domingo, 11 de enero de 2026

Restaurados plenamente

 Restaurados plenamente

“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” Isaías 53:11

Cuando venga a nuestra mente, por alguna situación, la desesperanza de la pérdida, el dolor del pasado, el trauma de lo vivido, debemos ir nuevamente a la cruz, al monte donde se escuchó su grito de angustia, pues su alma fue angustiada para que tú y yo tuviéramos paz: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11).

‘Y aun así, despierto siempre en el mismo lugar en el monte que te oyó gritar’, esto quiere ilustrarnos poéticamente que el único trauma que debería conmover nuestras entrañas, cada vez que lo recordamos, es la muerte de Cristo en la cruz. Porque allí también estuvimos nosotros, escuchamos su grito, pero también morimos juntamente con Cristo, para luego ser resucitados juntamente con él. (Romanos 6:6, 8). Es el único trauma que tiene recompensa eterna, que tiene cruz y que tiene resurrección.

Es cada día, sí, ir a la cruz, negándonos a nosotros mismos, no confiando en nuestro propio corazón, en lo que “siento”. Cuando nos negamos, surge la vida que nos saca de nuestros propios traumas, la vida de Cristo que nos fue impartida, donde todo está resuelto y sanado; “todo está consumado” (del griego ‘tetelestai’, significa pagado es, vencido es, liberado es). La vida que nos habita surge, cuando salgo de mi, de mi yo, de mi propio dolor, voy mejor al trauma de la cruz y a la libertad de la cruz, y en el poder de su resurrección, entonces se expresa plenamente la vida de Cristo. (Lucas 9:23, 1 Juan 1:2)

Pero tenemos que verlo, nos tiene que ser revelada esa vida que nos habita, este es el sentido por lo cual suceden las dificultades: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;”, (2 Corintios 4:17).

La leve tribulación es mucho menor y es usada por Dios para producir en nosotros una gloria que durará para siempre y que es de mucho más valor que las dificultades, ¿cuál es esta gloria? o ¿cómo glorificamos a Dios en las dificultades? Cuando Cristo es formado en nosotros, pues él, es el resplandor de la gloria de Dios (Hebreos 1:3).

Cuando pasemos por un sufrimiento, cuando recordemos un trauma pasado, vayamos a la cruz a negarnos a nosotros mismos, para que la vida de Cristo se exprese libremente a través de nosotros: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.” (1 Pedro 5:10).

El trauma de la cruz sana cualquier trauma de nuestra vida humana, pues su alma fue afligida para que la nuestra fuera redimida, restaurada y vivificada.    Oración.

«Me amaste en el dolor mi Señor Jesús, Padre, me salvaste en tu infinito amor dándome el regalo de tu Hijo unigénito, Espíritu Santo, que mi vida sea restaurada plenamente para que viviendo Cristo en mí, pueda glorificar al Padre. Amén.   



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