lunes, 15 de enero de 2018
domingo, 14 de enero de 2018
Cuando Dios parece distante
Cuando Dios parece distante
El SEÑOR ha escondido su rostro del pueblo...
pero yo esperaré en Él, pues en Él tengo
puesta mi esperanza.
Isaías 8:17 (NVI)
Dios es real, sin importar cómo te sientas.
Cuando las cosas marchan bien en nuestra vida, es fácil
adorar a Dios: cuando nos ha provisto alimento, amigos, familia, salud y
alegría. Pero las circunstancias no siempre son tan agradables. ¿Cómo adoramos
a Dios, entonces? ¿Qué hacemos cuando Dios parece estar a millones de
kilómetros de distancia?
El grado de adoración más profundo es alabar a Dios a pesar
del dolor: agradecer a Dios durante una prueba, confiar en Él durante la
tentación, aceptar el sufrimiento y amarlo aunque parezca distante.
La prueba de la amistad es la separación y el silencio;
cuando estamos separados por una distancia física o nos vemos imposibilitados
de hablar. En el caso de nuestra amistad con Dios, no siempre nos sentimos
cercanos a Él. Philip Yancey, puntualiza: “En cualquier relación hay momentos
de intimidad y momentos de distanciamiento, y en la relación con Dios, no
importa lo íntima que sea, el péndulo también se moverá de un lado a otro”.
Entonces sí que la adoración se pone difícil.
Para madurar nuestra amistad, Dios la pondrá a prueba con
períodos de aparente separación: momentos en que sentiremos que nos abandonó
nos olvidó. Dios parecerá estar a millones de kilómetros. San Juan de la Cruz
se refirió a esos días de sequía espiritual, duda y distanciamiento de Dios, como
“la oscura noche del alma”. Henri Houwen los llamó “el ministerio de la
ausencia”. A.W. Toser los llamó “el ministerio de la noche”. Otros los llamaron
“el invierno del corazón”.
Aparte de Jesús, David fue quien posiblemente tuvo más
amistad con Dios. El Señor tenía el placer de llamarlo “un hombre conforme a mi
corazón”. Sin embargo, David con frecuencia se quejaba de la aparente ausencia
de Dios: “Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿por qué te escondes de mí
cuando más te necesito?”, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamento”; “¿Por qué me has
rechazado?”.
Por supuesto, Dios en realidad no había dejado a David, como
tampoco te dejará a ti. Ha prometido varias veces: “Nunca te dejaré ni te
abandonaré”. Pero Dios no te promete: “siempre sentirás mi presencia”. En
efecto, Dios reconoce que a veces oculta su rostro de nosotros. A veces es como
si fuera un DEA, un “desaparecido en acción” en nuestra vida.
Floyd McClung lo describe de la siguiente manera: “Te
despiertas una mañana y todos tus sentimientos espirituales han desparecido.
Oras, pero no pasa nada. Reprendes al diablo, pero nada cambia. Realizas tus
ejercicios espirituales... les pides a tus amigos que oren por ti... confiesas
todos los pecados que puedas imaginar y les pides perdón a todos tus conocidos.
Ayunas... pero no pasa nada. Comienzas a preguntarte cuánto tiempo durará esta
penumbra espiritual. ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Terminará algún día?... sientes
que tus oraciones rebotan en el techo. Al borde de la desesperación, gritas:
“¿Qué me pasa?”.
La verdad es que ¡nada está mal! Es una parte normal de la
prueba y la maduración de nuestra amistad con Dios. Todos los cristianos
atravesamos esta situación por lo menos una vez, y por lo general varias veces.
Es dolorosa y desconcertante, pero es absolutamente vital para el desarrollo de
la fe. Job no perdió la esperanza cuando no sentía la presencia de Dios en su
vida porque tenía esa certeza. Dijo estar convencido de su inocencia porque “si
me dirijo hacia el este, no está allí; si me encamino al oeste, no lo
encuentro. Si está ocupado en el norte, no lo veo; si se vuelve al sur; no
alcanzo a percibirlo. Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a
prueba, saldría yo puro como el oro”.
Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado
contigo o que te está disciplinando por algún pecado. Es cierto, el pecado sí
nos puede desvincular de la amistad íntima con Dios. Entristecemos al Espíritu
de Dios y apagamos nuestra comunión con la desobediencia, el conflicto con los
demás, las múltiples ocupaciones, la amistad con el mundo y otros pecados.
Pero este sentimiento de abandono y distanciamiento de Dios
no suele tener nada que ver con el pecado. Es una prueba de fe, una que todos
debemos enfrentar: ¿seguirás amando, confiando, obedeciendo y adorando a Dios
aunque no sientas su presencia ni tengas prueba evidente y visible de su obra
en tu vida?
En la actualidad, el error más común de los cristianos con
respecto a la adoración es que buscan una experiencia, más que a Dios. Buscan
un sentimiento y, si lo encuentran, concluyen que han adorado. ¡Qué
equivocación! En realidad, Dios suele retirar nuestros sentimientos para que no
dependamos de ellos. La adoración no es la búsqueda de un sentimiento, incluso
si se trata de uno de intimidad con Cristo.
