porque es en la práctica, no en la teoría, como demuestras tu compromiso
con tus hermanos y hermanas. Dios quiere que ames a personas reales, no
ideales. Puedes pasarte toda tu vida buscando la iglesia perfecta, pero nunca
la encontrarás. Dios nos llama a amar a los pecadores como Él nos amó.
En los Hechos, los cristianos de Jerusalén tenían compromisos
muy específicos entre sí. Se dedicaban a la comunión. La Biblia nos dice “que
se comprometían con la enseñanza de los apóstoles, la vida en comunidad, las
comidas comunitarias y las oraciones”. Dios hoy espera el mismo compromiso de
tu parte.La vida cristiana es más que el simple compromiso con Cristo: también
implica el compromiso con otros cristianos. Los creyentes de Macedonia
entendieron esto. Pablo dijo de ellos: “Se entregaron a sí mismos, primeramente
al Señor y después a nosotros, conforme a la voluntad de Dios”. Después de
convertirte en hijo de Dios, el siguiente paso natural que debes dar es
convertirte en miembro de una congregación local. Cuando te comprometes con
Cristo, te conviertes en cristiano; pero te conviertes en miembro de una iglesia
cuando te comprometes con un grupo específico de creyentes. La primera decisión
trae la salvación; la segunda, la comunión.
DÍA DIECISIETE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Soy llamado a pertenecer, no sólo a
creer.
Versículo para recordar: “También nosotros, siendo muchos,
formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los
demás”. Romanos 12:5 (NVI)
Pregunta para considerar: El grado de compromiso que tengo
con mi iglesia local, ¿refleja mi amor y compromiso con la familia de Dios?
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