Cuando eras un cristiano “en pañales”, Dios te dio varias
emociones y contestaba tus oraciones inmaduras y egocéntricas, para que
confirmaras su existencia. Pero a medida que crecemos en la fe, nos aparta
gradualmente de esas dependencias.
La omnipresencia de Dios y la manifestación de su presencia
son dos cosas distintas. Una, es un hecho; la otra, es un sentimiento. Dios
está siempre presente, aunque no estemos conscientes de Él; su presencia es
demasiado profunda para medirla con meras emociones.
Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que
confíes en Él aunque no lo sientas. A Dios le agrada la fe, no los
sentimientos.
Las situaciones que más apelarán a tu fe serán aquellas
cuando tu vida se derrumbe y no puedas percibir a Dios. Fue lo que le sucedió a
Job. En un solo día perdió todo: su familia, su negocio, su salud, todas sus
posesiones. Fue de lo más desalentador: ¡por treinta y siete capítulos Dios no
dijo nada!
¿Cómo podemos alabar a Dios cuando no entendemos lo que pasa
en nuestra vida y Él calla? ¿Cómo mantener el vínculo en medio de una crisis si
no hay comunicación? ¿Cómo mantener la vista en Jesús cuando nuestros ojos
están llenos de lágrimas? Hagamos lo que hizo Job: “Se dejó caer al suelo en
actitud de adoración. Entonces dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y
desnudo he de partir: el Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el
nombre del Señor!”.
Cuéntale a Dios exactamente cómo te sientes. Derrama tu
corazón ante Dios. Descarga todas tus emociones y sentimientos. Job lo hizo
cuando dijo: “¡No guardaré silencio! Estoy enojado y amargado. ¡Tengo que
hablar!”. Cuando Dios parecía distante añoraba: “¡Qué días aquellos, cuando yo
estaba en mi apogeo y Dios bendecía mi casa con su íntima amistad!”. Dios puede
encargarse de las dudas, el enojo, el temor, el dolor, la confusión y las
preguntas que tengas.
¿Sabes que reconocer tu desesperanza ante Dios puede ser una
afirmación de fe? Es posible confiar en Dios y sentirse afligido al mismo
tiempo. David escribió: “Aunque digo: “Me encuentro muy afligido”, sigo
creyendo en Dios”. Puede parecer una contradicción: confío en Dios, ¡pero estoy
destrozado! La franqueza de David en realidad revela una profunda fe. En primer
lugar, creía en Dios. Segundo, creía que Dios escuchaba su oración. Tercero,
creía que Dios le permitiría decir lo que sentía y lo seguiría amando.
Concéntrate en quién es Dios, en su naturaleza inmutable. A
pesar de las circunstancias y de los sentimientos, depende del carácter
inmutable de Dios. Recuerda las verdades eternas de Dios: Él es bueno, me ama,
está conmigo, sabe lo que me pasa, se interesa en mí, tiene un plan para mi
vida. V. Raymond Edman dijo: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te
dijo en la luz”.
Cuando la vida de Job se desmoronó, y Dios mantuvo silencio,
Job todavía encontró motivos para alabar a Dios:
§ Él es bueno y amoroso.
§ Él es todopoderoso.
§ Él conoce todos los detalles de mi vida.
§ Él tiene el control.
§ Él tiene un plan para mi vida.
§ Él me salvará.
Confía en que Dios cumplirá sus promesas. Durante las épocas
de sequía espiritual debemos depender pacientemente de las promesas de Dios y
no de nuestras emociones; debemos reconocer que nos está conduciendo a un grado
más profundo de madurez. Una amistad basada en emociones es, sin duda,
superficial.
No te preocupes por tus preocupaciones. El carácter de Dios
no cambia con las circunstancias. La gracia de Dios todavía tiene toda su
fuerza; Él todavía está de tu lado, aunque no lo sientas. Cuando Job sintió la
ausencia de Dios, siguió dependiendo de su Palabra: “No me he apartado de los
mandamientos de sus labios; en lo más profundo de mi ser he atesorado las
palabras de su boca”.
Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo
mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio
del dolor. “Dios podrá matarme, pero todavía confiaré en Él”.
Adoras a Dios de una manera más profunda cuando mantienes tu
confianza en Él a pesar de que sientas que te ha abandonado.
Recuerda lo que Dios hizo por ti. Aunque Dios nunca hubiera
hecho algo por ti, aun así merecería tu continua alabanza por el resto de tu
vida por lo que Jesús hizo en la cruz. ¡El hijo de Dios murió por ti! Ese es el
motivo más importante de la adoración.
Por desgracia, olvidamos la crueldad del sacrificio y la
agonía que Dios sufrió en nuestro lugar. La familiaridad genera complacencia.
Incluso antes de su crucifixión, al Hijo de Dios lo desnudaron y lo golpearon
hasta dejarlo irreconocible; lo azotaron, lo insultaron y se burlaron de Él, le
pusieron una corona de espinas y lo escupieron con desprecio. Hombres crueles
abusaron de Jesús y lo ridiculizaron, lo trataron peor que a un animal.
Después de estar casi inconsciente por las hemorragias, lo
obligaron a cargar una pesada cruz por un camino ascendente, lo clavaron en una
cruz y lo dejaron morir lentamente, en una atroz muerte por crucifixión.
Mientras se desangraba, tuvo que escuchar las burlas y los insultos del gentío
que se divertía viendo su dolor, desafiando su afirmación de ser Dios.
Además, mientras el Señor cargaba todo el pecado y la culpa
de la humanidad sobre su persona. Dios miró a otro lado y Jesús exclamó: “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Él pudo haberse salvado a sí
mismo, pero entonces no habría podido salvarte a ti.
No hay palabras que puedan explicar la oscuridad de ese
momento. ¿Por qué Dios permitió y toleró ese maltrato tan espantoso y malvado?
¿Por qué? Para que no tuvieras que pasar la eternidad en el infierno, y para
que pudieras estar en su gloria para siempre. La Biblia dice: “Al que no
cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador; para que en Él
recibiéramos la justicia de Dios”.Jesús dio todo de sí para que tuvieras todo.
Murió para que pudieras vivir para siempre. Eso por sí solo ya es suficiente
para merecer tu gratitud y alabanza continua. Nunca más te preguntes qué
motivos tienes para agradecer a Dios.
DÍA CATORCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Dios es real, no importa cómo me sienta.
Versículo para recordar: “Porque Dios ha dicho: “Nunca te
dejaré; jamás te abandonaré”. Hebreos 13:5 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Cómo puedo no perder de vista la
presencia de Dios, especialmente cuando lo sienta distante?
sábado, 13 de enero de 2018
Dios quiere todo de ti.
La adoración que agrada a Dios
Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente
y con todas tus fuerzas.
Marcos 12:30 (NVI).
Dios quiere todo de ti.
Dios no quiere una parte de tu vida. Pide todo tu corazón,
toda tu alma, toda tu mente y todas tus fuerzas. A Dios no le interesan los
compromisos a medias, la obediencia parcial y las sobras de tu tiempo y dinero.
Quiere tu devoción plena, no pedacitos de tu vida.
Una mujer samaritana en cierta ocasión discutió con Jesús
acerca del mejor tiempo, lugar y estilo de adoración. Jesús le contestó que
esos aspectos eran irrelevantes. El lugar de adoración no es tan importante
como por qué adoramos y cuánto de nuestro ser le ofrecemos a Dios cuando lo
hacemos. Hay una manera de adorar buena y mala. La Biblia dice: “Así que
nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos.
Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a Él le agrada, con temor
reverente”. La adoración que agrada a Dios tiene cuatro características:
A Dios le agrada la adoración en verdad. La gente suele
decir: “Me gusta pensar en Dios como alguien que...” y plantean la idea de un
Dios a quien les gustaría adorar. Pero no podemos simplemente crear nuestra
propia imagen de Dios, la que nos resulta cómoda y políticamente correcta y
adorarla. Eso es idolatría.
La adoración debe basarse en la verdad de las Escrituras, no
en nuestra opinión acerca de Dios. Jesús le dijo a la mujer samaritana: “Los
verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque
así quiere el Padre que sean los que le adoren”.
“Adorar en verdad” significa adorar a Dios como la Biblia
verdaderamente lo revela.
A Dios le agrada la adoración auténtica. Cuando Jesús dijo
que debemos “adorar en espíritu” no se refería al Espíritu Santo sino a nuestro
espíritu. Fuimos creados a imagen de Dios y, por lo tanto, somos un espíritu
que reside en un cuerpo, y Él diseñó nuestro espíritu para que pudiéramos
comunicarnos con Él. La adoración es la respuesta de nuestro espíritu al
Espíritu de Dios.
Cuando Jesús dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón
y con toda tu alma” quería decir que la adoración debe ser auténtica y sentida,
de corazón. No se trata sólo de decir las palabras correctas; debes creer en lo
que dices. ¡La alabanza que no brota del corazón no es alabanza! No sirve de
nada, es un insulto a Dios.
Cuando adoramos, Él mira más allá de nuestras palabras,
observando la actitud de nuestro corazón. La Escritura afirma: “La gente se
fija en las apariencias, pero yo (el Señor) me fijo en el corazón”.
Como la adoración implica agradar a Dios, abarca nuestras
emociones. Dios nos dio emociones para que pudiéramos adorarlo con sentimientos
intensos; pero esas emociones deben ser genuinas, no fingidas. Dios odia la
hipocresía. No quiere teatralidad ni fingimiento ni farsas en la adoración.
Quiere nuestro amor sincero y verdadero. Podemos adorarlo con imperfecciones,
pero no con falta de sinceridad.
Por supuesto, la sinceridad por sí sola no es suficiente;
podemos ser sinceros y estar equivocados. Por eso se necesitan tanto el
espíritu como la verdad. La adoración debe ser veraz y auténtica. La adoración
que agrada a Dios es profundamente emocional y doctrinal. Con nuestro corazón y
nuestra cabeza.
Muchas personas confunden las emociones conmovedoras
producidas por la música con las estimuladas por el Espíritu, pero no son
iguales. La verdadera adoración ocurre cuando nuestro espíritu responde a Dios,
no a una melodía. En realidad, algunas canciones sentimentales e introspectivas
entorpecen la adoración porque de concentrarnos en Dios, pasamos enfocarnos en
nuestros sentimientos. Cuando adoramos, el factor de mayor distracción somos
nosotros mismos: nuestros intereses y preocupaciones acerca de la impresión que
damos.
Los cristianos no se ponen de acuerdo con respecto a la
manera más adecuada o auténtica de alabar a Dios, pero estos argumentos lo que
más reflejan son las distintas personalidades y trasfondos. La Biblia menciona
diversas formas de alabanza: la confesión, el canto, los clamores, el estar de
pie, el arrodillarse, el baile, el hacer ruidos de gozo, el testimonio, la
utilización de instrumentos musicales y al alzar las manos. El mejor estilo de
adoración es el que más auténticamente representa nuestro amor a Dios, basado
en el trasfondo y la personalidad que Dios nos dio.
Mi amigo Gary Thomas se dio cuenta de que muchos cristianos
en lugar de tener una amistad vibrante con Dios, parecen estancarse en la
costumbre ¾la adoración ser convierte en una rutina insatisfactoria¾ porque se
obligan a usar métodos devocionales o estilos de adoración que no se adaptan a
la unicidad con que Dios los creó.
Gary se preguntó: “Si Dios con toda intención nos creó a
todos distintos, ¿por qué deberíamos amarlo de la misma manera?”. De la lectura
de los clásicos cristianos y basado en entrevistas, Gary descubrió que los
cristianos, en el transcurso de dos mil años, han seguido diversos caminos para
disfrutar la intimidad con Dios: al aire libre, por medio del estudio, con el
canto, con la danza, con expresiones artísticas, en el servicio a los demás, en
la soledad, en comunión con otras personas, y participando de muchas otras
actividades.
En su libro Sacred Pathways (Sendas Sagradas), Gary
identifica nueve maneras que las personas usan para acercarse a Dios: a los
naturalistas, nada los inspira más a amar a Dios que estar al aire libre, en un
entorno natural. Los sensoriales, que aman a Dios con sus sentidos y aprecian
los hermosos cultos de adoración que involucran la vista, el sabor, el olfato y
el tacto, además de sus oídos.
Los tradicionalistas, que se acercan a Dios mediante
rituales, liturgias, símbolos y estructuras estables. Los ascéticos, que
prefieren amar a Dios en soledad y sencillez. Los activistas, que aman a Dios
enfrentándose al mal, luchando contra la injusticia y esforzándose por hacer de
este mundo un mejor lugar para vivir. Los cuidadores, que aman a Dios cuidando
a los demás y satisfaciendo sus necesidades. Los entusiastas, que aman a Dios
con celebraciones. Los contemplativos, que aman a Dios con la adoración. Los
intelectuales aman a Dios entendiéndolo con sus mentes.
En cuanto a la adoración y la amistad con Dios no existen las
“tallas únicas”. Una cosa sí es cierta: No darás gloria a Dios intentando ser
alguien que Él nunca se propuso que fueses. Dios quiere que seas tú mismo. El
Padre está “buscando personas que, cuando lo adoren, sean sencilla y
sinceramente ellas mismas cuando se presenten ante Él”.
A Dios le agrada la adoración reflexiva. El mandamiento de
Jesús de “amar a Dios con toda tu mente” se repite cuatro veces en el Nuevo
Testamento. A Dios no le agrada que cantemos himnos, oremos con apatía y
exclamemos con indiferencia. ¡Gloria a Dios!, sin pensar en lo que hacemos,
porque no se nos ocurre otra cosa que decir en ese momento. Si no pensamos en
lo que hacemos cuando adoramos, la adoración no sirve. Tu mente debe estar
puesta en lo que haces.
Jesús tildó de “vanas repeticiones” a la adoración distraída.
El mal uso puede convertir hasta los términos bíblicos en frases gastadas,
cuando olvidamos su significado. Cuando adoramos, es mucho más fácil ofrecer
oraciones rutinarias que esforzarnos por honrar a Dios con palabras y con gestos
llenos de frescura. Por eso los animo a leer las Escrituras usando distintas
versiones y paráfrasis. Eso es útil para enriquecer nuestras expresiones de
adoración.
Trata de alabar a Dios sin usar las palabras alabanza,
aleluya, gracias, gloria a Dios o amén. En vez de decir: “Sólo queremos
alabarte”, haz una lista de sinónimos y usa palabras más novedosas como
admirar; respetar; valorar; reverenciar; honrar y apreciar.
Además, sé específico. Si alguien se te acerca y repite: “¡Te
alabo!” diez veces, es probable que pienses: “¿Por qué?” Tu preferirías dos
cumplidos específicos a veinte generalidades vagas. Dios también.
Otra idea es hacer una lista de los diferentes nombres que
tiene Dios y concentrarse en ellos. Los nombres de Dios no son arbitrarios;
expresan distintos aspectos de su carácter. En el Antiguo Testamento, Dios se
reveló gradualmente a Israel, introduciendo nuevos nombres para sí, y nos manda
alabar su nombre.
Dios quiere que nuestras reuniones de adoración en público
también tengan sentido. Pablo dedica un capítulo entero a este asunto en 1º
Corintios 14, y concluye:”Pero todo debe hacerse de manera apropiada y con
orden”.
Con respecto a este punto, Dios insiste en que nuestros
cultos de adoración puedan ser entendidos por los no creyentes que estén
presentes en nuestras reuniones de adoración. Pablo señaló que “si tú das
gracias a Dios con tu espíritu, y te escucha algún extraño, no podrá unirse a
tu oración porque no entenderá lo que dices. No podrá hacerlo, porque no habrá
comprendido nada. Tu oración podrá ser muy buena, pero no estarás ayudando a
nadie”. La Biblia nos ordena ser sensibles a los no creyentes que están de
visita en nuestras reuniones de adoración. Si hacemos caso omiso de este
mandamiento somos desobedientes y no tenemos amor.- Si deseas una explicación
más extensa acerca de este punto, consulta el capítulo “La adoración puede ser
testimonio” en Una iglesia con propósito.
A Dios le agrada la adoración práctica. La Palabra de Dios
afirma: “Les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su
cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”. ¿Por qué quiere Dios tu
cuerpo? ¿Por qué no dice “ofrezcan su espíritu”? Porque sin el cuerpo no
podemos hacer nada en este planeta. En la eternidad recibiremos un cuerpo
nuevo, mejorado, actualizado, pero mientras estemos sobre la tierra, Dios dice:
“¡Dame lo que tengas!” Él únicamente está siendo práctico con respecto a la
adoración.
¿Has escuchado decir a las personas: “Esta noche no puedo ir
a la reunión, pero estaré con ustedes en espíritu? ¿Saben lo que significa
esto? Nada. ¡No vale nada! Mientras estemos en esta tierra, nuestro espíritu
sólo puede estar donde esté nuestro cuerpo. Si tu cuerpo no está presente, no
estás ahí.
Cuando adoramos debemos ofrecer nuestro “cuerpo como
sacrificio vivo”. En la actualidad asociamos el concepto de “sacrificio” con
algo muerto, pero Dios quiere que seamos un sacrificio vivo. ¡Quiere que
vivamos para Él! Sin embargo, el problema de un sacrificio vivo es que se puede
escapar del altar, y es lo que solemos hacer. Cantamos “¡Firmes y adelante!,
huestes de la fe” los domingos, y los lunes desertamos.
En el Antiguo Testamento, a Dios le agradaban los sacrificios
de adoración porque anunciaban el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz.
Ahora bien, a Dios le agradan diferentes tipos de sacrificio de adoración: la
gratitud, la alabanza, la humildad, el arrepentimiento, las ofrendas de dinero,
la oración, el servicio a los demás y el compartir los recursos con los
necesitados.
La verdadera adoración tiene un precio. David lo sabía y
dijo: “No voy a ofrecer al SEÑOR mi Dios holocaustos que nada me cuesten”.
La adoración sacrifica nuestro egocentrismo. No podemos
exaltar a Dios y exaltarnos al mismo tiempo. No podemos adorar para impresionar
a los demás y para agradarnos a nosotros mismos. Necesitamos retirar
deliberadamente el enfoque de nuestra persona.
Cuando Jesús dijo: “Ama a Dios con todas tus fuerzas”, quería
señalar que la adoración requiere esfuerzo y energía. No es siempre ni lo más
conveniente ni lo más cómodo, y en ocasiones la adoración es un acto de
voluntad absoluto: un sacrificio de buena voluntad. La adoración pasiva es una
incongruencia.
Ofrecemos sacrificio de adoración a Dios cuando lo alabamos
aunque no tengamos ganas; cuando nos levantamos de la cama para adorarle aunque
estemos cansados y cuando ayudamos a los demás aunque estemos agotados. Eso
agrada a Dios.
Matt Redman, un líder inglés de adoración, cuenta cómo su
pastor le enseñó a la iglesia el verdadero significado de la adoración. Para
mostrarles que ésta era más que la música, prohibió por un tiempo el canto en
los servicios, mientras aprendían otras maneras de adorar. Al cabo de ese
tiempo, Matt había escrito el himno clásico El Corazón de la Adoración:
Te traigo más que una canción,
Porque ella en sí no es lo que me pides.
Buscas más adentro
Que lo que a simple vista parece:
Miras dentro de mi corazón.
El corazón de este asunto es un asunto del corazón.
DÍA TRECE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Dios quiere todo de mí.
Versículo para recordar: “Ama al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Marcos
12:30 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué le agrada más a Dios en este
momento: mi adoración en público o en privado? ¿Qué haré al respecto?
viernes, 12 de enero de 2018
Desarrolla tu amistad con Dios
Desarrolla tu amistad con Dios
El Señor... al íntegro le brinda su amistad.
Proverbios 3:32 (NVI)
Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes.
Santiago 4:8 (NVI)
Estás tan cerca de Dios como lo decidas.
Como en cualquier amistad, debemos trabajar para desarrollar
la nuestra con Dios. Ella no se da por casualidad. Requiere voluntad, tiempo y
energía. Si deseas un vínculo más estrecho e íntimo con Dios deberás aprender a
comunicarle tus sentimientos con sinceridad, a confiar en Él cuando le pidas
que haga algo, a aprender a interesarte en lo que a Él le interesa y a procurar
su amistad más que ninguna otra cosa.
Debo ser sincero con Dios. La primera piedra para edificar
una amistad profunda con Dios es tener sinceridad sobre nuestras faltas y
sentimientos. Dios no espera que seamos perfectos, pero sí insiste en que
seamos completamente sinceros. En las Escrituras, ninguno de los amigos de Dios
era perfecto. Si la perfección fuera un requisito para ser amigo suyo, nunca
podríamos serlo. Es una dicha que, por la gracia de Dios, Jesús todavía sea
“amigo de pecadores”.
En la Biblia, los amigos de Dios fueron sinceros con respecto
a sus sentimientos, se quejaban y discutían con Él, ponían sus decisiones en
tela de juicio y hasta lo acusaban. Esta franqueza no parecía molestarle a
Dios; es más, la estimuló.
Dios permitió que Abraham, pusiera en tela de juicio y
cuestionara la destrucción de la ciudad de Sodoma. Abraham insistió con Dios
para que no destruyera la ciudad, negoció con Él, intercediendo por si hubiera
por lo menos cincuenta justos hasta conseguir apenas diez.
Dios también escuchó pacientemente las acusaciones de David,
que se quejaba de la injusticia, la traición y el abandono. Él no mató a
Jeremías cuando éste dijo que Dios le había hecho trampa. Job pudo dar rienda
suelta a su amargura durante el calvario que pasó y, al final, Dios mismo lo
defendió por ser sincero y amonestó a sus amigos por su falta de autenticidad.
Dios les dijo que “a diferencia de mi amigo Job, lo dicho por ustedes y lo que
han dicho sobre mí no es verdad... Mi amigo Job ahora orará por ustedes y yo
aceptaré su oración”.
En un ejemplo asombroso de franca amistad, Dios expresó su
disgusto total con la desobediencia de Israel. Le dijo a Moisés que cumpliría
la promesa de darles a los israelitas la tierra prometido, pero que ¡no daba un
paso más con ellos en el desierto! Dios estaba harto, y quiso que Moisés
supiera exactamente cómo se sentía.
Moisés, hablando como “amigo” de Dios, le respondió con la
misma franqueza: “Tú insistes en que yo debo guiar a este pueblo, pero no me
has dicho a quién enviarás conmigo. También me has dicho que soy tu amigo y que
soy muy especial para ti... entonces, dime cuáles son tus planes... Ten
presente que los israelitas son tu pueblo, tu responsabilidad... Si tu
presencia no nos guía, ¡mejor no emprendamos este viaje! Si no vienes con
nosotros, ¿cómo sabré que estamos juntos en esto, yo y tu pueblo? ¿Vienes con
nosotros o no? ¾Está bien, haré lo que me pides ¾le dijo el Señor a Moisés¾, y
también haré esto porque te conozco bien y te considero mi amigo”.
¿Puede Dios tolerar esa sinceridad franca e intensa de tu
parte? ¡Por supuesto! La amistad auténtica se construye con base en
revelaciones. Lo que puede parecer un atrevimiento, para Dios es autenticidad.
Dios escucha las palabras apasionadas de sus amigos; se aburre con los clichés
reverentes y previsibles. Si quieres ser amigo de Dios, debes ser sincero con
Él, comunicarle lo que de verdad sientes, no lo que piensas que deberías sentir
o decir.
Es posible que necesites confesar una rabia oculta o algún
resentimiento contra Dios en ciertas partes de tu vida donde sientes que Dios
no te trató con justicia o que te decepcionó. Hasta que maduremos lo suficiente
como para entender que dios usa todo para bien de nuestra vida, estaremos
resentidos con Él por simplezas como la apariencia física, nuestro trasfondo y
formación, oraciones sin respuesta, penas del pasado y otras cosas que
cambiaríamos si fuéramos Dios. La gente suele echarle la culpa a Él por el
dolor que otros les han provocado: William Backus llama a eso “la grieta oculta
con Dios”.
El resentimiento es el mayor impedimento para amistarse con
Dios: ¿Por qué querría ser amigo de dios si permitió esto? El antídoto, por
supuesto, es darse cuenta de que Dios siempre actúa defendiendo nuestros
intereses, incluso cuando nos resulta doloroso y no podemos entenderlo. Pero
expresar nuestro resentimiento y revelar nuestros sentimientos es el primer
paso para la recuperación. Como lo hicieron tantas personas en la Biblia,
cuéntale a Dios exactamente cómo te sientes.
Dios dejó sus instrucciones respecto a la sinceridad sin
tapujos en el libro de los Salmos: un manual de adoración lleno de protestas y
desvaríos, dudas, temores, resentimientos y sentidas pasiones, combinadas con
gratitud, alabanza y afirmaciones de fe. En ese libro se han catalogado todas
las emociones. Cuando leas las emotivas confesiones de David y de otros,
entenderás que así es como Dios quiere que lo adores: sin ocultarle ningún
sentimiento. Podemos orar como el salmista: “En su presencia expongo mi queja,
en su presencia doy a conocer mi angustia cuando me encuentro totalmente
deprimido”.
Es alentador saber que todos los amigos más íntimos de Dios ¾Moisés,
David, Abraham, Job entre otros¾ tuvieron sus momentos de duda. Pero en vez de
disimular su desconfianza con piadosa hipocresía, la expresaron con sinceridad,
franca y públicamente. Expresar nuestras dudas suele ser el primer paso hacia
el siguiente nivel de intimidad con Dios.
Debo obedecer a Dios en fe. Siempre que confiemos en la
sabiduría divina y hagamos todo lo que nos manda, aunque no lo entendamos,
estaremos afianzando la amistad con Dios. Usualmente no pensamos en la
obediencia como una característica de la amistad; la reservamos para las
relaciones con los padres o con el jefe o con alguien en autoridad, pero no con
un amigo. Sin embargo, Jesús dejó bien claro que la obediencia es una condición
para la intimidad con Dios. Él dijo: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo
les mando”.
En el capítulo anterior señalé que la palabra que Jesús usó
cuando nos llamó “amigos” podía emplearse para referirse a “los amigos del rey”
en la corte real. Si bien estos compañeros cercanos tenían privilegios
especiales, aun así estaban sujetos al rey y tenían que obedecer sus órdenes.
Somos amigos de Dios, pero no somos sus iguales. Él es nuestro líder cariñoso,
y nosotros lo seguimos.
Obedecemos a Dios no por obligación, temor o compulsión, sino
porque lo amamos y confiamos en que sabe lo que es mejor para nosotros.
Queremos seguir a Cristo porque estamos agradecidos por todo lo que ha hecho
por nosotros, y cuanto más de cerca lo sigamos, más estrecha será nuestra
amistad.
Los no creyentes piensan que los cristianos obedecen por
obligación, porque se sienten culpables o por temor al castigo, pero es todo lo
contrario. Obedecemos por amor, porque nos ha perdonado y liberado, y ¡nuestra
obediencia nos llena de gozo! Jesús dijo: “Así como el Padre me ha amado a mí,
también yo los he amado a ustedes.Permanezcan en mi amor: Si obedecen mis
mandamientos, permanecerán en mi amor; así como yo he obedecido los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor: Les he dicho esto para que
tengan mi alegría y así su alegría sea completa”.Fíjate en que Jesús
simplemente espera que hagamos lo mismo que Él hizo con el Padre. Esa relación
es el modelo para establecer nuestra amistad con Él. Jesús hizo todo lo que el
Padre le pidió que hiciera, y lo hizo por amor.
La verdadera amistad no es pasiva sino activa. Cuando Jesús
nos pide que amemos a los demás, que ayudemos a los necesitados, compartamos
nuestros recursos, tengamos una vida limpia, estemos dispuestos a perdonar y a
traer a otros a él, el amor nos impulsa a obedecerlo al instante.
Muchas veces se nos desafía a hacer “grandes cosas” para
Dios. En realidad, a Él le agrada más que hagamos pequeñas cosas con obediencia
y por amor. Podrán pasar inadvertidas para los demás, pero Dios las ve y las
considera actos de adoración.
Las grandes oportunidades suelen venir una sola vez en la
vida, pero estamos rodeados de pequeñas oportunidades todos los días. Podemos
alegrar a Dios hasta con actos tan sencillos como decir la verdad, ser
generosos y animar a los demás.
Dios atesora estos simples gestos de obediencia más que
nuestras oraciones, alabanza y ofrendas. La Biblia nos dice: “¿Qué le agrada
más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios, o que se obedezca
lo que Él dice? El obedecer vale más que el sacrificio”.
Jesús comenzó su ministerio público a la edad de treinta
años, cuando Juan lo bautizó. “Este es mi Hijo amado, estoy muy complacido con
Él”. ¿Qué hizo Jesús durante treinta años que agradaba tanto a Dios? La Biblia
no nos dice nada respecto a esos años ocultos, a excepción de una frase aislada
en Lucas 2:51: “Regresó a Nazaret con ellos, y vivió obedientemente con ellos”.
Treinta años de vivir agradando a Dios se resumen en dos palabras: “¡Vivió
obedientemente!”.
Debo valorar lo que Dios valora. Esto es lo que hacen los
amigos: se interesan en lo que la otra persona considera importante. Mientras
más amigo seas de Dios, más te importará lo que a Él le importa, más nos
afligirá lo que a Él le aflige, y más nos alegraremos con lo que a Él le
agrada.
Pablo es el mejor ejemplo de esto. Los planes de Dios eran
los suyos, y se apasionaba por las mismas cosas que apasionaban a Dios: pedía
que le aguantaran “la tontería de estar tan preocupado por los corintios,
porque ¡se debía a la pasión de Dios quemándole por dentro!”. David sentía lo
mismo: “la pasión por la casa de Dios lo consumía, y sentía que los que
insultaban a Dios también lo insultaban a Él”.
¿Qué es lo que más le importa a Dios? La redención de su
pueblo. ¡Quiere hallar a todos sus hijos que se han perdido! Jesús vino al
mundo pro ese motivo principal. El hecho más preciado para Dios es la muerte de
su Hijo. Lo segundo más valioso es cuando sus hijos comparten esa noticia con
otros. Si somos amigos de Dios, nos deben importar todas las personas a nuestro
alrededor porque también preocupan a Dios. Los amigos de Dios les hablan a sus
amigos acerca de Dios.
Debo desea la amistad con Dios más que nada. Los Salmos están
repletos de ejemplos de este anhelo. David deseaba con pasión conocer a Dios
por encima de todo; usó palabras como anhelo, ansia, sed, hambre. Anhelaba a
Dios. Dijo: “Sólo una cosa he pedido al Señor, sólo una cosa deseo: estar en el
templo del Señor todos los días de mi vida, para adorarlo en su templo y
contemplar su hermosura”. En otro salmo dijo: “Tu amor es mejor que la vida”.
La pasión con que Jacob deseaba la bendición de Dios en su
vida fue tan intensa que luchó toda la noche en el campo con Dios, y le dijo:
“¡No te soltaré hasta que me bendigas!” La parte más llamativa de esta historia
es que Dios, que es todopoderoso, ¡lo dejó ganar! Dios no se ofende cuando
“luchamos” con Él, porque este encuentro requiere contacto personal y ¡eso nos
acerca a Él! También es una actividad apasionada y a Dios le encanta cuando nos
emocionamos con Él.
Pablo fue otro hombre entusiasmado por su amistad con Dios.
No había nada más importante: era prioritaria, el foco único y la meta
principal de su vida. Dios usó a Pablo de manera tan grande justamente por esta
razón. Una versión amplificada de la Biblia expresa cabalmente la intensidad de
la pasión que Pablo sentía: “Mi firme propósito es conocerlo mejor ¾para poder
progresivamente conocerlo más a fondo y más íntimamente, sintiendo, percibiendo
y entendiendo las maravillas de su Persona con mayor intensidad y más
claridad”.
Lo cierto es que estás tan cerca de Dios como tú lo deseas.
La amistad íntima con Dios es una opción, no es una casualidad. Debes tener la
intención de buscarla. ¿Realmente la quieres? ¿Más que a cualquier cosa?
¿Cuánto vale para ti? ¿Vale la pena que dejes otras cosas para conseguirla?
¿Merece el esfuerzo que tendrás que hacer para desarrollar los hábitos y
destrezas necesarios?
Quizás en el pasado Dios te haya apasionado pero has perdido
ese fervor. Era el problema que tenían los cristianos de Efeso: habían dejado
su primer amor. Hacían lo correcto, pero por obligación y no por amor. Si sólo
has estado cumpliendo con gestos espirituales, no deberías sorprenderte si Dios
permite el dolor en tu vida.
La aflicción es como el combustible de la pasión: refuerza la
energía intensa, que normalmente no tenemos pero que necesitamos para realizar
los cambios. C.S.Lewis dijo: “El dolor es el altavoz de Dios”. Dios nos
despierta del letargo espiritual mediante el dolor. Nuestros problemas no son
un castigo; son los despertadores que usa un Dios cariñoso. Él no está enojado
con nosotros; Él está apasionado con nosotros, y hará lo que sea necesario para
que volvamos a tener comunión con él. Pero hay una manera más fácil para
reencender tu entusiasmo por Dios: comienza pidiéndole a Dios esta pasión, y
pídela hasta conseguirla. Haz esta oración durante el día: “Querido Jesús: “Lo
que más quiero es conocerte íntimamente””. Dios les dijo a los cautivos en
Babilonia que “cuando lo buscaran en serio y de todo corazón, Él se aseguraría
de no defraudarlos”.
TU RELACIÓN MÁS IMPORTANTE
No hay nada, absolutamente nada más importante, que cultiva
la amistad con Dios. Es una relación que durará para siempre. Pablo le dijo a
Timoteo: “Algunos de estos individuos se han apartado de lo que es más
importante en la vida: conocer a Dios”. ¿Te estás perdiendo lo más importante
de la vida? Puedes hacer algo al respecto ahora mismo. Recuerda, es tu
decisión. Estarás tan cerca de Dios como lo quieras.
DÍA DOCE
PENSANDO EN MI PROPÓSITO
Punto de reflexión: Estoy tan cerca de Dios como quiero
estar.
Versículo para recordar: “Acérquense a Dios, y él se acercará
a ustedes”. Santiago 4:8 (NVI)
Pregunta para considerar: ¿Qué decisiones tomaré hoy para
acercarme a Dios?
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